Nos encontramos ante una película que no es adecuada para todos los públicos. Para disfrutar de ella, uno debe ser un espectador muy paciente. Mejor abstenerse todos aquellos amantes de películas con ritmos trepidantes o grandes momentos de clímax. “El gato desaparece” pretende intrigar y angustiar al espectador en todo momento. Por supuesto, cuando hablo de angustia no me refiero a ninguna salvajada gore de las que estamos acostumbrados en otras películas… juega muy bien sus cartas atacando psicológicamente al público.
Por una parte tenemos un guión extremadamente sencillo que, en manos de otro director, podríamos encontrarnos con un bodrio impresionante. Es así que uno de los grandes aciertos del film es su dirección quien ha sabido llevar bien el suspense. Muchos se han aburrido porque en todo el metraje no pasa absolutamente “nada” pero esto no constituye ningún defecto, sino que representa la gran peculiaridad de esta película y lo que la hace tan especial. Todo anda absolutamente bien, lo único que va mal es el gato: el animalito ha desaparecido. Por ello uno en ocasiones se pregunta: “¿Por qué tanta angustia porque un gato no esté? El hombre anda bien y tal…” Es un problema, una amenaza tan sutil que solo por un hecho como este nos hace sentir como si hubiésemos visto al propio hombre asesinar sin escrúpulos. Ahí es donde interviene otro gran pilar de esta cinta, la angustia de la protagonista. La actuación de Beatriz Spelzini es tan soberbia que constituye un sólido puente entre el espectador y los “problemas” que ella vive en su día a día. En todo momento nos sentimos incómodos e intrigados pero no por lo que vemos, sino por lo que nos hace experimentar esta gran actriz.
Muchos de nosotros nos habremos montado nuestras propias teorías y ocurrencias en cada minuto que pasaba… y es entonces como, en el final, todas ellas se desvanecen dejándonos con la boca abierta. Esto me recuerda a que, una vez, se dijo que el cine era ilusión. Esta es la forma con la que se ha concebido esta película, como un truco o una ilusión del que con gran maestría ha sabido llevar ese buen mago o ilusionista que es Carlos Sorin. Como consecuencia, el gato deja de ser un gato y se convierte en un elemento figurativo, una metáfora abierta a toda clase de interpretaciones.
Con películas como esta uno se da cuenta que, en ocasiones, debemos ver más allá de Hollywood para toparnos con el buen cine.
Tenebrae
7
Nos encontramos ante una película que no es adecuada para todos los públicos. Para disfrutar de ella, uno debe ser un espectador muy paciente. Mejor abstenerse todos aquellos amantes de películas con ritmos trepidantes o grandes momentos de clímax. “El gato desaparece” pretende intrigar y angustiar al espectador en todo momento. Por supuesto, cuando hablo de angustia no me refiero a ninguna salvajada gore de las que estamos acostumbrados en otras películas… juega muy bien sus cartas atacando psicológicamente al público.
Por una parte tenemos un guión extremadamente sencillo que, en manos de otro director, podríamos encontrarnos con un bodrio impresionante. Es así que uno de los grandes aciertos del film es su dirección quien ha sabido llevar bien el suspense. Muchos se han aburrido porque en todo el metraje no pasa absolutamente “nada” pero esto no constituye ningún defecto, sino que representa la gran peculiaridad de esta película y lo que la hace tan especial. Todo anda absolutamente bien, lo único que va mal es el gato: el animalito ha desaparecido. Por ello uno en ocasiones se pregunta: “¿Por qué tanta angustia porque un gato no esté? El hombre anda bien y tal…” Es un problema, una amenaza tan sutil que solo por un hecho como este nos hace sentir como si hubiésemos visto al propio hombre asesinar sin escrúpulos. Ahí es donde interviene otro gran pilar de esta cinta, la angustia de la protagonista. La actuación de Beatriz Spelzini es tan soberbia que constituye un sólido puente entre el espectador y los “problemas” que ella vive en su día a día. En todo momento nos sentimos incómodos e intrigados pero no por lo que vemos, sino por lo que nos hace experimentar esta gran actriz.
Muchos de nosotros nos habremos montado nuestras propias teorías y ocurrencias en cada minuto que pasaba… y es entonces como, en el final, todas ellas se desvanecen dejándonos con la boca abierta. Esto me recuerda a que, una vez, se dijo que el cine era ilusión. Esta es la forma con la que se ha concebido esta película, como un truco o una ilusión del que con gran maestría ha sabido llevar ese buen mago o ilusionista que es Carlos Sorin. Como consecuencia, el gato deja de ser un gato y se convierte en un elemento figurativo, una metáfora abierta a toda clase de interpretaciones.
Con películas como esta uno se da cuenta que, en ocasiones, debemos ver más allá de Hollywood para toparnos con el buen cine.
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