Bugonia (2025) es una de esas películas que te deja mirando la pantalla varios segundos cuando aparecen los créditos. Y no porque el final sea confuso, sino porque obliga a preguntarte de qué lado estabas… y si estabas tan seguro de tener razón.
El film de Yorgos Lanthimos arranca con una premisa demencial: Michelle (Emma Stone), una poderosa ejecutiva farmacéutica, es secuestrada por Teddy (Jesse Plemons), un hombre convencido de que ella es una alienígena infiltrada en la Tierra para manipular a la humanidad. Lo que comienza como un secuestro teñido de conspiranoia, tortura y discursos anticapitalistas, termina dando un giro inquietante: ¿y si la locura tenía algo de cierto?
Un secuestro que juega con nuestra percepción
Durante gran parte de la película, Lanthimos juega con el espectador para que dude de todos. Teddy no está bien, pero tampoco parece un simple villano. Su trauma personal, la injusticia que señala y su obsesión con el “sistema enfermo” hacen que algo de su discurso resuene… aunque lo mezcle con delirios extraterrestres.
Michelle, en cambio, se muestra segura, brillante y racional… hasta que su frialdad deja entrever que quizá tampoco es tan “humana” como aparenta. Cada discusión entre ambos es un pulso ideológico: capitalismo salvador vs. capitalismo depredador, conspiración vs. confianza ciega en las élites.
Cuando Don, el primo de Teddy, se ve atrapado entre dos verdades imposibles de conciliar, su trágica decisión —quitarse la vida— rompe la balanza. Ya no se trata de quién tiene razón, sino de cuánto daño provoca la obsesión por tenerla.
El giro: ¿manipulación o revelación?
Tras una cadena de engaños, torturas y desesperación, Michelle logra liberarse. Pero antes ejecuta un movimiento calculado: alimentar la fantasía de Teddy para sobrevivir. Le asegura que sí es una alienígena y que existe una forma de “salvar” a su madre.
Teddy, cegado por una última esperanza, acaba causando la muerte de su propia madre. Es aquí cuando la película desvela su mecanismo emocional: ambos bandos, los que creen “saber la verdad”, pueden destruirlo todo a su alrededor sin siquiera cuestionarse.
Minutos después, Teddy muere haciendo estallar el supuesto “teleportador”. Michelle sobrevive, y entonces llega lo verdaderamente perturbador.
¿Era Michelle realmente un alienígena?
El final confirma lo que parecía imposible: Michelle no era una víctima de un conspiranoico… o no del todo. Escapa de la ambulancia, activa su misterioso dispositivo y es transportada a una nave.
Sí, Michelle es efectivamente una Andromedana.
La secuencia final es tan surrealista como devastadora: los alienígenas observan la Tierra como quien evalúa un experimento fallido. Consideran a la humanidad una especie agresiva, incapaz de evolucionar y atrapada en su propio ruido ideológico.
Michelle toma una decisión fría: extinguir a la humanidad. No hay invasión espectacular ni guerra extraterrestre. Solo un “reseteo”. La Tierra queda vacía de humanos… pero no de vida. El planeta vuelve a manos de los animales, como si se pulsara “reiniciar partida sin jugadores”.
¿Qué quiere decir realmente Bugonia?
Lanthimos no firma un “las conspiraciones eran ciertas”.
El mensaje es más cortante: el problema no es si hay aliens o no, sino la incapacidad humana para escuchar y convivir con versiones distintas de la realidad. Teddy tenía razón… en lo que menos importaba. Y lo importante, aquello que sí podía cambiar, lo perdió entre delirios.
El final denuncia un mundo en el que todos creen tener “la verdad definitiva”: el conspiranoico, el poderoso, el marginado, el privilegiado. Esa batalla constante por ganar el relato es lo que termina destruyendo a la humanidad en la película.
Más que un final “alienígena”, Bugonia lanza una advertencia:
Si seguimos discutiendo para vencer y no para comprender, será el fin. Y ni siquiera sabremos por qué.
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