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Yo, Z de Luis Cerezo

Por Javier Bocadulce



Hay novelas de zombis que parecen escritas por muertos vivientes a los que no solo se les secó el cerebro, sino también la imaginación. Aquí, por el contrario, nos topamos con muertos que olvidaron en qué consiste su estado y se muestran más vivos que los especímenes que aún respiran y pululan a su alrededor; mordaz y ácida crítica a una sociedad que camina dando tumbos robóticos y que olvidó su alma como algo prescindible, sin valor. Al igual que hiciera magníficamente Eduardo Mendoza en “Sin noticias de Gurb”, Cerezo escoge de forma aleatoria Barcelona para escenificar la metáfora actual de la degeneración de valores humanos: lo exterior- allí extraterrestres, aquí zombies-, parece el ejemplo perfecto para culpabilizar de un caos que asoma, sin embargo, medio oculto entre los paisanos corrientes de a pie, que son los auténticos responsables de la descomposición de ese cadáver en que ha mutado nuestra civilización.



Lo mejor de esta novela es que este mensaje no lo introduce Cerezo forzadamente con calzador, sino que se desliza sibilinamente desde sus manos, las de un auténtico malabarista del idioma al servicio de una acción que se desboca o se templa con auténtica maestría, proporcionando una fluidez al texto que el lector va a agradecer, viendo colmarse su apetito literario. Documentado y culto, se siente cómo Cerezo a veces refrena su verborrea en el momento exacto para no recargar el texto, pero diciendo “ ¡eh, controlo la situación!”, logrando exprimir con acierto su pericia y su cultura en la dosis más adecuada y gratificante en beneficio de quien se acerque a su obra, y no enojarle con una retahíla esperpéntica de datos.





Su estilo hipnotiza con suma facilidad, pues no hay nada como el humor para ponerse serio, y para hablarnos de la muerte bajo un prisma surrealista, reivindicando la esencia de la vida y los valores que, como humanos, merece rescatar de la ignominiosa desidia en la que se está precipitando nuestra civilización. Eso sí, que nadie piense que se trata de un ensayo aburrido sobre zombies que no matan ni comen. Todo lo contrario. Cerezo nos regala pasajes de una truculencia bestial, nos lanza a la vista casquería desparramada con y sin control; descripciones atinadas y sobrecogedoras, en las que la repugnancia de lo relatado se imprimirá con fuerza en nuestra memoria de lectores, intercaladas entre reflexiones muy meditadas que no nos pueden dejar indiferentes. Mezclar lo que mezcla Cerezo sin que parezca un pastiche adoctrinador constituye, sin duda, un mérito literario de mucho calibre.



Lo sutil, lo peculiar, lo diferente queda penalizado a ojos de nuestra sociedad, perfecto caldo de cultivo de un atroz borreguismo. No sin motivo los protagonistas principales son un nini y un señor con un trabajo sin objetivos, que le resulta indiferente. Al transformarse en zombies, por motivos si se quiere peregrinos, se convierten en algo distinto, en motivo “vital”, valga el chiste fácil. La sociedad no reconoce su estado, tan solo le afecta el desagrado que le causan su aspecto y el mal olor que despiden. Solo los protagonistas son capaces de discernir, en un momento determinado, tras intuirlo primero, que han muerto. Una vez muertos, la sociedad debe absorberlos, porque la sociedad ya está muerta, aunque sea en sentido figurado. A la sociedad no le interesa la verdad, sino que nadie se salga del carril. Todos en fila y uniformados, no como los zombies, auténticos altavoces de la realidad, incómodos, porque para ellos los prejuicios no tienen consistencia alguna.



Culto - que no aburrido-, Cerezo nos ofrece no una novela de zombies, sino para zombies. O sea, para todos nosotros, que hemos colaborado, en mayor o menor medida en que la sociedad se vaya al garete. Un acierto innegable el de abandomoviez, al escoger a este autor en el inicio de su singladura a través del mundo de las letras. Un autor que, con Eo, su anterior novela, ya evidenciaba ser poseedor de una sensibilidad y un carisma literarios de primer orden. Sin duda, habrá que seguirle muy de cerca porque, si le acompaña la suerte, podríamos estar ante un autor que marque el devenir de la literatura en castellano, junto a otros escritores ya consagrados.

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