Un atraco bajo la tormenta
Cien años de perdón (
Cien años de perdón, 2016) arranca en plena gota fría en Valencia. Un comando de encapuchados liderado por “El Uruguayo” (
Rodrigo de la Serna) y “El Gallego” (
Luis Tosar) entra en un banco con la aparente intención de robar cajas de seguridad. Mientras la policía cerca la sucursal, el espectador descubre que el atraco es mucho más que un simple golpe.
Entre rehenes desesperados y tensiones internas, los atracadores trabajan contra reloj para abrir las cajas fuertes, ignorando que la operación está vigilada desde Madrid por altos cargos políticos, temerosos de que una de esas cajas esconda material explosivo para el gobierno.
Más que dinero: secretos comprometidos
Pronto se revela que el objetivo real no son joyas ni efectivo, sino la caja de un exbanquero y político caído en desgracia: Gonzalo Soriano. Allí podrían guardarse discos duros con pruebas de corrupción que implicarían a ministros y hasta a la mismísima presidenta.
El Uruguayo sabía del encargo secreto, mientras que el resto de la banda fue engañado pensando que se trataba de un atraco común. La tensión entre él y el Gallego aumenta cuando ambos se dan cuenta de que forman parte de una operación en la que también intervienen servicios de inteligencia.
Final explicado de "Cien años de perdón"
Con la lluvia frenando y el túnel de escape inundado, el plan parecía condenado. Sin embargo, cuando la policía se prepara para una salida negociada, los atracadores sorprenden: los chalecos explosivos que pusieron a rehenes eran falsos, y gracias a la mejoría del tiempo retoman el plan original.
Buceando bajo el agua logran escapar por el túnel hasta el metro de Valencia, donde se cambian de ropa y desaparecen entre la multitud. Para las autoridades, la fuga es un bochorno: los atracadores se van con vida y la información de Soriano queda como amenaza latente.
El eco político del desenlace
El final no solo resuelve un atraco, sino que destapa un juego sucio mucho mayor. La prensa publica filtraciones: unos titulares hablan de la implicación del CNI en el golpe, otros de la conexión entre Soriano y la presidencia. La operación, pensada para silenciar pruebas, termina multiplicando las sospechas.
Mientras tanto, los ladrones celebran su huida en el metro, sabiendo que han desafiado tanto a la policía como a los políticos. El botín ya no es solo lo material, sino el valor de lo que saben y la sensación de haber vencido al sistema.
Cierre: ¿héroes o villanos?
El desenlace de
Cien años de perdón deja en el aire una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto son delincuentes los atracadores y hasta qué punto lo son los gobernantes que intentaron tapar la corrupción?
La ironía final es clara: los ladrones desaparecen como fantasmas, mientras los verdaderos secretos que pretendían enterrarse quedan más expuestos que nunca. Como sugiere el título, en un país ahogado por la corrupción, robar a quienes roban puede sonar casi a justicia poética.
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