Críticas de Ivan el Terrible 2: La Conjura de los Boyardos (1)
Pedro Otero Serrano
25 Jan 2025
9
Parece de lógica que, después de los padeceres sufridos, del asesinato y la traición, al zar Iván IVº se le fuera agriando el carácter… pero al progresista Stalin, guardián cuqui de la libertad de los bienpensantes, no se lo pareció. Y le dio igual que se tratara de una realidad histórica. Acabada de rodar en 1946, fue secuestrada y censurada por los güenos durante doce años. El metraje rodado de una tercera parte, patrimonio de la humanidad como cada joya de Eisenstein, fue en su mayor parte arrojado a las llamas. Directamente.
Amén de esta efeméride, el caso es que aquí tenemos a un zar espabilando, convirtiéndose de facto en el monstruo que pintan sus enemigos, y ejerciendo una justicia férrea y bien comprensible, pero brutal. Una y otra vez perdona a los Boyardos, los nobles bien corruptos de su corte, y una y otra vez le vuelven a traicionar. El punto de inflexión llega cuando descubre que asesinaron a su esposa.
El magistral último acto conmueve, aterrador. Los traidores, capitaneados por la pérfida Efrosinia, - epítome del mal que nos recuerda al Hagen Tronje de “Los Nibelungos (1924) -, deciden asesinarle. Reclutan a un fanático bien dispuesto y se disponen a coronar al sobrino Vladimir, hijo de la maligna. Pero “El Terrible” se las vuelve a jugar. Emborracha y viste con las galas reales al sobrinito, le deja que les dirija al templo a oscuras, privilegio del zar, y el tontolaba es asesinado por el sicario boyardo… con la consiguiente decepción y pérdida de la cabeza de su mamá.
Todo ello con las constantes estéticas de la anterior; actuaciones muy expresivas, casi barrocas, aún con evidentes reminiscencias del cine mudo, apabullante escenografía, sinuosa iluminación… pero al tito Stalin no le gustó.
Pedro Otero Serrano
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Parece de lógica que, después de los padeceres sufridos, del asesinato y la traición, al zar Iván IVº se le fuera agriando el carácter… pero al progresista Stalin, guardián cuqui de la libertad de los bienpensantes, no se lo pareció. Y le dio igual que se tratara de una realidad histórica. Acabada de rodar en 1946, fue secuestrada y censurada por los güenos durante doce años. El metraje rodado de una tercera parte, patrimonio de la humanidad como cada joya de Eisenstein, fue en su mayor parte arrojado a las llamas. Directamente.
Amén de esta efeméride, el caso es que aquí tenemos a un zar espabilando, convirtiéndose de facto en el monstruo que pintan sus enemigos, y ejerciendo una justicia férrea y bien comprensible, pero brutal. Una y otra vez perdona a los Boyardos, los nobles bien corruptos de su corte, y una y otra vez le vuelven a traicionar. El punto de inflexión llega cuando descubre que asesinaron a su esposa.
El magistral último acto conmueve, aterrador. Los traidores, capitaneados por la pérfida Efrosinia, - epítome del mal que nos recuerda al Hagen Tronje de “Los Nibelungos (1924) -, deciden asesinarle. Reclutan a un fanático bien dispuesto y se disponen a coronar al sobrino Vladimir, hijo de la maligna. Pero “El Terrible” se las vuelve a jugar. Emborracha y viste con las galas reales al sobrinito, le deja que les dirija al templo a oscuras, privilegio del zar, y el tontolaba es asesinado por el sicario boyardo… con la consiguiente decepción y pérdida de la cabeza de su mamá.
Todo ello con las constantes estéticas de la anterior; actuaciones muy expresivas, casi barrocas, aún con evidentes reminiscencias del cine mudo, apabullante escenografía, sinuosa iluminación… pero al tito Stalin no le gustó.
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