Hay aeropuertos que funcionan como tránsito, y otros como espejos del pasado. En Cosmética del enemigo (A Perfect Enemy, 2020), dirigida por Kike Maíllo, un exitoso arquitecto se encuentra en el Charles de Gaulle con una misteriosa joven que trastocará todo lo que cree saber de sí mismo. Basada en la novela homónima de Amélie Nothomb, la historia profundiza en un tema universal: el enemigo más feroz suele habitar en nuestra propia conciencia.
El protagonista Jeremiasz Angust, interpretado por Tomasz Kot, parece al inicio un hombre hecho y derecho. Sin embargo, el encuentro con Texel Textor desencadena un relato inquietante que mezcla confesiones, obsesión y crímenes. El guion se mueve entre lo psicológico y lo metafísico, casi como si fuese una partida de ajedrez en la mente del protagonista.
Texel Textor: ¿mujer real o conciencia encarnada?
Texel se presenta primero como una joven holandesa con un pasado turbulento. Habla de oraciones mortales contra compañeras de clase, de obsesiones insanas con mujeres misteriosas y de un asesinato en Montmartre. Angust escucha incrédulo, hasta que descubre un detalle imposible de ignorar: la mujer que Texel afirma haber matado es Isabelle, su esposa desaparecida veinte años atrás.
El golpe de realidad es brutal. Angust sabe que él mismo fue quien acabó con Isabelle. Entonces, ¿quién es realmente Texel? El filme va despejando el enigma: Texel no existe como persona, sino como proyección de la culpa de Angust, una hija no nacida convertida en conciencia encarnada. Su origen holandés es un guiño retorcido: Isabelle iba a marcharse a Ámsterdam antes de morir, y Angust imaginó a su hija creciendo allí. Como en un juego de espejos, cada palabra de Texel revela lo que él intenta ocultar.
El aeropuerto como tumba de hormigón
El escenario tampoco es casual. El aeropuerto que Angust diseñó veinte años atrás está construido sobre el mismo terreno donde ocultó a Isabelle en una mezcla de hormigón. Cada pasillo, cada maqueta manchada de sangre en sus visiones, funciona como recordatorio: él mismo edificó la tumba de su mujer.
Esa elección arquitectónica convierte al espacio en personaje. No es solo un lugar de tránsito, es un mausoleo disfrazado de modernidad. Aquí la puesta en escena recuerda a otros thrillers psicológicos como "Enemy", donde el entorno cotidiano se transforma en metáfora del tormento interno.
Final explicado: la derrota frente al enemigo interior
La tensión culmina en el avión, cuando Angust y Texel se enfrentan cara a cara. Él admite haber asesinado a Isabelle y pide ser castigado. En una alucinación, Texel intenta enterrarlo en hormigón, repitiendo su propio crimen. Pero la pulsión narcisista de Angust prevalece: estrangula a Texel, matando simbólicamente a su conciencia, a su hija no nacida y a cualquier atisbo de redención.
Lo inquietante del desenlace es su ambigüedad. Tras "matar" a Texel, Angust se convence de una mentira: Isabelle sigue viva y, por ende, su hija también. Una ilusión reconfortante que le permite continuar su vida como si nada hubiese pasado. Es aquí donde la frase martillea: “Una mentira necesita repetirse más que la verdad para ser creída”.
El significado de este desenlace
La película concluye mostrando cómo el protagonista no busca redención, sino preservar su narcisismo intacto. En lugar de aceptar la culpa, la sepulta bajo capas de autoengaño. Angust se proclama inocente dentro de su mente, aunque el espectador sabe que vive encarcelado en su mentira.
El desenlace conecta con un tema central: el enemigo más peligroso no es externo, sino interno. Como si de un Edipo moderno se tratara, Jeremiasz carga con la condena de haber destruido a quienes amaba. Y lo más trágico es que prefiere seguir construyendo su arquitectura de engaños antes que aceptar la grieta moral en sus cimientos.
Cierre: un eco perturbador
La historia deja un regusto inquietante. "Cosmética del enemigo" no es un thriller de respuestas fáciles, sino un laberinto psicológico donde lo real y lo imaginado se confunden. La película concluye mostrando que Angust seguirá siendo prisionero de sí mismo, aunque intente huir.
Y es imposible no pensar en que, como la propia arquitectura, la mente humana puede convertirse en una cárcel perfecta: sólida, impenetrable y diseñada por su propio inquilino.
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