En la que fuera la primera edición de los Goya, esta vacía y soporífera película alzó las estatuillas a mejor película, guion y dirección, lo que es paradójico, pues ninguno de estos aspectos hace gala en las sempiternas dos horas y diez minutos que parecen doblarse ya que no hay enjundia que magnetice al espectador. El personaje principal, un actor itinerante encarnado por un cansino José Sacristán(dicen es bueno, a mí salvo en ¨Las furias¨ nunca me ha convencido), que de tan intenso se cree gran actor, es insulso, al igual que el resto de cómicos carentes de interés. En eso, a base de pequeñas anécdotas que se cortan abrúptamente de forma vulgar que no van, como bien reza el film, a ninguna parte. Un cerolo como la Luna.
Críticas: 2
Pedro Otero Serrano
9
Un viejo actor, probablemente aquejado de alzhéimer, le cuenta su vida a un psicólogo, mezclando, en su desordenada memoria las miserias de su juventud, como cómico de la legua vagando por los caminos, como sus fantasías sobre el oropel del éxito que cree haber conseguido después.
La película trata temas tan diversos como la felicidad conseguida mediante el autoengaño, los lindes de la vocación artística, o el efecto terapéutico de la nostalgia; con la España de entonces, muy bien retratada, como marco omnipresente. El habitual realismo del autor se tizna en esta pieza de una idealización suave, en la misma manera que en el “Extraño Viaje” (1964) se teñía de goticismo. Tal vez esto explique en parte el por qué se trata, con diferencia, de sus dos mejores películas.
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