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Daniel Guzmán firma con La deuda una película claramente bienintencionada, pero bastante menos sólida de lo que cabría esperar tras su debut. Desde el arranque se nota que quiere decir muchas cosas importantes —precariedad, vejez, burocracia, especulación—, pero el problema es que la cinta no termina de encontrar la forma adecuada de contarlas.
Va saltando entre el drama social y el thriller sin decidirse del todo, y ese vaivén acaba pasando factura: los diálogos suenan poco naturales, hay situaciones algo forzadas y una necesidad constante de explicarlo todo que resta fuerza al conjunto. A nivel interpretativo también hay desniveles, aunque destacan con claridad Itziar Ituño, muy convincente como madre rota por la pérdida, y Susana Abaitua, que aporta calidez y humanidad en un personaje agradecido.
Al final queda una sensación rara, entre la frustración y el aprecio, porque La deuda apunta temas muy necesarios y valores como la empatía o la redención, pero se queda a medio camino al no saber equilibrar su ambición con una narrativa más contenida y creíble.
Críticas: 2
LorraineWarren
7
La deuda es una de esas películas que te obligan a mirarte un poco hacia dentro sin levantar la voz. Habla de cosas cotidianas —culpa, responsabilidad, vínculos, decisiones que pesan— y lo hace desde un tono muy humano. Daniel Guzmán se entrega por completo al proyecto y eso se nota: su personaje transmite fragilidad, rabia contenida y una dificultad muy reconocible para gestionar el dolor.
Especialmente emotiva resulta su relación con el personaje de Rosario García, donde la película encuentra momentos de cercanía, ironía y una ternura que llega sin forzar, de esas que te pillan desprevenido. El reparto acompaña con solvencia y el conjunto funciona con honestidad. No es una película perfecta, pero sí sincera, y deja poso.
Sales del cine con alguna reflexión rondándote la cabeza, que al final es lo que cuenta. Un notable bien ganado.
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