Una secuencia vale más que mil palabras y la correspondiente a la que vemos aquí no puede dejar más claras sus intenciones al llegar el autobús al rústico pueblo en el que todos los habitantes esperan con ansias al nuevo médico y no hacen sino recibirlo con tremenda repulsión, pues no es hombre, sino mujer. ¿Es necesario especificar contra qué se ataca?
En estos tiempos actuales, en los que en una película se exprese un ideal conservador o pronuncie una palabra sin mala intención pero que ofenda a un colectivo social puede levantar polvaredas de polémica y reproches por parte del sector más “progresista” y radical, un cine como el de Luis María Delgado, Pedro Lazaga, Ramón Fernández o el mismo Mariano Ozores está condenado al ostracismo o a críticas que rayan en lo cruel y despreciable por energúmenos disfrazados de intelectuales de tres al cuarto que ni siquiera han visto ni una de sus obras.
No así estos mismos elementos se deshacen con el último taquillazo norteamericano. Al cine realizado en época de Régimen o periodo “tardofranquista” el ignorante bulgo tiende a calificarlo de casposo o incluso fascista, y esto es un mal que persistirá, pues si se quitaran un poco las ataduras de los prejuicios y se atrevieran a echar un vistazo se darían cuenta de que este cine alberga mucho más, y expresado con mayor libertad que hoy; y es que cualquiera que desconozca el tema crucificaría con rapidez a un film como “Señora Doctor”, realizado en el lejano 1.974, y sin embargo tan fresco, tan moderno como pudiera serlo ahora.
Aquel es un año frenético para el sr. Ozores, que estrena hasta seis obras, todas grandes éxitos de público gracias a dos de los actores que más le hacen llenarse los bolsillos, Alfredo Landa y Lina Morgan; ésta última volverá a los brazos del cineasta para rodar una historia de alcance y actualidad cuya acción transcurre en un pequeño pueblo muy alejado del ajetreo de la gran ciudad y de sus cada vez más liberales costumbres y que Ozores vuelve a representar como ese reducto de morales desfasadas repleto de individuos producto de una larga dictadura a la cual ya le queda muy poco tiempo de vida.
Estereotipos de los que se hará mofa y burla encerrados en su perenne tradición y que no son más que el perfecto reflejo de ese español medio anclado en el modelo del Régimen que nunca participó en las migraciones interiores; a ello deberá enfrentarse la joven Elvira, licenciada en medicina que prefiere la comodidad rural sin saber que no la va a saborear al lugar al que se dirige, donde en ausencia de un médico se acude al veterinario (¡!). Han pasado 170 años desde que María Isidra de Guzmán se convirtiese en la primera mujer con el doctorado en España y 60 desde que Dolores Aleu ejerciera oficialmente la medicina en el país...pero nada importa eso a los habitantes de Pozales.
Nada más bajarse Elvira del autobús se produce el choque de culturas y puntos de vista, la tradicional y arisca y la liberal; la primera no sólo está presente en los hombres (todos, a excepción del alcalde), sino también en las mujeres (aunque no forme parte de la noticia general muchas pueden ser tan intolerantes y reaccionarias como el más fascista de los hombres), y la segunda, claro, en las chicas jóvenes, quienes hacen amistad con la nueva médico. Ese rechazo inicial y que proseguirá durante un buen trecho es el objeto de denuncia por parte de un Ozores dispuesto a criticar con dureza la exclusión laboral femenina y la mentalidad retrógrada.
Los hombres del pueblo responden con temor, con vergüenza e incluso con burla, pero el director sabe que está haciendo una comedia y decide ir disipando rápidamente este clima de hostilidad gracias a la amabilidad y abnegación de la protagonista y sirviéndose de un recurso tan fácil y previsible como el de crear un par de situaciones que impriman tonos melodramáticos a la historia y en los cuales se vea involucrada aquélla para ganarse la confianza de los aldeanos, que serán: un enredo amoroso entre adolescentes y un parto cuyos padres aguardan horrorizados tras haber perdido varios hijos.
Ozores se ha burlado de la sinvergonzonería y falta de tolerancia y respeto, pero como defensor de la buena moral y la conciencia colectiva que es no extiende más de la cuenta la atmósfera de pesimismo y cuanto antes se puede veremos a todos los habitantes destapando la bondad oculta bajo la tozudez y colaborando para ayudar (emotivo y no menos increíble cuando todos trasladan a Rosa en la cama por todas las calles del pueblo); así lo expresará el alcalde: “...Somos todos muy cabezotas, pero cuando hay que hacer algo por un vecino lo hacemos hasta el final”.
Como era de esperar habrá un desenlace agradable y todo se resolverá con rapidez, incluso ese romance cocinado a fuego rápido entre Ataúlfo y la protagonista, síntomas de una buena idea planteada pero en un guión poco elaborado que demandaba mucha más profundidad y menos concesión al optimismo. Dejando a un lado su colección de exagerados mohínes, Lina Morgan interpreta con su habitual carácter y desparpajo a esa médico cuyo objetivo no es más que el de ser reconocida y respetada; Mari Carmen Prendes, Gemma Cuervo, José Riesgo, Roswicha “Nadiuska” Honczar, un divertido José Sacristán y el siempre alocado Antonio Ozores son los grandes secundarios de la función.
Para muchos sería difícil creer que un director tan afiliado a las comedias gruesas llenas de desnudos fuese capaz de plantar un alegato con voz alta y clara no sobre el feminismo (término ya prostituido y al que todos dan un sentido erróneo al que en realidad tiene...), sino sobre la aceptación de la mujer, su capacidad para ejercer cualquier profesión al nivel del hombre y el destierro de las costumbres arcaicas.
Y todo esto en una peliculita de 1.974 que no pasa de ser una comedia costumbrista y previsible de toques ligeros de la cual ya casi nadie se acuerda, pero muy necesario es (sobre todo para esos ignorantes que critican sin conocimiento de causa, trasuntos de los catetos del pueblo) el desempolvarla y comprobar lo actual y audaz de su discurso. Para bien o para mal este Ozores no deja de sorprenderme.
Qué decir de esta peli? Entretenida y buena pero el fuerte no es la peli, sino la serie.
A la dupla creadora le encanta sus personajes candienses Terrence y Philips cosa que me aburre bastante a mi y en base a eso hicieron una peli de guerra entre Canadá y EEUU.
Humor bien ácido y atrevido como la serie pero no superior a esta.
Un viejo y alcohólico ex-policía corrupto con malas influencias, una arrebatadora e inteligente prostituta, unas cuantas personalidades políticas que actúan como gángsters, un asesino profesional y, entre medias, un botín de 100 millones de pesetas.
Los elementos básicos para una intriga perfecta.
Es preciso decir que no sólo en territorio norteamericano se ha hecho buen cine negro, aunque por tradición vaya asociado a él; sí, el “noir”, como el “chambara”, el “western” o el neorrealismo, nace un lugar y ya pertenece para siempre él, pero se transmite, se hereda, y allá adonde va echa nuevas e interesantes raíces. Hay que reconocer que en nuestro país (sin llegarse al nivel de los clásicos de Howard Hawks, Robert Siodmak, John Huston, Alfred Hitchcock o Fritz Lang) también han habido ingeniosas muestras de este clásico cine, aunque por desgracia no muy conocidas para el gran público.
Dos de los más brillantes ejemplos que se han realizado para demostrar que en suelo patrio también se puede concebir “noir” y policíaco de calidad quizás sean “Todo por la Pasta” y “El Crack”. Pues el mismo año en que Fernando Truba era elogiado por su deliciosa comedia “Belle Époque” y Bigas Luna entraba en una nueva (y muy olvidable) etapa de su carrera con “Jamón, Jamón”, el veterano Rafael Moreno Alba, cuyo mayor éxito sigue siendo su miniserie histórica para TVE “Los Gozos y las Sombras” y que lleva apartado del cine desde hace cinco años, daría una vez más su aportación al “thriller” clásico con la que acabó siendo su última película: “El Beso del Sueño”.
Ya sólo la secuencia inicial tiene una doble e importante función para Alba: presentar a los dos protagonistas que ocuparán la historia y establecer el tono en su obra, premeditadamente influenciado por el cine negro de corte más clásico. Mientras en la sucia habitación de un hotel un tipo desaliñado en cuya frente está escrito “perdedor” con letras grandes se mete en la bañera para despejarse, por la estación de tren camina una imponente joven seduciendo con su mirada a todos los hombres que pasan por su lado; es obvio que estos dos individuos cruzarán sus caminos.
El primero el Salvatierra y es un ex-policía marcado con contactos que se mueven por las turbias aguas de los bajos fondos; la segunda es una prostituta erigida en “femme fatale” de nombre Margot cuya táctica es dormir a sus clientes (de ahí el título) para desvalijarlos. Cuanto más tiempo transcurre menos sabemos del hombre (sabemos que es alcóholico y ludópata porque así se presenta literalmente), que hace tratos con un misterioso personaje llamado Fernando, y más sabemos de la mujer, pues la cámara de Alba la enfoca sin ocultar su admiración por su inmensa belleza. Y es que, como toda mujer fatal del cine negro hay un rastro de tristeza y melancolía que marca al personaje; en este caso un padre anciano.
La intriga se desata en el interior de un tren donde confluyen varios personajes, cada uno con su cometido. Salvatierra ha de escoltar a un traficante de divisas hasta la frontera mientras a su vez es vigilado por un gángster contratado también por Fernando, quien se cree el maestro de ceremonias de la operación hasta que Margot se inmiscuye en el asunto; ella es entonces, como manda la tradición, quien lleva la voz cantante, maneja los hilos a su antojo y quien al final se hace con la gran suma de dinero que debía ser evadida. La tensión en este tramo, que fluye como las tranquilas aguas de un meandro, es una buena muestra de la habilidad que posee Alba.
Éste se dedica a zurcir, con mucho esmero y paciencia, los pliegues de un universo corrupto donde lo único que tiene cabida es la mentira, el oportunismo, la violencia, la maldad y la corrupción (el sustento de la “amistad” entre Salvatierra y Fernando no es más que el chantaje). En este mundo, y a pesar de todo, un romance entre un perdedor y una prostituta parece posible y obligatorio para con los cánones del género, pues el cineasta apunta directamente a él, pues todo en “El Beso del Sueño” remite al puro “noir”: la estética, la atmósfera (esas conversaciones nocturnas entre la niebla), la manera de hablar de los personajes.
Jim Cain, Raymond Chandler y Dashiell Hammett sostienen la base; Siodmak, Jean-Pierre Melville y Lang perfilan las aristas; “El Sueño Eterno”, “La Muerte Golpea dos Veces” y “Fuego en el Cuerpo” ofrecen detalles; el amor por Hitchcock es la guinda (literal guiño a “Vértigo”, con la luz verde bañando el rostro de la chica como a Judy). Las referencias llegan hasta el nombre de la protagonista (la escritora de intrigas Margot Bennett o el personaje de Grace Kelly en “Crimen Perfecto”); sin embargo, al centrarse el suspense alrededor de la pareja y abogar por lo tópico (pasiones, engaños, venganzas), se abandonan otras grandes ideas, como la de profundizar más en los negocios de esos políticos corruptos.
Aun así Alba factura de forma técnicamente impecable, destacando el trabajo de fotografía de José García Galisteo, el diseño artístico y la puesta en escena, una fábula “neo-noir” elegante, tensa y dura, cuyo engañoso argumento finalizará del mismo modo que empezó, ganando, lógicamente, la manipuladora mujer, interpretada por una Maribel Verdú en estado de gracia que jamás estuvo tan preciosa ni tan acertada en pantalla como en su logrado rol de “femme fatale” a lo Joan Bennett, que encarna de maravilla. Frente a ella un genial Juan Diego en la línea de los antihéroes de la literatura “hard-boiled” y secundarios tan buenos como Eusebio Poncela, Tony Isbert, Agustín González y el veterano Manuel Alexandre.
No será muy original y los cánones no son transgredidos en absoluto, pero sigue resultando eficaz dentro de su género, abriendo el camino a futuras obras como “La Última Seducción” o la también española “Blanca Madison”.
La obra pasa desapercibida para el público pero gana el Colón de Oro en el Festival Cinematográfico de Huelva al año siguiente; con ella Alba se despide para siempre de la industria, en la que lleva ejerciendo casi tres décadas. Fallecería más tarde en el 2.000 a causa de un cáncer, con tan sólo 58 años.
La suerte está para el que quiera cogerla, y si llega no hace mal a nadie, pero a menudo no es así, y la alegría de la fortuna puede volverse en contra de uno...¡sobre todo si se está rodeado de buitres carroñeros que sólo quieren picar!
Todo el mundo va a la casa de loterías y apuestas para, a través de un boleto de la primitiva, hacer cumplir su sueño de ser millonario, un sueño que raras veces llega salvo en nuestro perpetuo deseo, pero las quinielas también son muy codiciadas, y más para aquellos entendidos de football. Un invento maravilloso según algunos desde que apareciera el 22 de Septiembre de 1.946, con tan solo siete partidos; durante el Régimen de Francisco Franco el juego estaba considerado delito y quedó prohibido, pero las quinielas no; de hecho el general era un aficionado a ellas.
Ocho años después de surgir el primer millonario por ganar en este adictivo juego, la realizadora y actriz Ana Mariscal, usándolo como pretexto, realizaría un retrato negro y divertido de la España de la época en “La Quiniela”. Otros catorce años más adelante el prolífico Mariano Ozores, junto a su querido ayudante Vicente Coello al guión (basándose en una idea de Juan José Daza (“El Abuelo tiene un Plan”) y Juan José Porto (“La Cruz del Diablo”, “Pecado Mortal”) ), también se sirve de la dichosa quiniela para contar una historia sobre el oportunismo y la codicia tan arraigados en el espíritu español, y la protagoniza su actor fetiche de la década de los 70, Alfredo Landa, con el que arrasa en taquilla a cada estreno.
Y esta historia comienza en el típico pueblo tradicional donde reposan los últimos restos de una España franquista a la que cada vez le queda menos para entrar en una nueva etapa socio-política. En El Rollo todos se conocen y la ambición es algo que no tiene cabida entre carros, animales de granja, paja y tierra; Jenaro, sin embargo, es un entusiasta de las quinielas y su máxima ilusión es ganar una completa de 14, algo que sus allegados toman a broma. Pero la suerte, como si tal cosa, le llega al humilde aldeano y en contra de lo que todos pensaban se ha hecho con más de 60 millones de pesetas.
A partir de este momento todo cambia para el recién estrenado rico, y aquellos que le trataban como el tonto del pueblo ahora se lanzan a besarle los pies y a manipularle sin miramientos, algo que él, en su infinita bondad e ignorancia, no es capaz de captar; tras presentarnos este ambiente tan rural y cercano durante un tramo, el antes pregonero mangoneado por todos se aventura a la gran ciudad a cobrar el dinero. Ozores recuerda de este modo dos títulos similares también con Landa: “Guapo Heredero busca Esposa” y “Dormir y Ligar, todo es Empezar”, dirigido por él, donde el protagonista marchaba también a la capital y por culpa de la mala suerte conseguía la fama en su pueblo, tratándole de igual modo.
En esta ocasión no será la mala suerte, sino la buena la que cambie la vida de Jenaro, que está a punto de verse envuelto en una atmósfera de hipocresía, engaño y codicia a unos niveles que rayan en lo increíblemente absurdo. Su llegada a Madrid, la misma que años antes vivían Martínez Soria en “La Ciudad no es para Mí” y Gracita Morales en “Chica para Todo”, ya presagia la manipulación y el cinismo de la que va a ser parte cuando se convierte en víctima de unos chavales con muy mala idea; la ciudad, de nuevo, es el ambiente maldito y a la vez cautivador para el individuo de clase media-baja inocente y bonachón llegado del pueblo, a todos los efectos la imagen incuestionble del españolito “tardofranquista”.
Lo consiguiente serán una serie de divertidos enredos en los que el pobre Jenaro se verá enzarzado por culpa de las ansias de unos y la avaricia de otros mientras éste sólo desea estar junto a Juliana, la chica del pueblo a la que amaba y que ahora vive en la ciudad ejerciendo la prostitución (esto, claro, será insinuado muy cuidadosamente debido a la presencia de la censura). Un repelente que se hace pasar por caballero y que urde un plan de chantaje, una chiflada pareja de ancianos con mucha caradura y un desgraciado que dice ser amigo de Jenaro de toda la vida son sólo algunos de los sinvergüenzas con los que éste deberá lidiar para proteger su fortuna.
La crítica de Ozores y Coello a las repulsivas artimañas que es capaz de tramar el ser humano por pura codicia (incluso acusar falsamente al protagonista de haber mantenido relaciones con una joven para casarse con ella y así compartir la fortuna) estará lanzada siempre desde la farsa y el humor, ligero y costumbrista, pero no exento de un cierto tono de acidez y negrura, que impregna las alocadas situaciones a las que es lanzado el bueno de Jenaro, llegando la trama al cenit de lo absurdo cuando el pueblo entero decide viajar a Madrid en autobús en busca de su hijo pródigo.
Sin embargo, ni Coello ni Ozores aprovechan como es debido las posibilidades del guión ni del personaje, maravillosamente interpretado por Alfredo Landa, ya que, pese a la presión y el cinismo que soporta no se revelará contra sus acosadores, y eso habría sido satisfactorio de presenciar. Las preciosas María Luisa San José y Mirta Miller y los geniales Rafael Hernández, Alfonso del Real, Erasmo Pascual, Juanjo Menéndez, Laly Soldevila, Josele Román, Mari Carmen Prendes y hasta el padre del director, Mariano Ozores Francés, acompañan a Landa, quien esta vez saca a relucir su actitud más ingenua y amable.
En una colaboración especial e igualmente impagable aparecen los míticos Jaime de Mora y Aragón y José María Íñigo, haciendo de sí mismo. Especie de revisión alocada del clásico de Iquino “El Pobre Rico”, esta fábula del sr. Ozores con mucha diversión y moralina de por medio sobre los problemas y no las alegrías que da el dinero y la fama acorde a los seres que uno tenga alrededor podría haber tenido un resultado mejor con un guión y un protagonista mejor desarollados (las cosas de un argumento elaborado a seis manos...).
La ciudad, con sus altos edificios, grandes avenidas, modernos coches y restaurantes de lujo, ¿quién no querría dejar para siempre la plazoleta del pueblo y sumarse a su ajetreado ritmo y vestir como los jóvenes que la ocupan con su chulería y libertad?
La ciudad es la salida...o a lo mejor no...
Los años 60 por fin han llegado a nuestra tierra, y lo han hecho nada menos que con la visita del presidente Eisenhower. El Plan de Estabilización Económica va ha llevar al país a una nueva etapa más allá del modelo económico interior y la autarquía del Régimen, con la revalorización de la moneda, la liberalización del comercio y la inversión en el mercado extranjero esenciales como señas de identidad; con las puertas abiertas España empieza a enriquecerse y comienzan a aterrizar en sus costas los primeros extranjeros, responsables de la más importante fuente de ingresos: el turismo. Por otra parte hay otro tipo de migraciones.
Son las que, en constante crecimiento, se dan de las pequeñas poblaciones y municipios a la capital; muchos se lanzan a probar suerte saboreando por igual las mieles y las hieles de la tentadora metrópoli. En ese momento un joven director de irregular, corta pero muy interesante trayectoria y aún sin ningún éxito importante llamado Mariano Ozores ocupa el puesto tras la cámara para dar vida al poco elaborado guión de Ramón Pujante sobre la situación actual, y tiene como protagonista a Gracita Morales, peculiar actriz que está labrándose gracias a su carisma y su inimitable voz una carrera muy prometedora en el panorama cinematográfico.
“Chica para Todo” empieza como lo harán muchas películas posteriores de Paco Martínez Soria, en un pueblo tradicional y con una marcha a la ciudad, y vuelve sobre el mismo concepto que diez años antes exponía Ozu en “Cuentos de Tokyo”: la llegada a la capital y la no adaptación a su ritmo y atmósfera. Este viaje lo iniciamos con Petra, una muchacha dispuesta a abrirse camino en la vida y que cuenta con la ayuda de su amiga Adela para hacerlo, y Javier, un amigo del pueblo que va a realizar el servicio militar y que, como veremos más adelante, está enamorado de ella en secreto.
En efecto, nada más poner los pies en Madrid, Petra, como todos los de su condición, se come la ciudad con los ojos antes siquiera de saborear los peligros que encierra. Ozores deshace esta ilusión con rapidez usando a los clásicos timadores caraduras, que consiguen estafarla, y a un matrimonio de clase media, que se aprovechan de su ingenuidad para convertirla en criada; como vemos, ni el lugar es tan seguro como parecía ni uno se enriquece sólo al llegar; así circula la trama, siguiendo los pasos de la inocente pueblerina, que, tras reunirse con Adela, comienza una serie de aventuras las cuales le mostrarán la realidad del auténtico entorno al que se ha lanzado.
Petra es como todos los emigrantes con grandes esperanzas, una chica que halla en las abarrotadas calles de la ciudad nuevas costumbres a las que amoldarse si quiere ser reconocida, como adoptar las liberales formas de ser de las jóvenes, que beben y fuman, que visten provocativamente al estilo extranjero y sobreviven sin el sometimiento del hombre, así como se deja hechizar por embaucadoras banalidades, ya sean dadas por Adela (la facilidad con que ella gana dinero y sale con chicos) o por la misma sociedad (la engañosa televisión, el glamour de las salas de fiestas).
Encantos que actúan de venda para cubrirle los ojos y no dejarla ver, siendo lo único real en ese ambiente tan cínico y superficial el amor de Javier, quien se percata antes que ella del error que ha sido el salir de la humildad y calidez del pueblo; por tanto, la única solución posible a tanta tristeza es la de huir nuevamente. De por medio, un “romance” a medio cocinar entre Adela y un hombre que la pretende sin éxito con el que se ridiculiza a la clase media-alta; mientras lanza una mirada mordaz a la sociedad actual, Ozores cruza comedia costumbrista con aroma a Neville y Capra y retazos de melodrama neorrealista, con una técnica sencilla y a la vez elegante, gracias a la fotografía de Emilio Foriscot.
También se comienza a percibir el gusto del director por el despertar sexual, aunque sin hacer concesiones a lo inmoral, pues la censura está presente en la época y no perdona un desliz; lo que más adelante será una fuerte transgresión de barreras con la llegada del “destape” y la total asimilación del erotismo como seña de identidad, aquí son todavía timoratas pero visibles insinuaciones que la cámara registra con prudencia, casi con pudor. Incluso a la hora de mostrar la cruda realidad Ozores debe disfrazarla con eufemismos (las “señoritas” de la sala de fiestas, como Adela, que no dejan de ser prostitutas).
Divertida, agradable, ingenua y encantadora pero también cargada de carácter, Gracita Morales repite el papel de sufrida criada que le diera la fama en el país a partir de su aparición en “Siempre es Domingo” de Fernando Palacios, tomando de aquél hasta el nombre, Petra, y encasillándose para siempre en este tipo de personaje, tan costumbrista y con el que el público simpatizaba a la perfección. Ozores la reúne por primera vez en una película suya con un José Luis López Vázquez histriónico e irritante pero en el fondo simpático, aunque ésta ya había colaborado con él anteriormente, formado así una pareja entrañable que en años venideros demostrará ser un seguro para la taquilla.
Destaca la presencia de la guapísima Vicky Lagos, Tota Alba, Trini Alonso, Alfonso del Real, que se convertirá en uno de los habituales del cineasta, y un joven Antonio Ozores con su gracejo y verborrea inimitables en un papel con más matices dramáticos de lo que parece a simple vista.
Algo irregular, tanto en argumento como en tonos, “Chica para Todo” significó el primer papel importante de una Gracita Morales que aún tenía que hacer reír mucho a España y con la que aún se podía trabajar antes de su trágica separación y paulatino trastorno mental; más tarde realizaría un trabajo similar de nuevo con Ozores en “¡Cómo está el Servicio!”.
Los años pasan, la gente cambia, pero los lazos de amistad, así como las deudas pendientes, nunca se olvidan. El caso es que aquí están, una de las parejas más memorables del cine de acción de los 80, y que al parecer aún tienen ganas de marcha.
Como bien cantaba Phil Lynott: “¡Boys are back in town!”.
En 1.982 Walter Hill, que no nadaba precisamente en la abundancia económica y a quien el éxito se le iba mostrando cada vez más esquivo e inalcanzable, se tropezó con él de forma inesperada tras el estreno de una producción que le llevó a intensas disputas con Paramount Pictures pero terminó solucionando sus muchos problemas. Esa fue “Límite: 48 Horas”, que no sólo llegó a ser su película más lucrativa, sino que marcaría un antes y un después en el policíaco, iniciando así una variante del mismo que sería explotada hasta la saciedad: la “buddy movie”.
Mucho había llovido desde entonces. El director tuvo algún momento de lucidez acompañado de ligeros traspiés, e incluso retornó al subgénero intentando lograr los mismos resultados con “Danko: Calor Rojo”, lo cual sólo ocurrió a medias; por su parte, en contraposición a la humilde carrera de Nick Nolte, Eddie Murphy se convirtió en una gran estrella gracias a las entregas de “Súperdetective en Hollywood”, que arrasaron en taquilla, o “El Chico de Oro”. De hecho, la idea de reunir a los personajes de Jack Cates y Reggie Hammond fue suya aprovechando su tremenda popularidad, algo a lo que Hill se mostró reacio en un principio...
Pero sólo tendría que observar las pobres cifras de su anterior (y magnífica) propuesta, “Johnny, “el Guapo” ”, para aceptar sin mucha demora la oferta de Murphy, quien hizo las veces de productor. Con un guión escrito a seis manos por John Fasano, Larry Gross (“Calles de Fuego”) y Jeb Stuart (“La Jungla de Cristal”), “48 Horas Más” arranca de un modo similar a como lo hacía la primera, con el espíritu de Leone impregnando cada una de las secuencias en un entorno bañado por la brillante luz solar y el polvo del desierto, mientras en una tasca de mala muerte se sentirá el fuerte olor del sudor y la muerte.
Y es que Hill despliega la acción a su modo, con crudeza y áspera brutalidad, así enlazamos con Jack Cates, quien, mientras esquiva las acusaciones de los de asuntos internos, prosigue con un caso que le lleva consumiendo cuatro años: cazar a un traficante apodado “The Iceman”, que además va tras la pista de Hammond para asesinarle por una antigua deuda; se establece el reencuentro entre estos dos tipos que ocho años antes se despidieron con afecto y bajo una palabra de honor...aunque de esa simpatía no queden ni las cenizas, lo cual su reunión resulta forzada, y más aún por la forma en que Cates “solicita” la ayuda de su antiguo compañero.
Reencuentro que por otra parte no resulta casual ni gratuito aunque nos lo parezca, pues la historia toma prestados elementos y cabos que quedaron sueltos de la primera entrega; de este modo: unos asesinos contratados por un enigmático ser que como buen maestro de ceremonios mueve los hilos sin ser visto, para liquidar a Hammond y entre ellos el hermano de Ganz, a quien Cates mató años antes. Dos tramas obligadas a converger, que se alimentarán la una de la otra, y que avanzarán al unínoso, sirviéndose Hill de la venganza y la traición, dos de los motivos más recurrentes de su cine, como resorte e incentivo de los acontecimientos venideros.
En ellos veremos a los protagonistas de nuevo enzarzados en una lucha de egos y personalidades, aunque la brutalidad física y el desprecio mostrados con los que al fin lograban construir lo más parecido a una amistad son ahora reemplazados por tomas y dacas humorísticos, como si ya hubiesen asumido el rol de pareja cómica, al tiempo que la inversión de roles entre ambos se lleva al extremo con esa supuesta encarcelación de Cates, de la que estamos atentos todo el rato, pudiéndose poner éste físicamente en el lugar que ocupaba Hammond. El entorno, sin embargo, no cambia; y es que, si algo caracteriza a Hill es su innata habilidad para saber captar al vuelo ese ambiente único que da vida y cuerpo al film.
Y es ese ambiente sucio, violento y sombrío directamente sacado de las novelas de Leonard, Cain o Mosley, de bellas zorras, tipejos duros e intensas luces de neón colmado de fuertes olores, el del alcohol, el sexo, la pólvora y la sangre, que se confunden en una sinfonía cautivadora a ritmo de atronador “rock n roll”, con sus trazos de elegante “noir” “melvilliano”, de contundente policíaco al estilo de Siegel, Friedkin y Winner y de seco “western” donde son más que apreciables las influencias de Peckinpah, a quien su alumno Hill no duda en homenajear cada vez que puede (esos duelos y tiroteos tan cercanos a los de “La Huida”...).
Con todo ello es evidente que el nivel de “48 Horas Más” desciende con respecto a su predecesora; la intriga y el suspense van siendo asfixiados por la trepidante acción, que el californiano nos sirve en grandes y mareantes dosis, y el humor gana terreno deliberadamente, debido a la situación generada por el sr. Murphy, cuyos aires de estrella se traspasan a los de su personaje aplastando con sus desvelos casi por completo a Nolte, quien no pierde ni un ápice de su carisma aunque sí de fuerza ante su fiero oponente, por lo que la química se debilita. Repite Brion James, esta vez de villano, papel al que ya se había acostumbrado con el tiempo y Ed ORoss colabora de nuevo con Hill.
La película, como estaba pronosticado, fue un éxito de taquilla doblando en beneficios a los de la primera parte, pero tras dar un gran quebradero de cabeza al director: la ocurrencia de los señores de Paramount de exigir unos cortes excesivos en el metraje, de más de dos horas en un principio, dejándolo tal y como lo conocemos, creando así varios agujeros argumentales y la considerable reducción de los papeles de los actores secundarios (sobre todo James).
Aun así, Murphy y Hill se llenaron los bolsillos, objetivo inicial del proyecto, y éste nos regaló una secuela, si no a la altura de la original, por lo menos muy entrenida y cuajada de acción y violencia, en la línea de los mejores policíacos de antaño. Es una alegría que los chicos hayan vuelto.
Un hombre duro, cabezota y peleón recorre las solitarias y polvorientas carreteras de EE.UU. en busca de algo más que el triunfo material o profesional.
Él va tras la mujer que ama. Será un viaje en el que descubrirá que quizás no es tan duro como siempre creyó...
Si se pudiera definir con una palabra la primera etapa de la carrera de Clint Eastwood, sobre todo la que concierne al paso de la década de los 70 a la de los 80, sería la de “irregular”, aunque también le valdría “ecléctica”. Y es que para los que hayan conocido al Eastwood más grave y actual resultará cuando menos extraño toparse con una primera fase donde primaba la experimentación y el afán por probar todo género que se pudiera; a finales de los 70 ya era director de pleno derecho gracias a títulos tan memorables como “El Fuera de la Ley”, con el que se estableció una imagen mítica y desmitificadora más allá de la que le habían impuesto los críticos y el público.
La violencia, la dureza, el cinismo y una visión implacable de la Norteamérica de la época definían su estilo característico, hasta que el actor/director decidió subvertir este orden creando un universo alternativo que, sin querer, sería representativo de su filmografía venidera, y ese paso lo daría con “Every Which Way but Loose”, proyecto que su guionista, Jeremy J. Kronsberg, ya había visto rechazado en multitud de productoras hasta que por casualidad cayera en las manos de un Eastwood recién salido de su sexta experiencia a la dirección, la no menos mítica “Ruta Suicida”, robándole así el papel a Burt Reynolds.
Y cediéndole la realización a su colaborador James Fargo, quien ya le había “dirigido” (todos sabemos que, independientemente de quien se halle tras la cámara, es Eastwood quien toma las decisiones) en la tercera entrega de las aventuras del inspector Harry Callahan. La historia se inicia, una vez más, desde el aire, pero no en el escenario de una gran ciudad, sino de una carretera que atraviesa un paisaje bastante rural y primitivo, secuencia convenientemente acompañada por el tema de Eddie Rabbitt que da nombre y alma a la película.
Será en la carretera donde todo empiece y donde todo termine, un escenario único para el Clint de esta nueva etapa, que aquí se mete en la piel de Philo Beddoe, un camionero de profesión amante de la cerverza, las mujeres guapas y la música “country” que usa sus puños en peleas clandestinas donde poder ganar algo de dinero; a su vera, su buen amigo y socio Orville, la quejicosa madre de éste y un cariñoso y muy jaranero orangután llamado Clyde, con el que se identifica en espíritu. Sólo el principio puede servirnos para obtener una descripción fidedigna de Philo, pero como se nos demostrará más adelante las apariencias engañan, y mucho en el caso de Eastwood.
Mientras el protagonista se sirve de su fuerza física para obtener el bien material demuestra ser un desastre en los bienes amorosos, ya que muy en el fondo, bajo sus rígidos bíceps, se esconde alguien inseguro, temeroso y débil emocionalmente, el típico hombre capaz de dejarse manipular por una mujer; esa mujer, instigadora de todas las desgracias que van a desatarse, resulta ser una aspirante a cantante de éxito llamada Lynn, quien mantendrá lo más alejado a un romance con Philo, quien, tras perderle la pista, la seguirá a lo largo y ancho del país con la esperanza de encontrarla.
Es el viaje el objeto de ésta y futuras obras del actor/director, un viaje bien de descubrimiento, reencuentro, bien de muerte y resurrección, ya iniciado en “El Fuera de la Ley” y que continuará en “Bronco Billy” y “El Aventurero de Medianoche”; sin embargo aquí asistimos a un viaje cuyo final, que ya sabíamos antes de que comenzara, se averigua amargo y triste, logrando así que nos sintamos tan identificados con Philo. De fondo, distintos personajes con los que Eastwood (que no Fargo, quien está ahí sólo para sostener la cámara) dibuja un universo en sí mismo, entrañable, pintoresca y rural visión de la sociedad asentada en la América profunda.
De ésta, de algún modo u otro y gracias a los imposibles seres que la habitan, nace una pequeña gran comunidad a la que uno desea pertenecer, con lo bueno y lo malo que arrastre. En esta América imaginada los hombres son tipos duros por fuera con el corazón más blando que un flan y las supuestamente inocentes damas son zorras calculadoras con mucho aplomo y gran destreza con las armas, todo lo contrario que los patéticos e inútiles policías; por otra parte, los delincuentes de la sociedad son cobardes presa de la continua desgracia, perfecta imagen encarnada en esa pobre banda de motoristas (bufonesca parodia de los Hells Angels).
Es un mundo de trabajadores, cerveza, “country”, golpes y amores traicioneros, de oscuros pubs, sucios moteles de carretera, frondosos bosques, interminables y polvorientos caminos e inmensos lagos en donde perderse y ahogar las penas, un mundo donde los que caen son olvidados y despreciados y los que continúan peleando son recordados y aplaudidos. Ese es el Oeste, melancólico, cínico y divertido que se genera desde la nueva óptica “eastwoodiana”; no obstante el film no desea moverse por los terrenos del drama, sino del humor, por lo que el equilibrio entre uno y otro es desde luego irregular, tanto que llega un punto en que no se sabrá por cual inclinarse. Y es que, con todos sus pesares a cuestas, Philo (y su álter-ego) intenta salir del paso, sonreír, conformarse con la familia que tiene y proseguir su viaje, infatigable.
El amigo Clint no precisa de esfuerzo para lograr nuestra simpatía con una actuación de lo más risueña y desenfadada, parodiando a los antihéroes más duros de su cine (impagable la referencia a “El Bueno, el Feo y el Malo”), así como esa genial Ruth Gordon, la preciosa Beverly DAngelo o Geoffrey Lewis, quienes encabezan un reparto lleno de buenos amigos del actor, como Bill McKinney, John Quade, William OConnell o Gregory Walcott, completado por el gracioso orangután Manis, quien forma un dúo atípico e inolvidable con Eastwood; la comunidad adquiere así un significado real y honesto...
Comunidad que sin embargo quiebra por todas partes una Sondra Locke de lo más desquiciante en uno de los papeles más repulsivos de toda su carrera, y con el que presagiará su triste final con Eastwood en la vida privada. Con varios guiños a los clásicos del humor (Keaton, Chaplin, Lloyd...) y una banda sonora cuajada de añejas canciones “country”, Eastwood y su acólito Fargo lograron uno de los mayores éxitos de taquilla de 1.978, y todo pese al aluvión de malas críticas que recibió su obra, un puente entre las primeras del actor/director y la siguiente década bastante denostada con el tiempo por hallarse entre dos títulos de altura como “Ruta Suicida” y “Fuga de Alcatraz”.
Pese a sus fallos y estructura irregular, “Every Which Way but Loose” no deja de ser un paso importante para entender la evolución del cine de Eastwood en aquellos tiempos. Dos años después llegaría una secuela bastante pobre que no merece la pena recordar...
Recuperar el magnífico diamante ¨La Pantera Rosa¨ fue una gran hazaña, pero por suerte pudo volver a su palacio y descansar en paz...
¿pero qué fue del jefe Dreyfus?, eso es lo realmente importante, y las cosas tan terribles que iba a planear contra el pobre Clouseau. ¡El momento ha llegado!
Hace unos días retransmitieron en televisión aquel ¨remake¨ dirigido por Shawn Levy que apareció a mediados del 2.000 en el panorama cinematográfico como una cucaracha en una paella, y que yo mismo junto a mi padre fui testigo en una sala de cine de la inexistente gracia que poseía el film, cuyo mítico Clouseau venía interpretado por el a veces simpático aunque aquí rematadamente nefasto Steve Martin. La experiencia, lejos de ser agradable, fue una tortura difícil de explicar, y para mi sorpresa la película terminó con una recaudación generosa (los extraños gustos del populacho actual...).
Y es que aquello que presencié no guardaba ninguna relación con los míticos títulos realizados por Blake Edwards y que tanto disfruté en el VHS en mi niñez, y éste que nos ocupa fue quizás el más divertido, una nueva aventura en la que el director y su recurrente colaborador Frank Waldman pensaban usar uno de sus guiones con el objetivo de hacer una serie de televisión tras el enorme éxito de la anterior ¨El Regreso de la Pantera Rosa¨. Esto no sucedió, claro, pero sí dio la suficiente fuerza a Edwards para preparar otra entrega junto a Peter Sellers, con quien cada vez resultaba más difícil trabajar debido a su condiciones físicas y mentales.
La intención original del cineasta era realizar una peripecia épica en la línea de grandes comedias americanas clásicas como ¨La Carrera del Siglo¨ o ¨El Mundo está Loco, Loco, Loco¨, pero esta idea chocó directamente con la opinión de los pazguatos mandamases de United Artists, que recortaron impasiblemente el extenso metraje, de nada menos que tres horas de duración, para su aceptación comercial en cines. Esta tercera entrega de la saga de ¨La Pantera¨ (ciñámonos a ella) sigue los acontecimientos de la anterior, cuando Clouseau era ascendido y Dreyfus, junto a su locura, encerrado en un manicomio.
Waldman y Edwards se proponen entonces dejar a un lado el diamante que desencadenaba la aventura y centrarse en aquel gracioso personaje, que parece haber recobrado la cordura tras una larga reclusión, pero es bien sabido que pronto la volverá a perder nada más personarse Clouseau, a quien la catástrofe no deja de perseguir, y viceversa. Los primeros minutos ya nos ponen en aviso sobre las barrabasadas que el inspector irá cometiendo para desgracia de su otrora jefe, y sobre todo de la magnitud de éstas; y es que ahora, y más que nunca, Edwards apuesta por desviar la atención de cualquier lógica y preparar un divertido guiñol donde Clouseau y Dreyfus serán los títeres y el disparate el maestro de ceremonias.
Porque un argumento donde Dreyfus se fuga del manicomio, crea un grupo de asesinos especializados y se refugia en un castillo medieval transformándose en un extravagante villano que nada desentonaría en algunas de las entregas de James Bond protagonizadas por Roger Moore, invita, desde luego, al disparate, y así será desde el principio hasta el final, sirviéndonos el director con exageradas dosis de humor absurdo (que presagia la comedia norteamericana de los 80 capitaneada por ¨Aterriza como Puedas¨) una colección de ¨gags¨ descacharrantes, seguidos uno detrás de otro sin oportunidad al respiro.
¿La trama? Poco importa. Una fantasía con villano grotesco, toques de humor negro y guiños a ¨El Fantasma de la Ópera¨ que se asemeja más a una parodia de las películas de espías, olvidándose la esencia aventuresca y a los ladrones de guante blanco de la anterior entrega para acercarse a aquel ¨Casino Royale¨ donde el mismo Sellers aparecía casi una década antes. Clouseau será el centro de atención (antes era un secundario) al estar en el punto de mira de varios asesinos a sueldo, que como es lógico fracasarán estrepitosamente, reforzando por medio de la risa el concepto que Hitchcock dio en ¨Cortina Rasgada¨: lo difícil que resulta matar a un hombre.
El esfuerzo de Edwards es mayúsculo para levantar la polvareda de caos y sinsentido con el avanzar de la historia (quedando elevado a la 10.ª potencia al introducirnos en la Casa Blanca y comprobar lo que Dreyfus puede hacer al Mundo con un arma tan imposible como un rayo desintegrador). Esto es humor de tebeo, pura bufonería sin mayor pretensión que la de lograr la carcajada, con torpezas, golpes, frases tontas y destrucción masiva de escenarios, aunque es inevitable el que puedan preveerse muchos ¨gags¨ 40 minutos antes de que sucedan (la aparición de Cato, la caída de Clouseau por las escaleras o por el puente, las muertes de los asesinos...).
Todo ello coronándolo un clímax espectacular (con el inspector montado sobre el láser como hacía T.J. Kong en la bomba de ¨Dr. Strangelove¨) y precedido por uno de los momentos más desternillantes no sólo del film sino de la saga (Clouseau, disfrazado de dentista, se propone extirpar a Dreyfus una muela bajo el efecto del óxido nitroso, escena inspirada en la comedia de Norman McLeod ¨Rostro Pálido¨). Sellers nunca estuvo tan gracioso como en esta ocasión y Herbert Lom revela una vez más al monumental cómico que lleva dentro, ambos seguidos del entrañable Burt Kwouk, la preciosa Lesley-Ann Down y un simpático Omar Sharif en una breve aparición no acreditada.
La negrísima, delirante y frenética ¨Pantera Rosa ataca de Nuevo¨ fue un éxito de taquilla al igual que su predecesora, sin embargo no logró igualar sus cifras (difícil teniendo en cuenta que aquélla es, de lejos, la mejor de la saga).
Siguiendo la estela de popularidad, Edwards reuniría a todo el equipo una vez más y a Sellers por última en ¨La Venganza de la Pantera Rosa¨, algo menor que la que nos ocupa y de nuevo sin el conocido diamante en la historia.
Un hombre y una mujer se atan en los árboles del bosque de Sonezaki para morir, morir por amor. En un mundo dominado por la hipocresía, la codicia, la violencia y la esclavitud dos amantes no pueden dar rienda suelta a sus sentimientos.
La muerte significa en realidad la salvación para sus almas.
A finales de los 70 poco le quedaba a muchas compañías de la industria cinematográfica japonesa para convertirse en testigo de su declive comercial, que aumentaría bien entrada la década siguiente; aunque todavía llegan buenas obras de directores veteranos, el sexo y la violencia han aumentado porque eso es lo que más atrae al público, y con ello la producción del llamado ¨roman porno¨. Por eso quizás lo más importante de estas fechas es el gran revuelo causado por ¨El Imperio de los Sentidos¨; Yasuzo Masumura es otro maestro que ya lleva mucho tiempo ejerciendo, pero sus pasos son irregulares.
Daiei, para la que trabajaba, ha quebrado, y crea una compañía independiente junto a su guionista Yoshio Shirasaka y el productor Hiroaki Fuji; dirige antes dos ¨thrillers¨ y luego adapta dos novelas de temática histórica: la primera es ¨Daichi no Komuriuta¨, de Kukiko Moto, y la segunda la pieza kabuki del dramaturgo Monzaemon Chikamatsu ¨Sonezaki Shinju¨, trágica historia de amor que ganó gran popularidad tras su estreno en 1.703, tanto que el autor repetiría el mismo planteamiento en varios trabajos más, adaptados a la gran pantalla por Masahiro Shinoda (¨Shinjuten no Amijima¨) y Kenji Mizoguchi.
En la producción, realmente austera, interviene la compañía Art Theatre Guild, mayormente apoyando a los cineastas de la Nueva Ola. La acción se sitúa en Osaka, en el penúltimo año de la era Genroku, época de estabilidad económica, paz y florecimiento cultural gobernada por el emperador Higashiyama, y donde Masumura declara que ¨los hombres y las mujeres vivían por amor y honor¨ antes de presentar a una pareja en fuga que cruza un pasillo rodeado de ídolos y tumbas cerca de un santuario, y pronto conoceremos su puro pero fatal romance por medio de ¨flashbacks¨ mientras se aproximan entre las tinieblas de la noche a su inevitable destino.
La inspiración viene de una figura de proyección que sirve de presagio: dos jóvenes, ella prostituta, él sirviente, se suicidan. Este romance de final amargo se refleja en Tokubei y Ohatsu, de similares identidades; el ¨tiempo de la felicidad¨ que se supone es la era Genroku encuentra su reverso más negro, corrupto, salvaje y descorazonador. Los jóvenes se aman, pero la sociedad se opone por diferentes vías; Tokubei, huérfano criado por su tío Kyuemon, un importante mercante, se niega a casarse con Oharu, sobrina de éste, lo que le lleva a ser despedido del negocio y a recuperar además la plata (kamme) ofrecida como dote a su pobre madrastra, responsable del acuerdo matrimonial secreto.
La secuencia de la anciana declarando que la riqueza es más importante que la felicidad de su hijastro es la prueba más cruda y directa del ataque a la codicia humana que presenta el director. Por otra parte Ohatsu también es obligada a casarse por los dueños del lupanar donde trabaja con un rico cliente, pero ella es incapaz de verse convertida en la concubina de un anciano; se nos presenta entonces a los amantes oprimidos por una sociedad donde el oportunismo y el interés priman sobre los verdaderos sentimientos, pues ambos, aun dedicándose a trabajos muy distintos, son esclavos del dinero y la avaricia de otros.
Esta atmósfera impregnada de un calor agobiante, tanto más cuanto que ninguno de los protagonistas se revela contra las acciones de sus opresores, se recrudece con la aparición y las posteriores artimañas de un repelente y escurridizo comerciante llamado Kuheiji, que pide prestada a Tokubei la plata que ha de llevar a su tío, y la cual nunca será devuelta. La calumnia, la acusación y la humillación se abalanzan conta el inocente joven mientras Ohatsu observa impotente, por lo que la única manera de que ambos puedan conocer la felicidad auténtica es abandonar la tan sucia y peligrosa sociedad en la que moran.
Masumura regresa de esta forma a sus tristes relatos ocupados por una pareja contra el mundo que les rodea, dos amantes cuyos actos se guían por el más noble amor e incomprendidos por todos los demás, como pudimos ver en ¨La Mujer de Seisaku¨, que de algún modo presagiaba la que nos ocupa; sin embargo en esta ocasión, y siguiendo de cerca la visión dura y trágica de Chikamatsu, no se concederá piedad alguna a los jóvenes ni el escenario terrenal será donde finalmente expresen su amor, al contrario que en el drama de Seisaku y Okane (o que en la temprana ¨Besos¨, por ejemplo).
El clímax, abrasivo y sangriento, no disimula su presencia en la historia (pues desde el inicio el presente y el pasado convergen gracias a los ¨flashbacks¨), y el director se esfuerza en capturar la esencia de la obra de manera directa y áspera, sin concesiones poéticas como pudo hacer Mizoguchi en ¨Chikamatsu Monogatari¨, mientras decide dotar a los diálogos de un extraño ritmo y musicalidad deliberadamente teatrales, interpretados casi como líneas de una obra kabuki por sus actores, donde sobre todo destacan esa hermosísima Meiko Kaji (ya muy popular debido a ¨Lady Snowblood¨) y el artista Ryudo Uzaki. Memorable también la dura actuación de Hisashi Igawa.
Esta obra, arropada por una singular y anacrónica banda sonora de arreglos ¨rockeros¨ y ¨jazzísticos¨ de la que se encargó el propio Uzaki, y con la que Kaji ganó bastantes premios por su actuación, significó un cierre muy digno para la algo irregular década de los 70 por la que pasó el cineasta, a cuya carrera poco le faltaba ya para acabarse.
En una sociedad gobernada por la tiranía y la codicia de la mafia ningún policía puede hacer nada, ni tampoco desea hacer nada.
Lo mejor es, entonces, dejar el trabajo sucio a un detective, pero uno que sea tan duro, astuto y valiente como Hideo Tajima.
Hace poco que se han estrenado las últimas películas de Kinuyo Tanaka y Yasujiro Ozu, y además el veterano director fallece poco después. De algún modo se representa el cambio más significativo con respecto a la etapa clásica y la moderna del cine japonés; mientras esto sucede los incipientes Imamura, Oshima y Yoshida empiezan a hacerse notar con su discurso rompedor. También 1.963 se convierte en un nuevo periodo para Seijun Suzuki, que lleva la friolera de seis años rodando a un ritmo frenético para su compañía Nikkatsu, soportando limitaciones y pobres encargos.
Se ha amoldado bien a los melodramas juveniles y su ingenio destaca en los títulos de las exóticas “borderless action films”, en especial dentro del “noir”. Cuando acaba el año anterior con la regular “Ore ni Kaketa Yatsura”, la productora, que desea convertir a Jo Shishido en un astro de la acción, prepara su salto estelar y Suzuki, con quien ya ha trabajo el actor de secundario (nunca quiso darle un papel protagonista...), ha de ocuparse de ello; este suceso marca una serie de colaboraciones entre ambos que concluirá en la memorable “Marcado para Matar”. Iwao Yamazaki adapta para la ocasión una novela de Haruhiko Oyabu, autor especializado en relatos criminales y policíacos, y el resultado parece ser infalible.
En la línea de exotismo y deseo por adoptar la imaginería yanqui de ese tipo de cine “exploitation” que Nikkatsu llevaba a cabo, el comienzo de “Tantei Jimusho 2-3” no puede seguir con más empeño dicha tendencia. Un hombre negro observa en silencio en una base americana cuando dos bandas de gángsters, algunos disparando desde de un camión de pepsi-cola, se disputan un alijo de armas; tiros, explosiones y una banda sonora “jazz-pop” establecen el tono de esta aventura, que nos presenta las andanzas de Tajima, detective en la tradición de los antihéroes de los “hard-boiled” literarios, para desenmascarar a los yakuzas que han robado las armas.
Suzuki ya ha tratado a estos personajes, pero esta vez añade al conjunto una nota de humor absurdo, y que además de por el desparpajo y la chulería del protagonista, viene por la intervención de secundarios pretendidamente caricaturescos (como los dos ayudantes de Tajima, que parecen salidos de una viñeta). Lejos de resultar un hándicap, el cineasta lo equilibra a la perfección con la violencia, la intriga y la acción de la trama, que arranca tras la detención del joven Manabe, miembro de la organización que ha robado las armas y que se halla amenazado por todos los demás grupos yakuzas.
La secuencia donde vemos a todos los feroces gángsters invadiendo la calle frente a la comisaría esperando a Manabe es un claro ejemplo de las habilidades de Suzuki. Tajima aprovecha la situación para interferir salvando la vida al chico con ayuda del inspector Kumagai y así infiltrarse en su grupo para recuperar el cargamento y llevarse una buena suma de dinero, pues el oportunismo y el engaño guían la historia; junto al detective nos sumergimos en una atmósfera tan violenta y oscura como sugerente y exótica según la visión del director, quien empieza a apostar por el riesgo visual y estético en detrimento de obedecer las convenciones del género.
Romperá esquemas muy pronto, pero se percibe el gusto por lo extrañamente cautivador y vanguardista, siempre influenciado por el cine europeo y americano. Mientras las artimañas de Tajima para no ser descubierto revelan una total infiltración de la policía (aquí presentada de forma patética y incompetente) en cualquier sector de la sociedad, el melodrama llega por la intervención de Chiaki, la chica del jefe Hatano; inevitable este personaje trágico que habrá de conquistar el corazón del duro y cínico detective (aunque poco o nada importe para el argumento), quien se esfuerza por destacar cada vez que puede, ya sea enfrentándose a los villanos o seduciendo a las féminas.
John Carr, Lou Carrigan y Don Siegel se cruzan con Umetsugu Inoue, Melville y Godard y el cóctel resultante es divertido, trepidante y excitante, porque si algo sabe Suzuki es combinar el puro entretenimiento con el carisma de sus personajes, que varían entre lo tópico y lo grotesco; al fin y al cabo “Tantei Jimusho 2-3” es una novela “hard-boiled” de bolsillo y pretende discurrir rápido entre mentiras, traiciones y fatales romances mientras el realizador echa un vistazo a la sociedad japonesa del momento, viciada con el entusiasmo de la juventud, que adopta los modelos americanos (la secuencia en la discoteca lo ejemplifica).
Suzuki capta a la perfección la esencia ácida y desenfadada del texto de Oyabu y así habrá de concluir su fábula. Shishido, que se opera los pómulos para aparentar tener madera de estrella, sorprende con su vitalidad en un rol que parece enteramente una parodia del famoso agente de la Continental de Hammett, demostrando que lo suyo es la acción y el espectáculo (remarcable cuando le vemos bailando en el club junto a Naomi Hoshi); su carácter y energía física será su sello de identidad. Lo secundan Nobuo Kaneko, el gran Kinzo Shin, Tamio Kawaji (repitiendo de pazguato detestable) y la guapísima Reiko Sasamori.
El éxito de la película, donde lo que más reluce es el talento de Takeharu Sakaguchi en el diseño artístico, fue tal que al poco tiempo una secuela sería dirigida por Nozomu Yanase, y garantizaría a Suzuki el protagonista definitivo para sus “thrillers”, reafirmándose esta unión con “La Juventud de la Bestia”, siguiente proyecto conjunto basado también en una obra de Oyabu y con unos esquemas muy similares.
Este sería el punto de inflexión en la carrera del director, pues empezaría a arriesgarse mucho más en su estilo y estética, lo que no encajaron nada bien los ejecutivos de Nikkatsu.
La hija vuelve al negocio familiar, que le causa repulsión. La madre lo regenta, el negocio del vicio, el comercio de la carne humana y de la corrupción del espíritu.
Y Mizoguchi presente para encerrarnos entre las paredes del lupanar y captando con su cámara la realidad desnuda y las tragedias, que nunca acaban...
En la época del milagro económico y de la recuperación de los viejos demonios por medio de la pretensión de restablecer la autoridad del emperador, el cine japonés está en su punto álgido y el público internacional realmente sorprendido. Llegado 1.954, Honda hace historia con la primera aventura de Godzilla, “Japón bajo el Terror del Monstruo”, e Inagaki sigue la tendencia de la temática feudal con la gran “Samurái”. En Venecia, “El Intendente Sansho” compartirá el León de Plata con “Los Siete Samuráis”, dos de las obras más poderosas de sus directores y del cine universal.
Antes de eso Mizoguchi, mudado a Daiei, ya es considerado un auténtico maestro, creador de una serie de joyas que han sido galardonadas y aplaudidas en todo el Mundo. Pero incluso en esta etapa de perfección absoluta, de elevar a lo más alto su potencial como artista, su técnica visual y su visión de la Humanidad, no descarta la opción de regresar de cuando en cuando a tratar los temas que realmente le obsesionaban; así, “Los Músicos de Gion”, revisión de su homólogo de 1.936, sucede a “Cuentos de la Luna Pálida”, y tras “El Intendente Sansho” retorna a la época contemporánea con otra historia centrada en el mundo de la prostitución, que escriben sus guionistas Yoda y Narusawa: “La Mujer Crucificada”.
Para no dejar nunca el escenario primordial donde se ubicará la trama, atrapándonos ya en él, Mizoguchi abre la película en la misma calle donde está el prostíbulo, con un coche llegando a su puerta y una señorita vestida elegantemente, a la moda americana, que entrará en él. Su nombre es Yukiko, y es la hija de la dueña, Hatsuko; pues en esta ocasión la imagen del padre, del patrón, está ausente, y es la madre quien lo reemplaza, la jefa de las chicas y por tanto una esclavista moderna. El conflicto se sucede desde el principio, ya que la recién llegada no oculta en su mirada la tremenda repulsión hacia el lugar y hacia aquellas que ejercen el oficio.
Y más aún cuando ese oficio, al que su madre lleva toda la vida dedicándose, ha sido el culpable del abandono de su prometido y de un fallido intento de suicidio; así, nada más empezar, el director no tarda en volver a señalar al hombre como responsable de la tristeza y la desgracia de la mujer. Yukiko está herida y molesta por hallarse en el lugar que ejemplifica la razón de su acto repugnante, cobarde y egoísta (en el cual no se hace mucho hincapié...), y su odio contra el género masculino es inevitable. Por su parte, Hatsuko, mantiene una aventura con Kenji, un amable y considerado médico, aunque esto se mantiene en secreto debido a la gran diferencia de edad de ambos.
Yoda y Narusawa centran el drama en este triángulo amoroso donde la figura masculina resulta ser un resorte de los fatales acontecimientos, un disparador de la sospecha, siempre presente para el espectador, una amenaza constante para dañar aún más la relación entre la hija y la madre, que inocentemente le pide al médico pasar más tiempo con Yukiko para cuidar de ella; rápidamente el melodrama de corte trágico se instala en este cuadro amoroso. El prostíbulo es el escenario de este drama, donde Mizoguchi presenta los hechos y los personajes casi como en una obra teatral, aunque no prestará toda la atención a las jóvenes que comercian su cuerpo.
Dentro observamos los diferentes comportamientos, de las sufridas “geishas”, melancólicas cuando piensan en sus familias, vivarachas cuando atienden a los clientes, tipos patéticos, borrachos, infieles, cobardes, mentirosos y violentos; la historia se desarrolla así con un discurso cuya idea unilateral de Mizoguchi ya cae en lo tedioso: la maldad masculina, a la cual no se le permite ningún tipo de concesión. Por esto Kenji, al principio agradable, se torna repelente, egoísta y vil en sus actos, mientras que Yukiko, primero irritante y soberbia, se gana nuestra simpatía al ayudar a las chicas, presagiándose de algún modo un reemplazo en la dirección de burdel.
Otra sustitución sucede al ser hospitalizada una de las “geishas”, Usugumu, y llegar pidiendo trabajo su joven hermana (la comedia del sexo y el dinero nunca acaba), aunque Yukiko defenderá el derecho (y la obligación) de la mujer a sobrevivir sin tener que caer en las garras de la prostitución, oficio denigrante donde los haya. Entre medias, el director rueda con esmero algunas obras noh que se entrelazan con el argumento y reflejan la situación y emociones de los personajes. Esta técnica llega a su cenit al verse Hatsuko en la pobre anciana de la comedia.
Sin duda lo más conmovedor que logra Mizoguchi es retratar las vicisitudes de una mujer madura al caer presa del amor, como si la oportunidad de experimentar de nuevo el cariño y la afección le fuera arrancada por su edad (curiosamente ella rechaza a su socio). Kinuyo Tanaka, que ha pasado a la dirección convirtiéndose en la primera cineasta japonesa, está de nuevo maravillosa en su última colaboración con Mizoguchi (de quien se dice que cortará su relación por hacerse ella directora); la acompañan un detestable Tomoemon Otani y los correctos Yoshiko Kuga, Eitaro Shindo, Kan Ueda, Kimiko Tachibana, a quien se debería prestar más atención.
La película, gracias a su técnica y cuidado aspecto visual, se aleja de la brutal violencia de “Mujeres de la Noche” (que se situaba en la calle) y esboza el camino para llegar a “La Calle de la Vergüenza” (cuyo protagonismo pertenecerá sólo a las chicas), actuando de puente entre éstas.
Mizoguchi ha convertido el escenario del burdel en el espejo de lo que constituye la realidad de la sociedad y la condición femenina, pero “La Mujer Crucificada”, su penúltima obra sobre el tema, es un logro menor en ese aspecto.
Pues la premisa pinta la mar de interesante y te hace salivar pero te pones a verla y le falta chispa por todas partes, los protagonistas no son carismáticos y las fechorías y dilemas a las que se enfrentan no contienen gran emoción. La animación está trabajada y la entrada al pueblo El dorado es lo más destacable de esta cinta que con razón no trascendió en su momento.
Otra de la franquicia cómica de John Hughes que tiene como protagonistas a dos señores que se conocen en circunstancias particulares y van coincidiendo en determinados sitios llegando a recorrer el viaje hasta llegar a sus casas. Una road movie que auna humor y cierta ternura. Steve Martin hace lo de siempre - nunca me ha hecho gracia - sin embargo John Candy es el que da color a la cinta. Por otro lado, al inicio de la peli aparece en plan cameo, Kevin Bacon. Ligera, divertida, entretenida... Veanla.
En el pasado la encontré más aburrida, pero bueno, finalmente tiene un ritmo que la hace moderadamente lígera y entraña unos chistes y situaciones cachondas por medio que no están mal, no obstante, para ser comedia tampoco es que te tronches de risa. Se deja ver y poco más.
Excelente serie que aborda los misterios del surgimiento de la tierra y la evolución de los humanos, muy buenos efectos especiales con el científico que va explicando de como pasamos de un simple átomo a lo que somos en la actualidad, un panorama global muy bien contado con animación y gráficos de ultima generación.
Excelente.Mucho mas divertida que la primera incluso por momentos.
Hayden Panettiere esta genial en su papel de chica Barbie que de repente se encuentra en un entorno que le es totalmente desconocido,dandole un matiz mas de comicidad a la historia.
Bellisima la protagonista,con un papel refinado y divertido.
Muy inferior y mediocre comparada con la primera.Aca la protagonista es muy linda,pero carece de carisma y actitud.Su personaje parece mas un extra.
A mi gusto sobresale mas Bree Turner en su papel de capitana malvada,acompañada de la bella Bethany Joy Lenz como su fiel lacayo.
La prota,al ser marginada del grupo,crea uno propio.Uff mala continuacion.
Entretenida comedia teen con el mundo de las porristas como eje principal.
Aqui la historia de una capitana de escuadra que se lesiona y la segunda al mando tendra que ocupar su lugar,solo para descubrir que las rutinas que realizan han sido robadas a otro grupo de porristas.
Sensuales Dunst,Dushku y Union en sus trajecitos de animadoras.
Cinta de Norman Jewison digna, ¨potable¨. Si bien está a años luz de ser de sus mejores films, se deja ver.
Claramente no le llega ni a los talones a ¨Jesucristo Superstar¨ (una de sus obras sublimes) pero, así y todo, no aburre.
Tiene una historia vista millones de veces (y más para los 80) con demasiadas obviedades para dejar más que en claro que es una cinta anti racista (algo en lo que estoy de acuerdo pero, por momentos, todo es demasiado evidente).
Las actuaciones están bien y el final me resultó simple.
Dentro de todo, se deja ver aunque, Norman, tiene mejores películas.
Una mujer camina en las tinieblas de la noche sin rumbo fijo a lo largo de un escenario de miseria. Mientras jolgorio y risas se escuchan de fondo, ella entra en un santuario y en una de las pequeñas estatuas de monjes allí dispuestas imagina el rostro de un hombre joven. El haber evocado una vida pasada que nunca tuvo la llena de alegría...
El acontecimiento más notable de la cinematografía japonesa se da a comienzos de los 50 y es el León de Oro y el Oscar que obtiene Akira Kurosawa por “Rasho-mon”; los estudios ven en ello una apertura a la exportación y relanzan la realización de films históricos con vistas a satisfacer el apetito de exotismo del público internacional. Aprovechando esta situación favorable, Kenji Mizoguchi puede al fin cumplir su deseo de llevar a la gran pantalla un proyecto de largo aliento; se trata de la novela “Koshoku Ichidai Onna”, del famoso autor y poeta Saikaku Ihara.
El director sería traicionado por Toho cuando aceptó filmar “El Destino de la Señora Yuki” a condición de que le produjeran una adaptación de la susodicha obra, lo cual no se materializó; en lugar de eso rueda proyectos de encargo hasta que la productora se interesa de nuevo en distribuir la película. El principio del texto original es modificado por Yoshikata Yoda, quien condensa su trama episódica, aunque el enfoque es el mismo: seguimos a una mujer desde el primer momento hasta que una pausa en su deambular nos traslada a una época pasada, situada en el siglo XVII en pleno dominio del shogunato Tokugawa; de este modo se nos relata su vida a través de un extenso “flashback”.
La protagonista es Oharu, hija del samurái Shinzaemon, que sirve en la corte imperial; cuando la conocemos no queda mucho para que acepte la propuesta de matrimonio de uno de los señores de la corte. Sin embargo Katsunosuke, un joven sirviente, irrumpe en su vida y la trastocará por completo sin saberlo al confesarle su amor; la imposibilidad de que los verdaderos sentimientos cobren importancia por encima de las clases y el privilegio político aparece de inmediato, y el retrato de este entorno social brutalmente estricto alcanza su cenit con un castigo severo para los jóvenes amantes: la ejecución de Katsunosuke y el destierro de Oharu y su familia.
A partir de este suceso trágico Mizoguchi se concentra en seguir a la mujer a lo largo de una experiencia vital amarga, conmovedora, dolorosa y esencialmente trágica, respetando Yoda el enfoque episódico demasiado al pie de la letra, y quizás ese sea un detalle desfavorable, pues provoca que el desarrollo y la estructura narrativa sean obvios y previsibles: la mala suerte (en forma física o metafísica) acompañará a Oharu a cada lugar al que vaya o en cada situación en que sea vea envuelta; aún así el director, despojando a la historia de todo artificio melodramático y sentimental, consigue hacer que el viaje merezca la pena.
De pequeño, Mizoguchi ve cómo su padre no tiene más remedio que vender a su hija Suzuko como geisha, pues la familia está en la ruina; este hecho le marca profundamente y se puede decir que, en la distancia, su obra es una carta de amor y admiración a aquella hermana mayor. Oharu sufre la misma situación al ser ofrecida al poderoso daimyo Matsudaira para que enjendre a su heredero; este episodio será tanto más incómodo y desagradable cuanto que los nobles del lugar la expulsen de sus dominios tras ser cumplida su “tarea”. Poco después acaba ofreciendo servicios en un lupanar por orden de su propio padre.
El destino transforma entonces a Oharu en mera mercancia sexual, asunto que resume los temas que el autor ha trabajado siempre (prostitución, opresión y rechazo social tanto de hombres como de mujeres, brutalidad y cobardía masculina, imagen negativa del padre y destino trágico y sin salida). Ella se nos muestra como una víctima a todos los niveles, incluso por su naturaleza sensual, que le impide resistirse a los hombres; por esta razón no se revela en ningún momento y se deja explotar, con o sin su consentimiento, en una sociedad en la que ha perdido su lugar infringiendo las leyes de su casta. Tan sólo se convierte en un objeto de placer para las diferentes imágenes del padre.
Esto es: el rico señor que la utiliza para tener un hijo, el mercader libidinoso o el dueño del burdel; en cuanto a su progenitor real, no es sino su proxeneta, quien actúa bajo la mirada melancólica pero impotente de su madre. Y mientras quienes detentan el poder la rechazan tras haber abusado de ella, quienes la aman sinceramente son asesinados (el joven amante, el marido) o detenidos por las fuerzas del orden (el ladrón); estos hombres no están representados con los agrios trazos a los que acostumbra Mizoguchi, pero están marcados por cierta feminización, pudiendo ser los dos últimos imágenes desplazadas de ese hijo arrebatado.
Además, Oharu los pierde de la misma forma que a éste último, porque la sociedad la desea como amante y no como madre, pues su cuerpo pertenece al ámbito de la demostración estética, en tanto prototipo de la perfección (Matsudaira la contrata por su parecido al retrato de la mujer ideal del periodo Edo según el imaginario del poder masculino); este estado de mujer deseable constituye su valor mercantil, incluso para ese odioso cliente que compra falsos sentimientos con dinero falso, incluso para sus padres, que impiden su suicidio para rentabilizarla.
En los distintos escenarios que la protagonista cruza, con sus cada vez más pesados y cansados pasos, se revela su condición directa (“tú no te diferencias del pescado, podemos hacer contigo lo que queremos”, espeta el dueño del lupanar) o indirectamente (en la función bunraku representada ante Matsudaira, Oharu se ve reflejada en la marioneta femenina, sujeta por un hombre), y también será advertida de futuros males a través de casuales encuentros (la vejez y degeneración en la esposa del señor que la contrata, la chica que canta y toca el hosozao, quien confiesa haber sido una famosa concubina).
El camino de Oharu a seguir, su progresivo descenso como ser humano, termina en las calles donde las prostitutas, rudas y sucias, se burlan de los hombres mientras se resignan a ser usadas por éstos para obtener su dinero; esta apariencia física, pero destruida, es la que un desconsiderado exhibe a sus compañeros peregrinos como antídoto al deseo sexual cuando ella ya se vende por su cuenta bajo el maquillaje y el artificio, único momento en el que acepta mentir a los otros, pues sus diversas desgracias proceden de la sinceridad de sus pulsiones y de las leyes humanas de su deseo. Lo único que palidece en conjunto es la estructura narrativa del guión.
Pues Yoda permite que los personajes con que se cruza la mujer sean olvidados, salvo los padres, que son fijos, o algunas pequeñas apariciones (como la del hijo, en un “reencuentro” desgarrador, cuya existencia parece no afectar incomprensible a Oharu). Mizoguchi, por su parte, filma con total honestidad las bajas pasiones, la fatalidad del destino de la mujer y la corrupción de la nobleza, sin pretender separar la fuerza de las entidades morales y psicológicas a través de las que viven sus personajes de la distancia que preserva con la cámara.
Kinuyo Tanaka se convierte en la heroína ordinaria por excelencia del cine de Mizoguchi gracias a una interpretación dura y conmovedora, brillante en todos los aspectos; difícil reparar en los demás cuando ella aparece en pantalla, no así logran destacar Ichiro Sugai, Benkei Shiganoya y Eitaro Shindo; Toshiro Mifune y Takashi Shimura aparecen brevemente. El director no tiene en cuenta el presupuesto y busca la perfección, dificultando mucho el rodaje, pero esto tendrá su recompensa: en Venecia el film triunfa y comparte el León de Plata con “El Hombre Tranquilo”. El director es por fin conocido y aplaudido internacionalmente, aunque muchos no comprenden aún la profundidad de su arte.
La obra, cúspide de la tetralogía literaria iniciada con “El Destino de la Señora Yuki” y de los dramas femeninos que lleva haciendo desde el principio de su carrera, se convierte en un clásico instantáneo y su influencia es enorme en la época, y lo seguirá siendo para una multitud de cineastas.
A Mizoguchi sólo le queda alcanzar la perfección absoluta, y eso lo conseguirá al año siguiente con “Cuentos de la Luna Pálida”.
Mad Warrior
6
Señora Doctor
Una secuencia vale más que mil palabras y la correspondiente a la que vemos aquí no puede dejar más claras sus intenciones al llegar el autobús al rústico pueblo en el que todos los habitantes esperan con ansias al nuevo médico y no hacen sino recibirlo con tremenda repulsión, pues no es hombre, sino mujer. ¿Es necesario especificar contra qué se ataca?En estos tiempos actuales, en los que en una película se exprese un ideal conservador o pronuncie una palabra sin mala intención pero que ofenda a un colectivo social puede levantar polvaredas de polémica y reproches por parte del sector más “progresista” y radical, un cine como el de Luis María Delgado, Pedro Lazaga, Ramón Fernández o el mismo Mariano Ozores está condenado al ostracismo o a críticas que rayan en lo cruel y despreciable por energúmenos disfrazados de intelectuales de tres al cuarto que ni siquiera han visto ni una de sus obras.
No así estos mismos elementos se deshacen con el último taquillazo norteamericano. Al cine realizado en época de Régimen o periodo “tardofranquista” el ignorante bulgo tiende a calificarlo de casposo o incluso fascista, y esto es un mal que persistirá, pues si se quitaran un poco las ataduras de los prejuicios y se atrevieran a echar un vistazo se darían cuenta de que este cine alberga mucho más, y expresado con mayor libertad que hoy; y es que cualquiera que desconozca el tema crucificaría con rapidez a un film como “Señora Doctor”, realizado en el lejano 1.974, y sin embargo tan fresco, tan moderno como pudiera serlo ahora.
Aquel es un año frenético para el sr. Ozores, que estrena hasta seis obras, todas grandes éxitos de público gracias a dos de los actores que más le hacen llenarse los bolsillos, Alfredo Landa y Lina Morgan; ésta última volverá a los brazos del cineasta para rodar una historia de alcance y actualidad cuya acción transcurre en un pequeño pueblo muy alejado del ajetreo de la gran ciudad y de sus cada vez más liberales costumbres y que Ozores vuelve a representar como ese reducto de morales desfasadas repleto de individuos producto de una larga dictadura a la cual ya le queda muy poco tiempo de vida.
Estereotipos de los que se hará mofa y burla encerrados en su perenne tradición y que no son más que el perfecto reflejo de ese español medio anclado en el modelo del Régimen que nunca participó en las migraciones interiores; a ello deberá enfrentarse la joven Elvira, licenciada en medicina que prefiere la comodidad rural sin saber que no la va a saborear al lugar al que se dirige, donde en ausencia de un médico se acude al veterinario (¡!). Han pasado 170 años desde que María Isidra de Guzmán se convirtiese en la primera mujer con el doctorado en España y 60 desde que Dolores Aleu ejerciera oficialmente la medicina en el país...pero nada importa eso a los habitantes de Pozales.
Nada más bajarse Elvira del autobús se produce el choque de culturas y puntos de vista, la tradicional y arisca y la liberal; la primera no sólo está presente en los hombres (todos, a excepción del alcalde), sino también en las mujeres (aunque no forme parte de la noticia general muchas pueden ser tan intolerantes y reaccionarias como el más fascista de los hombres), y la segunda, claro, en las chicas jóvenes, quienes hacen amistad con la nueva médico. Ese rechazo inicial y que proseguirá durante un buen trecho es el objeto de denuncia por parte de un Ozores dispuesto a criticar con dureza la exclusión laboral femenina y la mentalidad retrógrada.
Los hombres del pueblo responden con temor, con vergüenza e incluso con burla, pero el director sabe que está haciendo una comedia y decide ir disipando rápidamente este clima de hostilidad gracias a la amabilidad y abnegación de la protagonista y sirviéndose de un recurso tan fácil y previsible como el de crear un par de situaciones que impriman tonos melodramáticos a la historia y en los cuales se vea involucrada aquélla para ganarse la confianza de los aldeanos, que serán: un enredo amoroso entre adolescentes y un parto cuyos padres aguardan horrorizados tras haber perdido varios hijos.
Ozores se ha burlado de la sinvergonzonería y falta de tolerancia y respeto, pero como defensor de la buena moral y la conciencia colectiva que es no extiende más de la cuenta la atmósfera de pesimismo y cuanto antes se puede veremos a todos los habitantes destapando la bondad oculta bajo la tozudez y colaborando para ayudar (emotivo y no menos increíble cuando todos trasladan a Rosa en la cama por todas las calles del pueblo); así lo expresará el alcalde: “...Somos todos muy cabezotas, pero cuando hay que hacer algo por un vecino lo hacemos hasta el final”.
Como era de esperar habrá un desenlace agradable y todo se resolverá con rapidez, incluso ese romance cocinado a fuego rápido entre Ataúlfo y la protagonista, síntomas de una buena idea planteada pero en un guión poco elaborado que demandaba mucha más profundidad y menos concesión al optimismo. Dejando a un lado su colección de exagerados mohínes, Lina Morgan interpreta con su habitual carácter y desparpajo a esa médico cuyo objetivo no es más que el de ser reconocida y respetada; Mari Carmen Prendes, Gemma Cuervo, José Riesgo, Roswicha “Nadiuska” Honczar, un divertido José Sacristán y el siempre alocado Antonio Ozores son los grandes secundarios de la función.
Para muchos sería difícil creer que un director tan afiliado a las comedias gruesas llenas de desnudos fuese capaz de plantar un alegato con voz alta y clara no sobre el feminismo (término ya prostituido y al que todos dan un sentido erróneo al que en realidad tiene...), sino sobre la aceptación de la mujer, su capacidad para ejercer cualquier profesión al nivel del hombre y el destierro de las costumbres arcaicas.
Y todo esto en una peliculita de 1.974 que no pasa de ser una comedia costumbrista y previsible de toques ligeros de la cual ya casi nadie se acuerda, pero muy necesario es (sobre todo para esos ignorantes que critican sin conocimiento de causa, trasuntos de los catetos del pueblo) el desempolvarla y comprobar lo actual y audaz de su discurso. Para bien o para mal este Ozores no deja de sorprenderme.
Me gusta (1) Reportar