Hay olor a pólvora en el aire, los cadáveres forman grotescos cuadros sobre el empedrado asfalto, los muros se levantan impasibles, suena el repiquetear de las botas marchando en formación, irascibles rugidos alemanes hacen temblar los huesos de aquellos que escuchan.
Mientras tanto, un hombre permanece escondido, rezando por su salvación, siempre alerta pero ausente en cierto modo. En su cabeza no se oyen gritos, disparos o lamentos...sino bellísimas sonatas interpretadas en piano.
Ese hombre se llama Wladyslaw Szpilman, es ni más ni menos que uno de los mejores pianistas del Mundo y todos le conocen por su dedicación y talento, sin embargo, todo cambiará para él cuando el ejército alemán nacionalsocialista invada Polonia en Septiembre de 1.939. De tocar canciones para la radio pasa a formar parte, junto a su familia, de esos grupos compuestos por polacos de ascendencia judía que son trasladados a un gueto para ser apartados de los demás ciudadanos; la segregación por parte de los teutones es despiadada y nadie parece estar a salvo.
En Agosto de 1.942, mientras los judíos montan en un tren con destino a Treblinka, Szpilman es ayudado por un policía al que conoce, separándose, así, de su familia. Durante días, semanas y meses, al pianista no le queda más remedio que llevar una vida furtiva y clandestina, ocultándose gracias a la ayuda de buenos camaradas y esperando a que el ejército alemán caiga ante el ataque de los aliados al tiempo que la ciudad va reduciéndose a un puñado de escombros...
Tenía unos 15 años, estaba en 2.º de E.S.O.. Mi profesora de música trajo esa mañana un DVD con una portada del todo descorazonadora (una silueta se encontraba de pie en mitad de una calle en ruinas), en la que arriba que se podía leer ¨El Pianista¨ en letras grandes. No puedo describir el espectáculo tan desagradable y doloroso al que fuimos sometidos aquel día, tampoco sé por qué, de entre todos los musicales que hay en la Historia del cine, mi maestra tuvo que elegir esa película...el caso es que cuando terminó, salimos de clase como con un nudo en el estómago.
Ciertamente, la experiencia de Wladyslaw Szpilman encoge el alma a cualquiera. Con sólo 28 años el magnífico pianista se vio expuesto a una carnicería de colosales proporciones, que fue precisamente lo que se vivía en las calles de la Varsovia durante la ocupación alemana; su historia, la de un hombre que siguió en pie, que sobrevivió en el infierno, merecía contarse, y eso hizo en sus memorias, las cuales se vieron publicadas en 1.946. El libro vio su adaptación al cine en 1.950 de la mano del director Jerzy Zarzycki, aunque los censores del Gobierno Comunista dieron fuertes cambios al guión.
Dos años después de la muerte de Szpilman, sería el franco-polaco Roman Polanski, tomando el guión de Ronald Harwood, quien volvería a llevar a la gran pantalla su trágica pero inmortal leyenda; eso le daba la oportunidad al director de encontrar un punto de unión entre su cine y sus raíces. Para los que no lo sepan, él también sufrió de primera mano los desastres de la 2.ª Guerra Mundial cuando era sólo un niño, lo que hace que su visión de los acontecimientos sea demoledora e impasible; Polanski no hace sino mostrar el Holocausto objetivamente poniendo en mitad de él a un hombre corriente enfrentado al horror.
Szpilman no aparece retratado como un gran héroe, sino como un desgraciado superviviente más, alguien a quien no le queda más remedio que resistir entre ruinas y cadáveres; de principio a fin el espectador está sometido a la furia del conflicto sintiéndose tan aislado como el protagonista, a quien las esperanzas de seguir con vida se le agotan con cada disparo de fusil alemán. Sin embargo, no estamos ante una historia original precisamente (¿cuántos films de la guerra, el Holocausto Nazi y sus supervivientes hemos visto ya?) y hay que reconocer que a partir de la hora y cuarto el ritmo decrece bastante. Es la aparición de ese amable oficial alemán lo que hace recuperar el interés.
La primera opción del director para el protagonista fue Joseph Fiennes, aunque más tarde se decantó por Adrien Brody, un actor odiado por muchos (yo me incluyo en ese grupo) que, no obstante, dejó a todos con la boca abierta con su interpretación, lo que además le valió una estatuilla (pero Brody no tiene nada que ver con el Szpilman real físicamente; guarda más parecido con éste Ronan Vibert, quien da vida a Andrzej Bogucki). El resto del plantel ofrece unas muy notables actuaciones, destacando Frank Finlay, Ed Stoppard, Roy Smiles, la guapísima Ruth Platt y un brillante Thomas Kretschmann.
Muy dura, muy amarga, como los hechos reales que narra; lo cierto es que hay que tener estómago para verla hasta el final. Memorable la escena en que Szpilman toca el ¨Nocturno¨ de Chopin frente a Hosenfeld, una secuencia muy significativa con la que Polanski se revela de lo más objetivo: en la guerra, así como todos pueden quitar una vida, también puede haber alguien que se apiade de otra.
Mad Warrior
9
Hay olor a pólvora en el aire, los cadáveres forman grotescos cuadros sobre el empedrado asfalto, los muros se levantan impasibles, suena el repiquetear de las botas marchando en formación, irascibles rugidos alemanes hacen temblar los huesos de aquellos que escuchan.
Mientras tanto, un hombre permanece escondido, rezando por su salvación, siempre alerta pero ausente en cierto modo. En su cabeza no se oyen gritos, disparos o lamentos...sino bellísimas sonatas interpretadas en piano.
Ese hombre se llama Wladyslaw Szpilman, es ni más ni menos que uno de los mejores pianistas del Mundo y todos le conocen por su dedicación y talento, sin embargo, todo cambiará para él cuando el ejército alemán nacionalsocialista invada Polonia en Septiembre de 1.939. De tocar canciones para la radio pasa a formar parte, junto a su familia, de esos grupos compuestos por polacos de ascendencia judía que son trasladados a un gueto para ser apartados de los demás ciudadanos; la segregación por parte de los teutones es despiadada y nadie parece estar a salvo.
En Agosto de 1.942, mientras los judíos montan en un tren con destino a Treblinka, Szpilman es ayudado por un policía al que conoce, separándose, así, de su familia. Durante días, semanas y meses, al pianista no le queda más remedio que llevar una vida furtiva y clandestina, ocultándose gracias a la ayuda de buenos camaradas y esperando a que el ejército alemán caiga ante el ataque de los aliados al tiempo que la ciudad va reduciéndose a un puñado de escombros...
Tenía unos 15 años, estaba en 2.º de E.S.O.. Mi profesora de música trajo esa mañana un DVD con una portada del todo descorazonadora (una silueta se encontraba de pie en mitad de una calle en ruinas), en la que arriba que se podía leer ¨El Pianista¨ en letras grandes. No puedo describir el espectáculo tan desagradable y doloroso al que fuimos sometidos aquel día, tampoco sé por qué, de entre todos los musicales que hay en la Historia del cine, mi maestra tuvo que elegir esa película...el caso es que cuando terminó, salimos de clase como con un nudo en el estómago.
Ciertamente, la experiencia de Wladyslaw Szpilman encoge el alma a cualquiera. Con sólo 28 años el magnífico pianista se vio expuesto a una carnicería de colosales proporciones, que fue precisamente lo que se vivía en las calles de la Varsovia durante la ocupación alemana; su historia, la de un hombre que siguió en pie, que sobrevivió en el infierno, merecía contarse, y eso hizo en sus memorias, las cuales se vieron publicadas en 1.946. El libro vio su adaptación al cine en 1.950 de la mano del director Jerzy Zarzycki, aunque los censores del Gobierno Comunista dieron fuertes cambios al guión.
Dos años después de la muerte de Szpilman, sería el franco-polaco Roman Polanski, tomando el guión de Ronald Harwood, quien volvería a llevar a la gran pantalla su trágica pero inmortal leyenda; eso le daba la oportunidad al director de encontrar un punto de unión entre su cine y sus raíces. Para los que no lo sepan, él también sufrió de primera mano los desastres de la 2.ª Guerra Mundial cuando era sólo un niño, lo que hace que su visión de los acontecimientos sea demoledora e impasible; Polanski no hace sino mostrar el Holocausto objetivamente poniendo en mitad de él a un hombre corriente enfrentado al horror.
Szpilman no aparece retratado como un gran héroe, sino como un desgraciado superviviente más, alguien a quien no le queda más remedio que resistir entre ruinas y cadáveres; de principio a fin el espectador está sometido a la furia del conflicto sintiéndose tan aislado como el protagonista, a quien las esperanzas de seguir con vida se le agotan con cada disparo de fusil alemán. Sin embargo, no estamos ante una historia original precisamente (¿cuántos films de la guerra, el Holocausto Nazi y sus supervivientes hemos visto ya?) y hay que reconocer que a partir de la hora y cuarto el ritmo decrece bastante. Es la aparición de ese amable oficial alemán lo que hace recuperar el interés.
La primera opción del director para el protagonista fue Joseph Fiennes, aunque más tarde se decantó por Adrien Brody, un actor odiado por muchos (yo me incluyo en ese grupo) que, no obstante, dejó a todos con la boca abierta con su interpretación, lo que además le valió una estatuilla (pero Brody no tiene nada que ver con el Szpilman real físicamente; guarda más parecido con éste Ronan Vibert, quien da vida a Andrzej Bogucki). El resto del plantel ofrece unas muy notables actuaciones, destacando Frank Finlay, Ed Stoppard, Roy Smiles, la guapísima Ruth Platt y un brillante Thomas Kretschmann.
Muy dura, muy amarga, como los hechos reales que narra; lo cierto es que hay que tener estómago para verla hasta el final. Memorable la escena en que Szpilman toca el ¨Nocturno¨ de Chopin frente a Hosenfeld, una secuencia muy significativa con la que Polanski se revela de lo más objetivo: en la guerra, así como todos pueden quitar una vida, también puede haber alguien que se apiade de otra.
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