Ficha La Patrulla Perdida

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Críticas de La Patrulla Perdida (1)




Mad Warrior

  • 28 Jan 2025

8



Con permiso de la joya de Hiroshi Teshigahara “Woman in the Dunes“, pocas veces en la Historia del cine la arena, su textura, su extensión y su acumulación lograron en pantalla un efecto tan fascinante como aterrador.
Nada parece albergar, pero alberga muchos peligros, todos invisibles, todos presentes. Aun con el obstáculo de la Gran Depresión, el sr. John Ford supo esquivar la precariedad por la que pasaban los estudios y poco después entregaría una de sus mejores obras, de las más sencillas, a la vez de las más complejas...

“La Patrulla Perdida“, como siempre suele pasar en el cine norteamericano, viene de una obra importada, aquí muda y de Gran Bretaña, dirigida por Walter Summers, a su vez basada en la novela “Patrol“, que el polifacético guionista y hábil escritor de historias detectivescas Philip MacDonald publicó en 1.927, imprimiendo en las páginas los recuerdos de su servicio para la caballería británica durante la pequeña guerra que tuvo lugar en las tierras de Mesopotamia cuando el imperio otomano, en un gesto un tanto suicida, decidió enfrentarse a las potencias aliadas.
Un confuso marco bélico de unos cuatro años donde se cruzaron alemanes, rusos, indios y británicos, principales fuerzas defensivas, donde cada imperio poseía sus derechos sobre la tierra y sus recursos. Sin embargo, y pese a las muchas invasiones, masacres, bombardeos en puertos y retiradas que decidieron el curso de esta “yihad“ hasta la rendición del 6.º ejército otomano y el armisticio de 1.918, el libro de MacDonald no sitúa al lector, curiosamente, en ninguna batalla específica, sólo le hace seguir los pasos de una patrulla de diez hombres (sí, él se anticipó a Agatha Christie) que tras un incidente permanece aislada en un pequeño oasis rodeado por las infinitas dunas de esa tierra desconocida y lejana...

En esta segunda adaptación Ford sigue la cronología del libro, incluso el sargento, interpretado por el gran Victor McLaglen (en un suceso aún más curioso, su hermano menor Cyril interpretó el mismo papel en la versión británica), expresa la misma furia cuando el oficial del grupo (en las páginas llamado “el chico“) es alcanzado por una bala enemiga que llega de no se sabe dónde. Esa es la mayor peculiaridad de la historia: separarla de cualquier conflicto bélico; a pesar de que al principio se notifica que la acción transcurre en la contienda de Mesopotamia, bien podría transcurrir en cualquier otra parte.
Sabemos que los soldados son británicos y que sus enemigos son los árabes, pero la guerra, igual que en la novela, queda desdibujada a favor de algo mucho más importante: dar crédito a quienes la protagonizan. El desierto aquí es un lugar más bien simbólico cuyos peligros sirven para desatar la incertidumbre y los miedos interiores de los soldados, perdidos y a la deriva, ni siquiera sin saber contra quienes han de luchar exactamente; Ford llega tal vez demasiado temprano al oasis que será el escenario único de la trama, pero la corta duración de la película, por desgracia, obliga a ello.

Desde el principio dos personajes acaparan la atención, el sargento y el soldado fanático religioso Saunders, que, encarnado aquí por Boris Karloff, se merienda con patatas al resto del reparto. El guión se esmera entonces en realizar un eficaz estudio de personajes mientras la amenaza continúa ahí fuera, una amenaza tan impersonal como el desierto y la propia guerra; se habla de un río al que hay que llegar, ¿pero es el Karun, el Tigris?, qué importa. ¿Es 1.916, 1.918? Los soldados hablan rabiosamente de esos árabes a los que hay que vencer, ¿los de las tribus de los kurdos o los árabes otomanos?
La total ignorancia de la realidad lleva también a la suspensión de la misma y eso ayuda a tensar la atmósfera. El director de fotografía Harold Wenstrom da a la arena de las localizaciones de Arizona y California un brillo especial, llevando la realidad a un plano de pura abstracción, incluso se permite algunos ingeniosos trucos visuales para enfatizar la locura de los protagonistas. La mayor diferencia entre la novela y el guión es la violencia que desatan los soldados entre sí, ya que en las páginas abundaban las discusiones verbales, incluso físicas, y eran habituales los insultos racistas (en especial antisemitas).

Garrett Fort y Dudley Nichols atenúan toda esta tensión y mala sombra y Ford, algo habitual en él, prefiere inclinarse a la camaradería, hasta que la situación se hace más insostenible, tanto dentro como fuera del improvisado campamento; los diálogos entre el genial grupo de actores (casi todos habiendo servido en la 1.ª Guerra Mundial) son una delicia, donde cada uno expresa sus temores, ilusiones, recuerdos, ansias y su abierta opinión sobre la guerra (que la producción sea anterior al Código de Censura permite ciertas libertades).
Ni un solo personaje es privado de una sólida descripción psicológica y emocional (mucho se logra aquí con poco más de una hora de metraje) ni se priva al espectador en ningún momento de la sensación de aventura, hasta arrastrarnos a un clímax lleno de acción, sorpresas y un desenlace extraño y más bien amargo. Grandes actuaciones de Karloff, McLaglen y Wallace Ford, y cómo con tan poco crearía escuela John Ford. Aquí está la semilla que luego engendraría obras como “Hell is for Heroes“, “Los Últimos Comanches“, “La Presa“ o “Depredador“.

Allá donde haya un grupo aislado en un entorno hostil y bajo una amenaza invisible siempre remitirá al clásico “La Patrulla Perdida“ (tanto la versión norteamericana como la original británica).



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