¨Para mí el amor y el matrimonio están separados. [...] Lo ideal sería si pudieras juntarlos, pero no creo que fueras desgraciado de no tener ambos; puedes seguir disfrutando de la vida. Creo que ese es el caso de muchas parejas¨.
Y la muchacha concluye su alegato afirmando ¨Yo soy de otra generación¨. Y ya no hay nada más que rebatir. Yasujiro Ozu cruza la década de los 50 con 57 años, una infinidad de títulos a sus espaldas y aceptando el color en sus obras hacía poco; quizás no lo sabe pero su carrera y su vida acabarán muy pronto. Tomará la historia de ¨Akibiyori¨, novela de Ton Satomi, quien es galardonado con la Orden de la Cultura en ese momento, después de haber adaptado ¨Higanbana¨ (la que inauguró el color en el cine del nipón). Ya ha colaborado con Daiei para su revisión de ¨Historia de una Hierba Errante¨.
Entonces se propone ¨tomar prestadas¨ a Yoko Tsukasa y su musa Setsuko Hara, ahora empleadas en Toho. Dicha elección adquiere un significado mayor a la hora de plasmar el texto de Satomi cuando tras el séptimo funeral celebrado para el patriarca de los Miwa, dos de sus viejos amigos (Shuzo y Soichi) le dan vueltas a que la hija de aquél ya tiene edad para casarse. En efecto, los hombres ¨ozunianos¨ siguen empeñados en continuar su tradición matrimonial para honorar las antiguas costumbres contra una sociedad muy avanzada y cambiante.
De hecho ¨Otoño Tardío¨ empieza en una pequeña habitación donde los dos anteriores y Seichiro charlan de sus tiempos de juventud con humor y melancolía, como se puede ver en otros films del director; sin embargo la misma situación, también muy propio de ellos, cambia ligeramente su enfoque. Esta vez Shukichi Somiya y Noriko se convierten en Akiko y Ayako, encarnada ésta por Hara y ofreciendo una curiosa imagen de proyección desde el espectro de la clásica ¨Primavera Tardía¨, donde ocupa la hija de aquélla el lugar de la madre y se desecha la figura del padre.
Esta ausencia es de repente asumida por Shuzo y Soichi, auténticos entrometidos que por culpa de cada palabra que digan lo estropearán absolutamente todo, de ahí que el simpatizar con ellos resulte imposible. Ahora, y más que nunca, Ozu nos alecciona sobre el poder de la manipulación y la calumnia cuando se trata de matrimonio, y en especial la terca manía de introducirse en los remansos de paz de una familia ajena para compensar el hastío propio (por eso, tras empacharnos con las artimañas que pretenden Shuzo y Soichi, se nos invita a entrar en sus hogares y comprobar de primera mano su enorme insatisfacción familiar).
Akiko es la nueva Noriko, con el dulce rostro de una Tsukasa que pasará por la trama declarando su independencia como mujer y su inopinado apego a su madre, algo que a las viejas generaciones no sienta demasiado bien. Este choque de mentalidades (¿qué se podía esperar viniendo de Ozu?) es primero mordaz y luego brutal: los hombres maduros son obstinados, arrogantes, avasalladores; sus esposas (Nobuko, Fumiko) son detestables y chismosas; y los jóvenes y los niños (Yoko, Koichi, Kazuo) son vitales, rebeldes, impacientes y mucho más valientes que sus padres. Y claro está, las solteras deben casarse.
Esta visión del cineasta sobre las apáticas y posesivas relaciones entre hombres y mujeres en su sociedad de clase media-alta nunca se ha expuesto de forma tan incómoda y agobiante, llegando el espectador a sentir una profunda lástima por Akiko y Ayako y por el modo en que los demás desean trastocar sus vidas. Y aquí entra Yuriko, interpretada por la preciosa Mariko Okada, como no podía ser de otro modo el personaje femenino más fuerte y contestatario (por algo sería la futura esposa de Yoshishige Yoshida), y necesario para condenar duramente la soberbia de los hombres.
De hecho esa feroz discusión en la oficina es la secuencia entre personajes más poderosa de toda la película. No obstante el peor camino que puede tomar el argumento es el de tergivesar el ambiente, inundado de un afilado humor, hacia el drama, por muy natural que se aplique ese cambio, y olvidarse de los anteriores personajes masculinos para desatar una lucha de opiniones y sentimientos entre Akiko y Ayako, cuyo carácter, antes entrañable y admirable, pasa a ser estomagante y repulsivo, y ahora la compasión y la asfixiante sensación de acorralamiento recae sobre la primera, a quien se la anima a volver a casarse.
De ahí que tales licencias de guión, esos cambios tan abruptos de atmósfera y el trato tan irregular sobre los personajes haga perder al film una fuerza narrativa que lograba mantenerse sólida en las más amargas ¨Flores de Equinoccio¨ y ¨El Comienzo del Verano¨. Lo compensa una fotografía excelente de tonos ocres (correspondiendo bien al título) a cargo de Yuharu Atsuta que envuelve en calidez y una cierta melancolía a esos actores habituales del universo ¨ozuniano¨, únicamente cambiando los nombres de sus papeles: Kuniko Miyake, Ryuji Kita, Toyo Takahashi, Keiji Sada (sin destacar demasiado, por desgracia) y esos Shin Saburi y Nobuo Nakamura que nunca me resultaron tan indigestos.
Para rematar, la mejor banda sonora que jamás compuso Takanobu Saito para el director, muy entregado a la visceralidad de las emociones a través del estatismo de su observadora cámara. Si bien fue uno de los más grandes éxitos de taquilla de aquel 1.960 en Japón, no llega a la grandiosidad de otras obras suyas de igual temática en opinión de quien esto escribe...pese a contar con la maravillosa sonrisa de una Hara increíble, la presencia inimitable de Okada y el gran Chishu Ryu en su breve cameo.
Y una escena que me sobresaltó sin esperarlo: en el restaurante del padre de Yuriko, un cliente (Tsusai Sugawara) entabla una amable conversación con los cocineros acerca de lo que desea comer; nada tiene que ver esta situación con la historia y de repente Ozu se interesa como si le fuera la vida en ello. Creo que ningún director sería capaz de hacer una cosa así, con tal naturalidad y de forma tan humildemente bella...
Esto canta inocentemente James Blandings mientras se ducha, una bonita mañana como otra cualquiera, sin poder imaginar que un tiempo después deseará pronunciar esas mismas palabras cuando cometa la probablemente mayor metedura de pata de su vida.
Y merece la pena acompañarle.
Hacía pocos años que la 2.ª Guerra Mundial había acabado con una gran victoria por parte de EE.UU., cuya economía afronta inflaciones, transiciones y huelgas pero poco a poco emerge en el Globo con un punto de vista estrictamente capitalista, y mientras se reconstruía Europa gracias al Plan Marshall de Harry Truman y empezaban las primeras señales de la Guerra Fría con la U.R.S.S., las gentes las pasaban muy negras para asegurarse un futuro decente en tan desencantada sociedad. Puede ser ese sr. Blandings el perfecto ejemplo de tal sufrimiento para el ciudadano norteamericano de clase media y media-baja allá en los años 40.
Tal personaje, tan simpático y mojigato, fue sin duda el trasunto del autor y editor Eric F. Hodgins cuando se embarcó junto a su esposa Catherine en la compra de una casa a finales de la década anterior en Connecticut con la que pasó mil y una penalidades (y viéndose obligado a vender más tarde) que acabarían inspirando un artículo humorístico y más tarde su novela ¨Mr. Blandings builds his Dream House¨, éxito de ventas por su estilo divertido, fresco y mordaz, además de estar acompañado con las ilustraciones de William Steig. Y David Selznick tenía mucho ojo como para dejar escapar la oportunidad de una beneficiosa adaptación cinematográfica.
La garantía para una buena taquilla la tenía en un dúo que ya había demostrado cuan lucrativo era trabajar juntos: Cary Grant y Myrna Loy (aunque previamente se pensara en Irene Dunne). Como a modo de burla del neorrealismo, la voz de aquel gran Melvyn Douglas disfrazado del abogado Bill Cole nos invita a recorrer el Manhattan de 1.948 con un sentido de la narración especialmente satírico; de los rascacielos y las aglomeraciones nos introducimos en casa de los Blandings, típica familia americana y medio acomodada con un marido, una esposa (Muriel), dos hijas a cual más irritante (Joan y Betsy) e incluso una criada negra (qué mal visto estaría una cosa así en la actualidad, por favor...).
En estos minutos sin música Henry C. Potter despliega su destreza en el terreno humorístico y a base de graciosas sutilezas (cuando la comedia se permitía ser sutil) nos hace partícipes de las vicisitudes de una familia numerosa y las incomodidades presentes en el matrimonio (impagable cuando Jim intenta afeitarse pero se lo impide la mujer con el vapor de la ducha); todo destila simpatía en el guión de Norman Panama y Melvin Frank y un humor afilado lanzado directamente contra la mala situación socio-económica de la sociedad estadounidense (y lo mejor es que se hace a través de las nada inocentes y muy concienciadas hijas del protagonista, adelantadas como pocas).
Personalmente prefiero ver al bueno de Grant metido en líos donde suele acabar perdiendo los nervios, y el propuesto aquí resulta ser uno de los grandes: el anhelo de decir adiós a la asfixiante vida urbana y saborear las delicias del campo, las esperanzas de poseer una finca en las afueras donde se respire aire puro y aburguesarse tranquilamente. Todas esas cosas las desean nuestros protagonistas...y como podemos ver el destino está en su contra y no se lo concederá; el destino o bien una sociedad chupóptera que se alimenta de dichas ilusiones para saciar su insaciable codicia.
Todo esto recuerda en la distancia a lo visto en ¨Aquí durmió George Washington¨, que Will Keighley dirigiera unos años antes; y puede que Potter no posea un talento tan llamativo como el de Ernst Lubitsch, Preston Sturges o quizás Walter Lang, pero su manera de radiografiar las penurias de nuestros protagonistas y la excesiva avidez de aquellos que les estafan (como bien se dice, ¨Estos tipos saben reconocer a un tonto¨) es rabiosamente mordaz, y siempre adornada de un humor ligero. De tal forma que los desastrosos hechos, narrados por el dicharachero Cole, se reciben con una amplia sonrisa, desde las chapuzas organizadas por los obreros a los peligrosos roces matrimoniales entre Jim y Muriel.
No se profundizará, por desgracia, en estas últimas situaciones para que esto no termine pareciendo un melodrama de John Stahl (aunque sí se hubiera agradecido). Al fin y al cabo, pese a la acumulación de deudas, la corrosión de la dignidad y el estrés psicológico por los que pasan los protagonistas y quizás todos aquellos incautos que algún día de sus vidas hayan pensado en comprar y reformar una casa, queda la satisfacción final, porque lo que pretende contar Potter es una historia fresca y luminosa (seguramente todo lo contrario a lo vivido por el sr. Hodgins).
En efecto, Grant, haciendo gala de su talante y enorme carisma, se compenetra a la perfección con la divertida y a veces no menos desesperante Loy, dúo de magníficos actores por los que en estos tiempos cualquiera mataría por tener. A su lado ese Melvyn Douglas haciendo las veces de trovador que se acaba llevando las mejores frases con total naturalidad, y otros buenos secundarios como Harry Shannon, Stanley Andrews y Reginald Denny, sin olvidar a esa genial y perspicaz Louise Beavers en el papel de Gussie. Todo esto, más la música de Leigh Harline y el buen ritmo que se logra en el metraje gracias a la labor de Harry Marker, tenía el éxito asegurado.
Divertida pieza de artesanía de aquellos tiempos sólo recordada por los verdaderos amantes del cine clásico, así como los de las obras de Potter. No tiene precio (aunque sí para su personaje) ver las diversas expresiones de pánico de Grant mientras avanza la película.
En un inesperado ejercicio de ingenio metalingüístico final, éste romperá la ¨cuarta pared¨ y nos invitará a su preciosa morada mientras lee (que ojo tiene el director) el libro en el cual se inspira la película. ¿Pues quién no querría ir?
Película original de netflix francesa que está lograda más o menos y como otro producto más de ello se queda en lo normalito que nos ofrece otra trama de acción ya vista pero con escenas de acción algo cortas y algunas exageradas - escena de la comisaría - ahora bien dentro de todo es entretenida y dura poco.
El protagonista está muy bien y ya lo había visto en otras película y la verdad el ayuda bastante en la trama ya que el resto de personajes no tienen el mismo nivel ni actoral y ni tampoco creo que ayuden en la trama.
Final es bastante predecible y algo que esperaba mejor sin embargo es una opción solo pasable para entrenarse un rato y luego olvidarla para siempre.
Peli del 2004, un clásico pero aun se siente muy buena, fresca, original, graciosa, innovadora.
Nos hace creer que Lindsay Lohan es una chica buena en esta peli, totalmente inocente pero corrompida por las plásticas liderada por Regina que hace un papel formidable, al igual que la copiona y un papel lamentable de la que hace de tonta ya que la desperdician con ese papel tan exageradamente estúpido.
La historia, de ¨enplasticarse¨ por asociación e inercia primero venganza después está muy bien desarrollada. Entretiene en todo momento y hasta me motivó para ver la secuela que resultó ser un bodrio absoluto.
tom y jerry interactuando en nuestro universo, muy estilo quien engaño a roger rabbitt, salvando las distancias claro esta. el filme tiene muchos guiños a la vieja escuela de tom y jerry, de lo que hizo tan grande esta animacion en su momento...el epicentro de la trama es un hotel del cual nadie quiere salir, ya sea por trabajo o por vivir a escondidas, y mas alla de eso una boda de unos ricachones, lo malo a mi parecer es que muchos personajes llegan a desagradar( el novio de la boda,los terciarios que aportan poco y nada lamentablemente, entre otros) el papel de chloe moretz esta bien aunque admito que es dificil asimilar toda nuestra realidad con personajes en plan tom y jerry.
es cierto que se vuelve basica y predecible, pero no podemos pretender mucho mas de una pelicula basada en la rivalidad de un gato y un raton. se agradece el esfuerzo
Versión original que no está mal y se diferencia algo en la versión en que aparece Naomi Wats. Aquí hacen más hicapié en la relación adultera de la mujer con su amante y dejan de lado la peste que atiende su marido en China, pues esta parte la dejan para los últimos 20 min donde todo se condensa con rapidez. Se deja ver, aunque no posee, creo recordar, el momento álgido de aquella.
A esto si puede llamársele buen guión, pues hay historia bine definida y líneas de diálogo con enjundia, no como NIÑAS...
La historia gira entorno una pareja en plena crisis matrimonial que descubre sus carencias con la aparición de sus vecinos que son liberales y les sugiere hacer una orgía, de ahí surge una riña en la cual se descubren todos sus vacíos, se desahogan, gracias a su vecina que es psicóloga, y descubren en que punto están en su relación. De forma hilarante y seria, la película transita airosa con unos actores que no lo hacen nada mal. J. Cámara y Alberto San Juan que no me entusiasma en absoluto salvo aquí, están más que bien. Una película que deja ver, una vez más, que las relaciones amorosas no son camino de rosas como nos las han ido contando siempre...
Dicho sea que no le tenía ninguna fe y que no he desacertado en mi vaticinio pues, esta historia que gira en torno una chica que entra en la kale borroka y la madre hace todo lo posible para dar con ella después de que escapara y así arreglar las cosas de su relación con ella, no me ha conquistado en absoluto. La actriz protagonista no me gusta como interpreta -se llevará el Goya probablemente-, la historia no me atrapa y en general es tan monótona y gris que me deja insatisfecho.
En su momento cuando se estrenó causó un cierto revuelo ya que Garfield siempre fue un icono de las historietas y verlo en una cinta de animación con personajes reales no fue fácil de digerir, para mi gusto no está tan mal como muchos piensan y lo mejor de ésta cinta es el personaje principal, tiene una excelente animacion, Garfield, regordete con pocas ganas de hacer nada y sólo pensando en comer lasaña y dormir, por lo demás, la trama de la parejita de enamorados me resultó muy a cliché y previsible, con unas actuaciones planas y sin la gracia que hubiera esperado acompañando al gato, espero ver la secuela pero no creo que la supere.
Dicho sea que se advierte al de poco que estamos viendo una película inglesa. La película no comienza mal con la amistad de los protagonistas pero, a medida que va progresando el idilio con idas y venidas de ex y casamientos varios, la cosa empieza a decaer por todos los costados. Todo el día evadiéndose pero al mismo tiempo intentando acercarse sin emoción alguna hace que la película haga aguas antes de comenzar la parte final. Los actores no transmiten mucho y el final es empalagoso a más no poder.
Es de las películas de Flipper, la que más me ha gustado siempre y así se ha mantenido hasta ahora. Esta es una especie de supervivientes en que una madre y sus hijas van a parar a una isla desierta después de que su barcaza haya sido amotinado por tres ladrones, pero antes de eso, el amigo de Flipper decide huir de su casa con él para salvarle de un posible rapto y llevarlo a otro lugar. Lo mejor sucede cuando las mujeres ignorantes de la supervivencia reciben latas de comida y enseres para pesca lanzados por Flipper bajo el mando de su amo. Entretiene y no ha envejecido mal.
Relación perversa, uno alcohólico que desea morirse y una solitaria prostituta se enamoran y deambulan entre sucesos truculentos. Las interpretaciones son correctas y las situaciones incómodas logran en cierto grado su cometido. Entretiene, le avala una producción que domina la atmósfera de forma óptima y poco más.
Todopoderoso es una pelicula de comedia que se estrenó en el año 2003. Está dirigida por Tom Shadyac y protagonizada por Jim Carrey, Morgan Freeman y Jennifer Aniston.
Bruce Nolan es un reportero de noticiario insatisfecho con su trabajo que quiere convertirse en presentador de noticias esperando un ascenso que le es negado y es otorgado a su compañero de trabajo y enemigo Evan Baxter, en consecuencia de esto, empezó a insultar a sus entrevistados por su enojo para luego ser despedido y después de un número de incidentes Nolan se queja y grita contra Dios por las cosas que le han pasado. Bruce es contactado por el mismo Dios quien le da sus poderes para que pruebe que puede hacer un mejor trabajo. Bruce abusa de sus poderes, pero luego se da cuenta que debe ayudar a las demás personas también. Además la relación con su novia se ve en problemas por el comportamiento de Bruce quien no le presta atención a ella. Finalmente, Bruce se da cuenta que sólo Dios debe controlar sus poderes.
Pues a mi siempre me ha llamado la atención esta pelicula sobretodo por el argumento tan original que tiene, se sabe que es una simple pelicula para pasar el rato y también que es una comedia que no pasara a la historia pero el argumento en si es bastante interesante, tenemos al personaje de Jim Carrey que se la pasa culpando a Dios por todas las desgracias que vive diariamente, el tipo no puede tener un dia tranquilo porque siempre le va mal hasta que un dia recibe la llamada de Dios y le da todos sus poderes por una semana, la historia en si es fresca, divertida, con un buen mensaje y para mi podría entrar en el top de mejores peliculas de Jim Carrey al lado de La Mascara, Ace Ventura o Mentiroso, Mentiroso.
Una cosa que me dejo sorprendido fueron los buenos resultados que dejo en taquilla ya que fue un completo éxito en el mercado aunque eso era algo lógico ya que hay un cuarteto de actores bastante reconocidos como el protagonista que es Jim Carrey, Morgan Freeman haciendo de Dios, Jennifer Aniston y hasta Steve Carell quien tiene un pequeño papel pero ya en la secuela seria el protagonista absoluto aunque ese ya es otro cuento y obviamente daré mi opinión sobre esa peliculas mas adelante.
Las actuaciones estan bastante bien, Jim Carrey siempre me ha parecido un comediante que tiene sus fallos como tambien sus aciertos, hay peliculas en las que exagera demasiado con sus ocurrencias y con sus gestos pero aquí esta como un poco mas relajado o por lo menos eso note yo, hace un buen papel y no tengo ninguna queja sobre el. Junto a Jim esta nada mas y nada menos que Morgan Freeman haciendo el papel de Dios y me ha gustado mucho, hay quienes se llevan las manos a la cabeza por el simple motivo de que Dios es negro pero yo no le presto atención a eso, me pareció un personaje carismático, divertido, con buen sentido del humor y Morgan esta en su salsa ya que hace una excelente interpretación.
Claro esta que no todo es color de rosa porque la pelicula me resulto como algo flojilla en los primeros minutos pero después de que el protagonista se convierta en el todopoderoso las cosas cambian completamente y nos regalan una gran cantidad de secuencias divertidas como por ejemplo la parte en la que Jim se enfrenta a los pandilleros y hace que a uno de ellos le salga un mono por el trasero, fue una escena para cagarse de la risa y la pelicula ´pes básicamente se basa en las ocurrencias con las que sale el protagonista al tener los poderes de Dios y no medir las consecuencias de sus actos ya que los utiliza solo parea beneficio propio y ese no era el objetivo, de todos modos logra reflexionar a tiempo y como dicen por ahi un gran poder conlleva una gran responsabilidad y mas si se trata de los poderes de Dios, estamos ante una comedia divertida, ligera y sobretodo muy entretenida y de por si es muy recomendable.
En definitiva Todopoderoso me ha parecido una pelicula muy buena, ya la he visto varias veces y la verdad es que nunca me aburre, cada vez que la veo me hace pasar un buen rato y por lo tanto aprueba y con creces, esta para pasar el rato al igual que su secuela que tambien es entretenida pero esta por debajo de esta.
Grata sorpresa venida desde la magnífica Australia donde nos cuenta el secuestro de una chica por medio de una pareja inestable de dementes, el engaño ya se ha visto en otras películas pero aquí hay un buen manejo del aspecto psicológico en todo momento y con algunas escenas que hieren la sensibilidad por ejemplo la escena del perro.
Las actuaciones están logradas la chica tiene un aire a Haley Bennett esta muy correcta y la pareja de locos también excelentes, no es que tenga gore ni sangre pero lo que da miedo aquí es eso la locura del ser humano.
La parte final también me ha gustado con la mamá buscándola y la inteligencia de la chica para lograr que llegue aunque algo alargada el final resulta bastante bueno y la bso genial.
La historia de Jesús que quizás mejor refleja la vida de la persona más influyente en toda la humanidad, desde su nacimiento, adolescencia y adultez, ya sabemos todo sobre su obra pero lo que me interesó es que está realizada en el 77, se nota la mano de su director Franco Zefirelli y también el gran elenco, Cristopher Plumer, Ernest Bornigne, Peter York, Ana Housay y obviamente Robert Powell como Jesús, muy buenas las locaciones donde se filmó, me gustó mucho que es fiel a las escrituras aunque yo no soy muy religioso que digamos.
Lagos helados, vientos severos y grandes montañas cuyas faldas están cubiertas por un manto blanco de nieve; la niebla se extiende hasta donde alcanza la vista.
Tres individuos harán de este entorno un lugar especial donde morir, donde descubrir sus verdaderos ¨yo¨ y donde resucitar...
Nueva propuesta de Yoshishige Yoshida para viajar a sus sumamente crípticos universos, para quien no lo sepa uno de los miembros más interesantes que emergieron de la llamada Nueva Ola japonesa, si bien siempre bajo la sombra de gigantes de la década como Nagisa Oshima, Shohei Imamura, Masaki Kobayashi, Hiroshi Teshigahara o Kaneto Shindo. Sin duda lo mejor para entrar en su tan particular cine es hacerlo a través de esa serie de obras que conforman lo que muchos han denominado como su Pentalogía de la Introspección, profundos melodramas (o anti-melodramas) unidos por su estilo, forma, narrativa y personajes.
La comenzaría con ¨Una Historia escrita con Agua¨, independizándose así de Shochiku, que le había dado bastantes problemas; sin duda es ¨La Mujer del Lago¨ la más destacada de su ¨saga¨; ¨Affair in the Snow¨, la que nos ocupa, el último eslabón de la cadena. Desde el principio el director nos sumerge en uno de sus acostumbrados entornos: solitarios, fríos, distantes, asépticos; chismosas voces ¨en off¨ nos anuncian lo que vamos a ver, la aventura amorosa furtiva entre Akira, un profesor respetado y comprometido, y Yuriko, una joven que trabaja en una peluquería. Al empezar la historia un nuevo viaje se produce.
El destino es Sapporo, sin embargo este será un viaje de ruptura según los deseos de la mujer. Yoshida vuelve a plantearnos, desde este principio tan melodramático, la huida lejos de la ciudad hacia un espacio natural que refleja en su fondo la psicología y el carácter de los protagonistas; en efecto las gélidas tierras a las que nos arrastra son la perfecta representación de Yuriko, interpretada por una delicada Mariko Okada que regresa a ese personaje femenino al que poco a poco se fue acostumbrando desde ¨La Mujer del Lago¨: la mujer fría, misteriosa, de carácter ambiguo y marcada por una terrible desafección, pero fingiéndose débil y herida.
Este viaje, colmado de tensión y violencia debido a las maneras posesivas y arrolladoras de Akira, encontrará su punto de inflexión con la revelación de un falso embarazo y la introducción de otro personaje masculino, la última esquina del fatal triángulo amoroso que protagoniza esta historia, y éste es Kazuo, un antiguo amante de Yuriko; así se recrudece la atmósfera, y con ello se tensan las miradas y las palabras. Como en ¨Joen¨, el director nos coloca en el tormentoso epicentro de este trío, unido por nada más que el rencor, los celos, el odio mutuo y un turbio pasado el cual amenaza con emerger.
Pero si en aquélla nos movíamos por playas desiertas y entornos rocosos, en ¨Affair in the Snow¨, como su propio título indica, estaremos aislados por la nieve y el desasosiego invade cada plano, cada encuadre y cada interacción entre los personajes. Blanco saturado y negro opresivo de la fotografía de Yuji Okumura mientras el cineasta filma, a veces tambaleante y cercano, otras distante, otras rupturista, el flagrante silencio del inconsciente; no abandona sus más reconocibles tics y su obra es pura poesía visual colmada de interesantes símbolos, pero esto le lleva a convertirse en un formalista moderno, más preocupado de la forma que del fondo.
Como sucede con la mayoría de trabajos de Ozu, esta serie de títulos de Yoshida podrían ser tomados simplemente como una misma historia (la de esa fundacional que está ¨escrita con agua¨) narrada desde puntos de vista diferentes; aquí (como en todas ellas) el resorte, el elemento instigador, es la mujer. Sin embargo ahora se centra más que nunca en hacer colisionar los egos masculinos; Akira y Kazuo, imágenes opuestas, son otro reflejo encarnado proyectado desde Yuriko: el primero como el deseo puramente físico, el segundo como la máxima aspiración romántica, el lado emocional.
Una escapada más hacia un hotel de Niseko desata finalmente la confrontación entre ellos, que atravesarán una fase de odio corrosivo a, según las silentes maniobras de la fémina, ocupar uno el lugar del otro, proponiéndose de esta manera una inversión de roles de lo más sutil e interesante. Sin embargo es en estas peleas continuas, que estallan por el inestable y enfermizo Akira, donde la trama se pierde irremisiblemente, porque nada puede hacer pensar que estos hombres se rindan al carácter de una protagonista tan indiferente, desalmada, cínica y confusa, ni mucho menos que peleen por ella...y no obstante sucede. No hay un verdadero motivo ni motor.
Es lo que impide al espectador comprender y sentirse parte de esta relación triangular tan venenosa, atroz y premeditadamente autodestructiva; relación que, como siempre para el director, sólo puede hallar un camino: el de la tragedia. Isao Kimura y Yukio Ninagawa interpretan bien este duelo de caracteres y emociones; por desgracia una actriz tan magnética como Okada, que enamoraba con facilidad en anteriores propuestas, se gana finalmente aquí, y a la fuerza, nuestra repulsión (y ello a base de repetir el mismo papel de manera más irritante en cada trabajo...).
Para los entendidos de Yoshida ¨Affair in the Snow¨ no esconde secretos; minimalista, oscuro y denso melodrama de factura técnica brillante (destacando la fotografía y la memorable música de Sei Ikeno) y destellos propios del cine moderno de la época, muy heredados de Bergman, Antonioni, Teshigahara y la ¨nouvelle vague¨.
Pero esta vez su obra no tiene la suerte de ser tan fascinante o interesante como algunas de sus predecesoras en la saga, a la que se debería haber puesto punto y final de mejor forma. Termina así su pentalogía en blanco y negro antes de volver a usar el color en la más elaborada, cálida y ambiciosa ¨Adiós, Resplandor del Verano¨.
En un hotel-centro turístico de alta montaña va a tener lugar uno de los enredos más divertidos, inexplicables, elegantes y sorprendentes de cuantos nos hayan podido invitar.
Y en el epicentro de todo esto uno de los diamantes más famosos y espectaculares que hayamos podido ver: la ¨Pantera Rosa¨.
Un inesperado Blake Edwards dejaba al público sin aliento en 1.962 con ¨Días de Vino y Rosas¨, uno de los más desgarradores dramas que produjo Hollywood sobre los efectos del alcohol en la existencia del ser humano; la Mirisch Company le enrola entonces en un gran proyecto, una comedia sofisticada de holgado presupuesto que cuenta con un reparto de lujo con David Niven a la cabeza, pues se trata en esencia de un vehículo para él. Se produce entonces un contratiempo durante la preproducción: Ava Gardner y su esposo Peter Ustinov, contratados como secundarios, abandonan el barco.
Edwards les reemplazará entonces por la modelo y actriz francesa Germaine ¨Capucine¨ Lefebvre y el nativo de Portsmouth Peter Sellers, respetado actor (ya convertido en director) que poco antes sorprendía encarnando al Clare Quilty de ¨Lolita¨; esta sería una sustitución vital para comprender hasta dónde llegó el éxito de la película gracias a su personaje, el inspector francés Jacques Clouseau, concebido de forma totalmente distinta a como él, haciendo uso de su destreza para la comedia física y ganándose todo el favor de Edwards por ello, lo acabaría interpretando. Para más inri se les une la ¨meravigliosa¨ Claudia Cardinale al rechazar su amiga Audrey Hepburn el papel.
Pero antes de viajar a Cortina dAmpezzo, lugar que será el escenario primordial de la historia, viajamos veinte años atrás, a los pomposos aposentos del Maharajah de Lugash cuando éste promete a su hija Dala heredar el diamante más grande y perfecto, la ¨Pantera Rosa¨. Tras unos títulos de crédito míticos que ya han pasado a la Historia, con la susodicha pantera como dibujo animado acompañada de la memorable melodía compuesta por Henry Mancini, Edwards nos irá presentando a los diversos personajes que se unirán más tarde, repartidos por distintos lugares del Mundo.
Que son: el ladrón de guante blanco Charles Lytton, apodado ¨El Fantasma¨, su desvergonzado sobrino George y Clouseau, el inspector que lleva dedicando toda su carrera a cazar al ladrón con las manos en la masa. En el precioso centro turístico se acaban reuniendo, junto con Simone, esposa de éste último y una zorra mentirosa y oportunista, compinche de Lytton, y la princesa Dala, que huye de su país tras la muerte de su padre y el deseo de su pueblo de poseer el diamante. Pudiera parecer que el escenario se prepara, con esta gran joya y un escurridizo ladrón de por medio, para una gran intriga heredada de Hitchcock, Siodmak o los textos de Christie...pero nada más lejos de la realidad.
A lo largo de una entretenida y vibrante hora y media, el cineasta despliega en ese ambiente ostentoso y rimbombante una ¨screwball comedy¨ adscrita a los cánones de su época de mayor esplendor y muy en la linea de anteriores genios como Charles Walters, George Cukor, Ernst Lubitsch y el Hawks cómico. El elegante y seductor Lytton, la infiel Simone, el entrañable patoso de Clouseau, son los pilares de una comedia romántica y enredada, distribuida en interiores lujosos en su mayor parte donde se cruzarán por casualidad, evitarán, esconderán o tropezarán debido al nerviosismo. Y para rematar, el bonito número musical obligatorio de este tipo de films.
El mejor ejemplo lo tenemos cuando Lytton, su sobrino y el matrimonio Clouseau (mas un botones y una limpiadora) coinciden en el cuarto de éste último, regalándonos Edwards casi un delicioso cuarto de hora de equívocos y salidas y entradas perfectamente calculado en ese escenario interior; éste se perfila como un maestro de este género que, por desgracia, no hallaría en el paso del tiempo (gran enemigo del cine después del cambio de gustos en el público) su mejor virtud, y es que esta comedia, tan sofisticada, tuvo sin duda su época. Por eso introduce en ella un personaje tan inoportuno como Clouseau, generador del caos, ser bobalicón y destructivo, pero adorable.
Este Clouseau es todavía un esbozo; aún no se ha vuelto un arrogante mentecato, más bien es un pobre hombre engañado por todos al que la suerte siempre se le escapa, pero con el ingrediente humorístico de aquellos grandes del ¨slapstick¨, en quienes Sellers se inspira (su personaje es una extensión de los torpes ya creados por Chaplin, Lloyd o Keaton). Por eso cuando él no está en pantalla la película adopta un cariz más refinado y amable, sin perder de todos modos el incomparable absurdo que despliega Edwards (uno de los episodios más empalagosos tiene que ver con las trasnochadas maniobras de seducción de Lytton con la princesa Dala).
Este personaje, en lo que a un servidor respecta, no es en absoluto interesante (porque poco me interesa lo que le pueda pasar a una joven heredera caprichosa e insoportable de la realeza); por ello el director, siguiendo la condición disparatada de Clouseau, nos brindará un rocambolesco clímax a lo Wilder (como a él siempre le ha gustado hacer) comenzando en esa hilarante fiesta de disfraces en la mansión de la princesa. El brillante trabajo técnico se complementa a la perfección con la labor artística; en este sentido, Sellers robará el protagonismo a sus compañeros, incluso a la soberbia ¨Capucine¨ y a Niven (lo que no le sentiría nada bien a éste).
¿Y la ¨Pantera Rosa¨? Casi un ¨macguffin¨ al que nunca prestaremos atención, porque esta, al fin y al cabo, no es una historia detectivesca pese a ciertos detalles inevitables del género. Pero sí fue un inmenso éxito que arrasó en taquilla y catapultó a Edwards y Sellers como uno de los mejores binomios cómicos de la época.
Al año siguiente prosiguió con las aventuras de su torpe inspector olvidando a los demás personajes, naciendo así una leyenda del humor y una saga que abarcaría tres décadas...
Se alza el telón y la vida del artista se materializa a través de su arte para causar auténtica sensación en su público. Igual sucede en el cine, si bien el fundido a negro hace las veces de telón para introducir al espectador en una realidad que sentir y de la que formar parte.
Ese era uno de los principios de Shohei Imamura.
Y lo iba a dejar patente desde el primero de los dos ¨deseos¨ (uno el ¨Deseo Infinito¨ y éste que nos ocupa, el ¨Deseo Robado¨) con los que iniciaba una longeva y prolífica carrera. Es 1.958 y el aún principiante de 32 años ha salido de una familia de clase media con un padre jefe de una clínica a fuerza de seguir su propio camino, primero en el mercado negro durante los años de guerra y luego interesándose por el cine, dejando atrás muchos estudios; tras ver frustrados sus intentos de trabajar en Toho para Kurosawa ingresa en Shochiku a la vez que otros jóvenes asistentes como Nagisa Oshima o Masahiro Shinoda.
Nombres que junto al suyo tendrán peso en la década posterior. Al joven aprendiz se le encarga asistir a Yasujiro Ozu durante un tiempo (colaboraría en la gran ¨Cuentos de Tokyo¨), sin embargo la visión del veterano maestro y sus ideas le resultan caducas y artificiales, y esto unido al poco dinero que gana provoca su rápida deserción a la menos conservadora Nikkatsu junto a Yuzo Kawashima, con quien tendría gustos más afines y además trabajaría con él de asistente. ¨El Sol en los Últimos Días del Shogunato¨ es el último film que asume en este rol; ya está preparado para realizar su propia película.
Pero esta importante primera piedra de su obra no es más que un mero encargo que le da la productora, consistente en adaptar una novela del contestatario y conflictivo autor Toko Kon, cuyo espíritu encajaba bien con su forma de ser. Esta historia (relatada por un narrador omnisciente pero muy implicado) comienza con una impresionante Osaka filmada desde el cielo en formato panorámico para entonces bajar hasta sus callejones interiores, uno de los recursos que más usará Imamura; por la sencilla razón de que no le interesa la majestuosidad cosmopolita, sino aquello que se cría y sobrevive bajo sus entrañas.
Desde el primer momento, nos sitúa al lado de un grupo de personajes que se corresponden con la parte olvidada de la sociedad, los desheredados, los pobres, los nómadas, y no podría quedar mejor reflejada que a través de esa desastrosa compañía de teatro en horas bajas cuyo jefe es un vago de carácter estoico, la mitad de los actores son amantes del alcohol y la juerga y el espectáculo más popular es el de los desnudos y los bailes eróticos. Claustrófobico reducto de perdedores donde el joven director artístico graduado Shinichi se ahoga a cada día que pasa.
Pero en esta especie de reinterpretación del clásico de Ozu ¨Ukigusa Monogatari¨ (el cual ya contaba con un ¨remake¨ dirigido por él mismo), Imamura pone mucho de su carácter e ideas en el libreto de Toshiro Suzuki y establece una imagen en la que reflejarse: el propio Shinichi (encarnado por un vital Hiroyuki Nagato que aún tendría mucho que interpretar para él). Este álter-ego nada disimulado jura vivir únicamente para transmitir su pasión por el arte, y una compañía independiente sería el mejor lugar para hacerlo; y si Imamura se observa en Shinichi, Yamamura (jefe de la troupe a quien da vida un gran Osamu Takizawa de rostro contraído) no puede ser sino la perfecta imagen de Ozu.
Este conflicto entre el veterano de procederes caducos y el joven de ideas innovadoras alimentará una de las tramas principales mientras la acción se desplaza a un pueblo entusiasta del arte (gran contraste entre la fría y cruel ciudad y la calidez del campo y sus gentes) hasta el final, subrayándose los trazos neorrealistas a los que el director se acoge orgulloso; como Bergman en ¨Noche de Circo¨, Fellini en ¨La Strada¨ y otros tantos, Imamura filma con total naturalidad, dureza y desnudez las vicisitudes de los que deambulan eternamente por los caminos para compartir su arte y pasión por la vida, aunque al final sus deseos sean ¨robados¨ entre función y función.
Pero como la película está producida por Nikkatsu y el público al que apunta es el joven conviene que el otro argumento se sostenga en el melodrama romántico, y así se desatará uno donde Shinichi se ve atrapado entre las dos hijas de Yamamura: la joven Chigusa, que le ama con locura y le respeta profundamente, y Chidori, ya casada pero incapaz de librarse de su atracción por el muchacho. Este episodio, aun estando tratado con la habitual aspereza del realizador, es demasiado sentimental y convencional, algo fuera de lugar dentro de su estilo (tanto más cuanto que se desea proponer una conclusión agradable para los personajes...).
Junto a Nagato y Takizawa destacan el siempre arrollador Ko Nishimura (otro que será habitual de Imamura) y las buenas Yoko Minamida y Michie Kita como las diferentes hermanas Yamamura; aquél sabe extraer lo mejor de su reparto y así sus actuaciones resultan frescas, enérgicas, viscerales, sobre todo auténticas. Por su parte, la fotografía en blanco y negro de Kurataro Takamura ayuda a definir la atmósfera sucia, viscosa, sórdida y sofocante que el director desea imprimir a la película; este clima tan en consonancia con el desasosiego de los personajes y sus bajos instintos estará también muy presente en su obra.
Si bien no brillante, ¨Deseo Robado¨ es un interesante y digno comienzo para uno de los realizadores clave del movimiento de la Nueva Ola que hará despertar al cine nipón de su letargo. Los señores de Nikkatsu, como de costumbre, no se sentirán muy satisfechos con su trabajo y en compensación le asignan un melodrama comercial totalmente olvidable: ¨La Estación Nishi Ginza¨.
De hecho hasta la llegada de la rompedora ¨Cerdos y Acorazados¨ sentirá que todos sus trabajos no son más que encargos de los caprichosos del estudio...
En efecto, todo. Maquillajes, caros kimonos, elegantes maneras que esconden una sucia verdad. En el fondo, una casa de geishas es un prostíbulo, maquillado.
Mizoguchi se empeña en hacernos regresar a esta realidad, desde su más íntimo interior.
1.953, este señor alcanza la gloria; la crítica internacional le reconoce y es recompensado en muchos festivales, como el de Venencia, donde recoge el León de Oro por ¨Cuentos de la Luna Pálida¨, que representa la quintaesencia de su búsqueda y una seguridad estética total, puesta al servicio del rechazo a toda forma de opresión. En ese momento, la presencia del ocupante americano provoca disturbios y se exige la marcha de las tropas; la evolución de las costumbres no cambia los sistemas de esclavitud inscritos en la sociedad, pues el capitalismo los ha reproducido de forma hipócrita durante la posguerra.
Su colega de Daiei, Masaichi Nagata, constata que los films sobre la prostitución seducen al público nacional mientras que las producciones históricas atraen al internacional, así que le pide trabajar en ambas tendencias. Tomando una novela de su fiel colaborador Matsutaro Kawaguchi se prepara para una especie de reinterpretación de su clásico ¨Las Hermanas de Gion¨ trasladada a la época actual y que privilegia un papel: el de las patronas del burdel. Como en aquélla, ésta empieza en Gion (barrio rojo de Kyoto que tanto frecuentó el director en su juventud), y lo hace con una unión, la de Miyoharu y Eiko.
La primera una geisha devota y obediente, la segunda una joven que ha huido del acoso de su tío con un propósito que es el resorte del argumento: su deseo de convertirse en geisha como lo fue su ya fallecida madre. Nueva oportunidad de Mizoguchi para despertar la compasión en el espectador sobre un tema irritante; como bien defendía Kumiko en ¨Mujeres de la Noche¨ la mujer no tiene por qué sucumbir a la bajeza de la prostitución para salir de la pobreza, a todas luces el camino más sencillo. Por lo tanto, el punto de partida planteado por Kawaguchi resultaría ridículo (¿por qué una niña de 16 años querría convertirse en geisha?) de no encontrar una justificación razonable.
Y es la terrible ignorancia provocada por su inocencia. Para huir de su miseria familiar, Eiko se encomienda a Miyoharu, amiga de su difunta madre y transmutada en sustituta emocional de ésta, para seguir sus pasos, pues el hombre en su familia (un padre inútil y enfermo, un tío violento y abusivo) es una figura repulsiva (ninguna sorpresa teniendo en cuenta quién dirige esta obra). De este modo el cineasta nos vuelve a introducir en las intimidades del lupanar, esta vez desde la perspectiva de las geishas, haciendo hincapié en sus exquisitas maneras, sus aprendizajes, su culturización, etc..
En definitiva para adquirir la suficiente distinción que las distancie de las prostitutas habituales, pero como bien nos enseñó Hideo Gosha en su fascinante ¨Yohkiroh¨ la diferencia entre unas y otras reside en los oropeles con los que disfrazar la realidad y esconderse bajo apariencias. Un mundo donde incluso se las arrebata su verdadera identidad y donde será fácil adivinar la reacción de la ingenua Eiko (ahora ¨Miyoei¨); en una muestra de esta dulce inocencia, apela a una trabajadora del burdel sobre los derechos que poseen las geishas basándose en la nueva Constitución impuesta por los ocupantes.
Sus compañeras se ríen de ella y no sin razón: una cosa es lo que los políticos escriban en un pedazo de papel y otra es la cruda realidad que se vive en la calle. Un conflicto con dos importantes clientes desata el melodrama pero cambia el punto de vista con respecto a la historia de Omocha y Umekichi: ahora, aunque los padres siguen siendo incapaces de salvar a sus hijos y los hombres continúan siendo depravados, ávidos y brutales, es la patrona la que tira de los hilos, una esclavista moderna implacable e insensible; sin este personaje, frío, odioso y también ávido (de dinero, prestigio y clientela) no hay crédito ni oportunidades para las trabajadoras.
La trama, arropada por una violencia a menudo atroz (memorable el ataque de Eiko para salvarse de ser violada, filmado desde una conveniente distancia) y una increíble fluidez gracias a la labor de Mitsuzo Miyata al montaje, irá mostrando el dilema de la joven maiko (aprendiz de geisha), que se niega a venderse y empuja a hacerlo a quien actúa como su madre y protectora, y con quien forma una pareja enamorada oponiéndose al principio y luego satisfaciendo el chantaje de la patrona. No es tanto la violencia masculina lo que las subyuga y ata como ese agente de la opresión que es el dinero.
La hermosa Michiyo Kogure, que ya demostró su valía para el director en ¨El Destino de la señora Yuki¨, comparte protagonismo con una Ayako Wakao de 20 años en su primer papel realmente importante y en su primera colaboración con aquél, quien no tardaría (como todos) en quedar fascinado por su vitalidad e inmensa belleza. Muy buenos Eitaro Shindo, Seizaburo Kawazu, Kanji Koshiba e Ichiro Sugai, reflejando la habitual debilidad y brutalidad masculina de las películas de Mizoguchi; no obstante en esta ocasión los personajes masculinos me resultan más interesantes que los femeninos (apelar a mi compasión sobre unas mujeres que desempeñan tal profesión por voluntad propia es algo imposible...).
Menos dura que ¨Las Hermanas de Gion, esta versión también termina con una decisión desesperada por sobrevivir, si bien no precisa el alegato final de aquélla, el cual definía a la perfección la condición de los hombres y las mujeres según el director, pues es la patrona la que amenaza la libertad de éstas.
Este tema regresará, desprovisto de compasión y endureciendo su discurso, en ¨La Mujer Crucificada¨, ambos regulares títulos que no hacen sino allanar el camino para culminar en ¨La Calle de la Vergüenza¨, la más perfecta de esta serie de obras de Mizoguchi ambientadas en el mundo de la prostitución y la esclavitud femenina.
En efecto, todo. Maquillajes, caros kimonos, elegantes maneras que esconden una sucia verdad. En el fondo, una casa de geishas es un prostíbulo, maquillado.
Mizoguchi se empeña en hacernos regresar a esta realidad, desde su más íntimo interior.
1.953, este señor alcanza la gloria; la crítica internacional le reconoce y es recompensado en muchos festivales, como el de Venencia, donde recoge el León de Oro por ¨Cuentos de la Luna Pálida¨, que representa la quintaesencia de su búsqueda y una seguridad estética total, puesta al servicio del rechazo a toda forma de opresión. En ese momento, la presencia del ocupante americano provoca disturbios y se exige la marcha de las tropas; la evolución de las costumbres no cambia los sistemas de esclavitud inscritos en la sociedad, pues el capitalismo los ha reproducido de forma hipócrita durante la posguerra.
Su colega de Daiei, Masaichi Nagata, constata que los films sobre la prostitución seducen al público nacional mientras que las producciones históricas atraen al internacional, así que le pide trabajar en ambas tendencias. Tomando una novela de su fiel colaborador Matsutaro Kawaguchi se prepara para una especie de reinterpretación de su clásico ¨Las Hermanas de Gion¨ trasladada a la época actual y que privilegia un papel: el de las patronas del burdel. Como en aquélla, ésta empieza en Gion (barrio rojo de Kyoto que tanto frecuentó el director en su juventud), y lo hace con una unión, la de Miyoharu y Eiko.
La primera una geisha devota y obediente, la segunda una joven que ha huido del acoso de su tío con un propósito que es el resorte del argumento: su deseo de convertirse en geisha como lo fue su ya fallecida madre. Nueva oportunidad de Mizoguchi para despertar la compasión en el espectador sobre un tema irritante; como bien defendía Kumiko en ¨Mujeres de la Noche¨ la mujer no tiene por qué sucumbir a la bajeza de la prostitución para salir de la pobreza, a todas luces el camino más sencillo. Por lo tanto, el punto de partida planteado por Kawaguchi resultaría ridículo (¿por qué una niña de 16 años querría convertirse en geisha?) de no encontrar una justificación razonable.
Y es la terrible ignorancia provocada por su inocencia. Para huir de su miseria familiar, Eiko se encomienda a Miyoharu, amiga de su difunta madre y transmutada en sustituta emocional de ésta, para seguir sus pasos, pues el hombre en su familia (un padre inútil y enfermo, un tío violento y abusivo) es una figura repulsiva (ninguna sorpresa teniendo en cuenta quién dirige esta obra). De este modo el cineasta nos vuelve a introducir en las intimidades del lupanar, esta vez desde la perspectiva de las geishas, haciendo hincapié en sus exquisitas maneras, sus aprendizajes, su culturización, etc..
En definitiva para adquirir la suficiente distinción que las distancie de las prostitutas habituales, pero como bien nos enseñó Hideo Gosha en su fascinante ¨Yohkiroh¨ la diferencia entre unas y otras reside en los oropeles con los que disfrazar la realidad y esconderse bajo apariencias. Un mundo donde incluso se las arrebata su verdadera identidad y donde será fácil adivinar la reacción de la ingenua Eiko (ahora ¨Miyoei¨); en una muestra de esta dulce inocencia, apela a una trabajadora del burdel sobre los derechos que poseen las geishas basándose en la nueva Constitución impuesta por los ocupantes.
Sus compañeras se ríen de ella y no sin razón: una cosa es lo que los políticos escriban en un pedazo de papel y otra es la cruda realidad que se vive en la calle. Un conflicto con dos importantes clientes desata el melodrama pero cambia el punto de vista con respecto a la historia de Omocha y Umekichi: ahora, aunque los padres siguen siendo incapaces de salvar a sus hijos y los hombres continúan siendo depravados, ávidos y brutales, es la patrona la que tira de los hilos, una esclavista moderna implacable e insensible; sin este personaje, frío, odioso y también ávido (de dinero, prestigio y clientela) no hay crédito ni oportunidades para las trabajadoras.
La trama, arropada por una violencia a menudo atroz (memorable el ataque de Eiko para salvarse de ser violada, filmado desde una conveniente distancia) y una increíble fluidez gracias a la labor de Mitsuzo Miyata al montaje, irá mostrando el dilema de la joven maiko (aprendiz de geisha), que se niega a venderse y empuja a hacerlo a quien actúa como su madre y protectora, y con quien forma una pareja enamorada oponiéndose al principio y luego satisfaciendo el chantaje de la patrona. No es tanto la violencia masculina lo que las subyuga y ata como ese agente de la opresión que es el dinero.
La hermosa Michiyo Kogure, que ya demostró su valía para el director en ¨El Destino de la señora Yuki¨, comparte protagonismo con una Ayako Wakao de 20 años en su primer papel realmente importante y en su primera colaboración con aquél, quien no tardaría (como todos) en quedar fascinado por su vitalidad e inmensa belleza. Muy buenos Eitaro Shindo, Seizaburo Kawazu, Kanji Koshiba e Ichiro Sugai, reflejando la habitual debilidad y brutalidad masculina de las películas de Mizoguchi; no obstante en esta ocasión los personajes masculinos me resultan más interesantes que los femeninos (apelar a mi compasión sobre unas mujeres que desempeñan tal profesión por voluntad propia es algo imposible...).
Menos dura que ¨Las Hermanas de Gion, esta versión también termina con una decisión desesperada por sobrevivir, si bien no precisa el alegato final de aquélla, el cual definía a la perfección la condición de los hombres y las mujeres según el director, pues es la patrona la que amenaza la libertad de éstas.
Este tema regresará, desprovisto de compasión y endureciendo su discurso, en ¨La Mujer Crucificada¨, ambos regulares títulos que no hacen sino allanar el camino para culminar en ¨La Calle de la Vergüenza¨, la más perfecta de esta serie de obras de Mizoguchi ambientadas en el mundo de la prostitución y la esclavitud femenina.
Mad Warrior
7
Otoño Tardío (Fin de Otoño)
¨Para mí el amor y el matrimonio están separados. [...] Lo ideal sería si pudieras juntarlos, pero no creo que fueras desgraciado de no tener ambos; puedes seguir disfrutando de la vida. Creo que ese es el caso de muchas parejas¨.Y la muchacha concluye su alegato afirmando ¨Yo soy de otra generación¨. Y ya no hay nada más que rebatir. Yasujiro Ozu cruza la década de los 50 con 57 años, una infinidad de títulos a sus espaldas y aceptando el color en sus obras hacía poco; quizás no lo sabe pero su carrera y su vida acabarán muy pronto. Tomará la historia de ¨Akibiyori¨, novela de Ton Satomi, quien es galardonado con la Orden de la Cultura en ese momento, después de haber adaptado ¨Higanbana¨ (la que inauguró el color en el cine del nipón). Ya ha colaborado con Daiei para su revisión de ¨Historia de una Hierba Errante¨.
Entonces se propone ¨tomar prestadas¨ a Yoko Tsukasa y su musa Setsuko Hara, ahora empleadas en Toho. Dicha elección adquiere un significado mayor a la hora de plasmar el texto de Satomi cuando tras el séptimo funeral celebrado para el patriarca de los Miwa, dos de sus viejos amigos (Shuzo y Soichi) le dan vueltas a que la hija de aquél ya tiene edad para casarse. En efecto, los hombres ¨ozunianos¨ siguen empeñados en continuar su tradición matrimonial para honorar las antiguas costumbres contra una sociedad muy avanzada y cambiante.
De hecho ¨Otoño Tardío¨ empieza en una pequeña habitación donde los dos anteriores y Seichiro charlan de sus tiempos de juventud con humor y melancolía, como se puede ver en otros films del director; sin embargo la misma situación, también muy propio de ellos, cambia ligeramente su enfoque. Esta vez Shukichi Somiya y Noriko se convierten en Akiko y Ayako, encarnada ésta por Hara y ofreciendo una curiosa imagen de proyección desde el espectro de la clásica ¨Primavera Tardía¨, donde ocupa la hija de aquélla el lugar de la madre y se desecha la figura del padre.
Esta ausencia es de repente asumida por Shuzo y Soichi, auténticos entrometidos que por culpa de cada palabra que digan lo estropearán absolutamente todo, de ahí que el simpatizar con ellos resulte imposible. Ahora, y más que nunca, Ozu nos alecciona sobre el poder de la manipulación y la calumnia cuando se trata de matrimonio, y en especial la terca manía de introducirse en los remansos de paz de una familia ajena para compensar el hastío propio (por eso, tras empacharnos con las artimañas que pretenden Shuzo y Soichi, se nos invita a entrar en sus hogares y comprobar de primera mano su enorme insatisfacción familiar).
Akiko es la nueva Noriko, con el dulce rostro de una Tsukasa que pasará por la trama declarando su independencia como mujer y su inopinado apego a su madre, algo que a las viejas generaciones no sienta demasiado bien. Este choque de mentalidades (¿qué se podía esperar viniendo de Ozu?) es primero mordaz y luego brutal: los hombres maduros son obstinados, arrogantes, avasalladores; sus esposas (Nobuko, Fumiko) son detestables y chismosas; y los jóvenes y los niños (Yoko, Koichi, Kazuo) son vitales, rebeldes, impacientes y mucho más valientes que sus padres. Y claro está, las solteras deben casarse.
Esta visión del cineasta sobre las apáticas y posesivas relaciones entre hombres y mujeres en su sociedad de clase media-alta nunca se ha expuesto de forma tan incómoda y agobiante, llegando el espectador a sentir una profunda lástima por Akiko y Ayako y por el modo en que los demás desean trastocar sus vidas. Y aquí entra Yuriko, interpretada por la preciosa Mariko Okada, como no podía ser de otro modo el personaje femenino más fuerte y contestatario (por algo sería la futura esposa de Yoshishige Yoshida), y necesario para condenar duramente la soberbia de los hombres.
De hecho esa feroz discusión en la oficina es la secuencia entre personajes más poderosa de toda la película. No obstante el peor camino que puede tomar el argumento es el de tergivesar el ambiente, inundado de un afilado humor, hacia el drama, por muy natural que se aplique ese cambio, y olvidarse de los anteriores personajes masculinos para desatar una lucha de opiniones y sentimientos entre Akiko y Ayako, cuyo carácter, antes entrañable y admirable, pasa a ser estomagante y repulsivo, y ahora la compasión y la asfixiante sensación de acorralamiento recae sobre la primera, a quien se la anima a volver a casarse.
De ahí que tales licencias de guión, esos cambios tan abruptos de atmósfera y el trato tan irregular sobre los personajes haga perder al film una fuerza narrativa que lograba mantenerse sólida en las más amargas ¨Flores de Equinoccio¨ y ¨El Comienzo del Verano¨. Lo compensa una fotografía excelente de tonos ocres (correspondiendo bien al título) a cargo de Yuharu Atsuta que envuelve en calidez y una cierta melancolía a esos actores habituales del universo ¨ozuniano¨, únicamente cambiando los nombres de sus papeles: Kuniko Miyake, Ryuji Kita, Toyo Takahashi, Keiji Sada (sin destacar demasiado, por desgracia) y esos Shin Saburi y Nobuo Nakamura que nunca me resultaron tan indigestos.
Para rematar, la mejor banda sonora que jamás compuso Takanobu Saito para el director, muy entregado a la visceralidad de las emociones a través del estatismo de su observadora cámara. Si bien fue uno de los más grandes éxitos de taquilla de aquel 1.960 en Japón, no llega a la grandiosidad de otras obras suyas de igual temática en opinión de quien esto escribe...pese a contar con la maravillosa sonrisa de una Hara increíble, la presencia inimitable de Okada y el gran Chishu Ryu en su breve cameo.
Y una escena que me sobresaltó sin esperarlo: en el restaurante del padre de Yuriko, un cliente (Tsusai Sugawara) entabla una amable conversación con los cocineros acerca de lo que desea comer; nada tiene que ver esta situación con la historia y de repente Ozu se interesa como si le fuera la vida en ello. Creo que ningún director sería capaz de hacer una cosa así, con tal naturalidad y de forma tan humildemente bella...
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