La odisea espacial de Ad Astra (Ad Astra, 2019), dirigida por James Gray y protagonizada por Brad Pitt, es mucho más que una película de ciencia ficción. Es un viaje introspectivo, una búsqueda del padre que se convierte en una búsqueda de sentido. En su tramo final, el comandante Roy McBride (Pitt) llega al límite del sistema solar para enfrentarse no solo a la causa de unas misteriosas ondas que amenazan la vida en la Tierra, sino también al hombre que definió su existencia: su propio padre.
El viaje hasta el borde del sistema solar
Después de una travesía solitaria y cargada de pérdidas, Roy logra alcanzar la estación Lima, un laboratorio abandonado en órbita de Neptuno, donde se encuentra su padre, Clifford McBride (Tommy Lee Jones).
Clifford fue enviado décadas atrás con la misión de encontrar vida inteligente fuera de la Tierra, pero perdió el contacto con el resto de la humanidad. Obsesionado con su búsqueda, acabó provocando la muerte de toda su tripulación y un desastre cósmico que amenaza con destruir el sistema solar.
La revelación destruye el mito del héroe. Clifford no era un explorador incomprendido, sino un hombre que sacrificó todo —incluso a su hijo— en nombre de una obsesión.
El encuentro con el padre
Cuando Roy finalmente se encuentra con Clifford, la escena se convierte en el núcleo emocional de la película. Clifford no pide perdón ni muestra remordimiento: admite que nunca le importó la Tierra ni su familia.
Su única lealtad fue hacia el vacío, hacia la esperanza de que algo —cualquier cosa— respondiera al otro lado del universo.
Roy intenta convencerlo de volver, de dejar de huir. Pero Clifford se niega. En una secuencia de gran simbolismo, ambos quedan unidos por un cable mientras flotan sobre Neptuno. Clifford, agotado y resignado, le pide a su hijo que lo suelte.
Y Roy lo hace. Lo deja ir, literalmente y metafóricamente.
El hijo que buscó la aprobación de su padre toda la vida aprende, por fin, a dejarlo partir.
El regreso a casa
Roy detona la bomba nuclear que destruye la estación Lima, deteniendo las descargas de antimateria.
Usa la onda expansiva para impulsarse de vuelta a la Tierra, en una de las secuencias más bellas y solitarias del cine reciente.
Durante el viaje de regreso, contempla los datos recuperados del proyecto Lima: no hay rastro de vida inteligente en el universo conocido. Pero lo que para su padre era una decepción, para Roy se convierte en una revelación.
La belleza del cosmos no necesita estar habitada para ser significativa.
La vida —la auténtica— está en la conexión humana, no en las estrellas.
El verdadero significado del final
De vuelta en la Tierra, Roy se reencuentra con su esposa (interpretada por Liv Tyler), de quien se había distanciado. Ya no es el hombre imperturbable y aislado del inicio. El viaje ha desmontado su coraza emocional y le ha enseñado que buscar vida fuera no tiene sentido si no somos capaces de valorar la que tenemos cerca.
El final de Ad Astra no es épico, sino íntimo.
No celebra el descubrimiento, sino el perdón.
Roy no encuentra a Dios ni a alienígenas en Neptuno: se encuentra a sí mismo.
Conclusión: el cosmos como espejo interior
Ad Astra es, en última instancia, una parábola sobre los límites del heroísmo moderno. El padre representa la obsesión humana por trascender, el hijo encarna la necesidad de volver a lo esencial.
El silencio del espacio se convierte en metáfora del vacío emocional y del ruido interior que solo se apaga cuando aceptamos que no todas las preguntas necesitan respuesta.
Roy McBride no regresa con pruebas de vida extraterrestre, sino con la certeza de que la vida más valiosa está justo donde empieza y termina todo viaje: en la Tierra.
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