Ficha El Último Emperador

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Críticas de El Último Emperador (2)




mahotsukai

  • 29 Nov 2019

10



Monumental epopeya biográfica, a cargo del legendario Bernardo Bertolucci.

Biografía de Pu Yi, el último emperador de China que subió al trono con tan sólo 3 años. Gobernó en la Ciudad Prohibida hasta que las fuerzas republicanas, que pretendían abolir la Corte Imperial, lo encerraron entre sus murallas y le obligaron a participar o bien ser testigo de la revolución e iminente advenimiento del Comunismo.

Pu Yi (1906-1967) fue el último emperador de China que gobernó con el título de Emperador Xuantong entre 1908 y 1912 cuando cayó el Gobierno Imperial. A partir de entonces, vivió en forma aislada y con tratamiento de divinidad a pesar el fallido intento de restauración encabezado por el general promonarquista Zhang Xun en 1917. Finalmente, en 1924 el señor de la guerra Feng Yuxiang lo expulsó de la Ciudad Prohibida trasladándose a Tianjin, en una residencia concesión territorial que Japón mantenía en el lugar. Algunos diplomáticos japoneses alimentaron sus ansias reales y le utilizaron como títere para que gobernara como emperador en la región de Manchukuo entre 1934 y 1945. Eventualmente, fue derrocado, enjuiciado, declarado traidor y encarcelado entre 1949 y 1959, desempeñándose como jardinero entre 1959 y 1963 y archivador de la Biblioteca Nacional entre 1963 y 1967, el año de su muerte.

Tras casi 3 años del estreno de “La tragedia di un uomo ridicolo” (1981), drama protagonizado por Ugo Tognazzi sobre un empresario a quien secuentran un hijo, el reconocido director italiano Bernardo Bertolucci se unió al productor británico independiente Jeremy Thomas para concretar una ambiciosa adaptación cinematográfica de la autobiografía de Aisin-Gioro Pu Yi que se traduciría en la vuelta en grande del director de “Novecento” (1976) a las grandes producciones épicas y que le significaría quedarse finalmente con el Oscar al mejor director luego de la nominación de “Ultimo tango a Parigi” (1972), además de 8 Oscares más entre ellos mejor película y guión adaptado. Fastuosa, densa y detallista como pocas, “The Last Emperor” (1987) es el testamento definitivo del italiano sobre cómo abordar el cine desde una perspectiva realista y hereditaria.

Muy dado a las revoluciones históricas con sus triunfos y derrotas materiales y espirituales, Bertolucci presenta un impresionante relato de los dramáticos sucesos y cambios sucedidos en China durante las cuatro primeras décadas del siglo XX y tres convulsos periodos histórico-políticos sucesivos -feudalismo, república y comunismo- tomando como base la increíble vida del último emperador chino, Pu Yi. De esta forma, el film narra su ascenso al trono con apenas 3 años y el tratamiento divino que se le dio hasta su adolescencia en la Corte Imperial, la vida de playboy que se dio tras salir de la Ciudad Prohibida y entregado a las modas y estilos de vida occidentales en la portuaria ciudad de Tianjin, sus relaciones con los japoneses y sus aspiraciones como emperador de Manchuria bajo auspicio de éstos, hasta su caída, encarcelamiento, juicio y degradación imperial, y su posterior reeducación y vida como ayudante de biblioteca y jardinero. Un verdadero viaje de la condición divina a la humillación más ejemplar.

Sin embargo, y he ahí otro de los grandes aciertos narrativos de “The Last Emperor” (1987), el director de “Il Conformista” (1970) muestra su enorme capacidad y elegancia para no sólo abordar la trama desde una perspectiva autobiográfica, sino por ofrecer una verdadera y maravillosa contextualización histórica que permite comprender la fuerza y trascendencia de los cambios sociales en China en el monarca y, por el contrario, los sentimientos del joven emperador y sus actos que poco a poco van perdiendo impacto en la historia de su país. Pu yi es un personaje trágico que después de la inconsciencia espacial y atemporal de su naturaleza divina deambula sin encontrar su lugar en un mundo que va cambiando violentamente, perdiéndolo todo -desde su carácter divino y el lujo, la presencia de fuertes figuras femeninas hasta su propio honor y lealtad para con su pueblo, quedándole sólo la memoria.

Paradójicamente mientras él va perdiéndolo todo su pueblo terminará por encontrar su propio camino; mientras menos divino y esclavizado sea su corazón y su espíritu, más humano y libre se volverá, aunque ello le signifique transitar por el camino de la humillación. Paradójico también será el hecho que Pu Yi termine siendo un ciudadano llano más, dedicado al trabajo bibliotecario y jardinero y más aún que presencie como su pueblo -que exigía el fin del culto a la persona y el acceso al poder del campesinado y los grupos más pobres de la sociedad china- acepte la instauración y enquistación del culto a Mao Zedong en el marco de la llamada Revolución Cultural. Un hecho que pareciera confirmar la tendencia crónica de las revoluciones de terminar por reponer una figura totalitaria como aquella a las que suelen combatir.

No obstante, “The Last Emperor” (1987), a pesar de ser una espectacular forma de relato histórico, es también un realista y vislumbrante relato dramático de la concepción más humana desprendido de lo divino. Bertolucci, que nunca oculta su gusto por retratar la humanidad más cruda y exponer la sexualidad de una forma quizás demasiado franca, como recordaremos de “Ultimo tango a Parigi” (1972), no duda en sugerir y mostrar varias escenas de contenido sexual, desviación sexual concretamente, crueldad, manipulación psicológica y física, lesbianismo y abuso de sustancias ilícitas como símbolo del desenfreno absoluto que el joven Pu Yi vive en sus épocas de adolescente y joven, una continuación del periodo de divinización imperial al que fue sometido desde temprana edad y que le llevaría a concebir el mundo como un objeto con el cual podía y deshacer. Una reflexión general y franca sobre lo que significa ser considerado una divinidad y el poder absoluto que eso significa ser dueño de todo y disponer sobre los demás.

Entre las decisiones narrativas que se tomaron en el guión cabe mencionar que se realizaron algunos cambios respecto a la veracidad de los hechos narrados, esto a pesar de que Bertolucci contó con un inesperado asesor, Pujie, hermano menor del emperador chino. De esta forma, en “The Last Emperor” (1987) se cuenta que Pu Yi permaneció encerrado varios años en la Ciudad Prohibida, siendo que abandonó el lugar tras la muerte de su madre. También el destino del chaing y amante de la emperatriz fue cambiado, en la película es asesinado, mientras que Pu Yi evitó en la vida real que los japoneses lo hicieran. Por otra parte, como ya esbozamos, Bertolucci retrató sin tapujos la vida sexual del emperador, a pesar que en sus memorias el emperador confesó que nunca tuvo relaciones sexuales con sus esposas. Pero lo más anecdótico sería la censura que en Japón se haría de la escena de la Masacre de Nanjing (en contra de la población china a manos de los japoneses) que enfureció a Bertolucci y obligó a los distribuidores nipones a disculparse y tratar de explicar lo inexplicable.

Claro que no basta con que el guión adaptado de Mark Peploe ostente un excelente desarrollo narrativo y enunciativo para que esta verdadera clase magistral de historia contemporánea envuelva al espectador, porque por supuesto requiere que el director tenga un excelente manejo del timing y que además esté decidido a impresionar visualmente al espectador. Bertolucci lo tenía claro desde un principio y no escatimaría en dedicarle casi 4 años de pre-producción, rodaje y postproducción para cumplir con tal objetivo. Había propuesto al gobierno chino dos proyectos (la otra era una adaptación de “La Conditione Humaine” (1933) de André Malraux) y los orientales habían optado por la adaptación de la autobiográfica de Pu yi, pensando seguramente en que evidentemente el protagonista y el film tenían un marcado sentimiento antiamericanista, además de mostrar la grandeza de la cultura china. Las exigencias de Bertolucci, no obstante, eran tan grandes que demandaría que Thomas se las arreglara para conseguir la autorización del propio gobierno chino para rodar en la mismísima Ciudad Prohibida, siendo “The Last Emperor” (1987) la primera película a la que se autorizaba el uso de los magníficos escenarios en una película occidental.

Esta enorme ventaja le permitiría al futuro director de “Io ballo da sola” (1996) dar rienda suelta a su gigantesca concepción fílmica y visual, encontrando en el extraordinario fotógrafo italiano Vittorio Storaro el cómplice perfecto. Storaro había mostrado su genialidad al hacerse cargo de la fotografía del clásico “Apocalypse Now” (1979) de Francis Ford Coppola por la cual ganaría su primer Oscar y había repetido el galardón en “Reds” (1981) de Warren Beatty y su ambicioso concepto fotográfico sobre las tonalidades y los estados de ánimo del espectador calzaban perfectos para un film dramático sobre la vida misma de una deidad devenido en hombre. Así, Storaro daría rienda suelta a su talento y filosofía artística regalando una verdadera muestra de esplendor visual de colores cálidos para los flashbacks, especialmente en la primera parte de la película filmada en la Ciudad Prohibida, y azules grisaseos para los años de conflicto.

Obsesionado con el detalle más pequeño, la dirección artística encabezada por Ferdinando Scarfiotti, Bruno Cesari y Osvaldo Desideri no descuidaría ningún aspecto y cumpliría con las mayores exigencias de Bertolucci a la hora de reproducir escenarios y decorados, vestuario y maquillaje dando cuenta del lujo imperial y ceremonial de la corte en la Ciudad Prohibida, así como la miseria y el caos revolucionario de las clases menos privilegiadas. En una época en que aún no se creaban extras en forma digital, Thomas logró reunir a más 19 mil extras para las escenas multitudinarias como las de la servidumbre en la corte, los ejércitos y los manifestantes revolucionarios, en donde hasta el ejército chino tuvo participación al hacerse cargo de la coordinación del desplazamiento y coreografía escénica.

Bertolucci reuniría un reparto de bajo perfil, a excepción de la participación del legendario Peter O’Toole (“Lawrence of Arabia”, 1962; “Caligula”, 1979) porque concebiría al grupo de actores como una pieza más en el engranaje de “The Last Emperor” (1987) como epopeya fílmica, en donde lo que realmente importa es el esplendor visual. El hongkongnés John Lone (“M. Butterfly”, 1993) en el que es el papel de su carrera interpreta correctamente a un Pu Yi que trata incansablemente de encontrar su camino, pero al cual su imadurez e inconsciencia espacial le harán pasar por muy malos ratos. Su performance le significaría ser nominado al Globo de Oro al mejor actor. Richard Vuu, Tijger Tsou y Wu Tao interpretaron el papel de Pu Yi a los 3, 8 y 15 años. O’Toole, en tanto, además de engrandecer con su presencia la cinta, se transforma literalmente en un tutor para Lone estableciendo una buena química, muy similar a la que Pu Yi y Reginald Johnson, el diplomático escocés que ofició de tutor, sostuvieron en la vida real.

El resto del reparto estuvo integrado por Joan Chen (“Heaven & Earth”, 1993) como Wan Jung, emperatriz consorte de Pu Yi; Ruocheng Ying como el Gobernador del campo de detención donde Pu Yi es retenido; Victor Wong como Chen Pao Shen, tutor chino del emperador en sus primeros años; Dennis Dun como Li; Ryuichi Sakamoto como Amakaso, general nipón que empujó la candidatura de Pu Yi como emperador de Manchuria; Cary-Hiroyuki Tagawa como Chang.

La banda sonora de “The Last Emperor” sorteó la improbabilidad de un trabajo brillante al reunir al británico David Byrne, el laponés Ryuichi Sakamoto y el chino Cong Su para regalar una de las más emblemáticas y épicas partituras de la década, que le hace total justicia a la monumental obra de Bertolucci. El líder de Talking Heads fue, curiosamente, el compositor de la emblemática melodía principal en donde destacan violines y arpas orientales, pero es Sakamoto quien da cuenta de su versatilidad temática especialmente en “First Coronation” y “Open Door”. Otros cortes interesantes son “Red Guard” y “The Emperor’s Waltz” en donde el japonés da cuenta de su gran talento. La banda sonora ganaría la categoría en los Oscar, el Globo de Oro y el Grammy.

Y a propósito de premios, además de ganar las 9 nominaciones a los Oscar (película, director, dirección de arte, fotografía, diseño de vestuario, montaje, banda sonora, sonido y guión adaptado), se quedaría con 4 Globos de Oro a la mejor película, mejor director, mejor banda sonora y mejor guión; los BAFTA a la mejor película, al mejor diseño de vestuario y mejor maquillaje; el David di Donatello a la mejor película, mejo director y mejor guión y otros más, con un total de 40 premios.

En resumen, una grandiosa clase de historia sobre los procesos de cambio sociopolítico más radicales del gigante asiático y una notable reflexión sobre lo pequeño que es el hombre, a pesar de sus orígenes y condiciones, y la necesidad de comprender que nada permanece para siempre salvo nuestra memoria, y eso a veces.



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churchburner

  • 10 Jul 2011

7


Banda sonora atrayente, muy bien ambientada, buenos escenarios y muy buenas actuaciones. Quizás un poco larga, pero es una película digns de ver. Buen trabajo de Bertolucci.



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Críticas: 2


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