Siempre en el lugar más inoportuno y en el momento menos adecuado, tal vez así es como debe surgir el amor y vivirse las mayores aventuras. En el caso de Tamako y Eiji fue una noche cualquiera en una calle cualquiera del distrito de Roppongi.
Todo se unió: el peligro, el miedo, la ilusión, la pasión...
La existencia de “Yaban-jin no Yoni“ es fruto de una serie de sucesos que confluyeron para estallar en la industria nipona del entretenimiento de mediados de los “80, y el más importante fue la decisión de Hiroko Yakushimaru de abandonarla para siempre. Ésta, aun siendo la artista más famosa del momento, su estado mental y físico empezó a deteriorarse por culpa de las duras producciones de la compañía Kadokawa, a la que pertenecía desde hacía años sin recibir un trato ni un salario adecuado (considerando que sus obras arrasaban en taquilla), y su estatus de celebridad, siempre acosada por los medios de comunicación, sólo empeoraba la cosa.
El anuncio de su retirada supuso una especie de conmoción en el negocio y entonces el presidente de Toei, Shigeru Okada, aprovechó la situación y le ofreció un papel para una película que se realizaría a través de una productora pequeña; al final la estrella no se retiró, simplemente se independizó, lo que el sr. Kadokawa consideró una traición. Desde luego el personaje de Tamako fue concebido con Hiroko en mente, pues se trata de una autora que disfrutó de un fugaz éxito años atrás pero su vida actual es un mero vacío (si bien al menos ella goza de una bonita casa en la playa sin periodistas a su alrededor todo el tiempo...).
Así vive Tamako, lejos de la sociedad, y aun con la esporádica compañía de amigos ella prefiere distanciarse y soñar despierta. Todo lo contrario de Eiji, que tiene los pies en la tierra y conoce de primera mano las miserias y crueldades del mundo real. Dos personajes muy separados uno de otro unidos por la fatalidad; el joven y exitoso Toru Kawashima, que llegó de puro rebote gracias a la recomendación del buen Yusaku Matsuda, elabora un guión muy sencillo basado en dos actos y rematado con un epílogo emocionante. Y durante el 1.º se hace todo lo posible para engancharnos.
Una Hiroko desgarbada, aficionada al alcohol, que va en busca de aventuras en la gran ciudad, y tiene la mala pata de ser el blanco de un grupo de yakuzas. La razón: su jefe ha sido asesinado, aparentemente por una joven prostituta; bulle una trama de traición y deslealtad, sin embargo el guión se centra en la cacería, en unir a la escritora y a Eiji, que no es más que un matón del mismo clan. Ambos señalados, una por la casualidad, otro como chivo expiatorio, mientras el director, entre transeúntes, desata la acción a lo largo de las calles nocturnas y filmando de manera elegante, sin dejar que la violencia llegue a extremos escabrosos.
El 2.º acto, entonces, parece que se retracta de todo lo anterior. Nos refugiamos con la pareja, los peligros de la ciudad quedan atrás, y con ellos también la intriga de los yakuzas, a la cual nunca más regresaremos, las azules playas de la antigua ciudad de Hasaki sustituirán a aquellas bulliciosas calles de Tokyo, el ritmo se mantiene en una constante de tranquilidad y el suspense se diluye. Es curiosa la maniobra de Kawashima, que aunque lleva al herido delincuente a la casa de la escritora no se atraviesa la barrera de lo explícito, todo es insinuación, sugerencia y deseo lejano.
Tamako mantiene la distancia con Eiji, como si ambos siguieran sin pertenecer al mismo mundo a pesar de lo que acaban de vivir. Hiroko no llegará a alcanzar la edad adulta en pantalla en este sentido para desgracia del público masculino; y en otros muchos sentidos la trama deriva en la intrascendencia dando lugar a un guión poco aprovechado: no hay viajes a la ciudad para conocer la situación de los gángsters, no hay participación de los secundarios que vimos anteriormente, no hay introspección en la vida personal de los protagonistas, ni siquiera se consuma el romance entre ellos (al contrario de lo que sucedería en este tipo de historia si la película fuese de facturación norteamericana).
Pero por algún motivo el carisma y la naturalidad de la pareja son suficientes, además de la buena química de Hiroko con el atractivo Kyohei Shibata y la sutileza casi onírica del paisaje gracias a la fotografía de Yonezo Maeda. Sutileza que literalmente volará en pedazos durante un clímax heredado del de “Perros de Paja“, donde la acción y la violencia regresarán por sus fueros, traídas de la ciudad con los miserables yakuzas en calidad de sangrienta venganza. El refugio apacible se parecerá más al escenario de un “western“...
Balas, sangre y fuegos artificiales a la orilla de la playa al estilo hongkonés y presagiando en años la carnicería de “Sonatine“. Y una escena icónica del cine japonés de los “80: Shibata y Hiroko caminando por la arena, la casa echa pedazos de fondo y las bellas melodías “pop“ de “Sutekina Koi no Wasurekatta“ (cantada por ella misma) bañando la atmósfera de melancolía. Kadokawa, por su parte, estaría al borde del infarto: “Yaban-jin no Yoni“, pese a sus evidentes fallos, se convirtió en la segunda película más taquillera de aquel año, y la actriz demostró que su carrera podía perfectamente seguir adelante sin él.
Mad Warrior
6
Siempre en el lugar más inoportuno y en el momento menos adecuado, tal vez así es como debe surgir el amor y vivirse las mayores aventuras. En el caso de Tamako y Eiji fue una noche cualquiera en una calle cualquiera del distrito de Roppongi.
Todo se unió: el peligro, el miedo, la ilusión, la pasión...
La existencia de “Yaban-jin no Yoni“ es fruto de una serie de sucesos que confluyeron para estallar en la industria nipona del entretenimiento de mediados de los “80, y el más importante fue la decisión de Hiroko Yakushimaru de abandonarla para siempre. Ésta, aun siendo la artista más famosa del momento, su estado mental y físico empezó a deteriorarse por culpa de las duras producciones de la compañía Kadokawa, a la que pertenecía desde hacía años sin recibir un trato ni un salario adecuado (considerando que sus obras arrasaban en taquilla), y su estatus de celebridad, siempre acosada por los medios de comunicación, sólo empeoraba la cosa.
El anuncio de su retirada supuso una especie de conmoción en el negocio y entonces el presidente de Toei, Shigeru Okada, aprovechó la situación y le ofreció un papel para una película que se realizaría a través de una productora pequeña; al final la estrella no se retiró, simplemente se independizó, lo que el sr. Kadokawa consideró una traición. Desde luego el personaje de Tamako fue concebido con Hiroko en mente, pues se trata de una autora que disfrutó de un fugaz éxito años atrás pero su vida actual es un mero vacío (si bien al menos ella goza de una bonita casa en la playa sin periodistas a su alrededor todo el tiempo...).
Así vive Tamako, lejos de la sociedad, y aun con la esporádica compañía de amigos ella prefiere distanciarse y soñar despierta. Todo lo contrario de Eiji, que tiene los pies en la tierra y conoce de primera mano las miserias y crueldades del mundo real. Dos personajes muy separados uno de otro unidos por la fatalidad; el joven y exitoso Toru Kawashima, que llegó de puro rebote gracias a la recomendación del buen Yusaku Matsuda, elabora un guión muy sencillo basado en dos actos y rematado con un epílogo emocionante. Y durante el 1.º se hace todo lo posible para engancharnos.
Una Hiroko desgarbada, aficionada al alcohol, que va en busca de aventuras en la gran ciudad, y tiene la mala pata de ser el blanco de un grupo de yakuzas. La razón: su jefe ha sido asesinado, aparentemente por una joven prostituta; bulle una trama de traición y deslealtad, sin embargo el guión se centra en la cacería, en unir a la escritora y a Eiji, que no es más que un matón del mismo clan. Ambos señalados, una por la casualidad, otro como chivo expiatorio, mientras el director, entre transeúntes, desata la acción a lo largo de las calles nocturnas y filmando de manera elegante, sin dejar que la violencia llegue a extremos escabrosos.
El 2.º acto, entonces, parece que se retracta de todo lo anterior. Nos refugiamos con la pareja, los peligros de la ciudad quedan atrás, y con ellos también la intriga de los yakuzas, a la cual nunca más regresaremos, las azules playas de la antigua ciudad de Hasaki sustituirán a aquellas bulliciosas calles de Tokyo, el ritmo se mantiene en una constante de tranquilidad y el suspense se diluye. Es curiosa la maniobra de Kawashima, que aunque lleva al herido delincuente a la casa de la escritora no se atraviesa la barrera de lo explícito, todo es insinuación, sugerencia y deseo lejano.
Tamako mantiene la distancia con Eiji, como si ambos siguieran sin pertenecer al mismo mundo a pesar de lo que acaban de vivir. Hiroko no llegará a alcanzar la edad adulta en pantalla en este sentido para desgracia del público masculino; y en otros muchos sentidos la trama deriva en la intrascendencia dando lugar a un guión poco aprovechado: no hay viajes a la ciudad para conocer la situación de los gángsters, no hay participación de los secundarios que vimos anteriormente, no hay introspección en la vida personal de los protagonistas, ni siquiera se consuma el romance entre ellos (al contrario de lo que sucedería en este tipo de historia si la película fuese de facturación norteamericana).
Pero por algún motivo el carisma y la naturalidad de la pareja son suficientes, además de la buena química de Hiroko con el atractivo Kyohei Shibata y la sutileza casi onírica del paisaje gracias a la fotografía de Yonezo Maeda. Sutileza que literalmente volará en pedazos durante un clímax heredado del de “Perros de Paja“, donde la acción y la violencia regresarán por sus fueros, traídas de la ciudad con los miserables yakuzas en calidad de sangrienta venganza. El refugio apacible se parecerá más al escenario de un “western“...
Balas, sangre y fuegos artificiales a la orilla de la playa al estilo hongkonés y presagiando en años la carnicería de “Sonatine“. Y una escena icónica del cine japonés de los “80: Shibata y Hiroko caminando por la arena, la casa echa pedazos de fondo y las bellas melodías “pop“ de “Sutekina Koi no Wasurekatta“ (cantada por ella misma) bañando la atmósfera de melancolía. Kadokawa, por su parte, estaría al borde del infarto: “Yaban-jin no Yoni“, pese a sus evidentes fallos, se convirtió en la segunda película más taquillera de aquel año, y la actriz demostró que su carrera podía perfectamente seguir adelante sin él.
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