En una conversación bastante atrevida, Asako y Hitomi, compañeras de instituto, hablan sobre los placeres y las vergüenzas de sus sueños sexuales; se trata del descubrimiento de algo que cambia el mundo de Hitomi por completo: la inocencia debe dar paso a la edad adulta. Y observando el aniñado rostro de Tomoyo Harada uno se pregunta si de verdad podrá hacer frente a dicha transición.
Es una suerte que cuente con la historia del siempre interesante Jiro Akagawa, quien de hecho pensó en la actriz mientras la escribía; “Soshun Monogatari“, publicada por Kadokawa Shoten, no iba a tardar en ser adaptada a la gran pantalla...
La mayoría de las películas de Haruki Kadokawa de los años “80 tenían una particularidad: sus heroínas eran chicas elevadas al estatus de “idols“, y las dos más destacadas fueron Hiroko Yakushimaru y Tomoyo Harada (los Raizo Ichikawa y Shintaro Katsu de Kadokawa, podría decirse). Mientras Shinichiro Sawai dirigía “Tragedy of “W“ “, que lograría el éxito de taquilla y varios premios, ya estaba el productor tentándole con otro proyecto protagonizado por la rival de Yakushimaru, y tras el difícil rodaje de aquélla pensó que le convenía “una producción mucho más sencilla“.
Así parece “Soshun Monogatari“, un relato íntimo y pequeño, pero no menos complejo, sobre las inseguridades, los miedos y el ansia de experimentar de Hitomi, adolescente ávida de conocimiento ante las lujuriosas confesiones de su amiga; entonces conoce por accidente a Kajikawa, un hombre maduro cuyos problemas en su empresa de exportación están poniendo en peligro su trabajo. Salpicada de una colorida fotografía, la película tiene el ritmo y el estilo propios de un melodrama clásico, no lejos del romance telenovelesco, cuya protagonista debe encarar diferentes puntos de vista acerca del amor, el deseo, el compromiso, la fidelidad y la traición.
La duda la rodea por culpa de las situaciones que viven varios personajes secundarios: Asako, quien la alimenta con sus pasiones sexuales; Masako, otra compañera cuya relación con un profesor se ha convertido en un escándalo (y que tendrá terribles consecuencias); su padre (el enorme veterano Kunie Tanaka), que ha encontrado a otra mujer con la que se casará pronto, a pesar de que su esposa falleció hace pocos años. La madre desaparecida es lo que más perturba a Hitomi, una imagen de calidez, inocencia, bondad y amor que ya no encuentra en su hogar.
Una imagen que, en una desviación inesperada del argumento, interfiere en ese idolatrado amor adulto encarnado en Kajikawa (¿un intento de recuperar la atención paterna arrebatada por una mujer madura?); y todo se derrumba al desenterrarse otros viejos romances del pasado: el que él vivió con la misma madre de Hitomi. Pero esto es, por desgracia, una versión muy suavizada y sutil de la novela original, la cual empezaba con el asesinato del maduro ejecutivo a manos de la protagonista en el vestíbulo de su compañía. Nada más y nada menos...
El guión que Machiko Nasu se vio obligado a escribir recayó en un factor fundamental: Tomoyo Harada era la protagonista, una ídolo de masas, y así se lo hizo saber Kadokawa a Sawai, quien, consciente de que la película iba a ser un vehículo para el bonito juguete de una gigantesca productora que esperaba llevar a las salas a millones de jóvenes espectadores, atenuó y desechó lo escrito por Akagawa, desde la relación turbulenta que Kajikawa mantenía a espaldas de su propia esposa con la hermana mayor de Hitomi (ausentes en el film) a las conspiraciones surgidas por el rencor de ésta.
Si en el texto el misterio y la intriga se superponían a las múltiples relaciones amorosas (de descripción más erótica) y la protagonista (no fotógrafa, sino miembro del club de atletismo) se convertía en una desagradable mujer fatal, en manos de Sawai la trama no cruza los límites del agridulce melodrama ni Harada va más allá de una adolescente confundida que ha querido jugar a ser adulta sin conocer las tragedias y secretos del mundo adulto. De nada ayudó las dificultades que tuvo la actriz, de carácter tímido y suave voz, para meterse en la piel de un personaje tan desinhibido (no pocas negativas escuchó el director con respecto a algunas escenas controvertidas que quería conservar del libro).
Tampoco ayuda la poquísima química que hay entre Harada y Ryuzo Hayashi, ni que el giro argumental llegue tan temprano en la historia, impidiendo a la pareja poder desarrollar mucho más su relación, ni la poca atención que se le da al padre y la futura madrastra de Hitomi (personajes cruciales, en mi opinión).
Harada, niña dulce e inocente en “The Girl who Leapt through Time“, encuentra aquí su más directo reverso; su maduración como actriz dramática es evidente, pero de ser el guión realmente fiel a la novela se habría extraído mucho más de ello. Las disputas de Kadokawa con sus colaboradores por el deseo de controlar la distribución de sus obras provocaron serios retrasos en el estreno de “Soshun Monogatari“, aun así su paso por la taquilla terminó en otro gran éxito y en otro aluvión de galardones.
Mad Warrior
6
En una conversación bastante atrevida, Asako y Hitomi, compañeras de instituto, hablan sobre los placeres y las vergüenzas de sus sueños sexuales; se trata del descubrimiento de algo que cambia el mundo de Hitomi por completo: la inocencia debe dar paso a la edad adulta. Y observando el aniñado rostro de Tomoyo Harada uno se pregunta si de verdad podrá hacer frente a dicha transición.
Es una suerte que cuente con la historia del siempre interesante Jiro Akagawa, quien de hecho pensó en la actriz mientras la escribía; “Soshun Monogatari“, publicada por Kadokawa Shoten, no iba a tardar en ser adaptada a la gran pantalla...
La mayoría de las películas de Haruki Kadokawa de los años “80 tenían una particularidad: sus heroínas eran chicas elevadas al estatus de “idols“, y las dos más destacadas fueron Hiroko Yakushimaru y Tomoyo Harada (los Raizo Ichikawa y Shintaro Katsu de Kadokawa, podría decirse). Mientras Shinichiro Sawai dirigía “Tragedy of “W“ “, que lograría el éxito de taquilla y varios premios, ya estaba el productor tentándole con otro proyecto protagonizado por la rival de Yakushimaru, y tras el difícil rodaje de aquélla pensó que le convenía “una producción mucho más sencilla“.
Así parece “Soshun Monogatari“, un relato íntimo y pequeño, pero no menos complejo, sobre las inseguridades, los miedos y el ansia de experimentar de Hitomi, adolescente ávida de conocimiento ante las lujuriosas confesiones de su amiga; entonces conoce por accidente a Kajikawa, un hombre maduro cuyos problemas en su empresa de exportación están poniendo en peligro su trabajo. Salpicada de una colorida fotografía, la película tiene el ritmo y el estilo propios de un melodrama clásico, no lejos del romance telenovelesco, cuya protagonista debe encarar diferentes puntos de vista acerca del amor, el deseo, el compromiso, la fidelidad y la traición.
La duda la rodea por culpa de las situaciones que viven varios personajes secundarios: Asako, quien la alimenta con sus pasiones sexuales; Masako, otra compañera cuya relación con un profesor se ha convertido en un escándalo (y que tendrá terribles consecuencias); su padre (el enorme veterano Kunie Tanaka), que ha encontrado a otra mujer con la que se casará pronto, a pesar de que su esposa falleció hace pocos años. La madre desaparecida es lo que más perturba a Hitomi, una imagen de calidez, inocencia, bondad y amor que ya no encuentra en su hogar.
Una imagen que, en una desviación inesperada del argumento, interfiere en ese idolatrado amor adulto encarnado en Kajikawa (¿un intento de recuperar la atención paterna arrebatada por una mujer madura?); y todo se derrumba al desenterrarse otros viejos romances del pasado: el que él vivió con la misma madre de Hitomi. Pero esto es, por desgracia, una versión muy suavizada y sutil de la novela original, la cual empezaba con el asesinato del maduro ejecutivo a manos de la protagonista en el vestíbulo de su compañía. Nada más y nada menos...
El guión que Machiko Nasu se vio obligado a escribir recayó en un factor fundamental: Tomoyo Harada era la protagonista, una ídolo de masas, y así se lo hizo saber Kadokawa a Sawai, quien, consciente de que la película iba a ser un vehículo para el bonito juguete de una gigantesca productora que esperaba llevar a las salas a millones de jóvenes espectadores, atenuó y desechó lo escrito por Akagawa, desde la relación turbulenta que Kajikawa mantenía a espaldas de su propia esposa con la hermana mayor de Hitomi (ausentes en el film) a las conspiraciones surgidas por el rencor de ésta.
Si en el texto el misterio y la intriga se superponían a las múltiples relaciones amorosas (de descripción más erótica) y la protagonista (no fotógrafa, sino miembro del club de atletismo) se convertía en una desagradable mujer fatal, en manos de Sawai la trama no cruza los límites del agridulce melodrama ni Harada va más allá de una adolescente confundida que ha querido jugar a ser adulta sin conocer las tragedias y secretos del mundo adulto. De nada ayudó las dificultades que tuvo la actriz, de carácter tímido y suave voz, para meterse en la piel de un personaje tan desinhibido (no pocas negativas escuchó el director con respecto a algunas escenas controvertidas que quería conservar del libro).
Tampoco ayuda la poquísima química que hay entre Harada y Ryuzo Hayashi, ni que el giro argumental llegue tan temprano en la historia, impidiendo a la pareja poder desarrollar mucho más su relación, ni la poca atención que se le da al padre y la futura madrastra de Hitomi (personajes cruciales, en mi opinión).
Harada, niña dulce e inocente en “The Girl who Leapt through Time“, encuentra aquí su más directo reverso; su maduración como actriz dramática es evidente, pero de ser el guión realmente fiel a la novela se habría extraído mucho más de ello. Las disputas de Kadokawa con sus colaboradores por el deseo de controlar la distribución de sus obras provocaron serios retrasos en el estreno de “Soshun Monogatari“, aun así su paso por la taquilla terminó en otro gran éxito y en otro aluvión de galardones.
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