
Antes de entrar al meollo, conviene ubicarla: esto arranca como un thriller de sobremesa con barniz “psicológico” y acaba en modo Lifetime en llamas. Sharon es una madre que intenta recomponerse tras enviudar, mientras su hijo Anthony va cuesta abajo en el instituto por culpa del acoso.
La llegada de Dylan —el típico chaval carismático que parece caerle del cielo— funciona como “solución”… hasta que deja claro que su objetivo real no es Anthony, sino Sharon. Y ahí la película cambia de carril: de drama adolescente pasa a un juego de manipulación, secretos y una venganza que viene con décadas de retraso.
Lo que funciona (cuando funciona)
La idea de partida tiene gancho: un “salvador” que se mete en una familia rota y, poco a poco, convierte el duelo en una puerta abierta para entrar a vivir. Durante un rato, la peli incluso juega bien con la duda: ¿Dylan está ayudando al chaval o “fabricándose” un acceso a Sharon? Esa ambigüedad, en un thriller de este tipo, es gasolina.
Y hay otra cosa que se le puede reconocer: está bien filmada para lo que es. Varias críticas coinciden en que, al menos, luce decente y tiene ese acabado televisivo limpio que hace que se deje ver sin que parezca grabada con una webcam del 2008.
El problema: el plan es un castillo de naipes
Donde la película se rompe es en el “por qué” y el “para qué”. La motivación de la venganza termina pareciendo tan rebuscada que cuesta comprarla sin desconectar el cerebro. Hay espectadores que lo resumen con una frase demoledora: “¿De verdad todo este circo para vengarte?” Y claro… si el motor de la historia no convence, todo lo demás se vuelve ruido.
A eso súmale dos piedras en la mochila:
- El reparto es irregular. Varias opiniones señalan que el villano (Dylan) es lo más salvable —seductor, inquietante, con esa vibra de “algo no encaja”—, pero que el resto no siempre acompaña. La protagonista, además, genera poca empatía en parte del público, y eso en un thriller donde necesitas sufrir con ella es un problema serio.
- Decisiones de guion que incomodan más por torpes que por atrevidas. El enfoque de “atracción inapropiada” podría haber sido un descenso tenso y sucio a la manipulación… pero a mucha gente le suena a telefilme que confunde provocación con verosimilitud. Y cuando el casting no ayuda, el resultado se vuelve involuntariamente raro.
¿Entonces merece la pena?
Si lo que buscas es un thriller ligero, de esos para poner con el móvil en la mano y soltar algún comentario sarcástico de vez en cuando, puede hacer el apaño: tiene ritmo suficiente para no morirse del todo y algún giro que intenta rematar la jugada.
Pero si quieres una historia con lógica interna, personajes con decisiones mínimamente coherentes y un clímax que te deje con la sensación de “bien jugado”… aquí vas a notar el cartón piedra. La idea prometía más de lo que termina entregando.
Una de esas películas que empiezan con un “bueno, a ver qué tal” y acaban con un “vale, ya está, ¿no?”. Si te llama el morbo del thriller desmadrado, adelante. Si no, hay opciones mejores dentro del propio catálogo Lifetime.
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