Yo sin embargo, allende la sensación de locura que quiere transmitir el director , no veo que la historia esté bien contada, puesto que me es cuasi imposible diferenciar a los diferentes personajes que pululan por pantalla. Buena ambientación y buenas hechuras para enturbiar la psique de los espectadores.
La fuerza de la lluvia y el resplandor de los rayos dan lugar a un violento temporal que sacude al exterior. Mientras, una joven baila ante un pomposo escenario interior; de repente contemplamos este bello e hipnótico espectáculo a través de unos barrotes...
Y tan rápido como nuestro ojo se adapta al cambio de imagen, desaparece el escenario y los vistosos ropajes de la chica, que continúa imperturbable su danza en una celda vacía y desoladora...
Hubo un lejano y para muchos olvidado tiempo en que el cine servía para conceder imagen y sonido a aquellas impresiones invisibles soterradas bajo la apariencia, escondidas más allá de las formas tangenciales del mundo de la lucidez y la razón, un tiempo en que se exaltaban los misterios de los sueños, el automatismo psíquico, la disgregación entre realidad y surrealidad y el símbolo mediante la renuncia al argumento y la utilización de infinitos recursos formales, haciendo de la cámara un portal o más bien proyector de dichos sueños, pesadillas y todo tipo de imaginerías...
En este contexto surgen multitud de movimientos y sociedades tanto en Europa como en el extranjero; a comienzos de los 20 nacería la Shinkankakuha, grupo de artistas y autores influenciados por el vanguardismo con el objetivo de separarse del clasicismo narrativo y las ideas tradicionales del país nipón para buscar nuevas percepciones e ideas, donde se hallaba Yasunari Kawabata, más tarde galardonado con el Premio Nobel y responsable del argumento en el que se basaría Teinosuke Kinugasa para dar vida a una de sus obras maestras: ¨Kurutta Ippeji¨.
Conocido sobre todo por ¨Jigokumon¨, que realizaría en 1.953 ganando un Oscar y la prestigiosa Palma de Oro en Cannes, el director ya contaba con una extensa carrera a sus espaldas, iniciada tras abandonar su oficio de oyama (actor teatral que interpretaba papeles femeninos) cuando el cine aún daba sus primeros pasos en la nación, colaborando primeramente para Shozo Makino hasta que se hizo con una cámara con la que comenzar sus propios proyectos. El film que nos ocupa, de cuyo guión también se encargaría el propio Kinugasa, refleja a la perfección las obsesiones, inclinaciones e ideas de los intelectuales modernistas japoneses en el momento.
El director consigue arrastrarnos desde el mismo comienzo al subsuelo profundo de la sociedad y su inconsciente, el cual habita entre las frías paredes del manicomio que será el escenario primordial de la ¨historia¨, lugar de ambiente opresor y asfixiante donde las tinieblas devoran el espacio y ocultan la fealdad humana proyectada por los distintos reclusos que moran en sus celdas, cada uno sumergido en su mundo de fantasía y locura; así se abre una brecha entre realidad y fantasmagoría hacia un registro sensible inédito que desbarata claramente todo principio de identificación y elimina todo acceso privilegiado al sentido, donde las sombras se retuercen, las formas se distorsionan y los sueños brotan al exterior.
Pero este principio de narración esquizofrénica no carece de importancia en la desestabilización provocada por ¨Kurutta Ippeji¨, y es que, más allá de sus notables similitudes con la surrealista ¨Un Perro Andaluz¨, la fuerza que posee el periplo de Kinugasa no descansa únicamente en su onirismo perturbador y en la sucesión de desconcertantes secuencias, pues también se nos brinda una historia, la de una tragedia cuyos personajes centrales serán el anciano conserje del centro y una interna que tiempo atrás asesinó a su bebé por la que parece estar obsesionado.
¿Es su mujer? Pronto observaremos a sus hijos interaccionar con el susodicho celador con total confianza...¿serán también sus hijos? Al prescindir la película de cualquier rótulo, técnica heredada de la obra de Murnau ¨El Último¨, su argumento se convierte en un laberinto capaz de acoger toda suerte de interpretaciones; el peor lugar será ocupado desde luego por el espectador que busque a cualquier precio descifrarlo a través de un discurso o conocimiento. En un momento dado, la realidad del guardia también empezará a distorsionarse, a confundirse con la fantasía, siendo su decisión última liberar a la reclusa y marcharse con ella.
Sin embargo este maravilloso sueño, única posibilidad de hallar la paz interior y acallar la culpa (¿fue él culpable de la muerte del bebé?), verá impedida su resolución por los espectros del lugar: los demás pacientes y los ignorantes doctores. Kinugasa se aleja poco a poco del puro surrealismo para profundizar en un drama desolador en el que la salvación no es más que una mera ilusión (en el último tramo de metraje el director recurre a un delirio de secuencias aún más esotéricas y enigmáticas que todo lo anteriormente trascurrido (sobre todo el episodio de la niña iniciando una vida de esposa junto a uno de los reclusos del manicomio), llegando a esa en la que el protagonista ofrece unas máscaras de ¨rostros felices¨ a los enfermos. Máscaras con las que se suprimirá la identidad de los individuos y que él también se pondrá, pronunciando así la sentencia que le condena irrevocablemente. Ante todo, su gesto es una confesión que anula la diferencia con los demás internos...sin duda uno de los momentos más escalofriantes y desgarradores de la Historia del cine), donde se nos brindarán unas actuaciones intensas y conmovedoras, sobresaliendo las de Yoshie Nakagawa, Ayako Ijima, Eiko Minami y por supuesto Masuo Inoue.
Recogiendo el testigo de las técnicas soviéticas de Eisenstein, el expresionismo alemán (en especial de ¨El Gabinete del Dr. Caligari¨) y los trucos y recursos fantásticos de los que ya hacían gala Méliès y Buñuel, ¨Kurutta Ippeji¨ sorprende por su innovador y frenético manejo de cámara (prestando una exacerbada atención a los detalles y practicando un infinito abanico de movimientos) el trabajo de fotografía de Kohei Sugiyama y la elaboración de una estilizada atmósfera de angustia sorda y creciente entreverada de toques grotescos situados absolutamente del lado de la extrañeza.
Ignorada por su rupturismo (no se había hecho nada parecido en el Japón de entonces) y perdida durante más de cuarenta años, una copia sería encontrada por el director en 1.971, restaurándola y volviéndola a poner, para nuestra suerte, en circulación.
Piedra angular de la cinematografía japonesa y mundial que sigue conservando su habilidad para atrapar al espectador en el paréntesis con la realidad que son sus tenebrosas, ensoñadoras e inquietantes imágenes, las cuales demuestran que no es sino en el vampirismo inconexo y la desestructuración formal de lo nunca atisbado donde se halla todo instante perfecto.
Críticas: 3
Pedro Otero Serrano
8
Extraviada por su autor durante 45 años, marcada tanto por el surrealismo como por la entonces moda del psicoanálisis, trata sobre la percepción variable que podemos tener de la locura, expandiendo sus límites y atendiendo a sus matices.
El caso es que el celador de un manicomio, que aceptó el trabajo para cuidar de su esposa a escondidas, - una de las internas -, recibe una visita de su hija que le informa de que va a casarse. En largas y torturadas noches, entre el remordimiento por la locura de su mujer, - de la que se cree culpable -, y el temor por el futuro de la chica, - el mal puede ser hereditario -, el señor llega a temer por su propia lucidez. ¿Dónde acaba?. ¿Dónde comienza?.
Film de un grupo vanguardista de Japón que se hacía llamar “La Escuela de Las Nuevas Percepciones”, con guion de, entre otros, el luego premio nobel Yasunari Kawabata, destaca por el concepto general, y por algunas secuencias determinadas como esa demencia danzante que de alguna forma enmarca la película, esa lluvia torrencial del principio, a modo de anuncio, - que nos recuerda en lo remoto a “El Elemento Del Crimen” (1984) del danés Lars Von Trier -, o esas máscaras felices, ocurrente disimulo en una pesadilla… al que algunos ni siquiera pueden optar. Ni siquiera a la apariencia. A nada. Autoconsciencia nihilista de la fatalidad.
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