La juventud es como una cesta llena de flores. Sus diversos colores transmiten la sensación de la vida eterna, sin embargo esas flores no van a vivir por siempre, de hecho su destino es marchitarse rápidamente.
Eso ocurre con las brillantes luces de la juventud, con sus colores y alegría, que se apagan, dando paso a la oscuridad...
Ese es el tan profundo significado tras el título “Hana-gatami“, la primera gran obra que Kazuo Dan publicó después de ganarse una tremenda popularidad gracias a sus relatos cortos, colecciones de poemas e incluso mangas. Con tan sólo 25 años trata algo que dominaba, consumía y aterrorizaba a la sociedad de su tiempo: el miedo a la guerra, y desde la perspectiva de la juventud; lo hace empleando una imaginación desbordante, a través de descripciones y metáforas que se pierden en detalles ricos y minuciosos, lo que contrasta con esa urgencia y peligro que acorrala a su amplio marco de personajes, cuyas vidas se hayan en pleno florecimiento.
Reclutado para combatir en la Guerra Sino-Japonesa poco después de publicar la novela, Dan refleja ese ansia de querer aprovechar la felicidad y las experiencias antes de que sea tarde; tanto la vida como la muerte se sienten de cerca en el día a día de Toshihiko, Ukai y Kira, compañeros de clase, y de todos los amigos y familiares que les rodean. Nobuhiko Obayashi, que tenía 7 años cuando cayó la bomba en Hiroshima, cerca de su Onomichi natal, comprendía perfectamente a Dan, su deseo y miedo, sus palabras, sus emociones a través de las aventuras de sus protagonistas...
Por eso se enamoró de su novela, hasta el punto de escribir una adaptación cinematográfica; el problema es que fue rechazada en Toho, y en aquella época, finales de los “70, cuando aún ni había llegado el enorme proyecto de “House“, él no contaba con medios ni poder para hacerla realidad. Así que la pospuso y pospuso, y quedó enterrada en el olvido hasta el momento en que, terminada su epopeya en Ashibetsu, “7 Weeks“, le diagnostican un cáncer terminal de pulmón y pocos meses de vida; ese miedo a morir y esa urgencia por aprovechar sus últimos días le retrotrae a “Hana-gatami“.
Y decide que, si ha de realizar un último trabajo será su soñada adaptación, el sueño de toda una vida que tomó forma en 2.016, al fin. Los versos de Dan resuenan en el alma, Obayashi le recuerda, recuerda a toda una generación, la que abandonó su hogar y murió en aquellas guerras lejanas. El tema que lleva tratando en sus recientes películas vuelve con fuerza en la que considera la última parte de su Trilogía Anti-bélica, al menos en apariencia, pues el guión sigue de cerca la novela; sobresale así de nuevo la vena más experimental y delirante y la esencia más ensoñadora y poética que lleva explotando en cámara digital desde “Casting Blossoms to the Sky“.
O, en un término más amplio, la misma que ya expresaba 50 años antes en sus primeros cortometrajes. El protagonista, Toshihiko, se precipita al borde de un barranco de Karatsu, prefectura de Saga, y esta primera acción, este intento de salto que nunca sucede, habla del impulso, el coraje y el miedo a la muerte que retrataba Dan; mientras tanto fondos negros y blancos, figuras de relieve, cortes abruptos y superposición de imágenes en una estética posmoderna y tan artificial que cuesta discernir entre sueño y realidad, un delirio de color, perspectiva y forma de tal potencia onírica que acaba apropiándose del sentido de lo tangible...
Y esto es vital para entender el primer aspecto en el que falla el director: abandonarse demasiado al arte visual, restando así sensación de realidad y credibilidad al drama humano. Tal vez porque este mundo es observado a través de los ojos de Toshihiko, interpretado por Shunsuke Kubozuka de tal manera que le convierte en un joven álter-ego nada disimulado, igual de risueño, ensoñador, inocente y romántico que él, un joven que a simple vista es incapaz de llevar sobre sus hombros el protagonismo de esta historia. Y en efecto, absolutamente incapaz.
Éste toma más bien el lugar del espectador, y observa al resto de personajes que pivotan alrededor. En la imaginativa saturación de la forma, Obayashi apuesta por una atmósfera nostálgica, trágica, de puro melodrama, y que contrasta demasiado con ciertos apuntes absurdos incomprensibles.
Conocemos poco a poco a los demás, a los compañeros del protagonista, el fuerte y apuesto Ukai (a menudo en el libro se le compara con Apolo) y Kira, filosófico, nihilista y físicamente débil; también Mina, bella prima de Toshihiko, enferma de tuberculosis y de la que él está enamorado, su tía Keiko, que la cuida en su casa, la reservada prima de Kira (Chitose), la animada amiga de ésta y Mina, Akine...
El mayor problema de estos individuos, pese a darles vida unos carismáticos actores, es que el guión no sabe centrarse bien ni en sus interacciones ni en la función que desempeñan dentro de la trama, que lo único que hace es divagar sin preocuparse por desarrollar relaciones humanas naturales y creíbles. Aquí los personajes, y es curioso dado el cariño que Obayashi les dedica, sólo expresan en voz alta sus pensamientos, ideas y conflictos internos, se pierden en confesiones, filosofan sobre la vida, pero no se relacionan como tal entre sí; están definidos de un modo tan literario y sus reacciones y comportamientos son tan artificialmente teatrales (igual que el estilo visual del film) que empatizar con ellos es muy difícil.
Mina, que debería ser la protagonista, sobre todo porque a su alrededor giran todos, se queda siempre en segundo plano, es una figura simbólica, de la misma forma que Ukai. Kira, si bien sombrío, ambiguo y tal vez el más interesante, pierde toda simpatía e interés por culpa de un incidente violento y muy desagradable (demasiado para contarlo) que provoca al principio de la historia; la reacción de Toshihiko y Ukai hacia él tras esto no se explica ni tiene ningún sentido y podría desaparecer para siempre, que a mí no va a importarme nada de nada, pese a presentar un pasaje tan impactante como es su relación incestuosa con Chitose.
Mientras tanto, Akine es un cero a la izquierda y Toshihiko les observa continuamente como si estuviera frente a un grupo de extraterrestres. El eco de la guerra, que resonaba poderoso en las palabras de Dan, aquí se atisba lejano y débil, tanto que ni se atisba; permanece el recuerdo de los que murieron en ella, gracias a Keiko, la criada anciana, el doctor (brillantes Takako Tokiwa, Wakaba Irie y Tetsuya Takeda) o las amargadas prostitutas, pero el discurso de Obayashi no posee la fuerza que mostró en sus obras previas, y la razón es que éstas se enfocaban en un tema que abarcaba todo el argumento.
Mientras los adultos y ancianos se encierran en sus recuerdos los personajes más jóvenes sienten la necesidad de vivir con urgencia y de resultar útiles a una causa...pero “Hana-gatami“ se bifurca en pedazos de subtramas sin mucho sentido y se pierde en situaciones cuya existencia es un misterio y en el mayor de los casos un absurdo. Incluso Obayashi se toma tiempo para abrir un paréntesis y hablarnos del mismo pueblo de Karatsu, de su pasado y tradiciones, no se sabe muy bien para qué, pues lo despacha en poco tiempo, nada que ver con las extensas reflexiones que nos planteó sobre Nagaoka (en “Casting Blossoms to the Sky“) y Ashibetsu (en “7 Weeks“)...
Dividida la trama en varios capítulos lo único que vemos es a los personajes compartiendo momentos íntimos, un diario de la juventud sin sustancia o escondida de manera torpe...y ésta avanza y avanza (usando “flashbacks“ casi constantemente, lo que llega a irritar hasta la náusea), y aunque entre ellos se producen conflictos, desengaños y romances nada despierta, todo se estanca en un drama aletargado en su propio tedio y desconcierto.
En el último acto la mezcla de recuerdos, fantasías, pasado, presente, futuro y sueños es tan confuso que uno no sabe si lo que está sucediendo es real o no y ya poco o nada importa.
En el drama de los supervivientes de Nagaoka en “Casting Blossoms to the Sky“ y en las almas de las decenas de personajes de “7 Weeks“ era muy fácil entrar, formar parte de ellos, comprenderlos de un modo transparente aun con la dificultad de encarar un gigantesco mosaico humano. Sin embargo “Hana-gatami“ se encierra en un hermético e inaccesible universo, casi imposible de penetrar, de descifrar.
Una lástima ya que su discurso e intención son relevantes, su riesgo visual digno de admiración y el esfuerzo del director, de su equipo y de todos los habitantes de la ciudad de Karatsu, en cuyos bellos paisajes se filmó la película, fue enorme...
Mad Warrior
6
La juventud es como una cesta llena de flores. Sus diversos colores transmiten la sensación de la vida eterna, sin embargo esas flores no van a vivir por siempre, de hecho su destino es marchitarse rápidamente.
Eso ocurre con las brillantes luces de la juventud, con sus colores y alegría, que se apagan, dando paso a la oscuridad...
Ese es el tan profundo significado tras el título “Hana-gatami“, la primera gran obra que Kazuo Dan publicó después de ganarse una tremenda popularidad gracias a sus relatos cortos, colecciones de poemas e incluso mangas. Con tan sólo 25 años trata algo que dominaba, consumía y aterrorizaba a la sociedad de su tiempo: el miedo a la guerra, y desde la perspectiva de la juventud; lo hace empleando una imaginación desbordante, a través de descripciones y metáforas que se pierden en detalles ricos y minuciosos, lo que contrasta con esa urgencia y peligro que acorrala a su amplio marco de personajes, cuyas vidas se hayan en pleno florecimiento.
Reclutado para combatir en la Guerra Sino-Japonesa poco después de publicar la novela, Dan refleja ese ansia de querer aprovechar la felicidad y las experiencias antes de que sea tarde; tanto la vida como la muerte se sienten de cerca en el día a día de Toshihiko, Ukai y Kira, compañeros de clase, y de todos los amigos y familiares que les rodean. Nobuhiko Obayashi, que tenía 7 años cuando cayó la bomba en Hiroshima, cerca de su Onomichi natal, comprendía perfectamente a Dan, su deseo y miedo, sus palabras, sus emociones a través de las aventuras de sus protagonistas...
Por eso se enamoró de su novela, hasta el punto de escribir una adaptación cinematográfica; el problema es que fue rechazada en Toho, y en aquella época, finales de los “70, cuando aún ni había llegado el enorme proyecto de “House“, él no contaba con medios ni poder para hacerla realidad. Así que la pospuso y pospuso, y quedó enterrada en el olvido hasta el momento en que, terminada su epopeya en Ashibetsu, “7 Weeks“, le diagnostican un cáncer terminal de pulmón y pocos meses de vida; ese miedo a morir y esa urgencia por aprovechar sus últimos días le retrotrae a “Hana-gatami“.
Y decide que, si ha de realizar un último trabajo será su soñada adaptación, el sueño de toda una vida que tomó forma en 2.016, al fin. Los versos de Dan resuenan en el alma, Obayashi le recuerda, recuerda a toda una generación, la que abandonó su hogar y murió en aquellas guerras lejanas. El tema que lleva tratando en sus recientes películas vuelve con fuerza en la que considera la última parte de su Trilogía Anti-bélica, al menos en apariencia, pues el guión sigue de cerca la novela; sobresale así de nuevo la vena más experimental y delirante y la esencia más ensoñadora y poética que lleva explotando en cámara digital desde “Casting Blossoms to the Sky“.
O, en un término más amplio, la misma que ya expresaba 50 años antes en sus primeros cortometrajes. El protagonista, Toshihiko, se precipita al borde de un barranco de Karatsu, prefectura de Saga, y esta primera acción, este intento de salto que nunca sucede, habla del impulso, el coraje y el miedo a la muerte que retrataba Dan; mientras tanto fondos negros y blancos, figuras de relieve, cortes abruptos y superposición de imágenes en una estética posmoderna y tan artificial que cuesta discernir entre sueño y realidad, un delirio de color, perspectiva y forma de tal potencia onírica que acaba apropiándose del sentido de lo tangible...
Y esto es vital para entender el primer aspecto en el que falla el director: abandonarse demasiado al arte visual, restando así sensación de realidad y credibilidad al drama humano. Tal vez porque este mundo es observado a través de los ojos de Toshihiko, interpretado por Shunsuke Kubozuka de tal manera que le convierte en un joven álter-ego nada disimulado, igual de risueño, ensoñador, inocente y romántico que él, un joven que a simple vista es incapaz de llevar sobre sus hombros el protagonismo de esta historia. Y en efecto, absolutamente incapaz.
Éste toma más bien el lugar del espectador, y observa al resto de personajes que pivotan alrededor. En la imaginativa saturación de la forma, Obayashi apuesta por una atmósfera nostálgica, trágica, de puro melodrama, y que contrasta demasiado con ciertos apuntes absurdos incomprensibles.
Conocemos poco a poco a los demás, a los compañeros del protagonista, el fuerte y apuesto Ukai (a menudo en el libro se le compara con Apolo) y Kira, filosófico, nihilista y físicamente débil; también Mina, bella prima de Toshihiko, enferma de tuberculosis y de la que él está enamorado, su tía Keiko, que la cuida en su casa, la reservada prima de Kira (Chitose), la animada amiga de ésta y Mina, Akine...
El mayor problema de estos individuos, pese a darles vida unos carismáticos actores, es que el guión no sabe centrarse bien ni en sus interacciones ni en la función que desempeñan dentro de la trama, que lo único que hace es divagar sin preocuparse por desarrollar relaciones humanas naturales y creíbles. Aquí los personajes, y es curioso dado el cariño que Obayashi les dedica, sólo expresan en voz alta sus pensamientos, ideas y conflictos internos, se pierden en confesiones, filosofan sobre la vida, pero no se relacionan como tal entre sí; están definidos de un modo tan literario y sus reacciones y comportamientos son tan artificialmente teatrales (igual que el estilo visual del film) que empatizar con ellos es muy difícil.
Mina, que debería ser la protagonista, sobre todo porque a su alrededor giran todos, se queda siempre en segundo plano, es una figura simbólica, de la misma forma que Ukai. Kira, si bien sombrío, ambiguo y tal vez el más interesante, pierde toda simpatía e interés por culpa de un incidente violento y muy desagradable (demasiado para contarlo) que provoca al principio de la historia; la reacción de Toshihiko y Ukai hacia él tras esto no se explica ni tiene ningún sentido y podría desaparecer para siempre, que a mí no va a importarme nada de nada, pese a presentar un pasaje tan impactante como es su relación incestuosa con Chitose.
Mientras tanto, Akine es un cero a la izquierda y Toshihiko les observa continuamente como si estuviera frente a un grupo de extraterrestres. El eco de la guerra, que resonaba poderoso en las palabras de Dan, aquí se atisba lejano y débil, tanto que ni se atisba; permanece el recuerdo de los que murieron en ella, gracias a Keiko, la criada anciana, el doctor (brillantes Takako Tokiwa, Wakaba Irie y Tetsuya Takeda) o las amargadas prostitutas, pero el discurso de Obayashi no posee la fuerza que mostró en sus obras previas, y la razón es que éstas se enfocaban en un tema que abarcaba todo el argumento.
Mientras los adultos y ancianos se encierran en sus recuerdos los personajes más jóvenes sienten la necesidad de vivir con urgencia y de resultar útiles a una causa...pero “Hana-gatami“ se bifurca en pedazos de subtramas sin mucho sentido y se pierde en situaciones cuya existencia es un misterio y en el mayor de los casos un absurdo. Incluso Obayashi se toma tiempo para abrir un paréntesis y hablarnos del mismo pueblo de Karatsu, de su pasado y tradiciones, no se sabe muy bien para qué, pues lo despacha en poco tiempo, nada que ver con las extensas reflexiones que nos planteó sobre Nagaoka (en “Casting Blossoms to the Sky“) y Ashibetsu (en “7 Weeks“)...
Dividida la trama en varios capítulos lo único que vemos es a los personajes compartiendo momentos íntimos, un diario de la juventud sin sustancia o escondida de manera torpe...y ésta avanza y avanza (usando “flashbacks“ casi constantemente, lo que llega a irritar hasta la náusea), y aunque entre ellos se producen conflictos, desengaños y romances nada despierta, todo se estanca en un drama aletargado en su propio tedio y desconcierto.
En el último acto la mezcla de recuerdos, fantasías, pasado, presente, futuro y sueños es tan confuso que uno no sabe si lo que está sucediendo es real o no y ya poco o nada importa.
En el drama de los supervivientes de Nagaoka en “Casting Blossoms to the Sky“ y en las almas de las decenas de personajes de “7 Weeks“ era muy fácil entrar, formar parte de ellos, comprenderlos de un modo transparente aun con la dificultad de encarar un gigantesco mosaico humano. Sin embargo “Hana-gatami“ se encierra en un hermético e inaccesible universo, casi imposible de penetrar, de descifrar.
Una lástima ya que su discurso e intención son relevantes, su riesgo visual digno de admiración y el esfuerzo del director, de su equipo y de todos los habitantes de la ciudad de Karatsu, en cuyos bellos paisajes se filmó la película, fue enorme...
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