“Sed de Mal” (Touch of Evil, 1958) arranca con una explosión en la frontera entre México y Estados Unidos, cuando un coche salta por los aires con una bomba escondida en su interior.
El mexicano Miguel Vargas, fiscal especial que está de luna de miel con su esposa Susie, se ve arrastrado al caso, encabezado por el veterano policía Hank Quinlan. Desde el principio, Vargas desconfía de los métodos de Quinlan, quien, a pesar de su fama, parece esconder una forma muy sucia de impartir justicia. Y no se equivoca.
Final explicado de “Sed de Mal”: justicia contaminada
Quinlan acusa rápidamente a un joven mexicano, Sanchez, colocando dinamita en su casa para incriminarlo. Vargas, que había revisado el mismo lugar minutos antes y vio que esa caja estaba vacía, se da cuenta de que algo huele mal. A partir de ese momento, comienza a desmontar pieza a pieza el castillo de mentiras que Quinlan ha construido durante años.
Pero todo se complica aún más cuando entra en escena Grandi, un mafioso local que quiere destruir la reputación de Vargas. Grandi se alía con Quinlan, le hace volver a beber y entre ambos traman una trampa: drogar a Susie, la esposa de Vargas, encerrarla en un hotel y dejar allí el cadáver de Grandi. El problema es que Quinlan comete un error garrafal: se deja el bastón junto al cuerpo.
Cuando Susie despierta y encuentra el cadáver, todo apunta a que ha sido ella. Vargas estalla y decide ir a por todas. Y ahí es donde entra en juego Pete Menzies, el fiel ayudante de Quinlan. Al descubrir el bastón en la habitación, comprende la verdad: su ídolo es en realidad un criminal. Vargas le convence para grabar una confesión usando un micro oculto.
¿Cómo muere Hank Quinlan?
La tensión llega a su punto máximo cuando Quinlan se da cuenta de que lo están grabando. En un instante de furia y traición, dispara a Menzies, dejándolo gravemente herido. Justo cuando va a matar también a Vargas, Menzies, con sus últimas fuerzas, le dispara y lo mata. La justicia, aunque a un precio muy alto, se abre paso.
Mientras tanto, Susie es liberada y todos los cargos contra ella desaparecen. Al final, todo se cierra con una ironía cruel: Sanchez, el joven acusado al inicio, confiesa que él sí fue el autor del atentado. Pero eso no borra las trampas de Quinlan, ni el daño que ha causado por años.
Un cierre amargo, pero necesario
El final de Sed de Mal es tan demoledor como revelador. Quinlan representa a ese tipo de justicia corrupta que cree que el fin justifica los medios. Lo peor es que, a veces, incluso acierta. Pero el precio de esas “victorias” es demasiado alto. Con su caída, también se derrumba un sistema basado en el abuso de poder, la manipulación y el prejuicio.
El mensaje que deja Orson Welles en esta obra maestra es claro: no basta con que alguien sea culpable, también hay que demostrarlo con integridad. Porque, cuando los que hacen cumplir la ley se saltan las reglas, el daño es mucho mayor que cualquier crimen individual.
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