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Una batalla tras otra no es la cumbre de Paul Thomas Anderson, eso queda claro, pero tiene momentos que te hacen mirar dos veces.
La película funciona sobre todo como espejo de la locura americana:
Sean Penn es un festival de incoherencia, pura energía caótica que representa perfectamente un país que a veces parece no saber ni dónde está parado. Cada vez que aparece, te roba la pantalla sin pedir permiso.
Leonardo DiCaprio, en cambio, se pasa la película como un The Dude perdido en versión Anderson: flojo, desganado… salvo en la escena de la contraseña y la llamada de teléfono, donde al fin deja entrever algo de chispa.
Benicio del Toro tiene un papel corto, pero su sensei se roba la función: misterioso, frío y memorable, como si cada línea que dijera estuviera tallada en piedra.
En resumen, no es un clásico, pero cuando Penn se descontrola, DiCaprio tiene sus chispazos y del Toro aparece, la película encuentra momentos que valen la pena. Un reflejo del caos social americano envuelto en un paquete que, aunque irregular, entretiene más de lo que parece a primera vista.
Basada en la novela de Thomas Pynchon, que he corrido a comprar y tengo en espera de lectura, no es mi película preferida de Paul Thomas Anderson, pero encontramos sus obsesiones habituales: el poder, la culpa y las relaciones marcadas por una violencia que no siempre es física. La película avanza como un duelo moral, con una puesta en escena vertiginosa y algunas de las mejores escenas de acción y persecución que he visto en años. Planos rapidísimos, banda sonora omnipresente, tiroteos y personajes al borde. Muestra, de manera divertida y cínica, la deriva ideológica que vivimos, plagada de extremismos. Se retrata a ambos bandos como auténticos desquiciados.
Sean Penn encarna a un personaje áspero, casi hermético, obsesionado y que arrastra una historia previa. Su actuación es contenida, seca, sostenida en gestos mínimos y estallidos breves de furia. Leonardo DiCaprio, en cambio, ofrece un contrapunto más nervioso y emocional. Su personaje es todo duda, contradicción y deseo de ruptura, y DiCaprio explota esa inestabilidad con una intensidad que roza lo febril. Frente a la dureza pétrea de Penn, DiCaprio es el hombre que quiere creer que aún puede elegir algo distinto. El choque entre ambos es más que ideológico: es vital, dos formas de enfrentar la culpa y la violencia.
Al final, la película nos recuerda que así es la vida: nunca hay victoria ni derrota completa. Solo una batalla tras otra.
Crimen, acción, violencia policial y militar, drama, suspense, inmigración... Son 165 minutos de intensa proyección sin desperdicio alguno que hacen que, el espectador, se sienta satisfecho por la inversión de su dinero en el cine. Una realización sorprendente conduce a Penn, Del Toro, DiCaprio y otros actores/actrices menos conocidos, a «Una batalla tras otra» en un singular e intrépido largo y de ritmo trepidante, sin pausas y con soberbias interpretaciones.
El lenguaje es procaz, la música obsesiva y el montaje inapelable e impecable en un frenesí visual absolutamente apasionante. Película de las que hacen afición por este arte y extraordinariamente ATRAYENTE. .5️⃣/5. ··PICARD··
Una película en pro de los radicales, de un extremo en que si no piensas como yo merces ser destruido y atacado… una Oda a las malas decisiones hechas generación y degeneradas en cadena. Una pérdida de dinero y tiempo, no vale la pena ni para un domingo… mal ejemplo para los menores de 20 años…. Mala película.
Estamos ante la mejor película de Paul Thomas Anderson sin lugar a dudas.
Se trata de una cinta que sorprende constantemente.
No aburre en ningún momento durante sus casi tres horas.
Está fantásticamente actuada por parte de todo el reparto.
La música acompaña de manera excepcional cada escena.
Sumamente recomendable!
Críticas: 6
lmbc
7
Una batalla tras otra es una película muy curiosa ya que parece, por un lado exagerada en su planteamiento pero a la vez la propia realidad de EEUU nos demuestra que tiene sentido lo que nos plantea la película. Tomando Vineland, de Thomas Pynchon, Paul Thomas Anderson hace una especie de remake para adaptar una historia ubicada en los años 60 a otro contexto en cierto modo parecido.
Lo primero que quiero dejar escrito sobre esta película es que me parece exageradísimo lo de los 6 Oscar. Yo al menos no veo nada superlativo en esta película, es más, me parece de las películas más normalitas de Paul Thomas Anderson. Aunque entiendo que estos premios son pura política.
En mi opinión, lo más importante de la película son sus personajes. Le daré especial mención a Sean Penn que es el que se come la película cada vez que aparece con ese personaje tan extravagante. Quizá DiCaprio brilla un poco menos, supongo que el personaje de exguerrillero convertido a tirado tiene menos interés para mí.
La película arriesga ya que en todo momento nos plantea una élite supremacista organizada a modo de grupo secreto. Lo que más me interesa es que Anderson consigue posicionarse en la mitad e incomodar tanto a “izquierdistas“ como a “derechistas“, y al final eso es lo que me interesa y valoro del cine político.
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