Sergio Leone murió sin poder cumplir su sueño de rodar una película bélica sobre la batalla de Stalingrado. Este sueño lo haría realidad el director alemán Joseph Vilsmaier, que con ¨Stalingrado¨ afronta las imágenes de una herida histórica sin cerrar en la conciencia del pueblo alemán. Los alemanes han tratado, desde el final de 2GM de expiar sus culpas por las atrocidades cometidas contra terceros por el nazismo, y recién en las últimas décadas han comenzado a explorar las heridas de lo que ellos se hicieron a sí mismos durante ese criminal régimen.
Esta película presenta la guerra desde la óptica de los soldados rasos, y un joven teniente, que no simpatizan necesariamente con el nazismo y que solo tratan de servir a su país por una causa equivocada. La presencia del horror, de la desesperación, de la muerte en sus formas más crueles, dotan a la película de un total desasosiego. Aquí no hay héroes, solo hombres tratando de sobrevivir, aunque aún queda espacio para la dignidad y la humanidad.
La película trata de manera realista el tema polémico del ¨frente del Este¨, el más importante pero el más olvidado convenientemente por la propaganda Hollywoodense que siempre trata de minimizar el hecho de que fue en ese frente donde se decidió la suerte de la 2GM y del nazismo, y trata a los soldados de ambos bandos con respeto, unidos en la misma sangre, frío, muerte y desesperación.
Sin duda quienes mejores películas bélicas han rodado han sido rusos y alemanes, justo quienes más padecieron el horror, y esta película es un buen ejemplo de esa honestidad intelectual y artística. Es una película soberbia, indispensable y uno de los mejores filmes bélicos jamás realizados.
La pérdida de una vida, un dolor eterno - Pieces Of Woman.
Película de drama puro de la cual netflix quiere apostar a los premios de la academia por un lado tenemos una película muy larga y que está llena de drama y por otro tenemos la enseñanza de ver el dolor por la pérdida de una vida que a penas la tuviste en tus brazos.
Vanessa Kirby es una revelación como actriz sin duda ya que yo la conocí en the crown luego se paso a rápidos y furiosos y ahora nos deleita con lo que es posiblemente el mejor papel de su carrera y su actuación se sale en especial en los primeros 25 minutos con ese plano secuencia que a mas de uno lo puso nervioso.
Tenemos que hablar también de Shia Labeouf un actor que ahora está metido en problemas pero que está bastante bien en su papel aquí, Ellen Burstyn otra dama de cine que también cumple de sobra.
El afrontar el dolor es difícil y aquí la protagonista lo intenta llevar pero no puede y se aleja de todo, la parte del juicio es un poco rápida pero a mi me conmovió y muy buena las palabras cuando dijo que nadie ni el veredicto podrá traer de vuelta a la niña podrá sonar cliché pero es la verdad.
Si te gusta el drama debes darle una oportunidad es lenta pero vale la pena verla.
Excelente fotografía y ambientación en este filme que retrata los conflictos entre turcos y armenios en los primeros años de la década del veinte, una historia de amor entre el trío protagonistas, recién iniciada la primera guerra mundial, el exterminio del pueblo armenio, dra ma, suspenso y romance del bueno, Bale y Isaac se lucen, los momentos de tensión me gustaron mucho porque son minimos pero desgarradores, las dos horas no se me hicieron largas para nada y éso que no es un género que me atraiga mucho.
Muy bueno este documental del 2003 que nos muestra nuestra evolución desde los primates a lo que somos hoy en día Homo sapiens, como las primeras criaturas se fueron adaptando a su entorno, comienzan a caminar en dos patas, arman sus primeras herramientas, pueden cazar para sobrevivir y no vivir exclusivamente de la carroña, descubren el fuego y comienzan a realizar los primeros asentamientos, todo esto en millones de años, buenos los efectos de animación mezclados con escenas reales, muy educativo y desearía que lo pasasen en las escuelas para los niños.
En una casa de los barrios del Londres interior una débil anciana estará expuesta a la crueldad y la ira de cinco individuos repulsivos con una única cosa en sus cabezas: la codicia.
Pero las tornas van a cambiar durante una noche convertida en auténtica pesadilla para los que menos lo esperan...
Y también convertida en una de las más grandes comedias salidas de tierras anglosajonas: ¨The Ladykillers¨, última película realizada por los míticos estudios Ealing (responsables de cambiar para siempre el enfoque del humor para alegrar los ánimos de una Inglaterra post-2.ª Guerra Mundial) cuando éstos ya se encontraban en su declive y dispuestos a ser absorbidos por BBC; también es la última que dirigiría para ellos uno de sus más fieles colaboradores, un Alexander MacKendrick preparado para cruzar de una vez el charco hasta los estudios de Hollywood.
Una película producto de la fértil imaginación de William Rose (quien soñó toda la historia y la transcribió a guión nada más levantarse, al estilo Luis Buñuel) que condensa todo lo bueno que la productora había dado a sus obras durante tantos años, y resulta ser el epítome de su estilo y su humor tan distintivo, siempre irrespetuoso, desafiante y satírico. El cineasta pasa de los amplios mares escoceses de ¨La Bella ¨Maggie¨ ¨ a los barrios bajos y distritos de Londres para contarnos este relato de maldad y violencia situando en su epicentro a la sra. Wilberforce.
Una buena maniobra que desconcierte al público es esencial para captar su atención, y sólo hay que recordar el llanto que aterrado profiere ese bebé en su carricoche cuando la anciana de dulce e inocente apariencia se aproxima a él antes de entrar a la comisaría; perverso ejercicio de confusión que revela bajo las apariencias una horrible verdad. Desde ese momento la señora encarna un peligro más grande de lo que podamos imaginar, pues MacKendrick se sirve de ello para exponer uno de sus temas primordiales: el inmenso poder de destrucción de los inocentes.
Así, cuando la sombra de ese profesor Marcus se abalanza sobre la puerta de la anciana, la sensación de amenaza viene proyectada desde el lado contrario (la anfitriona); el director sostenía que ¨si la historia de un asesino se cuenta desde su punto de vista el espectador acaba simpatizando con él¨. Esto pretende cuando tal tiparraco, un Alec Guiness de imagen grotesca y ¨nosferatiana¨ (aunque inspirado en su ídolo, el gran Alastair Sim), decida usar la casa como cuartel de operaciones para su cuadrilla de ladrones, una serie de invididuos a cada cual más pintoresco: el asustadizo Courtney, el violento Harvey, el nervioso Robinson y el simplemente idiota ¨One-round¨ Lawson.
La estructura narrativa posee dos partes y un punto de inflexión, donde los giros de Rose proponen divertidas inversiones de roles; si en la primera la figura de esos gángsters de pacotilla aparenta ser algún peligro, la segunda desarma tal razonamiento gracias al punto de inflexión que es el atraco a un furgón en plena calle y a plena luz del día, secuencia de ritmo trepidante perfectamente filmada y calculada por MacKendrick que se ve atravesada por grandes ¨gags¨ humorísticos. Sí, estamos ante una ¨crook story¨ de pleno derecho, pero la intención de éste y el guionista no es otra que dinamitar el género.
Y la herramienta de demolición que utilizan no es otra que la dulce anciana. Los duros criminales de la novela negra se ven ahora a merced de un puñado de septuagenarias que los acorralan cuando todo el misterio ha sido descubierto (esta escena, con Guiness tocando el piano, es ciertamente memorable); y aquí es cuando el cineasta desata la locura. La fotografía de Otto Heller, de delineación expresionista, y el trabajo a la dirección artística de Jim Morahan contribuyen a ennegrecer la atmósfera hasta llevarla a sus límites más asfixiantes transformando ese Londres suburbial envuelto en sombras (cuya lúgubre estética recuerda al cine de terror de la Universal) en escenario de una batalla sin cuartel.
Una batalla que se desarrolla por una única causa: el dinero. MacKendrick desentierra y radiografía los más bajos instintos del ser humano, guiado sólo por su inmensa estupidez y corrompido por su recalcitrante codicia, y todo ello dejando que el relato se impregne de un humor negro hasta la médula, que de no ser por su perversa presencia, la experiencia del espectador para ponerse en la piel de los atracadores resultaría tremendamente indigesta. Esto sí se parece más a una novela de Thompson o Burnett, a un ¨thriller¨ al estilo de Huston o Walsh, con los criminales volviéndose contra ellos mismos, no obstante el inopinado elemento instigador es una anciana.
O más bien la inocencia de una anciana que, cual personaje ¨hitchcockiano¨, se libera de sus apariencias y convierte en maestro de ceremonias del suspense y la intriga. A ésta le da rostro una fantástica Kate Johnson de 76 años en uno de sus últimos papeles, en contra de un elenco de altura compuesto por Danny Green, Cecil Parker y unos jóvenes Herbert Lom y Peter Sellers (cuyo ¨gag¨ con los pájaros se repetiría en futuros títulos) y liderado por el soberbio Guiness; un elenco brillante, que se compenetra a la perfección tanto en la faceta amistosa como en la destructiva y que cualquier cineasta mataría por tener.
Disparatada y desencantada poética de la maldad y la ambición humanas, equilibrándose su oscuridad y humor de una forma perfecta, y es que pocas obras amargan y divierten con la misma eficacia como este indiscutible clásico no sólo de la comedia británica, sino de la comedia en general.
Casi cinco décadas después, los hermanos Coen realizarían un (ir)regular ¨remake¨ trasladando la acción a la América profunda y con un increíble Tom Hanks como cabeza de reparto...pero ni él ni esa nueva versión superarán jamás a Alec Guiness y a ésta original. Los estudios Ealing no pudieron tener un final mejor.
Dos poderosos señores se enfrentan en una cruenta batalla que marcará el final de la era Keicho así como el del gran clan Toyotomi, y la Historia virará su curso de forma violenta.
El director Tokuzo Tanaka nos sumerge en las trifulcas entre Ieyasu Tokugawa y Hideyori Toyotomi de la mano de uno de los guerreros ninjas más legendarios.
Sí, otra entrega más para una de las más populares sagas que surgieron en el panorama cinematográfico japonés de los años 60, iniciada en 1.962 por Satsuo Yamamoto y encabezada por Raizo Ichikawa, cuya base fue una serie de relatos ¨jidai-geki¨ publicados a inicios de década en un periódico por Tomoyoshi Murayama, prolífico artista y dramaturgo de ideales comunistas e influenciado por diversas corrientes europeas. Situadas en el periodo Sengoku y dando el protagonismo a Goemon Ishikawa (convertido en un gran héroe del folklore), ¨Shinobi no Mono¨ profundizó en las hazañas de los guerreros ninja como nunca antes se había hecho.
Su primera adaptación siguió de cerca el discurso claramente izquierdista del autor y una visión nihilista y cínica del Japón feudal; a partir de aquí la figura del ninja, presa de la ridícula caricatura, tomó un cariz mucho más serio y oscuro y se realizarían rápidamente infinidad títulos imitando este modelo. La 4.ª parte, que Daiei puso en manos de Tokuzo Tanaka, experto en films de acción y de temática histórica y asiduo en eso de las sagas (participó en las de ¨Akumyo¨, ¨Zatoichi¨ o ¨Kyoshiro Nemuri¨), proponía un giro radical con respecto a las anteriores, ya sin inspirarse en la obra original.
Y es que el héroe de aquéllas trabajaba para asesinar al líder del clan Toyotomi, Hideyoshi; pero por una pirueta que hace el guionista Hajime Takaiwa, ahora Ichikawa encarna a Saizo Kirigakure, otro legendario ninja, supuesto miembro de los llamados Diez Bravos de Sanada Yukimura y (¡qué cosas!) del lado de Hideyori, hijo de Hideyoshi. Confuso nuevo comienzo de una serie desligada de las anteriores entregas o que desea enfocar el conflicto Toyotomi-Tokugawa desde el lado opuesto, y que tiene a bien iniciarse como mejor sabe hacerlo el director: en el campo de batalla, haciendo gala una vez más de su destreza para la acción y el más puro espectáculo épico.
Tras ese prólogo se nos lleva hasta 1.615, cuando Yukimura se prepara, aceptando el fatal destino que le aguarda a él y al clan Toyotomi, para el último enfrentamiento contra Ieyasu y sus aliados. Como lo fue Goemon antes que él, Saizo y sus compañeros ninjas sólo hacen las veces de intermediarios entre esas dos fuerzas, apoyando a su jefe, en una intrincada conspiración que Tanaka enhebra paso a paso, pero nunca llegando a entregar sus vidas por la causa, pues como se expresará en boca del protagonista, la idea es situar a los ninjas fuera de los conflictos entre familias samuráis.
De hecho el samurái queda reducido, relegado y definido por la hipocresía, la injusticia, la cobardía y la crueldad (Ieyasu como perfecto ejemplo de ello); el ninja es, por otra parte, un guerrero independiente cuyos actos los guía la determinación, el coraje y la astucia, además de contar con un buen número de habilidades ocultas, las cuales Tanaka se presta a mostrar dotando al film de un tono más novelesco (a menudo incluso fantástico) en comparación con las entregas previas. Aun así no olvida regar este relato de cinismo, amargura y violencia y desplegar correctas dosis de suspense, que podrían haber sido tratadas mejor por Takaiwa (hay situaciones y giros que se van intuyendo desde media hora antes).
Pero al fin y al cabo hay que reparar en aquello que construye: ni más ni menos que una entretenida fábula de base histórica con un manejo perfecto del tiempo para mantener siempre vivo el ritmo, como es costumbre de su cine y estilo. Sí parece necesario añadir un pequeño romance, muy trágico, entre Saizo y Akane, una joven presente en el primer asedio de Osaka que acaba ejerciendo de prostituta; su papel no es distinto del de todos los personajes femeninos de este tipo de historias, incluyendo el servir de chantaje a los villanos para desmantelar los planes del protagonista (ideas que han ido cambiando mucho con el paso del tiempo...).
La trama bien podría ser dividida en actos. Después de un tramo de intrigas y conspiraciones y de otro donde nuestro héroe es nefastamente tratado por Ieyasu y condenado a contemplar la extinción de su propio grupo de ninjas, sigue un último acto dedicado a la última batalla en Osaka, donde su gran castillo sufrió bombardeos hasta quedar reducido a cenizas, y donde Tanaka vuelve a demostar que pocos cineastas de encargo (o de segunda fila, como se prefiera) son capaces de imprimir semejantes dosis de tensión y frenesí (sin excederse con la violencia) en las secuencias de acción.
También típico de estas producciones comerciales es jugar con los hechos históricos, y no va a ser una excepción: el personaje de Saizo está basado en Shikaemon Kirigakure, así como se documenta que Hideyori se suicidó entre las llamas del castillo (si bien su cuerpo nunca fue recuperado, dando lugar a muchas clases de teorías). Por otra parte, mientras Ichikawa vuelve a desenvolverse de maravilla como héroe de acción lacónico y romántico, le siguen unos buenos Saburo Date, Midori Isomura, el gran Tomisaburo Wakayama dando vida a Yukimura y Ganjiro Nakamura, de nuevo odioso hasta la médula (rol que le gustaba interpretar y que se le daba de maravilla), como Ieyasu.
La historia se deja abierta para una 5.ª parte que continuará con la huida de Saizo y Yukimura y sus planes para derrocar a su enemigo...pura ficción que nada tiene que ver ya con sucesos reales, por lo que la calidad y el interés son sin duda menores.
Pero de ésta no se encargaría el bueno de Tanaka, sino Kazuo Ikehiro, otro artesano de los ¨jidai-geki¨ que dirigió a Ichikawa en incontables ocasiones.
Otra epopeya a pie de calle donde ésta se mancha con la sangre de humanos que se despedazan como animales salvajes.
Se prepara un desgarrador enfrentamiento entre dos bandos: aquellos que hacen respetar la ley y aquellos que la quiebran...y entre ellos un policía precipitado a las tripas del Infierno que está a punto de desatar la batalla.
Así nos vuelve a arrastrar Fukasaku a su incomparable imaginario de hombres enfurecidos, mujeres rotas y una sociedad que avanza a base de pisar sus propias vísceras, dominada desde el submundo por los clanes yakuza. En 1.976 pondría punto y final a la (ciertamente irregular) nueva saga de las ¨Batallas¨ con ¨Los Últimos Días del Jefe¨, y poco después se preparó para la que también sería su última colaboración con el guionista Kazuo Kasahara, quien fue requerido por Toei para una película que tratara la desestabilización social causada por los continuos incidentes entre las fuerzas del orden y los clanes mafiosos.
Kasahara también hizo hincapié en el resentimiento que aún perduraba entre japoneses y coreanos y otros emigrados en tiempos de guerra, encarnando esta principal figura el protagonista, policía de difícil pasado y perfil cuasipsicótico al que daría vida un Tetsuya Watari realmente afectado por diversos problemas de salud que incluso llevaron a su hospitalización. A pesar de ello pudo trabajar de nuevo con el director, quien volvería a exponer, como hizo en ¨Cops vs. Thugs¨, la corrupción dentro del cuerpo y sus relaciones con el mundo de la yakuza (lo cual no terminó de hacer mucha gracia a varias comisarías y organizaciones mafiosas por igual).
Una cámara temblorosa, nerviosa, se cuela en un estadio de baseball para observar lo que pasa en la pista segundos antes de llevarnos a sus pasillos interiores, donde se libra una cruenta trifulca entre yakuzas. No tardamos entonces en adentrarnos en una comisaría, por lo que a partir de aquí observaremos casi todos los acontecimientos que están por llegar desde su perspectiva, aunque no desde la de sus oficiales bien vestidos ni sus oficinas, sino desde la de Kuroiwa, agente transferido hace poco tiempo a las violentas calles de Osaka y a quien paulatinamente conoceremos.
No se trata de un inocente y tozudo pueblerino como el Joji Kano de ¨Doberman Cop¨, ni mucho menos de un recto y honrado agente (quien conozca a Fukasaku sabe que tal descripción sería imposible en su cine); Kuroiwa es una imagen torcida, algo más demente, nihilista y rabiosa de Harry Callahan, un desheredado nacido en la Manchuria ocupada que huyó a Japón y se hizo a la violencia de sus calles hasta insensibilizarse y no quedarle más remedio que alimentarse de esa misma violencia. Su lucha no es sólo contra las bandas yakuzas que operan en la zona, también contra sus compañeros del departamento, orgullosos de su incompetencia y corrupción; su lucha es, por tanto, contra todo lo que le rodea.
Con el transcurso de la película podremos ser testigos de su degeneración y cómo hace mella en él su total ausencia de fe y ética. Es, por tanto, otra versión del Rikio Ishikawa que el actor interpretara en ¨Cementerio de Honor¨: en aquella, un yakuza endemoniado y maldito; aquí, un policía vilipendiado y precipitado a su autodestrucción. La trama, de nuevo enrevesada en las manos de Kasahara (aunque no tanto como otras veces), establece la lucha de poder entre dos familias, los Nishida y los Yamashiro, quienes hallan en algunos cargos de la policía el apoyo necesario para vencer (el oficial Akama, confidente suyo).
Fukasaku quiebra una vez más los principios del cine (y el universo) yakuza permitiendo una inesperada unión entre Kuroiwa e Iwata, subjefe de los Nishida; una alianza entre dos bandos por naturaleza enemigos donde se subraya la desemejanza del policía protagonista con sus compañeros y su decisión de pertenecer a un bando, si bien al otro lado de la ley, más fiel y honorable (esto, que también sucedía en ¨Cops vs. Thugs¨, volverá a repetirse de algún modo en la posterior ¨Doberman Cop¨), y tanto más cuanto que Iwata resulta ser otro pobre inmigrante (coreano) que logró sobrevivir en la calle a base de golpes.
Y para compensar el lado más enfervorecido, crudo y trepidante, además de para hacer honor a las raíces más clásicas del género, se introduce el personaje de Keiko, otra inmigrante coreana y esposa del encarcelado jefe del clan Nishida; con ella hace su entrada el lado más oscuro y melancólico del film, a través de las confesiones sobre su turbulento pasado y un romance trágico, condenado a la inevitable desgracia desde el mismísimo principio (¿que se puede esperar que suceda entre un policía y la esposa de un yakuza que aún está en prisión?).
El director roza instantes de verdadera poesía, de la fatalidad del destino, con cada encuentro entre la atípica pareja enamorada, cuya mitad está encarnada por la maravillosa Meiko Kaji en su enésima colaboración con Fukasaku y a la que siempre resulta satisfactorio contemplar. Otros de los habituales de éste vuelven a dejar su buenas interpretaciones, destacando el eternamente irritante Nobuo Kaneko, Tatsuo Umemiya, Hideo Murota o Kei Sato, y una sorpresa para los fans del cine japonés, el gran Nagisa Oshima en un pequeño pero memorable papel.
Como ya dije, otra brutal epopeya a pie de calle filmada con el típico nervio y gusto por el retorcido humor negro de Fukasaku (atentos a cuando llega el joven policía a reprender al protagonista por escuchar la música muy fuerte...), quien además nos regala un final arrollador. Sin embargo los mejores, más dramáticos y duros momentos se dan entre Kuroiwa y Keiko.
Como la discusión en la habitación, que revuelve el estómago por su realismo, o la secuencia de la playa (áspera y no menos preciosa versión de la que Burt Lancaster y Deborah Kerr protagonizaron en ¨De Aquí a la Eternidad¨). La balada de la película está, por cierto, interpretada por el bueno de Watari.
El arte y la vida humana se enfrentarán en una de las más colosales peripecias sucedidas en el transcurso de los últimos días del dominio alemán en la 2.ª Guerra Mundial.
Un tren y un puñado de cuadros, suficiente para arriesgar y sacrificar miles de vidas. Es el precio de la guerra.
Al contrario que la mayoría de trabajos que adornaron los últimos y malogrados años de su carrera, John Frankenheimer, maestro infravalorado, alcanzó la perfección estética y formal cuando dejó definitivamente la pequeña pantalla y entró, como muchos de sus coétaneos (esa generación televisiva que tanto logró en la gran industria...), a formar parte del mundo del cine a base de una serie de obras perfectas en estilo, técnica y sobre todo discurso social. Para 1.964, sus incursionaes y varias cooperaciones con Burt Lancaster le elevaron a realizador de primer nivel (¨El Hombre de Alcatraz¨ o ¨El Mensajero del Miedo¨ son perfectos ejemplos).
Entonces el actor repite con United Artist para su contrato de cuatro películas y el proyecto es una gran aventura mitad real, mitad inventada en el trasfondo de la ocupación alemana de París, y que toma de base una novela no ficticia de Rose Antonia Valland, miembro de honor de la Resistencia Francesa e historiadora que recogió el inmenso espolio de obras de arte desde su país natal por parte de los alemanes durante el conflicto. Sin embargo Arthur Penn no se ganó el favor del poderoso Lancaster por sus pretensiones de crear una obra más intimista y cercana a los personajes...y con las mismas lo echaría a la calle.
La suerte se puso así del lado del nativo de Queens, quien a la desesperada fue a cubrir el puesto tras la cámara ya iniciado el rodaje; su habilidad para condensar el suspense y absorber al espectador lo pone de manifiesto (y no serían necesarias más secuencias para demostrarlo) en esos primeros minutos dentro del Jeu de Paume parisino durante el encuentro entre la conservadora Villard (un álter-ego no disimulado de Valland) y el coronel Waldheim, a quien embarga una obsesión: trasladar los cuadros de los artistas más famosos debido a su gran valor. Pero a lo largo del film se pondrán en contraste los dos valores atribuidos a este elemento en torno al cual girará la trama.
Esto es: el valor artístico y el monetario. Y del mismo modo el artístico y el de las vidas humanas que tanto Villard como Waldheim pretenden arriesgar por poseer dichas pinturas, aunque la conservadora del museo utilice el arte como símbolo y reflejo de la cultura del país. Importante dilema que el director mantendrá desplazando así las líneas argumentales de lo que podría haber sido una aventura bélica más (la guerra es un telón de fondo en este caso) hacia una intriga desoladora basada en la traición, el engaño y la tensión ambiental, que subraya ese blanco y negro metálico, grasiento y humeante modelado por el dúo Walter Wottitz/Jean Tournier, perfecto para la imaginería ferroviaria.
Paul Labiche, jefe de la estación de donde va a partir el tren que carga los cuadros, se verá atrapado en esta encrucijada, a sus ojos un capricho por mucho que la sra. Villard defienda su importancia. Puro ejercicio de artesanía el cual aprovecha al máximo los elementos atmosféricos y físicos (todo lo sucedido, todo lo que vemos, es auténtico, deseo de Frankenheimer de exponer su fábula del modo más realista posible), ¨El Tren¨ está dividida en tres actos bien definidos y narrados con una precisión milimétrica: la desasosegante primera hora (que ante todo transcurre en la estación de tren), la última media hora (centrada por entero en la huida y sabotaje de Labiche, ya solo ante el peligro) y un tramo intermedio que comienza con la partida del tren.
Este nudo constituye el grueso de la gran aventura trazada por el cineasta hacia lo que es un verdadero frenesí que nunca nos brinda ni un minuto de calma, calculado en su desarrollo y provisto de enormes secuencias de acción como el bombardeo a la estación o el ataque de la avioneta al tren en marcha (pues Lancaster ansiaba ante todo protagonizar una película entretenida) sin llegar a caer en la desmesura; por algo Frankenheimer siempre ha sido uno de esos pocos maestros de lo conocido como cine inteligente de evasión (y no muchos directores, sobre todo actuales, pueden ostentar este honor).
Pero pese al torrente irrefrenable de emoción, algunos desvelos de afilado humor y esa última parte que es todo un intenso ejercicio de sobrecogedor suspense (además de quedar inscrito en el mejor cine de ampulosas aventuras ubicadas en el marco de la 2.ª Guerra Mundial, recogiendo el testigo de ¨La Gran Evasión¨ de Sturges, y que después haría, por ejemplo, Brian G. Hutton en su ¨Desafío de las Águilas¨), ¨El Tren¨ es un relato cuajado de amargura sobre qué significa la victoria y la derrota, y si merece la pena sacrificar algo tan valioso como la vida por un patrimonio cultural usado como excusa para dignificar el orgullo nacional.
También es el retrato de una malsana obsesión, la de Waldheim, que curiosamente valora las pinturas por encima de todo, incluso de la derrota de sus propias tropas (como si quizás esa gran pasión por la belleza divina del arte disculpase el horror cometido por él durante el conflicto; al fin y al cabo, otra excusa).
Obsesión transmitida, vomitada, en un momento clave que provoca el escalofrío donde la cámara y la realidad interior del personaje se desestabilizan rayando en lo psicótico.
En este sentido, Paul Scofield brinda una magnífica interpretación como el desquiciado y repulsivo coronel, al igual que Michel Simon, Jacques Marin, Albert Rémy y Charles Millot. Y junto al gran Lancaster, quien se mete en su abnegado y duro personaje a conciencia (gran parte de sus escenas de acción las haría él mismo), gozamos de la presencia de esa Jeanne Moreau que ya rozaba la cuarentena y aún seguía conservando su irresistible belleza.
Un reparto de lujo para un cineasta que, muy inspirado en Welles, Ford y Hitchcock, volvió a demostrar sus habilidades para el entretenimiento y la acción así como para el drama y la profunda reflexión moral. Reconocida por crítica y público, ¨El Tren¨ ha quedado para la posteridad como una de las más emblemáticas obras del género y la época, el último gran film de acción rodado en blanco y negro según Frankenheimer.
Bodyguard Kiba 2: Apocalypse of Carnage (Bodyguard Kiba 2: Combat Apocalypse)
Antes nos fuimos con él a Okinawa, ahora Takashi Miike vuelve con el invencible Naoto Kiba en una nueva aventura en la lejana Taipei.
Campeones de karate, ninjas enmascarados, gángsters taiwaneses, guerrilleros de la jungla, y una señorita misteriosa a la que hay que escoltar. ¿Quién da más?
Retorno del director nipón a las peripecias del luchador profesional y guardaespaldas nacido a principios de los 70 de la imaginación del artista mangaka Asaki Takamori (más conocido como Ikki Kajiwara), y cuyo cómic tuvo su propia adaptación en la década contando con el gran Sonny Chiba de protagonista. En el momento de acometer el encargo de una nueva adaptación, Miike tiene 33 años y ya ha iniciado su carrera en el seno del ¨V-Cinema¨, sin contar todavía con nada que merezca la pena recordar; aún no ha llegado su genial ¨Shinjuku Triad Society¨ ni ¨Fudoh¨, con la que empezará a lograr el éxito a nivel internacional.
Sólo los auténticos fans tienen el valor de sumergirse en la farragosa primera etapa del cineasta todoterreno, y si lo hacen tendrán el placer de hallar títulos satisfactorios como los antes nombrados o productos baratos y cutres como esta secuela de la ya irregular ¨Bodyguard Kiba¨, realizada deprisa y corriendo entre las (algo) mejores ¨Shinjuku Outlaws¨ y ¨The Third Gangster¨, y prácticamente con el mismo equipo. Tras un profundo discurso inicial copiado del film de Chiba que no sabemos a cuento de qué viene, vemos como el bueno de Kiba es molestado otra vez para ir a proteger a alguien sin poder disfrutar de sus vacaciones en Okinawa.
Pero antes de esto vendrán unos créditos iniciales donde irán apareciendo instantes de la película que vamos a ver, como si se tratase del piloto de una serie de televisión. El encargo que tiene este aguerrido guardaespaldas es proteger a Natsuki, una chica guapa un tanto irritante, un tanto misteriosa y prácticamente muda (Noriko Arai, la actriz que la interpreta, no tendrá más de cinco líneas de diálogo); dicho trabajo está ordenado, no se sabe muy bien por qué, por el maestro del dojo Daito Karate. A Taiwan se traslada entonces la acción (a Miike le encanta rodar en territorio extranjero).
El guión tan tremendamente bien elaborado de Hisao Maki nos va presentando personajes a cada cual menos carismático y más pintoresco, que tendrán su ¨cometido¨ en la trama (el maestro de otro dojo (Shu), un hombre de negocios chino (Wong) y sus guardaespaldas...) mientras el director se dedica a pasearnos todo lo que puede por el paisaje taiwanés, sin desaprovechar la oportunidad de estamparnos en la cara esas secuencias que a él tanto le gustan para romper el ritmo y la linealidad de su película (como ese chulo que no deja de repetirnos que su madre era prostituta o el baile en la discoteca que se marca Wong, que uno no se cansa de ver...).
Resulta que entre todas las escenas de acción y luchas que vemos (que por cómo están coreografiadas y rodadas no desentonarían en cualquier film de Don Wilson, Michael Dudikoff o Cynthia Rothrock) hay una trama con mucho suspense: la venganza que planean Shu y la joven Natsuki contra el dojo Daito, causante de la muerte de su padre, una trama que de haber estado tratada con un poco más de humor no resultaría tan ridícula. Lejos de la cutrez que abarca todo aspecto técnico y artístico en esta película, el guión está pésimamente estructurado; no se le pueden pedir peras al olmo en un producto de tal calibre.
Pero un poco se podrían haber esforzado, porque las intrigas y misterios se descubren muy pronto, los personajes actúan conforme a su estupidez y las casualidades dominan en una historia precipitada a secuencias tan vergonzosas como esa en la que por arte de magia se presenten todos los estudiantes del dojo para salvar a Kiba (que parece sacada de ¨Karate a Muerte en Bangkok¨) o una resolución que no soluciona absolutamente nada, proponiendo algo cercano a un ¨cliffhanger¨; sin embargo, al no continuarse con esta historia en la tercera parte de la saga del guardaespaldas todo se vuelve un sinsentido.
El poco magnético Takeshi Yamato vuelve como Kiba a lo Chow Yun-Fat en ¨A Better Tomorrow¨, creyendo que va a poder igualar al inigualable Sonny Chiba; no lo hará sobre todo porque, para ser supuestamente el héroe, no termina como un héroe. Y a Jack Kao, la guapa pero insípida Noriko y Takanori Kikuchi, quien se las da de imitador de Bruce Lee, dan ganas de agarrarles por las piernas y arrojarlos por el acantilado donde se asienta el dojo.
Únicamente se lleva algo de atención ese impagable Hung Liu, luciendo como un Pai Mei de garrafón. En realidad poco o nada se puede decir del apartado artístico, y menos al descubrir que cuando hablan en inglés lo hacen doblándose ellos mismos y tan fatalmente que pareciera que tienen en todo momento el guión delante. Lo peor es esa tercera entrega que en lugar de seguir con este desaguisado nos irá con otra historia...
A Takashi Miike le divertía hacer este tipo de proyectos baratos y disparatados, pero poco talento demostraba; al año siguiente, gracias a ¨Shinjuku Triad Society¨, comenzaría a crecer realmente como director.
Les juro que estaba esperando a que Bolo Yeung apareciera en cualquier momento...
Un samurái noble se atraviesa el estómago frente a la puerta Babasaki del castillo de Edo. Un gesto desesperado por detener la crueldad de su señor.
Y los únicos capacitados para finalizar esta tarea son trece samuráis sin señor dispuestos a cortar de raíz las injusticias del Gobierno...
En 1.954 siete aguerridos guerreros accedían a ponerse a las órdenes de gente de un rango social inferior a cambio de una remuneración muy escasa con el fin de protegerles de quienes se dedicaban a arruinar y robar sus cosechas, algo excepcional para la época: Akira Kurosawa introdujo así la figura de un samurái que luchaba por una causa justa sin ataduras a la nobleza y sin traicionar su código sagrado de honor. Dicho concepto se extendería dinamitando el género, marcándolo para la posteridad.
Uno de los muchos cineastas que predicó con el ejemplo fue Eiichi Kudo, quien nacido de un auténtico linaje samurái empezó como asistente de dirección en Toei, su casa profesional por mucho tiempo, para poco después ser ascendido. Tras varios trabajos menores el joven de 30 años sentía que la productora lanzaba películas muy comerciales y flojas, y su idea de romper esta norma llegó con un caro proyecto auspiciado por el mítico actor Chiezo Kataoka y escrito por Kaneo Ikegami, un relato de bases mitad reales, mitad ficticias, con el cual iniciaría su conocida Trilogía de la Revolución.
Para los principiantes (sobre todo para los reclutados por Toei entonces) el género histórico-épico era la manera idónea de exponer sus cualidades como realizadores, pero hay que tener en cuenta que Kudo, aun procediendo de familia de samuráis, no compartía en absoluto sus principios, hasta el punto de renegar de su linaje con el más amargo de los desprecios, por lo tanto su visión de la Historia interpretada en el ¨jidai-geki¨ viene premeditadamente cargada de amargura, pesimismo y el gran deseo de rebelarse contra sus propias raíces. Esos elementos componen la salvaje sinfonía de ¨Los Trece Asesinos¨.
La fábula comienza en la era Koka, bajo mandato de los emperadores Ninko y Komei, con un suicidio que es en sí un alegato para frenar al despiadado Naritsugu Matsudaira, históricamente daimyo de Fukui cuyo título de noble recibió al casarse con la hija del shogun Ienari Tokugawa. Director y guionista trastocan un poco la realidad y optan por erradicar este veneno del Gobierno de un tajo, decisión que lleva a la creación de un grupo clandestino de guerreros liderado por el inspector Shinzaemon Shimada, en cuya reunión, estrategias y esfuerzos se centrará el film durante su primer tramo.
Se maneja una reinterpretación de ¨Los Siete Samuráis¨ con el objetivo de velar por el bien del pueblo y destruir el cinismo y la injusticia como aliciente, si bien esta vez la orden no procede de gente de clase baja sino del propio Gobierno, y los que van a cumplirla (aun algunos pidiendo dinero a cambio) son sin duda samuráis de pleno derecho y espíritu, sobre todo el ceremonioso y noble Shinzaemon. Esto y la fe ciega en el clan escora la epopeya hacia un marcado clasicismo en comparación con muchos títulos ya estrenados entonces, más contestatarios, rebeldes y desmitificadores (hacía sólo dos años que llegó el milagro de ¨Yojimbo¨...).
No así Kudo, mientras desarrolla la intriga de los preparativos para el asesinato con una precisión casi milimétrica y emplea a unos protagonistas con quienes el espectador puede simpatizar, centra su atención sobre Shinrokuro, sobrino de Shinzaemon, un samurái feminizado sujeto a otras aspiraciones para el que morir no es ni mucho menos un privilegio (este pensamiento, aun siendo convencido por la honestidad de su tío, es clave para determinar el destino del personaje). Él y el pueblerino Koyata (trasuntos de los Katsushiro y Kikuchiyo de la obra de Kurosawa), quien únicamente desea luchar por amor, captan más el interés que sus hieráticos compañeros.
Con estos firmes ideales, el cineasta pone todas sus fuerzas en sumergirnos en una trepidante aventura en la mejor tradición ¨chambara¨, haciendo resaltar sus líneas más oscuras y desgarradoras sin olvidar la emoción ni el entretenimiento; su habilidad de artesano le convertirá en maestro al plantear durante más de media hora un clímax donde la acción, casi contenida previamente, se desata enfervorecida. La emboscada en el pueblo contra los secuaces de Naritsugu es toda una lección de cine; Kudo nos empuja a un torrente de violencia encarnizada donde las flechas vuelan, las katanas restallan y cortan la carne, la sangre nos salpica y se rompen los huesos.
Y ello filmado con gran sentido del espacio, la atmósfera, los elementos naturales y la elegancia del movimiento, sin necesidad de cámaras mareantes ni mucha sucesión de planos (como ocurre hoy en día...) para hacernos vibrar durante todo ese tramo, indiscutiblemente sublime; pero Kudo también deja patente su talento tras la cámara no sólo al rodar acción (el momento en que Shinzaemon toca el shamisen frente a Shinrokuro pone los pelos de punta), y el blanco y negro de su operador Juhei Suzuki capta mejor las sensaciones. En el lado artístico sobresale, cómo no, el veterano Kataoka, seguido de otros grandes actores.
Kotaro Satomi, Ko Nishimura, Shingo Yamashiro o Kanjuro Arashi, que vuelven a demostrar su buen hacer en el género, al igual que Ryohei Uchida. Inmensamente detestable ese Kantaro Suga en su rol de Naritsugu, cuya muerte por enfermedad en la realidad dio pie a grandes teorías conspirativas y otras varias fantasías aprovechadas en la ficción.
A pesar de las dolorosas comparaciones que sufrió en la época con ¨Los Siete Samuráis¨, este fue un magnífico primer paso para Kudo en su implacable Trilogía de la Revolución, cuya perfección alcanzaría ¨La Gran Masacre¨. Casi cinco décadas después el prolífico Takashi Miike se hizo cargo de un ¨remake¨, casi idéntico aunque de línea más espectacular (logrando, por otro lado, uno de sus mejores trabajos...).
Las calles de la ciudad siempre se manchan con la sangre de inocentes y ese anillo de Moebius que es el círculo del crimen nunca termina pese a los esfuerzos de los agentes de la ley...
Pero desde las sombras siempre hay alguien, un corazón de hielo tirando de los hilos y manejando a todos a su voluntad. Y tiene un nombre: el sr. Brown.
Aunque la maravillosa década de los 40 había pasado y con ella la mayoría de las grandes películas enmarcadas en el cine negro, la siguiente aún brindaría a los fans otras muchas importantes propuestas (por algo 1.950 empezó con las imprescindibles ¨Corazón de Hielo¨, ¨La Jungla de Asfalto¨ o ¨Pánico en la Escena¨). Un nuevo periodo que también significó el momento tan ansiado de Joseph H. Lewis de alzarse como director de primera categoría. La culpable, una pequeña perla a la que no se le dio importancia y que cambió un poco el ¨noir¨ y, sobre todo, los films de forajidos: ¨Gun Crazy¨ (o ¨El Demonio de las Armas¨).
Cinco años después retorna al género en su mejor forma gracias a una producción un tanto ardua que fue pasando de manos hasta caer en los de la pareja de actores Cornel Wilde y Jean Wallace y que nació de la pluma del genio Philip Yordan, un natural de Illinois conocido por sus controvertidos guiones y sobre todo por ser el testaferro de muchos escritores marcados bajo el yugo de la lista negra ¨mccarthista¨...por ende, ¿escribió realmente el libreto de ¨The Big Combo¨? Otro gran misterio a añadir a todos los que acumula esta deliciosa joyita de culto de su director.
Cuando una obra ¨noir¨ obedece ciegamente sus propias claves, pese a no ser más que clichés, es inevitable que el fan se quede prendado de ella desde los títulos de crédito, y eso sucede con la de Lewis, cuyo inicio ya nos arrastra al imaginario inconfundible del género. La ciudad en su cara nocturna vista desde el cielo y en la cual nos vamos introduciendo poco a poco hasta acabar en un callejón siguiendo a la rubia explosiva de turno; luces de neón, humo y ¨jazz¨ a todo volumen de fondo. Sí, señor, no hay como viajar a los elegantes y excitantes años 50.
Esta rubia se llama Susan y está obligada a verse con el sr. Brown, un enigmático personaje en el que el guión irá profundizando hasta descubrirnos a un depredador de las sombras que encarna a la perfección a ese modelo de maestro de ceremonias el cual es un influyente y pulcro caballero ante la sociedad, máscara de hipocresía bajo la que oculta su despiadada y violenta personalidad; ella, por otra parte, no es sino la típica muchacha pueblerina engañada por el lujo y esas luces de neón antes nombradas. Tras ellos, Leonard, el abnegado policía que no descansará hasta ver a ese gángster entre rejas, y que inevitablemente se enamora de la chica.
Un triángulo protagonista que asegura, como afirma el título, una gran combinación. Lewis no aplica más normas que las dictadas por el género, ya conocidas, y nos lanza a una caza sin cuartel entre ese bueno y ese malo muy bien esbozados, aunque su inimitable personalidad de maestro artesano, y gracias a otros aspectos, elevan su obra por encima de la media; uno de los más interesantes es el contemplar un guión que parece más interesado por profundizar en los villanos que en los policías, logrando algo inusual: que el espectador sienta empatía por el sr. Brown, cuyos crueles actos le definen.
Alrededor de un ¨macguffin¨ llamado Alicia (más tarde encarnado y convertido en reflejo demacrado de la joven Susan), se construye un entorno áspero como la lija y negro como el carbón, de violencia latente en cada secuencia y encuadre, un entorno estilizado y magnificado por el excelente uso, casi expresionista, de las sombras y el blanco y negro del operador John Alton; este negro desapacible se come los escenarios, a sus protagonistas y enturbia unos diálogos afilados y ácidos hasta la médula. En esta carrera por atrapar al gángster de turno la amargura siempre está presente, y así nos sumerge en una intriga donde la tragedia aguarda a cada personaje, encadenados a ella y entre ellos.
Al fin y al cabo sus nombres no son más que pistas que llevan a otras pistas, como en todo buen relato policíaco. Lewis, un señor poco sensible y que nunca se andaba por las ramas, nos sacude a lo largo de él con sus imaginativas técnicas tras la cámara creando una atmósfera poderosa y dura alrededor de secuencias memorables, como la asfixiante tortura a Leonard (que más tarde un joven Tarantino tendría a bien imitar en su debut...aunque yendo algo más allá), un asesinato sin sonido en plano subjetivo o un intenso clímax donde el faro de un coche delatando a Brown nos muestra el cariz de seres de la oscuridad de estos personajes y cómo la luz significa la perdición para ellos.
Y teniendo en cuenta la condición de serie ¨B¨ del film, el cineasta se permite derribar algunas barreras y tabúes reafirmando el sórdido ambiente tan propio de la novela negra; así tenemos un nada disimulado amor homosexual entre los matones, la aventura entre el policía y la bailarina y varias secuencias realmente atrevidas para la época (como el tampoco sutil instante de sexo oral entre Susan y Brown). Por culpa de ello la preciosa aunque limitada Wallace no volvería a trabajar en el cine. Un joven Lee Van Cleef sorprende de secundario, como Brian Donlevy, Ted DeCorsia o Robert Middleton, y Wilde interpreta correctamente su papel.
Pero nadie eclipsa a Richard Conte, quien gracias a las argucias del guión, es el mejor caracterizado y descrito, casi romantizado. Serían estas las bazas que hicieron de ¨The Big Combo¨ un título a tener muy en cuenta dentro del mejor y más implacable cine negro...pese a que, a menudo, recuerde mucho a ¨The Big Heat¨, de Lang.
No obstante, a la hora de la verdad, ni Lang, ni Huston, ni Curtiz habrían firmado una película mejor.
El camino hacia la redención, la ilusión, hacia poder cumplir nuestros sueños, hacia una vida mejor siempre es complicado y está lleno de obstáculos y peligros.
Nueve individuos, nueve espíritus libres, dieciocho pies corriendo hacia lo que ellos creen que puede ser un atisbo de esperanza, sin embargo un destino difícil de predecir.
De esos cineastas personales e intimistas que vieron aflorar realmente su carrera y el éxito con el amanecer del nuevo siglo, Toshiaki Toyoda no está precisamente en boca de todos como sí lo pueden estar, por ejemplo, Hirokazu Koreeda, Naomi Kawase, Hiroyuki ¨Sabu¨ Tanaka o Shinji Aoyama; juega en su contra el hecho de contar con no demasiados trabajos en una carrera que, aún en activo, se extiende a lo largo de más de dos décadas. Viajando al comienzo de su filmografía, son los profundos dramas ocupados por jóvenes lo que más le apasiona contar.
Después de la célebre ¨Blue Spring¨ y antes de ser arrestado por posesión de drogas, su tercer largometraje, escrito por él mismo, demostró ser todo un ejercicio de madurez y su deseo de consagrarse como cineasta de pleno derecho, una historia iniciada desde el cielo sobre la inmensa, infinita y agobiante metrópoli tokyota que observaremos durante largo tiempo antes de que se convierta súbitamente en ceniza. Amarga visión desde el comienzo, la que sostiene el joven Michiru, quien tras asesinar a su padre (un chillón, irritante y repulsivo maltratador) es lanzado a una estrecha y oscura celda compartida con nueve presos más.
Desde las alturas vamos a las profundidades, pero el director no quiere construir un drama carcelario, así que proporciona una rápida salida a los presos, nueve cuando esto sucede (irónicamente, gracias a una rata). Termina el prólogo y empieza una trama dividida en dos arcos; el primero se centra en la gran evasión de los protagonistas, encarcelados por los motivos más diversos: un ciclista acusado de asesinato (Kazuma), un doctor culpado de suicidio asistido (Shiratori), un delincuente común (Shishido), un traficante de drogas (Saruwatari), un empresario pornográfico (Fujio), un terrorista epiléptico (Inui), un criminal psicópata (Ichiro) y Michiru.
Un yakuza veterano acusado de matar a su hijo (Torakichi) se convierte en una especie de padre para los demás, improvisada familia de desheredados y renegados con la que Toyoda, haciendo uso de grandes dosis de humor negro y salidas de tono cuasisurrealistas al estilo Kitano (y el de la violación a las ovejas es el mejor ejemplo) inicia un largo viaje; al principio el grupo (como si se tratasen del trío de ¨O, Brother!¨) buscará un supuesto tesoro revelado por un compañero en un ataque de locura, pero a cada paso que dan este viaje significa para todos una oportunidad de expiación, de redención, de recuperar una ilusión que les fue arrebatada en su vida anterior.
Cada escenario visitado por la cuadrilla es un ¨impasse¨ argumental donde deternerse para practicar la introspección emocional y las más diversas y curiosas interacciones sociales; sin embargo, ningún miembro preguntará a otro sobre cuestiones de su pasado, en ningún momento, porque el pasado es algo que hay que enterrar, reparar, para poder mirar hacia adelante. Si el humor y pasajes oníricos dominan en la primera mitad, la segunda estará marcada por el drama y la violencia, que emergen voraz, despiadada e inesperadamente; de hecho, conforme el grupo empieza a separarse, se produce una paulatina precipitación al abismo.
Perdido el dinero, cada uno va persiguiendo un sueño concreto (Ichiro, que sólo desea trabajar en un restaurante) o intentar curar heridas del pasado (Fujio, que sólo quiere casarse con la mujer que le fue infiel; Michiru, que sólo quiere reencontrarse con su hermano), pero la visión de Toyoda es la de un pesimista recalcitrante y misántropo, y no contempla ni el menor atisbo de salvación para sus protagonistas, ya que, mientras se vislumbran con mayor claridad los rascacielos de la ciudad y se abandonan los espacios verdes naturales, menos posibilidades les queda al noneto.
Al igual que Kiyoshi Kurosawa o Shohei Imamura, Toyoda observa la sociedad como un reducto de maldad visceral y desgracia aplastante, de hipocresía, suciedad, odio y violencia, de fría despersonalización y avidez capitalista; la sociedad es la misma que antes, desde su ventana, veía Michiru convirtiéndose en ceniza. Una sociedad que de ningún modo ampara a unos meros criminales fugados, que se ríe de ellos y miente sobre ellos para impedirles formar parte de su hermético microcosmos (esas noticias manipuladas que ponen en alerta a la población).
En esta segunda mitad, mucho más poderosa y desasosegante, es donde el viaje de ¨9 Souls¨ alcanza momentos de lirismo desgarrador y áspera e indigesta brutalidad, para derivar en última instancia en un clímax apocalíptico (y no menos poético), revelándonos que la eternidad es el único lugar posible en el cual el alma puede descansar en paz. De factura técnicamente casi perfecta, en el film sobre todo destaca la habilidad Toyoda como director de actores, deslumbrando en sus garras unos inmensos Yoshio Harada, Koji Chihara, Ichi Omiya, Takuji Suzuki y el pequeño Mame Yamada; merece la pena recordar también las cortas pero intensas intervenciones de Jun Kunimura y Misaki Ito (la Hitomi de ¨Ju-on¨).
Sí que se perciben ráfagas del cine de Kurosawa, Kitano, Aoyama e incluso Sion Sono, pero Toyoda fue capaz de alzarse como un cineasta personalísimo y de una destreza envidiable para construir melancólicos, simbólicos y oscuros dramas centrados en lo humano.
Podría decirse sin temor a equivocación que ¨9 Souls¨ es su logro más imperecedero, por encima de la más conocida (y sobrevalorada) ¨Blue Spring¨. Sus minutos finales te desgarran las entrañas; Sono, con lo sorprendente que es, no lo habría filmado mejor.
Los temidos 40, temidos tanto para hombres y mujeres, que llegan como un cuchillo afilado para cortar las ilusiones que uno sólo puede experimentar en su juventud.
¿Podría ser una mujer la respuesta a tremenda angustia existencial?
Resulta simple semejante planteamiento, y sin embargo tan repleto de profundas reflexiones, eso debió pensar Blake Edwards, quien a finales de los 70 ya contaba 57 años, una carrera de 24 como director y algunos de los más conocidos films dentro de la comedia (y otros géneros dispares). Ya ha finiquitado la saga ¨oficial¨ de ¨La Pantera Rosa¨, por desgracia con la mediocre ¨La Venganza¨; retoma entonces una idea basada en algo sucedido mucho tiempo atrás (el ver a una bella mujer vestida de novia dentro de una limusina) y junto a su esposa Julie Andrews acometerá, sin saberlo, su triunfal regreso al éxito.
Un proyecto lleno de complicaciones y curiosidades, desde el continuo rechazo de Peter Sellers a interpretar al protagonista hasta la discusión que tuvieron un ya contratado George Segal con Edwards por alegar que su intención era hacer un film para relanzar la carrera de Andrews, pasando por el fichaje de una Mary Collins de 23 años que bajo el alias de Bo Derek tanto daría de qué hablar sobre la película, y que sólo tenía la experiencia de una producción de calidad dudosa como ¨Orca¨ (sin contar ¨Fantasies¨, proyecto subido de tono dirigido por su entonces marido, tres décadas mayor, John Derek, y estrenado unos años después).
Al final es el célebre músico y actor británico Dudley Moore quien se hace con el rol de George Webber (por coincidencias de la vida, también compositor), quien tras una fiesta sorpresa por su 42.º cumpleaños cae en la cuenta de que su tiempo de gloria y su época de alegría ya se fueron, y a partir de aquí comienza una sesión masoquista de nostalgia y angustia vital que se adscribe de maravilla al estilo del film. Este no es, por supuesto, el Edwards de locas comedias disparatadas, sino el que nos regaló joyitas como ¨Desayuno con Diamantes¨ cuyos oropeles eran mucho más sofisticados y elegantes.
Aun así introduce situaciones de humor absurdo, dadas por una troupe de pintorescos personajes secundarios y en especial George, con el que tan fácil resulta identificarse; viva desmitificación del galán cuarentón, pura caricatura: un hombrecillo neurótico, misántropo, incomprendido, patoso hasta la extenuación, cansado de sí mismo, de su edad, del mundo que le rodea, demasiado moderno para él quizás (no se trata de uno de los papeles de Woody Allen, no), celoso de tener un vecino que organiza orgías con chicas preciosas, y que ni siquiera se siente satisfecho con su amante Samantha, madre divorciada fiel y de fuerte carácter.
A través de estos personajes, Edwards se vuelve a mostrar muy deshinibido tratando a través del humor temas ciertamente espinosos (ya sea sobre las relaciones en la madurez o sus acostumbradas ¨guerras de sexos¨, entre hombres y mujeres, entre heterosexuales y homosexuales) que podrían quedar terriblemente expuestos en manos de otro; la naturalidad juega un gran papel. Seguimos las andanzas de ese George, quien amargo por tener un vecino que representa ese mundo de liberación sexual inalcanzable, es bendecido con un instante que condiciona la trama y su vida: la rápida imagen de una joven camino de casarse.
Punto de inflexión, porque ahora la historia traza el desarrollo de una búsqueda, la de un ideal femenino, quizás oportunidad de recuperar el tiempo ya perdido, quizás incentivo para apreciar la vida desde una óptica más luminosa, no así una corrosiva obsesión que obligará al hombre a trastocar su acomodada existencia. Ni una voz sensata como es la del amigo homosexual (Hugh), ni una cálida estabilidad emocional con Sam sirven de freno a la fuga impulsiva de George en pos de hallar a la chica de sus sueños, quien pronto dejará atrás su condición de mero ¨macguffin¨.
Camino trazado como encuentro inevitable, predestinado, cuyo muy posible final sea el de un increíble romance, pero también con sus bifurcaciones amargas que impregnan a esta ligera comedia, la cual nos ha brindado instantes muy divertidos y perfectamente ejecutados sin perder un ápice de verosimilitud, de un tono más dramático de lo que parece a simple vista (ese barman solitario o esa mujer de desafortunadas experiencias contribuyen a que la melancolía siempre esté presente). Llegado a tal punto, en este tramo de huida que casi parece un ¨impasse¨ narrativo, Edwards se permite una pirueta en su guión...
Y es que la Jenny que nos presentaba en fantasías y sueños era más atractiva que la que realmente conocemos. Sólo es un pequeño tramo, pero resulta muy díficil de aceptar, como le sucede a George, y la tan bien construida historia hasta el momento (que podría haber tenido una conclusión más pura, o al menos lógica) se puede derribar en segundos a la vez que dos mitos: el ideal de mujer perfecta según la óptica masculina y la utopía del amor romántico y eterno. La razón es que no existen ideales ni líneas trazadas en cuanto a emociones humanas (al contrario que George, sus semejantes hacen las cosas ¨porque es así como deciden hacerlas¨).
Magnificada por la música de Henry Mancini, la fotografía de Frank Stanley y las grandes actuaciones de Moore, Andrews, Brian Dennehy, Robert Webber y Dee Wallace, ¨10¨ arrasó en taquilla, y casi culpable de ello fue Bo Derek, lanzada como la ¨sex symbol¨ del momento (gran éxito que jamás volvió a saborear, pues su carrera sería poco menos que horrible...).
Contiene cuatro instantes memorables: la impagable discusión sobre la definición de ¨fulana¨, la posoperación dental de George (donde mejor se aprecia el talento cómico de Moore), la carrera de Jenny por la playa a cámara lenta y la ardiente conversación en su habitación...y que convertiría al ¨Bolero¨ de Maurice Ravel en una de las piezas más famosas y solicitadas de aquella época.
Que los criminales únicamente pueden hayar la tragedia al final del camino es algo que ya sabemos, que hemos visto en incontables ocasiones, aun con el mayúsculo esfuerzo que éstos hacen para intentar escapar hacia una vana e inalcanzable ilusión.
Yoshishige Yoshida decide agarrarnos por el cuello y arrastrarnos en una de esas huidas incansables, hasta el último aliento. Tras su drama ¨18 Delincuentes¨, de nuevo centrado en las vicisitudes de las jóvenes generaciones, prepara una historia de mala suerte y sangre derramada en un escenario tan optimista como es el Japón de 1.964, que se prepara para su apoteósica celebración de los 18.º Juegos Olímpicos, los cuales tendrán lugar en Octubre; sin duda el tipo de acontecimiento que reafirma la internacionalización, la recuperación y la globalidad del país tras sus oscuros años de posguerra.
Pero el director, con su habitual estilo punzante y abrasivo, se dedicará a presentar el reverso más negro y amargo de esta sociedad en crecimiento, como ya hiciera en su maravillosa ¨La Sangre Seca¨; para esto decide utilizar por primera vez el color y se aferra a un género que nunca antes había probado. ¨Escape from Japan¨ será también una extraña carta de despedida y el inicio de otra etapa en su carrera, comenzando su historia de manera viva y ecléctica, muy propio del cine moderno de los 60: en un club nocturno colmado de ¨jazz¨, reflejando así la inevitable americanización de la nueva sociedad nipona.
Lejos del escenario, en el piso de arriba, un joven imita entusiasmado al cantante; es el protagonista, Tatsuo, ayudante y utillero quien sólo alberga un sueño: viajar a EE.UU. (¿cómo no?) y convertirse en un artista. Pero lo único que vemos es a un pobre bobalicón con demasiadas ilusiones y explotado por Takashi, el batería del local, repelente y drogadicto casanova a quien idolatra; este inicio enlaza muy bien con los relatos de juventudes perdidas tan propios de Oshima, Suzuki o el propio Yoshida, pero un suceso inesperado da un vuelco a toda la historia.
Y es un atraco a unos baños termales; así, el drama juvenil es interrumpido durante un extenso arco de unos 20 minutos que rompe con el argumento y el estilo del film. No se nos preparaba para un espectáculo semejante; Takashi, un criminal profesional amigo suyo y Yasue, amante del primero y empleada en los baños, perpetran el robo, en el que a la fuerza inmiscuyen a Tatsuo, a quien el director lanza de cabeza (y de paso a nosotros mismos, asumiendo el punto de vista del muchacho) a un desquiciante ejercicio de revelación cuando el integrante psicópata asuma el mando y todo, como se venía presumiento, entre en una fase de absoluto descontrol.
El relato se ennegrece con la huida y el reparto del botín reforzándose el cariz indigesto y repugnante de los implicados; planos rápidos y cenitales y escenarios claustrofóbicos nos sumergen en una atmósfera viscosa y sucia, carente de toda lógica. Y el punto clave de esta ruptura será la evolución de Tatsuo durante un viaje a los infiernos que experimenta entre temblores, gritos y convulsiones; la lectura de W.R. Burnett y Donald Westlake y el cine de criminales y atracos de John Huston, Jean-Pierre Melville y Don Siegel (con ciertas influencias de Seijun Suzuki) son inspiraciones sólidas y nos dan una aproximación de lo que pretende el nipón.
En ningún modo plantea un ¨thriller¨ típico de las producciones ¨B¨ del momento (como las de Nikkatsu), de estética ¨kitsch¨ y donde los delincuentes, además de muy ¨cool¨, pueden encontrar la redención. No, Yoshida se regocija en la miseria humana y la suya es una epopeya de perdedores marcados por la continua fatalidad en una sociedad sin futuro (irónicamente el Japón orgulloso de celebrar los Juegos Olímpicos); así, cada paso que Yasue y Tatsuo dan en su huida con el botín, convertidos en inesperada pareja, es un paso más hacia el abismo, pues la escapatoria es imposible.
Un coreano escondido en el camión en el que también se irá Tatsuo le espeta que su país (pues lo de América es un caso perdidísimo) no quiere que sea pisado por escoria como él. Así, Yoshida va cortando todas las salidas a ese protagonista que, de un joven risueño e impulsivo, pasa a convertirse en un salvaje nihilista devorado por su tormento; es él, como ya he dicho, la clave para comprender la idea de deshumanización e insensibilización que quiere abarcar el cineasta. De manera intermitente, los nuevos enamorados irán desnudando sus almas a base de íntimas confesiones sobre su pasado para no ser meros estereotipos del género (como suele pasar a veces).
Yasushi Suzuki, gritón y espasmódico, sabe reflejar a la perfección la degeneración de su personaje y su descenso a la locura, haciendo un buen tándem con la preciosa Miyuki Kuwano (de quien ya pudimos disfrutar en ¨Historias Crueles de Juventud¨, de Oshima). Después de ellos sólo destaca un endemoniado Ryohei Uchida como el miembro psicópata de la banda, encargado de ahogar la película durante ese tramo de huida del escenario del robo y posterior enfrentamiento donde Yoshida consigue elevar el desasosiego hasta límites insospechados; a la hora de la verdad, ni Masumura, ni Imamura, ni siquiera el mismo Siegel, lo habrían filmado mejor.
El film podría haber sido trasladado a texto en una novela negra de bolsillo, porque eso es ¨Escape from Japan¨, una ¨crook story¨ amarga, turbia, sudorosa y febril en la mejor tradición del género, y atravesada por ráfagas de humor negro abrasivo y una mirada desgarradora a la sociedad de la época.
Pero muy lejos tuvo que ir Yoshida en su conclusión ya que los de Shochiku la eliminarían del montaje final, que además ya habían trastocado...mientras aquél estaba disfrutando de su luna de miel junto a Mariko Okada, musa de una nueva etapa en su carrera que empezaría ya alejado de la productora. ¨Mizu de Kakareta Monogatari¨ abrirá, en blanco y negro, este periodo.
Cuando se usa la sagrada institución del matrimonio con otros fines nada tradicionales o que entrañe poner en peligro los votos, por ejemplo el denostado matrimonio ¨de conveniencia¨, cualquier cosa puede pasar.
Como bien le sucede al protagonista de esta historia tan curiosa y divertida.
En el país se implantó el divorcio recibiendo no pocas críticas, pero también existía aquello de casarse ¨por poderes¨, antigua práctica que tenía la aprobación de la Iglesia. El sr. Mariano Ozores, siempre atento a las curiosidades y tendencias de la sociedad (y es que a este hombre no se le escapaba nada de lo que poder hablar), trataría esto precisamente en una de sus más significativas películas...y no por sus grandes virtudes, no, sino porque sería la última rodada junto a su querido Alfredo Landa, quien le acompañó en más diez producciones desde finales de los 60.
En ese momento el actor ya ha instaurado por su cuenta el llamado ¨landismo¨, y Ozores (junto a Ramón Fernández) es de los que mejor han sabido explotarlo, siendo ¨Manolo ¨la Nuit¨ ¨ un perfecto ejemplo de ello; poco le queda a éste para decir adiós al actor en el negocio, quien tantos buenos trabajos le ha brindado, y descolgarse a fines de década con la pareja Pajares/Esteso, que le haría millonario a partir de entonces. Antes de eso reúne a Landa en una película para José Luis Bermúdez de Castro tras su romance con Lotus Films y rueda en Madrid y en el centro de la inmensa Barcelona (la de antes, no la de ahora...).
Pero esta historia no empieza en la ciudad, sino en un pueblo, muy castizo, tradicional y campechano, como ya ha se ha visto en anteriores trabajos, y también, como de costumbre, el protagonista será uno de sus habitantes que se embarque en una aventura durante la cual conozca un mundo más allá de los asfixiantes límites de dicho pueblo, y éste es Daniel, hombre bondadoso y leal donde los haya, y quien sólo puede considerar a Celedonio como su verdadero amigo, un toro que su padre le dejó en herencia. Pero Ozores no nos va a dedicar un bonito relato sobre la amistad entre un paleto y un toro (que original habría sido, verdaderamente).
En lugar de eso prefiere introducir un elemento que haga salir al personaje de su entorno rústico y llevarlo a la ciudad, practicando así una tergiversadora versión de ¨Dormir y Ligar, todo es Empezar¨ (en la que veíamos al protagonista yendo a Madrid para comprar un toro...). Además, Daniel marca la evolución definitiva de ese rudo hombre de pueblo que Landa ya interpretase en la anterior y en ¨Jenaro, el de los 14¨; su Daniel poco tiene que ver con el pregonero Saturnino o el susodicho Jenaro, aunque no hace por abandonar, eso sí, al personaje-tipo de pobre desgraciado rodeado de miserables, blanco de la mala suerte y gran conquistador de mujeres que le ha dado el ¨landismo¨.
Lo que hace el director es dejar a un lado el toro y meter a su dueño en el compromiso de casarse con una chica que Antonio, un vecino del pueblo de quien ya iremos averiguando, ha conocido por una agencia matrimonial, y que no puede presentarse al vivir en Barcelona; y esto no sólo le hace la pascua a él, sino a Cristina, su novia actual, y los dos brutos hermanos de ella. La desposada es una buena chica deseosa de dejar su repelente vida ¨fácil¨, expresado esto por el director con más libertad que antes, y cuya única salida la ha hallado en el matrimonio (aunque no sea la más conveniente).
Una secuencia tan poco habitual en su cine como la cena de Daniel y Araceli, donde a través de unos bonitos primeros planos sabemos que el amor ya ha surgido entre ellos, le sirve a Ozores para transformar lo que parecía una simple comedia gruesa en una comedia romántica con tintes melodramáticos y no desprovista de sus buenas dosis de enredo. El melodrama lo protagoniza la joven, al querer huir de su profesión e iniciar como sea una nueva vida, y el choque de mentalidades que se produce entre el tradicionalismo y el buen espíritu de la España pueblerina (encarnada en Daniel) y la sordidez y cinismo de la ciudad (Araceli, Antonio).
Y es que Daniel, para su desgracia, debe luchar contra sus sentimientos al ser incapaz de romper su palabra y traicionar a un amigo (aunque ese amigo sea en realidad un frívolo y malnacido misógino sin conciencia); el enredo lo producen todos aquellos que rodean a Daniel, un grupo de individuos oportunistas, mentirosos y sinvergüenzas, entre los que se halla un torpe gestor con más deudas que pelos tiene en la cabeza llamado Contreras. De nuevo para Ozores el viaje realizado hacia la capital y sus paradas imprevistas es importante respecto al cambio de mentalidad e ideas de los protagonistas.
Un trasunto de aquellos melodramas neorrealistas italianos de los 50 y 60 pero con mucha más sal gruesa, entretenimiento de andar por casa y concesiones al desnudo (aunque esta vez el director no se excede con ello). A Landa le vuelve a quedar como un guante el rol de tipo honesto, decente y susceptible de caer en la tentación o en el nerviosismo, emparejándose de nuevo con Josele Román, Antonio Ozores, también en su papel de simpático y cansino charlatán, y esa siempre preciosa Emma Cohen (cuyas piernas opino deberían estar igual de bien valoradas que las de Marlene Dietrich); éstos acompañados de los geniales Emilio Laguna, Luis Barbero, Florinda Chico y Alberto Fernández.
Tras catorce películas y once años de relación en la industria, Landa seguirá con su carrera probando en otros géneros y Ozores, que hace una pausa con Manolo Escobar en ¨Donde hay Patrón...¨ encontrará gracias a Pajares y Esteso su mejores resultados en taquilla.
Éste es, sin embargo, un agradable melodrama que a primera vista engaña, pues muestra varios tics y elementos que no son tocados con mucha asiduidad por el realizador en su cine (no hay que fiarse de este hombre, que es muy listo); yo diría que es de las mejores colaboraciones entre éste y el actor.
Los hombres se preparan. La noche baña las calles, se respira tensión en el ambiente pese al silencio, pero todo parece ir bien, un estudiado atraco que ha de ser perfecto.
Entonces, una broca que se rompe, una alarma que salta, una pistola que se dispara...¿por qué? Es el estigma de aquellos que deciden seguir el camino del crimen, el camino a la perdición...
En el rico mosaico del cine negro, tanto americano como internacional, en su edad de oro o en años posteriores, hallamos un puñado de títulos, muchos de ellos de envergadura, cuyo eje central gira alrededor de un atraco, su preparación, sus consecuencias y aquellos que lo cometen, pero quizás ninguno alcance tan fácilmente la indiscutible perfección como éste que nos ocupa, fruto de la colaboración entre dos genios consagrados del género: el autor y guionista William R. Burnett y el cineasta John Huston (quienes ya trabajaron juntos en el libreto del clásico de Raoul Walsh ¨El Último Refugio¨).
En esta ocasión Burnett vio su novela ¨The Asphalt Jungle¨ adaptada por Ben Maddow y Huston poco después de su publicación en 1.949, preparados para la producción mientras éste último y otros implicados (en especial Sterling Hayden, de reputación infame para los estudios) eran investigados por supuestas actividades antiamericanas; puede que en efecto, una historia como la que pretendía rodar el responsable de ¨El Halcón Maltés¨, donde se concede por primera vez el beneficio de la simpatía a los que operan al margen de la ley, resultase arriesgado en plena era del temido ¨mccarthismo¨.
Se nos introduce con severidad en un ambiente desolador y asifixiante; las calles desiertas ceden el protagonismo a un coche patrulla en busca de un hombre (Handley), que huye y se esconde tras unas columnas. Pero pese a la participación de los policías en los primeros minutos de metraje (adustos y reaccionarios según los trazos con que se define al comisario Hardy), Huston y Maddow rechazan la importancia que les da Burnett para centrarse de lleno en la existencia y psicología de sus opuestos, los criminales, los auténticos protagonistas (algo que levantaría ampollas en el público de la época).
Influenciado por Sica y Rossellini, el director obtiene de sus obras la esencia neorrealista y plantea una mirada implacablemente desnuda sobre los perdedores, su precariedad, debilidades y frustraciones, enfrentándolos a un destino que se esboza, como de costumbre en el feroz universo ¨noir¨, hacia una sola senda: la del fracaso, mientras se decide poner en contraste (como más adelante veremos) la imperante maldad y corrupción que planea sobre la ciudad, esa jungla de asfalto del título tan llena de asesinos, hipócritas, depravados, incompetentes o simples desgraciados, con la liberación y pureza del paisaje campestre, tierra perdida y añorada de forma constante por Handley, como si se tratase del paraíso.
También Huston y Maddow hacen uso de una milimétrica precisión en la primera parte de la trama (la primera hora) construyendo paso a paso la preparación del robo de unas piedras preciosas pensado por Riedenschneider, ese maestro de ceremonias paciente y afable ignorante de cómo se le van a torcer las cosas por la presencia de la fatalidad.
El punto débil que hace temblar los cimientos de la base es Emmerich, un viejo cobarde que vive de apariencias ante los hombres duros que les rodean al tiempo que mentiroso frente a su enferma esposa. Quizás el paradigma de la visión pesimista de Huston sobre la sociedad americana de la posguerra. Pero aun resultando imposible todo rastro de empatía con unos personajes tan demacrados, Huston hace malabares para lograr que los veamos como seres humanos.
Ese barman jorobado, ese padre de familia sin dinero, ese pistolero obsesionado con las apuestas. Se les desgrana a conciencia sin olvidarse de lo que son: meros criminales. Cuando la mala suerte se abalanza sobre nuestros protagonistas y las traiciones y mezquindades se reparten como las cartas en una partida ya perdida de antemano, la atmósfera se tensa aún más haciendo gala el cineasta de una profunda dureza a través de la fotografía en blanco y negro de Harold Rosson, de trazos expresionistas.
Y con su afán por atraparles en espacios cerrados, donde la ausencia de oxígeno coincide con la del futuro (¨Fatalidad...¿y qué se va a hacer contra la fatalidad?¨, se reflexiona), incluso las calles exteriores, cubiertas por la neblina y la oscuridad perpetua, se transforman en inmensos agujeros negros.
En un segundo plano la policía actúa, con contundencia y nervio (realmente grotesca resulta la gran violencia descargada por el teniente Ditrich contra Cobby), apareciendo en pantalla quizás no con la misma profundidad con la que son descritos los criminales, pero sobresaliendo su determinación y sentido del deber.
Puede que todos estos personajes no vayan más allá del arquetipo de los del cine negro (más aún en lo que a las mujeres respecta), sin embargo Huston los maneja y construye con gran precisión, en especial por el gran trabajo de los diálogos. Sobresale la imponente presencia del protegido del director Sterling Hayden, perfecto para estos roles (lo volvería a demostrar en ¨Atraco Perfecto¨), además de los maravillosos James Whitmore, Anthony Caruso, Louis Calhern y Sam Jaffe, quienes dotan de gran humanidad al estereotipo del delincuente con sus actuaciones.
Por su parte la explosiva Marilyn Monroe ganó notoriedad gracias a su encarnación de la dulce y asustada Angela. Tampoco se queda lejos John McIntire, quien nos alecciona (dirigiéndose a nosotros) sobre una cosa: este incidente sólo es una historia más protagonizada por los mismos individuos cuyas vicisitudes están ligadas al acto criminal; después de todo el crimen es, como nos revela Emmerich, ¨la consecuencia de un concepto equivocado de la vida¨.
Por sus virtudes técnicas, reparto estelar, estudiada planificación, amarga y descorazonadora visión y momentos impactantes (inolvidable la secuencia del robo, que corta la respiración), ¨La Jungla de Asfalto¨ permanece como una de las cumbres del ¨noir¨ y la ¨crook story¨, influencia para todo lo que vino después en el género.
Nos echamos a la mar a bordo del U.S.S. Sea Tiger, el submarino menos recomendable para entrar en combate: una tripulación alocada, al mando un comandante al borde del ataque y un playboy de ciudad, un viejo cascarón que no se tiene sobre el agua, y un puñado de enfermeras que lo pondrán todo patas arriba...
¿Y es que, quién dijo que uno no se podía reír en la guerra? No lo parecía, ciertamente, a finales de unos 50 cuando se estrenaban innumerables títulos enfocados en el periodo de 1.939-1.945. El bélico nos daría algunos dignos de recordarse: ¨A Diez Segundos del Infierno¨, ¨El General de la Rovere¨, la mítica ¨Condición Humana¨ de Kobayashi o ¨Infierno Bajo las Aguas¨, que transcurría también en un submarino; pero hay quienes deseaban ver el otro lado ligero y desenfadado de la guerra.
Como Christian-Jaque, John P. Carstairs o Wolfgang Staudte, le tocó el turno a Blake Edwards, exitoso guionista estrenado como director hacía poco y cuyas miras se centraban ante todo en la comedia. Bajo el auspicio de la productora de Cary Grant, Universal unió a éste y a otra reciente estrella, Tony Curtis (quien ya trabajó con Edwards); ambos habían saboreado las mieles del éxito en el momento, el primero gracias a ¨Con la Muerte en los Talones¨ y el segundo a ¨Con Faldas y a lo Loco¨ (donde imitaba al primero), y a cuatro manos se escribiría el libreto (sin la participación del director) que les iba a garantizar una excelente colaboración.
Pero no es en la guerra donde comienza precisamente esta historia, sino mucho tiempo después, en una bahía donde se espera deshacerse del submarino U.S.S. Sea Tiger, y con la última visita del almirante Sherman; nostálgico principio que se funde con las memorias de dicho personaje para así viajar al pasado, en lo que será un extenso ¨flashback¨ narrativo. Allá, a 1.941 nos vamos, a lo que parece ser el inicio de la Campaña de Filipinas desatada entre Japón y EE.UU.; en el embarcadero el mismo Sea Tiger es bombardeado desde el aire. Como iremos viendo Edwards demuestra pulso de maestro para las secuencias de acción bélicas, aunque esa no sea su pretensión.
Lo que hace Edwards tras este prólogo trepidante es extraer, con sutileza y mucho desparpajo, el cariz más simpático de un sangriento conflicto que acabó con la vida de cientos de miles de aliados; más de media hora nos mantendrá en la bahía esperando a que zarpe el submarino, y a base de graciosas intevenciones (en especial las de Holden) y disparatados ¨gags¨ suaviza la atmósfera haciendo gala de su talento como director cómico. Todos los tics del bélico, los estereotipos de la marina y lo militar, e incluso algunos sucesos reales (la pelea del papel higiénico, el hundimiento de un submarino en Cavite Navy Yard, el camión torpedeado...), se aplastan bajo la bufonería del guión, las caracterizaciones y los diálogos.
Y si un golfo guaperas de la ¨jet set¨ sin experiencia que acaba con la paciencia de Sherman, un submarino que no deja de tener problemas para zarpar, un ex-convicto que acaba en la tripulación, un capitán al que siempre le están robando cosas y hasta un hechicero hawaiano que ha de intervenir para arreglar el Sea Tiger (¡!) nos parece ya suficiente locura, aún no hemos visto nada. De primeras el humor viene dado por las constantes tensiones entre Holden y Sherman, la descharrante situación del submarino y unos personajes secundarios sencillamente deliciosos (el marinero que tanto recuerda a su madre, el pesimista encargado de la sala de máquinas).
La película pega un giro considerable al introducir en este ambiente tan masculino un puñado de enfermeras que han sido abandonadas (situación también basada en un hecho real), todas ellas guapísimas y enternecedoras, algo torpes, gruñonas y bastante desubicadas. Edwards pone de relieve la participación de la mujer en el conflicto bélico (algo a lo que nunca se le prestaba debida atención) mientras nos brinda una guerra de sexos muy particular dentro de un espacio reducido y que como es lógico dará lugar a varios equívocos, picarescas situaciones y romances más que esperados, todo en pos de la risa más sana e inofensiva.
Especialmente incómoda puede resultar hoy día esta situación, en la que hombres y mujeres han de convivir en armonía transgrediendo las masculinas tradiciones militares de antaño (de ahí que las bromas no sean aptas para ese espectador actual propenso a ofenderse con facilidad, y que preferiría ver a las damas tomando el submarino y quebrando bajo sus tacones los huesos de los marineros; pero a esa clase de gente no va dirigida esta película...). Disfrutemos los que tenemos sentido del humor de la buena salsa de ocurrencias y tropiezos ofrecida por el cineasta (como lo del robo del cerdo, sensacional).
Culminando con todo esto en un momento tan ridículamente entrañable como es ver un submarino de la marina americana pintado todo de rosa por error...aunque la gracia se le vaya un poco de las manos hacia el final (es algo que suele pasar en sus obras) con el desaguisado de los niños y los animales a bordo. Un gran dúo protagonista: Grant parodia a su capitán Cassidy de ¨Destino: Tokyo¨ muy sobrio y siempre rozando el espasmo, siendo un contrapunto perfecto al descaro de Curtis. En el lado de los hombres unos geniales Gene Evans, Robert Simon, George Dunn y Gavin MacLeod entre otros, y en el de las mujeres, ¿cómo no rendirse ante Virginia Gregg, Dina Merrill y la tremendamente voluptuosa Joan OBrien?
Parodia magnífica del bélico que por su atrevimiento y locura presagiaría otras muchas comedias de la década siguiente. Para la Universal y Edwards ¨Operation ¨Petticoat¨ ¨ significó un monumental éxito de crítica y público lanzando la carrera de un director que aún tenía muchas joyas que ofrecer al universo cinematográfico.
Años después, en los lejanos 70, el film sería adaptado a televisión, con la hija de Curtis, Jamie Lee, interpretando curiosamente el papel que aquí tiene Merrill.
Una gran mansión, un crítico musical idiota, un artista golferas, un empresario estomagante y un buen puñado de damas más locas que otra cosa pueden ser los mejores ingredientes para una simpática comedia de época.
¡Que preparen los fuegos artificiales y empiece la función!
En su temprana carrera, ¨Una Lección de Amor¨ irrumpe en lo que es un desfile imparable de relatos sobre el conflicto paternofilial, el espectro del infanticidio, el proceso ¨kafkiano¨ abierto a los personajes, el narcisismo voraz de la vocación artística, la confusión onírica de la realidad, el desprecio de uno mismo, la imagen infernal del matrimonio o el fantasma de un muerto que atormenta, pero de algún modo u otro el humor siempre ha tenido un hueco dentro de la obra del maestro Ingmar Bergman (incluso en ¨El Séptimo Sello¨ hay atisbos humorísticos).
Aquélla no fue la primera muestra puramente cómica del sueco ni tampoco sería la última, y valga la exitosa y premiada en Cannes ¨Sonrisas de una Noche de Verano¨ como valioso ejemplo; pero aún sorprende más, incluso a los fans expertos, que en un periodo de amarga maduración como esos años 60 tan provechosos, se concediera tiempo para alejarse de sus trabajos más graves y trascendentales y se destapara con otro desvelo cómico, y habida cuenta de que acababa de capitular su magnífica Trilogía del Silencio. Decide romper también su propio estilo clásico permitiendo a su operador Sven Nykvist rodar por primera vez en color, al cual no volvería hasta mucho tiempo después.
Un plano general abre sobre la preparación y celebración de un funeral, un plano que se mantendrá estático durante más de 5 minutos y que nos presenta a un recién fallecido violonchelista de prestigio mundial siendo recibido por una cantidad ingente de señoritas que le lloran, cada una a su manera, y repiten la misma frase con diferentes entonaciones. Podría ser este el mejor ejemplo de cómo condensa Bergman todo su sentido del humor, pero no es nada comparado a lo que nos reserva mientras viaja atrás en el tiempo para que conozcamos a esa pintoresca troupe y al finado.
Seguimos así a Cornelius, un crítico musical y biógrafo que ansía conocer al maestro violonchelista para completar su libro. El director recurre inesperadamente a una muestra de absurdo desubicado al presentar a este crítico como un patán pretencioso e irritante, y a partir de su caricaturesca silueta escupe feroz sobre todos aquellos que se dedican a dicha profesión (se puede decir que la relación de Bergman y los críticos nunca fue buena). Se desata entonces la locura y el enredo con este hombrecillo estirado que parece una versión barata de Buster Keaton deambulando por una casa cuyas esquinas no acumulan ni un gramo de cordura.
La figura femenina vuelve a ser el centro de atención de la farsa, pretendidamente vodevilesca; un auténtico harén de mujeres (algunas más bellas que otras) que suspiran, pelean y reflexionan sobre sus intimidades alrededor de ese maestro a quien jamás vemos la cara, un don Juan que permanece anónimo incluso después de su muerte (claro reflejo de cómo se sentía Bergman ante los críticos y cómo deseaba sentirse)...pero esto no es lo realmente importante. Otras disputas surgen entre Cornelius y el empresario del músico y entre las propias mujeres, y así nos conduce el director por este exquisito, bucólico, pícaro y sofisticado escenario burgués.
Lo diametralmente opuesto a la anterior ¨El Silencio¨ es sin duda este film, sin trama como tal y con debilidad por el libertinaje y el puro placer carnal (un ideal del amor que todas sus comedias exponen sin disimulos). ¡Adiós a los dramas, los silencios incómodos y vicisitudes existenciales! Fellini y el humor físico de Chaplin, Lloyd y el nombrado Keaton son ahora la inspiración mientras el sueco asalta nuestras retinas a base de un descontrolado manejo de técnicas con el cual se dedica a derribar infranqueables barreras y los coloridos tonos y las personalidades bien definidas aunque superficiales de las damas aportan un toque exótico al conjunto.
Interpelaciones y avisos al propio espectador, saltos improvisados en el tiempo, juegos inexplicables de luces, sombras, filtros y ambientes, cortes inesperados, congelación de la imagen, intertítulos que refuerzan aún más el homenaje al cine cómico mudo, incluso una socarrona e imaginativa burla a la censura de la época; en efecto, todo un imaginario que exuda surrealismo y fantasía por los cuatro costados filmado a veces desde ángulos rarísimos. La apoteosis del absurdo propuesto se alcanza en una secuencia definida por el mismo film como ¨un momento para la posteridad¨:
El gran lío de los fuegos artificiales que estallan por la torpeza de Cornelius y que se propaga a todas partes con la participación de todos los personajes. Un frenesí indescriptible de ¨gags¨ encadenados que nos cuesta digerir, sí, pero lo contemplamos sin parpadear (¿nos hemos ido a colar en una comedia de Blake Edwards o qué?). En este desaguisado Jarl Kulle, colaborador del cineasta en varias ocasiones, explota como nadie su faceta cómica, al igual que Georg Funkquist, Allan Edwall y el conjunto femenino, donde cabe destacar a Mona Malm y tres imprescindibles del universo ¨bergmaniano¨: Bibi Andersson, Eva Dahlbeck y una Harriet Andersson absolutamente irresistible en su rol de la sirvienta Isolde.
¨Esas Mujeres¨ es una bienintencionada, histrónica y agradable farsa de esencia teatral (los alias de las señoritas dados por el violonchelista lo demuestra), pero parece que no consiguió el favor de nadie como sí hizo ¨Sonrisas de una Noche de Verano¨.
Se sitúa, curiosamente, entre ¨El Silencio¨ y el posterior milagro de ¨Persona¨, otra buena razón para que el fan medio del realizador la condene por completo al ostracismo. Pero si su función principal es divertir puedo afirmar que conmigo lo ha conseguido con creces...
Cuentan las leyendas que Yang Kwei-Fei fue la última de las Cuatro Bellezas de China, damas pertenecientes a la clase noble y de gran influencia en los devenires de la Historia del país.
De ella se decía que poseía tal belleza que las flores, al verla, se marchitaban de la vergüenza y la envidia...
Kenji Mizoguchi terminaba 1.954 con una obra maestra universal y pieza fundamental de su última etapa como realizador, ¨Los Amantes Crucificado¨, cuya trágica y bella historia la inspiran los textos de Monzaemon Chikamatsu; gracias a ella gana el León de Plata en el Festival de Venecia y es nombrado jefe de la productora Daiei. El cine japonés también ha logrado imponerse al Mundo y así empieza a practicar una política de coproducción con otros países; comprometida en este empeño, Daiei se asocia momentáneamente con los estudios hongkoneses Shaw & Sons (predecesor de Shaw Brothers).
El productor Masaichi Nagata ha tomado buena nota de la Palma de Oro que poco antes ganó ¨Jigokumon¨, insistiendo sobre todo en la belleza de los colores, por tanto pretende extender este procedimiento a todos sus films históricos. Así, Mizoguchi, que lleva rodando toda su vida en blanco y negro, acepta por primera vez el desafío del color al serle confiada ¨Yokihi¨, superproducción cuyo guión escriben sus habituales colaboradores (Narusawa, Yoda, Kawaguchi), situado en la China del siglo VIII y en la tragedia vivida por el emperador Xuan Zong y su concubina Yang Yuhuan (después Kwei-Fei).
Al director le conmueve experimentar una musicalidad de colores inspirada en las pinturas y acuarelas del arte chino, en cambio el tema, la confrontación de las ambiciones políticas de los miembros de la corte china de la dinastía Tang (de la que poco sabe), con el amor de un emperador por su esposa procedente de la nobleza, le irrita, por lo que cambia el enfoque desde la raíz convirtiéndola en plebeya. En los últimos momentos de su vida, Xuan Zong la recuerda al contemplar una estatua de su modelo en sus aposentos, enlazando con el drama vivido por la protagonista de ¨Vida de Oharu, mujer Galante¨ (cuando ésta figuraba el rostro del desaparecido amante en la cara de la estatuilla de un monje).
Sigue este film los mismos pasos, presentando el argumento en forma de ¨flashback¨, retrocediendo al momento en que Yuhuan, cual cenicienta de cuento, pasa de ser la maltratada criada de una familia pobre cuyos miembros ambicionan poder y prestigio a la protegida (que no concubina) de un emperador asfixiado con las obligaciones políticas y que arrastra una gran melancolía por la pérdida de su anterior esposa. Mizoguchi escora así su discurso sobre la gente de la calle y la oposición del pueblo y del poder privilegiando una dulzura exquisita en la tierna relación de la pareja imperial, para acabar alcanzando una tragedia con aires de ópera romántica.
Además toca su tema predilecto: el sufrimiento femenino. Y es que el situar a Yuhuan en la baja categoría le permite hacer de la mujer una víctima de las convenciones y tradiciones de la sociedad al margen de su rango, de la sinceridad de sus sentimientos, incluso de su propia familia, quienes sólo atienden a sus beneficios y posición social; no obstante se concede parte de este dolor al emperador, más un artista sensibilizado y frustrado que una figura política, atado de pies y manos por las leyes que él mismo dictó, por los traidores y codiciosos que rondan a su alrededor. Una mera marioneta.
Yuhuan, un inopinado doble físico de la anterior emperatriz, es por tanto la salvación de Xuan Zong, quien de algún modo cree reencontrar a aquélla vuelta a la vida; pocos momentos en el cine de Mizoguchi han resultado tan preciosos y cálidos como ese paseo que los dos deciden dar por las calles de la ciudad, disfrazados para pasar desapercibidos. Existe una evidente teatralidad en esta fábula que mezcla tragedia romántica con crítica social y algo de épica, pero el refinamiento formal del estilo de la puesta en escena, también obedeciendo a la musicalidad de los colores, sólo elimina en apariencia la parte realista del film.
Pues tras las muselinas brillantes, los suntuosos decorados y los trajes tornasolados, se trata la imposibilidad de vivir el amor ideal frente a todos los poderes, por lo que en última instancia, el emperador, ya despojado de su carga política y su propio cuerpo, no puede sino hallar en la muerte a la mujer que ama; así sólo los espíritus son capaces de acceder a la felicidad absoluta y eterna (otro momento para recordar por siempre: la secuencia final). Tal sensibilidad puede confundir al espectador acostumbrado al cine más áspero y duro del maestro, por ello éste nos vapuleará con una última parte donde se confabulan todas las desgracias, inevitables, para los protagonistas.
Sin embargo incluso la violencia, nunca mostrada en su finalidad, está atravesada por un lirismo conmovedor. A efectos técnicos ¨Yokihi¨ es brillante, desde la fotografía de Kohei Sugiyama a la dirección artística de Hiroshi Mizutani; en la parte interpretativa volvemos a ver coincidir a Masayuki Mori, brindando una soberbia actuación, y la siempre cautivadora Machiko Kyo (si alguien se merece ser emperatriz es ella, si bien difiere mucho con la auténtica Yuhuan en cuestión física), quien sustituyó a Takako Irie, originalmente contratada para el papel y despedida por el director en un arranque de cólera.
Los secundan otros importantes actores como Eitaro Shindo, Tatsuya Ishiguro, Eitaro Ozawa, Isao Yamagata y So Yamamura (dando vida al cruel An Lushan). Exquisita en muchos aspectos y alabada por la crítica, quizás ¨Yokihi¨ no se sitúa entre las obras maestras de Mizoguchi, quien rápidamente abandona estas superproducciones para evitar convertirse en un ¨formalista¨...
Pero antes de ello rueda ¨El Héroe Sacrílego¨, su último film en color, a partir de los mismos cánones y parámetros. Unos años después, la Shaw Brothers realizaría un ¨remake¨, más acorde a los hechos históricos.
¨Parece que la calle se despeja, todos se van a su casa. Seguramente habrán olfateado la tormenta¨.
Y mientras, dos hombres en una habitación, cara a cara, con el calor exterior abrasando las paredes, las gotas de sudor mojando el suelo y la aguja del reloj precipitándose a las inevitables 3:10 de la tarde. Pero por mucho que se estruje el reloj el tiempo no se congela...
Comienza un periodo glorioso para el ¨western¨, los años 50, y sus raíces más grandilocuentes y solemnes parecen torcerse hacia terrenos oscuros. Anthony Mann pone en pantalla ¨Winchester 73¨ nada más comenzar la década, donde no sólo abunda la utilización del paisaje natural sino también el desarrollo de la psicología de los personajes, encontrando los hombres justos una nueva identidad por la cual se movían perpetuamente por la venganza y con un ambiguo proceder que escapaba a la conducta de los héroes más tópicos del género. ¨El Pistolero¨ o la obra maestra ¨Solo ante el Peligro¨ se alzan entre las más significativas de esta corriente.
Pero aún quedan muchos otros grandes títulos donde se pone énfasis no en el frenesí de las persecuciones a caballo, sino en la tensión psicológica y la intriga. En esta etapa Delmer Daves ha demostrado su habilidad y oficio dentro del género como gran artesano que es; deja su huella en ¨Jubal¨, que hace en Columbia Pictures, y pronto vuelve a rodar para sus ejecutivos tras llegar a éstos una historia que ha pasado por la compañía de Robert Aldrich, quien decide venderla en forma de guión firmado por Halstead Welles (más tarde responsable del libreto de ¨El Árbol del Ahorcado¨), la cual es original del gran Elmore Leonard y publicada en 1.953 en una revista ¨pulp¨ especializada en relatos ¨westerns¨: ¨3:10 to Yuma¨.
¨There is a lonely train, called the 3:10 to Yuma. The pounding of the wheels is more like a mournful sigh...¨. Frankie Laine inicia con su cálida voz esta aventura situada en los grandes páramos de Arizona, cantando la gesta de la misma (y recordándose una vez más la tan influyente apertura de ¨Rancho Notorius¨); sin embargo este comienzo evocador finaliza violentamente cuando el forajido Ben Wade (Jim Kidd en el libro) asalta junto a su banda una diligencia con destino a Bisbee. La polvareda levantada y la intriga de este momento tan bien medido por Daves son una buena muestra de su gran manejo de la tensión, que reafirmará más tarde.
Atraco presenciado por un hombre, no llamado Paul ni marshal como en el texto, sino Dan, un pobre ranchero prácticamente hundido en la miseria cuya familia también se ve arrastrada con él; ya están presentados ambos protagonistas, quienes muestran rasgos maniqueos (el villano y el antihéroe), pero su confluencia y los futuros hechos que van a vivir provocará que las apariencias se diluyan y poco a poco surjan inesperados rasgos en sus carácteres. Baste esa memorable secuencia dramática entre Wade y Emmy, la camarera del bar de Bisbee, para recalcarse que lo esencial de este ¨western¨ reside en la instrospección psicológica de sus personajes.
La organización de un grupo para escoltar a Wade hasta la ciudad de Contention (nombre muy apropiado) y una breve parada en casa de Dan sirven de puente entre esta primera parte y la siguiente y para ir desgajando las capas de dureza y frialdad con las cuales se cubre el supuestamente peligrosísimo forajido, y que revelarán, ni más ni menos, a un melancólico romántico sin verdadera pasión por la sangre. No obstante Dan, ahogado por su situación, acepta ocupar el puesto del sheriff; es decir, ni el honor, ni el deber, ni la bondad, guiarán a este hombre en su tarea (por lo menos aún no). Únicamente el dinero y la desesperación serán su incentivo.
Las aristas se perfilan por la terca insistencia del suspense y la angustia, que modelan una atmósfera en constante tensión, y que con la excelente fotografía en blanco y negro de Charles Lawton y el milimétrico montaje de Al Clark desvían al film hacia terrenos más propios del cine negro y el ¨thriller¨ psicológico. Glenn Ford, quien ya aparecía en ¨Juval¨, mantiene un duelo vibrante y encarnizado con Van Heflin, exhibiendo una gran química en pantalla.
A los buenos Robert Emhardt y Henry Jones les acompañan dos preciosas actrices, Leora Dana y una Felicia Farr que demandaba más papel y que protagoniza un momento único en la película, engrandeciendo así su primera parte. Aun lastrada por un desenlace dado a lo innecesariamente efectista, poético y evocador, quizás por orden de los productores (aunque la novela presenta el mismo final...), esta obra sería una de las más redondas del cineasta en el ¨western¨, y con la que se enfrentaría a otros clásicos en aquel 1.957.
Poco después, Sturges estrenó ¨El Último Tren de Gun Hill¨, con evidentes similitudes, y cinco décadas más tarde James Mangold una correcta nueva versión, más extensa y oscura y con Russell Crowe y Christian Bale de protagonistas...quienes en absoluto superan a los originales Ford y Heflin. Por supuesto.
Miguel Arkangel
8
Stalingrado
Sergio Leone murió sin poder cumplir su sueño de rodar una película bélica sobre la batalla de Stalingrado. Este sueño lo haría realidad el director alemán Joseph Vilsmaier, que con ¨Stalingrado¨ afronta las imágenes de una herida histórica sin cerrar en la conciencia del pueblo alemán. Los alemanes han tratado, desde el final de 2GM de expiar sus culpas por las atrocidades cometidas contra terceros por el nazismo, y recién en las últimas décadas han comenzado a explorar las heridas de lo que ellos se hicieron a sí mismos durante ese criminal régimen.Esta película presenta la guerra desde la óptica de los soldados rasos, y un joven teniente, que no simpatizan necesariamente con el nazismo y que solo tratan de servir a su país por una causa equivocada. La presencia del horror, de la desesperación, de la muerte en sus formas más crueles, dotan a la película de un total desasosiego. Aquí no hay héroes, solo hombres tratando de sobrevivir, aunque aún queda espacio para la dignidad y la humanidad.
La película trata de manera realista el tema polémico del ¨frente del Este¨, el más importante pero el más olvidado convenientemente por la propaganda Hollywoodense que siempre trata de minimizar el hecho de que fue en ese frente donde se decidió la suerte de la 2GM y del nazismo, y trata a los soldados de ambos bandos con respeto, unidos en la misma sangre, frío, muerte y desesperación.
Sin duda quienes mejores películas bélicas han rodado han sido rusos y alemanes, justo quienes más padecieron el horror, y esta película es un buen ejemplo de esa honestidad intelectual y artística. Es una película soberbia, indispensable y uno de los mejores filmes bélicos jamás realizados.
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