Ficha Al Otro Lado de la Ley

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Críticas de Al Otro Lado de la Ley (1)


Mad Warrior

  • 24 Nov 2024

9



Jodido Steven Zahler, que me ha rajado el vientre, ha metido la mano dentro, ha removido mis tripas y las ha tirado al suelo sin compasión. No había ninguna llave dentro, sino mi incredulidad, bañada en bilis, debido a todas las cosas tan horribles y deprimentes que estaban sucediendo ante mis ojos.
“Nos vamos a meter en un mundo nuevo, un mundo turbio“, dice el personaje de Vince Vaughn. Sí, una jungla urbana envuelta en tinieblas donde hay que cazar leones antes de que ellos te devoren a ti.

Que gentuza como Yorgos Lanthimos, Greta Gerwig o el puñetero Zack Snyder tengan todas las oportunidades para trabajar con los grandes estudios de Hollywood y Zahler no es una de las mayores injusticias del panorama cinematográfico actual. Al él le da igual, sabiendo su opinión sobre los productos que fabrica la industria, todos “llenos de píxeles, movimientos de cámara y mensajes“; ocupado con su trabajo de escritor y compositor, por ahora, con “Al otro Lado de la Ley“, ha engendrado una trilogía de género que rezuma algo que esos mencionados productos y sus respectivos creadores nunca serán capaces de darnos: cine, en estado puro.
Con Mel Gibson a bordo gracias a la influencia de Vaughn esta fue la obra más costosa del de Florida, metiéndose aquí de lleno en la tradición del “hard-boiled“, situando su historia, desde el principio, en las aceras, en callejones nocturnos de los suburbios de Vancouver, envueltos en tenues luces. Un trabajo de fotografía y puesta en escena soberbio para trasladarnos a unos ambientes tan crudos y realistas como a la vez desplazados a un entorno sofisticado sólo correspondiente a la creación cinematográfica. A Quentin Tarantino se le haría la boca agua viendo esta película.

Y al igual que él, Zahler también disfruta dilatando el tiempo que necesitan sus personajes para moverse por el espacio e interaccionar entre ellos. Los que se quejan del ritmo y de la duración de las escenas, y del metraje en general, no entienden nada de nada; el director también es escritor, y en un libro el escritor se toma mucho tiempo describiendo a un personaje y el entorno en el que está moviéndose, y eso es lo que hace Zahler, pero en lugar de una pluma está usando su cámara. Da tiempo a sus personajes para moverse y al espectador para familiarizarse con esta atmósfera y dejar que poco a poco penetre en ella.
Una atmósfera espesa, viciada de tensión, hiperestilizada en su uso de las sombras y las luces (Benji Bakshi es un genio). Mientras Johns (brutal Tory Kittles) sujeta el bate de baseball frente a la puerta de su madre lo único que se escucha es el silencio del entorno; ser parte de esos silencios y lo que aguarda bajo ellos es el elemento que mejor maneja el director. Si algo se respira es suciedad y pérdida, porque este es el mundo de las lacras que sobreviven arrastrándose bajo el asfalto, y nos conviene visitarlo mucho antes de la presentación de los protagonistas, Ridgeman y Lurasetti.

Como un Martin Riggs amargado al que Murtaugh se le murió hace mucho tiempo, Gibson ofrece la cara más negra de los héroes de acción que interpretó antaño, acompañado ahora por un Vaughn de nuevo genial a las órdenes del director. No son dos policías corruptos, sino dos dinosaurios incapaces de entender el mundo en el que viven, y aquí Zahler no hace ninguna concesión a la corrección política; de hecho, y es de agradecer que alguien lo haga, se atreve a observar anomalías de la sociedad actual que otros evitan siquiera comentar por miedo a las típicas reacciones.
Pero el racismo de ciudadanos negros a blancos existe, y la prostitución, y la brutalidad policial, y la actitud demasiado indulgente con los criminales y demasiado condenatoria con la autoridad, y el venenoso sensacionalismo del que hacen gala los medios, y la inmediata indignación por la discriminación hacia una minoría (negros y latinos, ¿minoría en EE.UU.?...¿desde cuándo?). Anomalías a las que Zahler mira de frente con un espíritu reaccionario, pero también honesto y sin pelos en la lengua, o más bien lo hace a través de los ojos del policía de Gibson, especie de contemporáneo Harry Callahan, suspendido por su brutalidad en acto de servicio...

No nos cuesta entonces, al menos no a un servidor, simpatizar con Ridgeman, independientemente de sus opiniones o visión de la sociedad. Con una esposa coja, ex-policía además, y una hija amenazada por los niñatos cabrones del barrio, lo lógico es que quiera cambiar de vida lo más rápido posible.
La corrupción no es moralmente reprochable en esta ocasión ya que él y Lurasetti son ahora civiles. El guión entonces, muy al estilo “tarantiniano“, presenta un buen número de personajes que poco después irán cruzándose por acto de mala suerte. Sin embargo Zahler no se pega a ellos como debiera...

Es al menos curioso. Dedica tiempo, mucho tiempo, al trabajo de investigación en el que se embarcan los protagonistas, dejando la acción a un lado y recreándose en la tediosa rutina que subyace al género policíaco/criminal, raramente vista en el cine. Andrew Dominik, por ejemplo, supo mostrarla bien en “Mátalos Suavemente“ (al igual que Tarantino o Kitano). Largas esperas y conversaciones insignificantes, pero de algún modo necesarias para humanizar a los personajes y hacer que el espectador sea parte del momento, se suceden una tras otra; es un deleite para los oídos escuchar a Gibson y Vaughn enzarzarse en esas afiladas discusiones que parecen escritas por el mismísimo Elmore Leonard.
Por desgracia la atención minuciosa que se pone en las situaciones y en el desarrollo del argumento no sucede de igual manera con los personajes. Les conocemos y les vemos actuar, pero el tiempo dedicado a ellos es menor; si el metraje se alarga hasta más de 2 horas y media es necesaria otra hora para profundizar en las vidas de la esposa malograda y la hija de Ridgeman, la prostituida madre de Johns y su hermano paralítico, la de la novia de Lurasetti, y a su vez en las relaciones que todos ellos mantienen. Estos individuos piden a gritos entrelazarse y compartir su intimidad y sus emociones, pero quizás eso sea demasiado humano para el mundo tan inhumano que concibe el director...

El ejemplo más claro reside en el personaje de Jennifer Carpenter. Se derriba otro cliché: en todas las películas de acción norteamericanas estamos acostumbrados a ver a una persona anónima siendo asesinada por el villano de turno, sin causar el más mínimo efecto; es un extra, no influye en el espectador. Pero Zahler se recrea en la existencia que acaba de imaginar para Kelly Summer, en su frustración, su dolor, otra perdedora más de un sucio mundo de perdedores, madre de un bebé y trabajadora del banco que va a ser atracado. Pese a este ejercicio de introspección tan extraño está claro que va a ser asesinada (lo lleva escrito en la frente con letras enormes).
La trampa está servida con una mala sombra digna de Sam Peckinpah. Ahora se nos quedará en el hígado la imagen de la pobre Kelly con las manos destrozadas, presentada y asesinada en menos de 5 minutos; pero ojalá el guión la hubiese desarrollado más, igual que a la esposa y la hija de Ridgeman, la madre de Johns y la novia de Lurasetti. Una lástima que las mujeres no tengan mucho protagonismo en el cine de Zahler, porque aquí podrían construirse un par de personajes fuertes y carismáticos (para eso están Carpenter, Laurie Holden y Vanessa Calloway en el reparto).

El 3.er acto, que engloba la persecución de ese grupo de espeluznantes ladrones expertos por Ridgeman y Lurasetti y su enfrentamiento en las afueras es una clase maestra de cine. Zahler recuerda a Melville: su tratamiento de la dilatación del tiempo, casi trascendental, acumula la tensión hasta lo insoportable y la libera en dosis de ultraviolencia áspera, abrasiva. Sin piedad.
Por otro lado habría que viajar a los “hard-boiled“ de Westlake para hallar un escenario criminal donde la rabia, el odio y la codicia dominasen con tanta eficacia a los implicados en la trama. Los pequeños giros que se van sucediendo en este escenario único, de nuevo oculto por las sombras, son siempre sorprendentes.

Queda un sabor amargo y una confusa sensación. ¿Quién debería haber ganado y haber perdido? Quizás lo más apropiado, como sucedía en el cine clásico de criminales en el que se inspira el director, es que todos hubiesen perdido, al fin y al cabo nadie gana nunca en este mundo. ¿Pero qué más da la baja recaudación o algunas malas críticas de ignorantes que no entienden nada?
Con no mucha frecuencia aparece en el cine actual una obra tan contundente, sólida y directa. Zahler es una gran promesa, un heredero de Don Siegel, Walter Hill o Peckinpah en toda regla, de los cineastas duros de antaño que hablan de tipos duros, situaciones duras y un mundo duro. Sólo podemos esperar que su siguiente trabajo no tarde en llegar...



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