En el matsu-no-oroka del gran castillo de Edo un joven daimyo se lanza contra el arrogante maestro de ceremonias Kira Yoshihisa tras hartarse de sus insultos. El desenvainado del arma y el ataque provocan la ira del Shogunato.
Esto da pie a la creación de la elaboradísima venganza de 47 vasallos que pasaría a la Historia y se convertiría en leyenda...
Oficialmente la 26.ª adaptación de la celebérrima gesta de esos guerreros de Ako que a finales de la era Genroku se alzaron contra el poder de la nación, algo insólito en aquellos tiempos, y sacrificaron sus vidas en un gesto de honor y lealtad que sigue trascendiendo a través de los siglos. El tipo de historia para ser producida dentro de los límites de Daiei o Toho, pero a finales de los 70 en Toei también se habían unido a la moda de la recuperación de las fábulas épicas emulando las superproducciones clásicas debido a la pérdida de interés por el cine de acción contemporáneo. ¨Yagyu Ichizoku no Inbo¨ ejemplificó lo bien que le sentó el cambio de miras a la compañía de Shigeru Okada.
Y Kinji Fukasaku ahí, en mitad de todo, quien dejó sus peripecias criminales a un lado para encarar su estreno en el ¨jidai-geki¨/¨ken-geki¨ de primera clase, en lo que fue un rodaje de abultado presupuesto y ponerse al frente de enormes decorados y miles de extras. La recaudación masiva abrió la veda para proseguir esta tendencia y el de Mito fue llamado por su presidente a traer de vuelta y por todo lo alto la leyenda de los 47 samuráis; no se sentía muy conforme debido a dos factores: su mala relación con Kinnosuke Nakamura, ansioso de lograr el papel protagonista, y el no poder contar dicha historia a su manera (queriendo incluir elementos de terror y fantasía).
Por ello deja que el guión lo escriba Koji Takada, en lo que es una revisión, bautizada ¨Ako-jo Danzetsu¨, menos poética, más directa y violenta, de las épicas versiones de Kunio Watanabe y Hiroshi Inagaki. El inicio de la que nos ocupa, sin embargo, nos muestra a un Fukasaku en pleno dominio de sus habilidades rindiendo tributo a los cineastas de antaño; la imagen, rica en detalles gracias a la fotografía de Yoshiro Miyajima y la dirección artística de Tokumichi Igawa, deleita con su bellísimo mosaico de intensos colores. Esta poética de la forma choca de inmediato con la violencia.
Y conociendo al director la violencia se revela cruda y sin paliativos, haciendo hincapié su cámara, ya nerviosa, en la sangre derramada del corredor del castillo, mientras un desagradable (como siempre) Nobuo Kaneko portando el rostro de Yoshihisa se arrastra ante la furia del joven Teruhiko Saigo como Asano. Desde este primer e impactante arranque, el primero elabora, al igual que ya hacía en sus viejas ¨yakuza eiga¨, una disyuntiva de gran importancia: el desafío contra la autoridad; pero el Japón de la posguerra y la recuperación económica no es el de la era Genroku. En este periodo feudal se siguen a ciegas códigos estrictos de honor y castigo, aun así dictados por burócratas cínicos y despiadados.
En adelante, y por medio de Yoshio Oishi, consejero jefe de Asano, quedarán enfrentados los conceptos de ley y justicia y la contradicción de las órdenes, pero sin quebrantar, en ningún momento, el código de honor y rectitud, vitales para que se cimente un sólido discurso acerca de la validez del código establecido por el Gobierno (dokusai-ho) contra el código del honor samurái (bushido), maestro de ceremonias a la hora de reunir a esos fieros sirvientes con el objetivo de vengar a su sacrificado señor (como sucedía con los clanes yakuza de ¨Batallas sin Honor ni Humanidad¨ u otras ¨crook stories¨ modernas).
Takada, y es algo que le viene muy bien a la conocida dinámica de acción colectiva del director, puede que modele el argumento con Oishi de figura central, sin embargo apuesta por sacarle el mayor jugo posible al magnífico reparto coral con el que se cuenta (sobresaliendo algunas de las caras más míticas del cine nipón, desde ¨Sonny¨ Chiba, Mariko Okada, Toru Minegishi, Hiroki Matsukata o Tetsuro Tanba a Shinsuke Ashida, Tsunehiko Watase, Sanae Nakahara, Yoshi Kato o la todavía muy joven Mieko Harada, e incluso por ahí veremos a Toshiro Mifune en un breve pero significativo cameo; desde luego un elenco estelar).
Así que todos y nadie serán los protagonistas, cada uno implicándose en los hechos de un modo u otro y siendo su vida destrozada por la tragedia a la que han sometido el feudo de Ako, próximo a su entera destrucción (destacando tres secuencias que son su pilar inicial donde Fukasaku se presta a la elegancia de los travellings y la composición visual, tanto en los suntuosos escenarios como en las vestimentas, de una belleza sublime: el suicidio ritual de Asano; el otro suicidio, en este caso espiritual, de la esposa Akuri; y por supuesto la noticia del sacrificio del primero en presencia de todos los vasallos, mientras se recita la famosa poesía elegíaca).
No obstante uno de los inconvenientes de la trama en multiperspectiva, y es el único fallo que se le puede achacar al film, es que la numerosidad del casting sobrepasa la atención del guión, que no repara en los secundarios como debiera hacerse, y cuando lo hace no parece ser la forma más adecuada; en lugar de conceder su pequeño tramo de película a introspeccionar en la vida de cada uno (lo que no se considera pues obviamente el metraje se extendería sin problemas a las cuatro horas), prefiere presentarlos a través de descripciones quizás fieles pero leves e incompletas.
De esta manera les vemos pasar por la pantalla algo desdibujados, reaccionando a las consecuencias del curso de la Historia y las órdenes pero sin auténtica voz en ello, siendo algunos ejemplos importantes de ésto el ronin Kazuemon, la esposa y el hijo de Oishi (Riku y Chikara), el tesorero Kurobei e incluso el mismo Yoshihisa y su hijo Uesugi.
Los únicos que gozarán de una verdadera atención son Hashimoto y su esposa Hatsu, cuya fatalidad se cierne sobre ellos cuando el primero, herido en la pierna y amargado al contemplar la vida ociosa a la que se ha abandonado Oishi en lugar de preparar la venganza, también se lanza al vicio y la corrupción.
Retrato íntimo donde nos vapulea el Fukasaku más agrio, invitándonos a conocer de primera mano cómo esa corrupción puede alterar la percepción y la existencia de un samurái sin señor hasta transformarle en una bestia desorientada; y pese a dicha precipitación al vacío, Takada no le arrebata al personaje su intachable ética como guerrero que sigue siendo en espíritu, rechazando el trato de Kobayashi. Ni siquiera a Hatsu, quien, ya convertida en prostituta, prefiere devolver el soborno y preservar el honor (pues aceptándolo y huyendo su sacrificio habría sido en vano).
Y en el centro de todo esto queda Oishi, a cuyo drama nos acercamos en la distancia, no representándose su sufrimiento al tener que fingir mientras espera el día de la venganza, tal cual se relató en otras versiones anteriores (donde también deshechaban el punto de vista de los villanos y su propia opinión acerca de las decisiones del Shogunato, algo que a Fukasaku le interesa mostrar de primera mano). Esta concentración de conflictos emocionales, dilemas morales, traiciones y demás, propios del ¨jidai-geki¨, no extenúa a pesar de su sobriedad, ya que aquél sabe imprimir un ritmo constante a la intriga, uniendo cuidadas secuencias dramáticas con severos estallidos de acción y violencia.
Pero si de acción hablamos la última parte y sus grandes momentos climáticos, los del asalto al castillo de Kira, son un absoluto deleite, no sólo para los amantes del ¨ken-geki¨, sino de todo el cine de aventuras. Sin música y comenzando en plano general con las tropas que avanzan en la nieve (instante que produce escalofríos en la columna y recuerda a los grabados de la época que reprodujeron aquel acontecimiento), en este tramo el director vuelve a su particular modo de exponer el movimiento de la acción, tan estructurado en su caos, y entregándose como nunca a la cámara en mano, nerviosa, desquiciante, tras algunas secuencias de sobria belleza.
Es sin duda lo que podríamos esperar de alguien como él queriendo filmar con el mayor realismo lo que tuvo que ser la matanza librada en el interior del castillo la noche del 14 de Diciembre; mientras Mizoguchi prefirió no enseñar en pantalla el asalto, Fukasaku se recrea en los géisers de sangre, el restallar de las katanas sobre la piel, los trotes en el tatami, la acumulación de cadáveres y el bullicio general, concentrado en habitaciones en las que la cámara avanza de fuera hacia adentro, engulléndonos en el corazón interior de la masacre.
Extenuación pura y dura y épica de masacre humana que habría sido la envidia de habituales del género como Eiichi Kudo, Kenji Misumi, Tokuzo Tanaka o el mismísimo Akira Kurosawa; vale la pena cada segundo de cada duelo que Fukasaku entrega para apreciar su genio como maestro de la acción (y que lo terminará de perfeccionar en su posterior ¨La Leyenda de los Ocho Samuráis¨).
Con respecto a ¨Ako-jo Danzetsu¨ es, por supuesto, con sus múltiples reclamos, un exitazo de taquilla (algo menor que el de la previa ¨Yagyu Ichizoku...¨), y gana en numerosos eventos, destacando en el Festival de Cultura y Arte Nacional de 1.978.
Sí, puede que la película haya triunfado, sin embargo el director se ha sentido presionado por el estudio y sobre todo por Nakamura, y al igual que los vasallos de Ako hicieron con el Shogunato, él se revelará contra los formulismos cinematográficos e históricos haciendo la versión que deseaba, llamada ¨Chushingura Gaiden: Yotsuya Kaidan¨...pero habrá de esperar dieciséis largos años...
Mad Warrior
9
En el matsu-no-oroka del gran castillo de Edo un joven daimyo se lanza contra el arrogante maestro de ceremonias Kira Yoshihisa tras hartarse de sus insultos. El desenvainado del arma y el ataque provocan la ira del Shogunato.
Esto da pie a la creación de la elaboradísima venganza de 47 vasallos que pasaría a la Historia y se convertiría en leyenda...
Oficialmente la 26.ª adaptación de la celebérrima gesta de esos guerreros de Ako que a finales de la era Genroku se alzaron contra el poder de la nación, algo insólito en aquellos tiempos, y sacrificaron sus vidas en un gesto de honor y lealtad que sigue trascendiendo a través de los siglos. El tipo de historia para ser producida dentro de los límites de Daiei o Toho, pero a finales de los 70 en Toei también se habían unido a la moda de la recuperación de las fábulas épicas emulando las superproducciones clásicas debido a la pérdida de interés por el cine de acción contemporáneo. ¨Yagyu Ichizoku no Inbo¨ ejemplificó lo bien que le sentó el cambio de miras a la compañía de Shigeru Okada.
Y Kinji Fukasaku ahí, en mitad de todo, quien dejó sus peripecias criminales a un lado para encarar su estreno en el ¨jidai-geki¨/¨ken-geki¨ de primera clase, en lo que fue un rodaje de abultado presupuesto y ponerse al frente de enormes decorados y miles de extras. La recaudación masiva abrió la veda para proseguir esta tendencia y el de Mito fue llamado por su presidente a traer de vuelta y por todo lo alto la leyenda de los 47 samuráis; no se sentía muy conforme debido a dos factores: su mala relación con Kinnosuke Nakamura, ansioso de lograr el papel protagonista, y el no poder contar dicha historia a su manera (queriendo incluir elementos de terror y fantasía).
Por ello deja que el guión lo escriba Koji Takada, en lo que es una revisión, bautizada ¨Ako-jo Danzetsu¨, menos poética, más directa y violenta, de las épicas versiones de Kunio Watanabe y Hiroshi Inagaki. El inicio de la que nos ocupa, sin embargo, nos muestra a un Fukasaku en pleno dominio de sus habilidades rindiendo tributo a los cineastas de antaño; la imagen, rica en detalles gracias a la fotografía de Yoshiro Miyajima y la dirección artística de Tokumichi Igawa, deleita con su bellísimo mosaico de intensos colores. Esta poética de la forma choca de inmediato con la violencia.
Y conociendo al director la violencia se revela cruda y sin paliativos, haciendo hincapié su cámara, ya nerviosa, en la sangre derramada del corredor del castillo, mientras un desagradable (como siempre) Nobuo Kaneko portando el rostro de Yoshihisa se arrastra ante la furia del joven Teruhiko Saigo como Asano. Desde este primer e impactante arranque, el primero elabora, al igual que ya hacía en sus viejas ¨yakuza eiga¨, una disyuntiva de gran importancia: el desafío contra la autoridad; pero el Japón de la posguerra y la recuperación económica no es el de la era Genroku. En este periodo feudal se siguen a ciegas códigos estrictos de honor y castigo, aun así dictados por burócratas cínicos y despiadados.
En adelante, y por medio de Yoshio Oishi, consejero jefe de Asano, quedarán enfrentados los conceptos de ley y justicia y la contradicción de las órdenes, pero sin quebrantar, en ningún momento, el código de honor y rectitud, vitales para que se cimente un sólido discurso acerca de la validez del código establecido por el Gobierno (dokusai-ho) contra el código del honor samurái (bushido), maestro de ceremonias a la hora de reunir a esos fieros sirvientes con el objetivo de vengar a su sacrificado señor (como sucedía con los clanes yakuza de ¨Batallas sin Honor ni Humanidad¨ u otras ¨crook stories¨ modernas).
Takada, y es algo que le viene muy bien a la conocida dinámica de acción colectiva del director, puede que modele el argumento con Oishi de figura central, sin embargo apuesta por sacarle el mayor jugo posible al magnífico reparto coral con el que se cuenta (sobresaliendo algunas de las caras más míticas del cine nipón, desde ¨Sonny¨ Chiba, Mariko Okada, Toru Minegishi, Hiroki Matsukata o Tetsuro Tanba a Shinsuke Ashida, Tsunehiko Watase, Sanae Nakahara, Yoshi Kato o la todavía muy joven Mieko Harada, e incluso por ahí veremos a Toshiro Mifune en un breve pero significativo cameo; desde luego un elenco estelar).
Así que todos y nadie serán los protagonistas, cada uno implicándose en los hechos de un modo u otro y siendo su vida destrozada por la tragedia a la que han sometido el feudo de Ako, próximo a su entera destrucción (destacando tres secuencias que son su pilar inicial donde Fukasaku se presta a la elegancia de los travellings y la composición visual, tanto en los suntuosos escenarios como en las vestimentas, de una belleza sublime: el suicidio ritual de Asano; el otro suicidio, en este caso espiritual, de la esposa Akuri; y por supuesto la noticia del sacrificio del primero en presencia de todos los vasallos, mientras se recita la famosa poesía elegíaca).
No obstante uno de los inconvenientes de la trama en multiperspectiva, y es el único fallo que se le puede achacar al film, es que la numerosidad del casting sobrepasa la atención del guión, que no repara en los secundarios como debiera hacerse, y cuando lo hace no parece ser la forma más adecuada; en lugar de conceder su pequeño tramo de película a introspeccionar en la vida de cada uno (lo que no se considera pues obviamente el metraje se extendería sin problemas a las cuatro horas), prefiere presentarlos a través de descripciones quizás fieles pero leves e incompletas.
De esta manera les vemos pasar por la pantalla algo desdibujados, reaccionando a las consecuencias del curso de la Historia y las órdenes pero sin auténtica voz en ello, siendo algunos ejemplos importantes de ésto el ronin Kazuemon, la esposa y el hijo de Oishi (Riku y Chikara), el tesorero Kurobei e incluso el mismo Yoshihisa y su hijo Uesugi.
Los únicos que gozarán de una verdadera atención son Hashimoto y su esposa Hatsu, cuya fatalidad se cierne sobre ellos cuando el primero, herido en la pierna y amargado al contemplar la vida ociosa a la que se ha abandonado Oishi en lugar de preparar la venganza, también se lanza al vicio y la corrupción.
Retrato íntimo donde nos vapulea el Fukasaku más agrio, invitándonos a conocer de primera mano cómo esa corrupción puede alterar la percepción y la existencia de un samurái sin señor hasta transformarle en una bestia desorientada; y pese a dicha precipitación al vacío, Takada no le arrebata al personaje su intachable ética como guerrero que sigue siendo en espíritu, rechazando el trato de Kobayashi. Ni siquiera a Hatsu, quien, ya convertida en prostituta, prefiere devolver el soborno y preservar el honor (pues aceptándolo y huyendo su sacrificio habría sido en vano).
Y en el centro de todo esto queda Oishi, a cuyo drama nos acercamos en la distancia, no representándose su sufrimiento al tener que fingir mientras espera el día de la venganza, tal cual se relató en otras versiones anteriores (donde también deshechaban el punto de vista de los villanos y su propia opinión acerca de las decisiones del Shogunato, algo que a Fukasaku le interesa mostrar de primera mano). Esta concentración de conflictos emocionales, dilemas morales, traiciones y demás, propios del ¨jidai-geki¨, no extenúa a pesar de su sobriedad, ya que aquél sabe imprimir un ritmo constante a la intriga, uniendo cuidadas secuencias dramáticas con severos estallidos de acción y violencia.
Pero si de acción hablamos la última parte y sus grandes momentos climáticos, los del asalto al castillo de Kira, son un absoluto deleite, no sólo para los amantes del ¨ken-geki¨, sino de todo el cine de aventuras. Sin música y comenzando en plano general con las tropas que avanzan en la nieve (instante que produce escalofríos en la columna y recuerda a los grabados de la época que reprodujeron aquel acontecimiento), en este tramo el director vuelve a su particular modo de exponer el movimiento de la acción, tan estructurado en su caos, y entregándose como nunca a la cámara en mano, nerviosa, desquiciante, tras algunas secuencias de sobria belleza.
Es sin duda lo que podríamos esperar de alguien como él queriendo filmar con el mayor realismo lo que tuvo que ser la matanza librada en el interior del castillo la noche del 14 de Diciembre; mientras Mizoguchi prefirió no enseñar en pantalla el asalto, Fukasaku se recrea en los géisers de sangre, el restallar de las katanas sobre la piel, los trotes en el tatami, la acumulación de cadáveres y el bullicio general, concentrado en habitaciones en las que la cámara avanza de fuera hacia adentro, engulléndonos en el corazón interior de la masacre.
Extenuación pura y dura y épica de masacre humana que habría sido la envidia de habituales del género como Eiichi Kudo, Kenji Misumi, Tokuzo Tanaka o el mismísimo Akira Kurosawa; vale la pena cada segundo de cada duelo que Fukasaku entrega para apreciar su genio como maestro de la acción (y que lo terminará de perfeccionar en su posterior ¨La Leyenda de los Ocho Samuráis¨).
Con respecto a ¨Ako-jo Danzetsu¨ es, por supuesto, con sus múltiples reclamos, un exitazo de taquilla (algo menor que el de la previa ¨Yagyu Ichizoku...¨), y gana en numerosos eventos, destacando en el Festival de Cultura y Arte Nacional de 1.978.
Sí, puede que la película haya triunfado, sin embargo el director se ha sentido presionado por el estudio y sobre todo por Nakamura, y al igual que los vasallos de Ako hicieron con el Shogunato, él se revelará contra los formulismos cinematográficos e históricos haciendo la versión que deseaba, llamada ¨Chushingura Gaiden: Yotsuya Kaidan¨...pero habrá de esperar dieciséis largos años...
Me gusta (1) Reportar