
Sirat es una película profundamente sensorial y existencial dirigida por Oliver Laxe que utiliza el viaje físico por el desierto marroquí como reflejo de un viaje interior. La historia sigue a Luis, un padre que recorre raves clandestinas junto a su hijo Esteban en busca de Mar, su hija desaparecida.
En el camino se une a un grupo de jóvenes ravers que, como él, parecen estar huyendo de algo o buscando un sentido que no encuentran en la vida convencional. Lo que comienza como una búsqueda concreta se transforma poco a poco en una experiencia límite, donde la supervivencia, la pérdida y la fe —no necesariamente religiosa— se convierten en los verdaderos motores del relato.
Final explicado de Sirat:La muerte como punto de no retorno
El giro decisivo de Sirat llega con la muerte de Esteban. El accidente del coche que cae por el barranco, llevándose consigo al niño y a la perra Pippa, rompe por completo el sentido original del viaje. Luis ya no es solo un padre que busca a su hija, sino un hombre devastado que ha perdido al hijo que aún tenía a su lado. A partir de ese momento, la película abandona cualquier estructura reconocible de drama o road movie y entra de lleno en un territorio casi espiritual.
La muerte de Esteban no funciona como un clímax narrativo tradicional, sino como una fractura total. Luis queda vacío, sin propósito, moviéndose por inercia. La búsqueda de Mar pierde peso frente a una pregunta mucho más radical: qué hacer cuando ya no queda nada que perder.
El ritual, el caos y las minas
El intento del grupo por canalizar el dolor a través de la música y las drogas desemboca en una tragedia aún mayor. La explosión que mata a Jade y Tonin revela que el terreno está minado, literalmente y de forma simbólica. El espacio que antes representaba libertad, comunión y trance se convierte en un campo de muerte invisible, donde cualquier paso puede ser el último.
Aquí la película deja claro que no hay control posible. No existe estrategia, ni fe ciega en la técnica, ni comunidad que garantice la salvación. El desierto se vuelve una metáfora del mundo: un lugar donde las reglas han desaparecido y la supervivencia depende de algo tan frágil como el azar o la aceptación.
Cruzar el Sirat: avanzar sin pensar
El momento más poderoso del final llega cuando Luis decide caminar hacia la montaña sin ningún plan. No mide, no calcula, no reza. Simplemente avanza. Ha perdido el miedo porque ya lo ha perdido todo. En ese gesto se condensa el sentido del título: el Sirat, el puente entre el infierno y el paraíso, tan estrecho como un cabello y tan afilado como una espada.
Luis cruza porque no espera nada. Bigui muere al intentarlo imitando sus pasos, demostrando que no hay fórmula replicable. Cuando Josh y Steff deciden cerrar los ojos y avanzar, no lo hacen con valentía épica, sino con rendición total. Y eso, paradójicamente, los salva.
El tren y lo que queda después
La escena final, con Luis, Josh y Steff viajando en tren a través del desierto, no es un final feliz en el sentido clásico. Han sobrevivido, sí, pero lo han perdido casi todo: amigos, hijos, certezas, incluso la idea de que el mundo tenga un orden comprensible. El tren no simboliza una victoria, sino una continuidad. La vida sigue, aunque sea cargando con el peso de los muertos.
El viaje termina, pero no hay redención completa. Sirat sugiere que vivir es aceptar esa contradicción: seguir adelante sin garantías, sabiendo que el dolor no desaparece, pero que aun así existe algo —mínimo, frágil— por lo que vale la pena dar el siguiente paso.
El sentido último de Sirat
El final deja claro que Sirat no trata realmente de encontrar a alguien, sino de aprender a soltar. Luis no encuentra a su hija, pierde a su hijo y sobrevive no porque sea fuerte, sino porque ha dejado de resistirse. La película propone una idea incómoda pero poderosa: en un mundo roto, quizá la única forma de cruzar al otro lado sea dejar de intentar controlar el camino.
No hay promesa de un futuro mejor, ni consuelo absoluto. Solo la posibilidad de seguir viviendo, con los ojos cerrados si hace falta, aceptando que el paso entre la vida y la muerte, entre el sentido y el vacío, es tan estrecho como el Sirat.
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