Baramulla (2025) se adentra en el corazón del terror sobrenatural indio con una historia donde las heridas del pasado y los fantasmas del presente se confunden. Lo que comienza como un caso policial en el valle de Cachemira acaba revelando una tragedia ancestral, un acto de redención y un mensaje sobre la convivencia frente al odio.
La maldición de los Sapru: un pasado que nunca descansó
El oficial Ridwaan Sayyed se traslada con su familia a Baramulla para investigar la desaparición del hijo de un político local. Pero lo que parece un caso de secuestro pronto se convierte en algo más oscuro. Los niños desaparecidos —entre ellos su propia hija Noorie— son arrastrados por fuerzas invisibles ligadas a la casa donde viven los Sayyed: una vivienda marcada por una masacre ocurrida en los años noventa.
Allí vivían los Sapru, una familia asesinada durante los disturbios comunales. Sus espíritus quedaron atrapados en ese lugar, ligados a unas flores blancas que solo los niños podían ver. Tocarlas significaba caer bajo la influencia de esa dimensión astral donde los pequeños desaparecían. Lo que nadie sospecha es que los fantasmas no buscan venganza… sino proteger.
Los fantasmas protectores y la traición de Zainab
La historia da un giro cuando se revela que Zainab, una profesora del colegio Blooming Petals, era la misma niña que en el pasado traicionó a los Sapru. Convertida en adulta, repite el patrón: recluta y manipula a estudiantes para un grupo extremista, mientras los espíritus de la familia Sapru intentan salvarlos llevándolos a su plano.
Cuando Ridwaan se acerca demasiado a la verdad, Zainab ordena un ataque contra él. Pero el ciclo del pasado se repite: como en los noventa, la violencia desata la furia de los fantasmas. Poseída por Mansi Sapru, Gulnaar, la esposa de Ridwaan, dispara y mata a Zainab. Poco después, el propio Ridwaan acaba con Juneid, el brazo ejecutor de la conspiración, cerrando así la deuda de sangre que mantenía a los Sapru encadenados al lugar.
Un cierre espiritual: los Sayyed y los Sapru
Tras la muerte de Zainab y Juneid, los niños secuestrados regresan sanos y salvos desde el plano astral. La maldición se rompe, y los espíritus por fin descansan. Ridwaan, reconocido por resolver un caso imposible, comprende que su familia está viva gracias a aquellos mismos fantasmas que un día fueron víctimas.
En un gesto de gratitud, Gulnaar continúa dejando ofrendas para los Sapru, mientras su hijo Ayaan dibuja a Eela, la niña espectral con la que había hecho amistad. La familia se prepara para viajar a Mumbai, donde entregan a Sharad —el último Sapru— una caja con las conchas que su hermana había guardado antes de morir.
El círculo se cierra: el pasado y el presente, la vida y la muerte, el miedo y la compasión, encuentran equilibrio.
Baramulla concluye con una reflexión profunda bajo su envoltorio de terror:
no hay paz sin memoria, ni redención sin empatía. Los fantasmas no buscan venganza; solo que aprendamos de los errores que los crearon.