Final explicado de “Verano 1993” (2017): la infancia rota y el dolor invisible del duelo
Final explicado de “Verano 1993” (2017): la infancia rota y el dolor invisible del duelo
Por JJ
| Publicado el 14/09/2025
El primer verano sin mamá
Verano 1993 (Estiu 1993, 2017) es la ópera prima de Carla Simón, una de las voces más íntimas y reveladoras del nuevo cine español. Inspirada en su propia experiencia, esta producción galardonada con el Goya a Mejor Dirección Novel retrata con delicadeza la infancia marcada por la ausencia, el desconcierto y el tránsito emocional tras la pérdida.
La pequeña Frida, interpretada con sorprendente sensibilidad por Laia Artigas, se muda desde Barcelona a una zona rural de Cataluña para vivir con sus tíos, después de la muerte de su madre. Un cambio radical que desestabiliza su mundo y la deja sola con preguntas que nadie sabe responder del todo.
De la ciudad al campo: un nuevo hogar sin certezas
El inicio está marcado por la confusión: maletas, despedidas, ritos religiosos improvisados y miradas cargadas de una tristeza contenida. Desde ese primer viaje en furgoneta hasta la masía donde vivirán Marga, Esteve y la pequeña Anna, todo en Frida refleja desconcierto. Su silencio no es pasividad, es resistencia.
La convivencia es áspera, llena de pequeños gestos: Anna quiere jugar; Frida impone barreras. Marga intenta cuidar con paciencia; Frida responde con sabotajes sutiles. El duelo, sin verbalizarse, se filtra en cada escena cotidiana: en un peine tirado, en un rezo sin fe, en una mentira sin maldad.
La directora evita el melodrama y apuesta por la observación. Los planos estáticos, la luz natural, y los silencios prolongados convierten cada gesto en un universo emocional. Como en las mejores cintas de Hirokazu Kore-eda, lo que no se dice pesa más que lo que se grita.
Final explicado de "Verano 1993": una niña que empieza a sentir
La película alcanza su clímax emocional en los últimos días del verano. Después de numerosos intentos de huida, pequeños sabotajes domésticos y la peligrosa escena en la que Frida deja a Anna sola en el bosque, la tensión familiar estalla. Marga, agotada, siente que no puede más. Esteve trata de mediar, pero la niña parece haber asumido el rol de “la otra”, la intrusa.
Frida escucha cómo sus tíos la critican y planea escapar. Se escabulle de noche, mochila al hombro, dispuesta a volver a “su casa”, la que ya no existe. Pero en vez de huir definitivamente, regresa y pasa junto a ellos con una indiferencia fingida, como si no los hubiera oído ni necesitado. En esa escena, sin diálogos, Frida deja claro su dilema: no sabe cómo encajar su tristeza en ese nuevo hogar.
El cierre se produce de forma sutil pero contundente. Frida pregunta a Marga por la muerte de su madre. Es la primera vez que verbaliza su pérdida. Marga, sin infantilizar la respuesta, le explica la enfermedad como un virus imparable. En ese instante, Frida, por fin, llora. Pero no por la caída de la bici, ni por sentirse sola. Llora porque ya puede hacerlo.
¿Por qué lloras? No lo sé
El momento más desgarrador de la película ocurre precisamente cuando nada “objetivo” lo justifica. Después de reír y jugar en familia, Frida rompe a llorar en la cama y solo acierta a decir: “No lo sé”. Es ahí donde el cine de Carla Simón muestra su gran verdad: el duelo infantil no sigue lógica, ni calendario, ni fases predecibles.
Frida no puede racionalizar su dolor. Solo puede vivirlo, y el entorno tiene que aprender a sostenerlo. Por eso el abrazo de Marga en esa última escena tiene más poder curativo que todas las explicaciones religiosas, médicas o familiares que le ofrecieron antes.
Curiosidades y aportes personales de Carla Simón
El guion de Verano 1993 se basa en la historia real de la directora, que también perdió a su madre a causa del VIH en plena infancia. La película no lo menciona explícitamente, pero se deja entrever a través de rumores vecinales, análisis médicos y miradas incómodas.
Rodada en orden cronológico y con actrices no profesionales, la producción permitió a las niñas convivir previamente para crear un vínculo auténtico. El resultado es una química natural, sin artificios, que da a la cinta su textura casi documental.
El rodaje se hizo en una masía de Garrotxa, en Girona, y la fotografía juega constantemente con contrastes de luz: días luminosos frente a noches opresivas, como reflejo del proceso emocional de Frida.
La infancia como campo de duelo
Verano 1993 no necesita grandes giros de guion ni escenas impactantes. Su fuerza reside en lo cotidiano: en una niña que aprende a atarse los zapatos, que entrega un paquete de tabaco a una Virgen o que tiñe de barro una figura religiosa por no recibir lo que esperaba.
Frida, como muchos niños, no sabe poner nombre a lo que siente. Pero poco a poco, y casi sin querer, comienza a construir un nuevo hogar emocional.
La película termina sin certezas, sin grandes frases, sin un epílogo cerrado. Solo queda la imagen de una niña llorando sin saber por qué. Y ese llanto, silencioso y honesto, es quizás la señal más clara de que finalmente ha comenzado a sanar.
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