En "El Juez de la Horca" (The Life and Times of Judge Roy Bean, 1972), conocemos a Roy Bean, un forajido que llega solo a un pueblo perdido del oeste tejano llamado Vinegaroon. Lo reciben a golpes, lo roban y lo dejan casi muerto, arrastrado por su propio caballo. Pero una joven llamada María Elena le salva la vida, y eso desata toda una cadena de acontecimientos.
Roy regresa al pueblo, se venga de los que lo maltrataron y se autoproclama juez, imponiendo su propia idea de la justicia: ruda, violenta y completamente personal. Así se convierte en el llamado “hombre de la ley al oeste del Pecos”. Y lo curioso es que la gente lo acepta. Desde ese momento, todo gira en torno a su figura.
Un juez, una musa y una ciudad sin ley
Bean renombra el saloon como The Jersey Lilly, en honor a Lillie Langtry, una actriz británica de la que está perdidamente enamorado… aunque nunca la ha visto en persona. Cuelga su retrato en el bar como si fuera una santa y convierte ese lugar en su templo.
Cuando llegan bandidos al pueblo, en vez de enfrentarse a ellos, Bean los convierte en sus ayudantes de la ley. Así, el grupo de matones se convierte en sus nuevos “marshals”. Juntos imparten justicia a su manera: ahorcan asesinos, se reparten sus bienes y castigan a prostitutas obligándolas a quedarse en el pueblo para "acompañar" a los nuevos agentes. Todo muy surrealista.
Pero Bean tiene reglas muy claras: si alguien daña el retrato de Lillie, no hay perdón posible. Un borracho dispara sin querer contra él y, sin pestañear, Bean lo mata y luego le registra los bolsillos. Encuentra dinero, le pone una multa por disparar en público… y se la cobra en el acto.
¿Qué pasa con María Elena?
Bean se marcha a San Antonio para ver a su adorada Lillie actuar en un teatro. Deja atrás a una María Elena embarazada, prometiéndole un regalo: una cajita de música que toca The Yellow Rose of Texas. Pero allí lo timan, lo dejan sin dinero y no consigue verla.
Cuando regresa, descubre que María Elena ha muerto en el parto. El golpe es tremendo. Decide llamar a la niña Rose, como la canción de la cajita. Intenta hacer justicia colgando al médico, pero Gass, un abogado que se ha hecho con el poder en el pueblo, se lo impide. Bean, destrozado, se aleja del lugar mientras Gass toma el control del pueblo con matones a sueldo.
El regreso del juez y su último acto
Pasan los años. Vinegaroon se ha convertido en una ciudad moderna, con pozos de petróleo y coches por todas partes. Un día, Rose, ya adulta, se encuentra cara a cara con su padre, que ha vuelto montado a caballo, como en los viejos tiempos.
Bean regresa para recuperar su sitio, y lo hace a su manera: a tiros. Persigue a Gass hasta un edificio en llamas y, antes de acabar con él, grita su frase final: “¡Por Texas y por Miss Lilly!”.
El último homenaje
Tiempo después, un tren se detiene cerca del pueblo. De él baja una mujer elegante: Lillie Langtry en persona. Llega tarde, pero aún así quiere ver el lugar donde vivió ese hombre que tanto la idolatraba. Tector, el viejo cuidador del ahora museo The Jersey Lilly, le cuenta la historia del juez Roy Bean. Ella, conmovida, solo puede decir: “Debió de ser un personaje de los que ya no quedan”.
Una despedida a lo grande
El Juez de la Horca mezcla humor negro, western y un retrato muy peculiar del viejo oeste. Roy Bean no fue un héroe clásico, ni mucho menos. Fue un loco entrañable, una figura excéntrica que impuso su ley y vivió obsesionado con una mujer que ni siquiera conocía. Pero al final, dejó huella. Y como todo mito del oeste… su leyenda quedó grabada para siempre.
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