Un ascensor detenido, un misterio en marcha
Séptimo (
Séptimo, 2013) arranca en Buenos Aires con un día aparentemente normal. El abogado Sebastián, interpretado por
Ricardo Darín, se prepara para acudir a un juicio crucial mientras lleva a sus hijos al colegio. Un detalle cotidiano —los niños bajando por las escaleras en lugar de acompañarlo en el ascensor— desata el misterio que sostiene toda la película.
La historia, dirigida por
Patxi Amezcua, se transforma en un rompecabezas psicológico cuando los pequeños desaparecen sin dejar rastro. La tensión crece entre la rutina urbana y un ambiente cada vez más opresivo, como si la ciudad misma conspirara contra su protagonista.
La vida privada como tablero de sospechas
La desaparición de los hijos convierte el edificio y sus vecinos en un laberinto de sospechas. Sebastián se enfrenta a Delia, su ex mujer, a antiguos rencores, a la sombra de un juicio político y hasta a los propios comisarios de policía.
Cada piso del inmueble parece esconder una verdad incómoda. El abogado, incapaz de delegar, se convierte en detective improvisado, recorriendo ascensores averiados, azoteas y pasillos cargados de silencios. Esa búsqueda obsesiva recuerda a la paranoia de personajes atrapados en entornos claustrofóbicos como en
El hombre de al lado.
Final explicado de "Séptimo"
El clímax llega cuando Sebastián, tras una frenética carrera contra el reloj, entrega un rescate para recuperar a sus hijos. Sin embargo, la revelación es aún más perturbadora: la desaparición estaba ligada a su propia esposa Delia, que buscaba escapar con los niños a España y había urdido la trama con ayuda de cómplices.
En el aeropuerto, Sebastián enfrenta a Delia en una escena cargada de tensión íntima y política. La obliga a marcharse sola bajo amenaza de denunciarla, asegurando así la custodia de los niños. La aparente víctima se revela como el verdadero estratega, manipulando la situación a su favor y desenmascarando una red de engaños domésticos.
El trasfondo del desenlace
La película concluye con Sebastián regresando a casa con los hijos, pero no con un triunfo pleno. El espectador descubre que detrás de su lucha legal y moral hay también un hombre capaz de chantajear y ejercer violencia psicológica. No hay inocentes, solo supervivientes en un juego de poder disfrazado de rutina familiar.
Ese desenlace ambivalente abre un interrogante: ¿se trata de un padre que salva a su familia o de un abogado que gana un caso más en el tribunal de la vida? La duda, como la puerta del ascensor del inicio, queda abierta.
Curiosidades de producción
El rodaje de
Séptimo se realizó en localizaciones reales de Buenos Aires, con interiores grabados en edificios céntricos para reforzar la sensación de claustrofobia. La producción contó con apoyo argentino y español, lo que explica el cruce de tonos narrativos entre el thriller europeo y el drama urbano porteño.
Un detalle interesante: el guion fue escrito inicialmente para desarrollarse en Madrid, pero se trasladó a Argentina para aprovechar la fuerza mediática de
Ricardo Darín y el carisma local de
Belén Rueda.
Cierre: la familia como juicio perpetuo
El final de
Séptimo no ofrece certezas, sino un espejo incómodo. La película muestra cómo las grietas emocionales pueden ser más peligrosas que cualquier enemigo externo. La justicia, la traición y el instinto de supervivencia se entrelazan en un relato donde el verdadero juicio se celebra en el ámbito familiar.
Es imposible no pensar en cómo otros thrillers argentinos como
El secreto de sus ojos también usaron lo cotidiano para revelar lo monstruoso. Y aquí, al cerrar el ascensor de ese edificio porteño, queda flotando una ironía amarga: el piso más peligroso de todos no era el séptimo, sino el hogar.
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