Era 1930, y al fin se estrenaba la versión oficial de Drácula, dirigida por el emperador del bizarrismo bien entendido, Tod Browning. Se encontró al Drácula ideal en un actor húngaro que ya había interpretado al personaje en el teatro. Luchó por el papel y lo logró, y ello lo convirtió en leyenda.
Bela Lugosi cargó con el peso de este ambicioso proyecto cinematográfico lanzado en plena Gran Depresión y bordó el papel con su solo porte y mirada, hasta el punto de haber sido el referente de todo vampiro cinematográfico. Por supuesto, su actuación puede parecer hoy en día bastante salida de madre, pero recordemos que el cine sonoro solo llevaba 4 años de existencia: sus aspavientos vienen del mudo y aún lograron intimidar a la audiencia, mientras su voz obsequiosa y tremendo acento de Europa del Este eran algo novedoso. En Hollywood rara vez se había visto una encarnación tan exótica de las fuerzas del mal.
El resto del reparto, como Edward Van Sloan, un Van Helsing demasiado hablador, pero que había hecho la obra de teatro junto a Lugosi, así que supongo que la interpretación no podía hacerse de otra manera, o un pésimo David Manners como Harker no consiguen hacerle sombra. Solo dos personas más logran destacar de veras: Helen Chandler, otra dama del teatro, tiene buenos momentos como Mina, especialmente hacia el clímax, y el gran robaescenas Dwight Frye como un estupendo Renfield, que tiene el carisma necesario para que la película no se convierta en un monólogo del viejo Bela.
A nivel historia, pues es simplísima, basada en la adaptación teatral de la novela de Bram Stoker a cargo del irlandés Hamilton Deane (y adaptada sin acreditar a un equipo de guionistas encabezado por el propio Tod Browning) que el propio Lugosi protagonizó en Broadway. La estética preconcebida que se tiene del malvado conde se debe al mismo Lugosi y al actor original de la obra en el West End londinense Raymond Huntley. La parte mala es que casi media hora de metraje acabó descartada y no se conserva (la versión en castellano de George Melford sí que tiene su equivalente de ese metraje conservado), dejando bastantes agujeros en la historia.
Detrás de las cámaras, el maestro expresionista Karl Freund – que además dirigió alguna que otra escena - es considerado el verdadero artífice del éxito del filme con sus innovadores planos, y el diseño de los decorados es fantástico: matte shots conseguidísmos y un grandioso y espectacular escenario del castillo transilvano, que se volvió a usar montones de veces. Chirrían un poco los FX, pero qué más dá: Es la segunda de las cuatro versiones clásicas de Drácula, y para muchos la mejor. No es de extrañar (aunque mi favorita es la de la Hammer), por tres factores: A) Bela Lugosi, B) Tod Browning y C) Karl Freund. Un trío fantástico, como el de la peli del propio Browning.
bigladiesman
9
[Crítica actualizada el 28/07/2020]
Era 1930, y al fin se estrenaba la versión oficial de Drácula, dirigida por el emperador del bizarrismo bien entendido, Tod Browning. Se encontró al Drácula ideal en un actor húngaro que ya había interpretado al personaje en el teatro. Luchó por el papel y lo logró, y ello lo convirtió en leyenda.
Bela Lugosi cargó con el peso de este ambicioso proyecto cinematográfico lanzado en plena Gran Depresión y bordó el papel con su solo porte y mirada, hasta el punto de haber sido el referente de todo vampiro cinematográfico. Por supuesto, su actuación puede parecer hoy en día bastante salida de madre, pero recordemos que el cine sonoro solo llevaba 4 años de existencia: sus aspavientos vienen del mudo y aún lograron intimidar a la audiencia, mientras su voz obsequiosa y tremendo acento de Europa del Este eran algo novedoso. En Hollywood rara vez se había visto una encarnación tan exótica de las fuerzas del mal.
El resto del reparto, como Edward Van Sloan, un Van Helsing demasiado hablador, pero que había hecho la obra de teatro junto a Lugosi, así que supongo que la interpretación no podía hacerse de otra manera, o un pésimo David Manners como Harker no consiguen hacerle sombra. Solo dos personas más logran destacar de veras: Helen Chandler, otra dama del teatro, tiene buenos momentos como Mina, especialmente hacia el clímax, y el gran robaescenas Dwight Frye como un estupendo Renfield, que tiene el carisma necesario para que la película no se convierta en un monólogo del viejo Bela.
A nivel historia, pues es simplísima, basada en la adaptación teatral de la novela de Bram Stoker a cargo del irlandés Hamilton Deane (y adaptada sin acreditar a un equipo de guionistas encabezado por el propio Tod Browning) que el propio Lugosi protagonizó en Broadway. La estética preconcebida que se tiene del malvado conde se debe al mismo Lugosi y al actor original de la obra en el West End londinense Raymond Huntley. La parte mala es que casi media hora de metraje acabó descartada y no se conserva (la versión en castellano de George Melford sí que tiene su equivalente de ese metraje conservado), dejando bastantes agujeros en la historia.
Detrás de las cámaras, el maestro expresionista Karl Freund – que además dirigió alguna que otra escena - es considerado el verdadero artífice del éxito del filme con sus innovadores planos, y el diseño de los decorados es fantástico: matte shots conseguidísmos y un grandioso y espectacular escenario del castillo transilvano, que se volvió a usar montones de veces. Chirrían un poco los FX, pero qué más dá: Es la segunda de las cuatro versiones clásicas de Drácula, y para muchos la mejor. No es de extrañar (aunque mi favorita es la de la Hammer), por tres factores: A) Bela Lugosi, B) Tod Browning y C) Karl Freund. Un trío fantástico, como el de la peli del propio Browning.
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