Aunque en los inicios de la década de los 50 encontremos buenas muestras de un cine negro peculiar en territorio británico, esta obra posee un atractivo muy especial por varias razones.
Antes de que la mítica Hammer se lanzara a distribuir películas de terror y fantástico, se la relacionaba sobre todo con el ¨thriller¨. Coinciden en 1.951 dos individuos de fuertes personalidades: por un lado el sagaz productor Robert Lippert, que firmó un contrato recíproco para llevar sus películas al mercado estadounidense, introduciendo como reclamo a conocidos actores, algunos de ellos ya en horas bajas; por otro el editor reciclado en cineasta Terence Fisher, para quien esta película iba a significar la primera colaboración con la productora, en la cual se consagraría como maestro del terror.
Basada en una novela del genio de la literatura criminal James H. Chase, ¨Man Bait¨ comienza efectivamente en el seno de una humilde librería de barrio donde el encargado Clive se alza como protagonista, ejerciendo su presión en los trabajadores y más tarde hablando con el jefe, Harman, sobre una interesante novela negra de chantaje y asesinato, dando una pista al espectador, y a través de un malicioso guiño, de por qué derroteros se conducirá la trama. Mientras, una presencia se echa en falta, la de una joven trabajadora llamada Ruby, y todo esto parece situarse bajo un signo de mal presagio...
Al aparecer ésta, con la imponente figura ¨monroeiana¨ y la melena rubio platino de una jovencísima Diana Dors, podemos empezar a sospechar que sin duda se trata de una de tantas ¨femmes fatale¨, y nos daríamos de bruces con la realidad; porque si algo revela el retocado libreto de Frederick Knott es la importancia de las apariencias y el engaño, de hecho el film se dividirá en dos partes, y en la primera ésto es esencial (mientras que en la segunda lo será la sospecha, la huida y la investigación policial). Fisher, por su parte, hace gala de su talento para algo vital en su obra: la introspección psicológica de sus personajes y el sumo cuidado en las caracterizaciones.
Dicho cuidado también lo aplica a la creación de atmósferas, absorbentes, de entrañables aires ¨pulp¨ e impregnadas de una sensación de angustia y desesperanza, instaladas en un inopinado escenario como es esa librería (cuya composición de sombras y habitaciones secretas es la idónea para un ¨whodunit¨ de Christie o Carr), y empieza a desfigurar los estereotipos cuando nos percatamos de que no es Ruby la instigadora de las tensiones, sino un monstruo manipulador y sin escrúpulos al que para su desgracia conoce en la librería llamado Hart, cuyos repulsivos actos de chantaje y crimen disparan la intriga, del mismo modo que sucedía con los homólogos Prince y Katherine en ¨Perversidad¨.
Como perversidad es la única emoción que atisbamos en esta relación sorprendente por su extrañeza y la increíble, casi absurda, presión que ejerce el tiparraco sobre la pobre Ruby, tonta como ella sola y más indefensa que un niño, que quiere jugar por un momento a la mujer fatal pero le sale fatal (valga el chiste fácil). Fisher, aprovechando bien la oscuridad perpetua que le brinda la fotografía de Walter Harvey, la atrapa, y con ella a nosotros, en una vorágine de maldades cuyo objetivo es el melancólico Harman, que sabiamente se distancian de las clásicas maniobras del ¨thriller¨ americano.
Aquí no hay discurso moral que valga y las situaciones, si bien a menudo tocadas por lo inverosímil (pero ese es el mayor encanto del cine negro), desprenden un aroma de retorcida malicia tan cercano a Hitchcock (lo vendrá a reforzar la existencia de un baúl para albergar una partida de libros que sirve de ingenioso ataúd improvisado). Harman se hará entonces con el protagonismo, de falso culpable y perseguido por unos agentes de policía adustos y secos, nada que ver con los enérgicos detectives ¨made in U.S.A.¨, mientras otras dos mujeres, opuestas, toman el relevo de la rubia, ambas atrapadas por amor, inevitablemente unido a la fatalidad en su vertiente más ¨langiana¨.
Hay una esposa, sí, pero poco tiempo tenemos de conocerla, y no parece muy importante, aunque haga las veces de detonante de la desgracia. Fisher, muy inteligente él, no permite en ningún momento que reine la desmesura o el efectismo; estamos inmersos en una cacería sin cuartel y las sorpresas se van sucediendo con la introducción de Stella y Vi (encarnadas por la estrella Marguerite Chapman, de delicada belleza y elegancia, y Eleanor Summerfield, quienes sobresalen frente a la exótica exuberancia de Dors), pero se opta por una sobriedad desasosegante unida a la despiadada violencia.
Así, siguiendo los pasos de Harman la presencia de la susodicha violencia se recrudece (porque la maldad de Hart llega a límites insospechados) y al mismo tiempo la tensión. Uno de los actores más célebres del Hollywood clásico, George Brent, quien poco a poco había sido relegado a producciones de bajo presupuesto, no es sólo el mero reclamo de Lippert, sino que encaja de maravilla como ese sufrido y parco dueño de la librería sobre el que la mala suerte se ceba sin compasión; frente a él y los siempre competentes Meredith Edwards y Ray Huntley, Peter Reynolds da vida a uno de los más diábolicos villanos que un servidor haya visto en el género.
En este caso las carencias de presupuesto y algunos trucos narrativos sin sentido no empañan en absoluto las muchas virtudes (interpretativas y formales) que posee esta obra, injustamente enterrada en el olvido. Diana Dors atrae toda nuestra atención y parece imprescindible para conducir el argumento, pero Fisher logra apresarnos sin problemas en los trazos de un suspense agobiante.
Ese suspense que provoca al espectador morderse las uñas, desde el principio hasta el mismo final, y quizás un experto americano del ¨noir¨ no lo habría hecho mejor. Por cierto, el castigo que obtiene Hart es demasiado benevolente; nos deben uno más violento.
Mad Warrior
7
Aunque en los inicios de la década de los 50 encontremos buenas muestras de un cine negro peculiar en territorio británico, esta obra posee un atractivo muy especial por varias razones.
Antes de que la mítica Hammer se lanzara a distribuir películas de terror y fantástico, se la relacionaba sobre todo con el ¨thriller¨. Coinciden en 1.951 dos individuos de fuertes personalidades: por un lado el sagaz productor Robert Lippert, que firmó un contrato recíproco para llevar sus películas al mercado estadounidense, introduciendo como reclamo a conocidos actores, algunos de ellos ya en horas bajas; por otro el editor reciclado en cineasta Terence Fisher, para quien esta película iba a significar la primera colaboración con la productora, en la cual se consagraría como maestro del terror.
Basada en una novela del genio de la literatura criminal James H. Chase, ¨Man Bait¨ comienza efectivamente en el seno de una humilde librería de barrio donde el encargado Clive se alza como protagonista, ejerciendo su presión en los trabajadores y más tarde hablando con el jefe, Harman, sobre una interesante novela negra de chantaje y asesinato, dando una pista al espectador, y a través de un malicioso guiño, de por qué derroteros se conducirá la trama. Mientras, una presencia se echa en falta, la de una joven trabajadora llamada Ruby, y todo esto parece situarse bajo un signo de mal presagio...
Al aparecer ésta, con la imponente figura ¨monroeiana¨ y la melena rubio platino de una jovencísima Diana Dors, podemos empezar a sospechar que sin duda se trata de una de tantas ¨femmes fatale¨, y nos daríamos de bruces con la realidad; porque si algo revela el retocado libreto de Frederick Knott es la importancia de las apariencias y el engaño, de hecho el film se dividirá en dos partes, y en la primera ésto es esencial (mientras que en la segunda lo será la sospecha, la huida y la investigación policial). Fisher, por su parte, hace gala de su talento para algo vital en su obra: la introspección psicológica de sus personajes y el sumo cuidado en las caracterizaciones.
Dicho cuidado también lo aplica a la creación de atmósferas, absorbentes, de entrañables aires ¨pulp¨ e impregnadas de una sensación de angustia y desesperanza, instaladas en un inopinado escenario como es esa librería (cuya composición de sombras y habitaciones secretas es la idónea para un ¨whodunit¨ de Christie o Carr), y empieza a desfigurar los estereotipos cuando nos percatamos de que no es Ruby la instigadora de las tensiones, sino un monstruo manipulador y sin escrúpulos al que para su desgracia conoce en la librería llamado Hart, cuyos repulsivos actos de chantaje y crimen disparan la intriga, del mismo modo que sucedía con los homólogos Prince y Katherine en ¨Perversidad¨.
Como perversidad es la única emoción que atisbamos en esta relación sorprendente por su extrañeza y la increíble, casi absurda, presión que ejerce el tiparraco sobre la pobre Ruby, tonta como ella sola y más indefensa que un niño, que quiere jugar por un momento a la mujer fatal pero le sale fatal (valga el chiste fácil). Fisher, aprovechando bien la oscuridad perpetua que le brinda la fotografía de Walter Harvey, la atrapa, y con ella a nosotros, en una vorágine de maldades cuyo objetivo es el melancólico Harman, que sabiamente se distancian de las clásicas maniobras del ¨thriller¨ americano.
Aquí no hay discurso moral que valga y las situaciones, si bien a menudo tocadas por lo inverosímil (pero ese es el mayor encanto del cine negro), desprenden un aroma de retorcida malicia tan cercano a Hitchcock (lo vendrá a reforzar la existencia de un baúl para albergar una partida de libros que sirve de ingenioso ataúd improvisado). Harman se hará entonces con el protagonismo, de falso culpable y perseguido por unos agentes de policía adustos y secos, nada que ver con los enérgicos detectives ¨made in U.S.A.¨, mientras otras dos mujeres, opuestas, toman el relevo de la rubia, ambas atrapadas por amor, inevitablemente unido a la fatalidad en su vertiente más ¨langiana¨.
Hay una esposa, sí, pero poco tiempo tenemos de conocerla, y no parece muy importante, aunque haga las veces de detonante de la desgracia. Fisher, muy inteligente él, no permite en ningún momento que reine la desmesura o el efectismo; estamos inmersos en una cacería sin cuartel y las sorpresas se van sucediendo con la introducción de Stella y Vi (encarnadas por la estrella Marguerite Chapman, de delicada belleza y elegancia, y Eleanor Summerfield, quienes sobresalen frente a la exótica exuberancia de Dors), pero se opta por una sobriedad desasosegante unida a la despiadada violencia.
Así, siguiendo los pasos de Harman la presencia de la susodicha violencia se recrudece (porque la maldad de Hart llega a límites insospechados) y al mismo tiempo la tensión. Uno de los actores más célebres del Hollywood clásico, George Brent, quien poco a poco había sido relegado a producciones de bajo presupuesto, no es sólo el mero reclamo de Lippert, sino que encaja de maravilla como ese sufrido y parco dueño de la librería sobre el que la mala suerte se ceba sin compasión; frente a él y los siempre competentes Meredith Edwards y Ray Huntley, Peter Reynolds da vida a uno de los más diábolicos villanos que un servidor haya visto en el género.
En este caso las carencias de presupuesto y algunos trucos narrativos sin sentido no empañan en absoluto las muchas virtudes (interpretativas y formales) que posee esta obra, injustamente enterrada en el olvido. Diana Dors atrae toda nuestra atención y parece imprescindible para conducir el argumento, pero Fisher logra apresarnos sin problemas en los trazos de un suspense agobiante.
Ese suspense que provoca al espectador morderse las uñas, desde el principio hasta el mismo final, y quizás un experto americano del ¨noir¨ no lo habría hecho mejor. Por cierto, el castigo que obtiene Hart es demasiado benevolente; nos deben uno más violento.
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