Ficha First Love

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Críticas de First Love (1)


Mad Warrior

  • 24 Nov 2024

7



“La luz de la mañana no es para los malvados“, escupe orgulloso el viejo yakuza con la boca llena de sangre. Shinjuku, con sus sombras, ha quedado atrás. El Sol ilumina un larguísimo puente. Hacia el Cielo. Hacia el mañana.
Takashi Miike dijo que él mismo añadió esa sentencia porque deseaba recordar a los yakuzas de antaño, un tipo de personaje del que ya no hacen películas en Japón. Así lo pensaba también el productor Muneyuki Kii, y ese deseo le llevó hasta aquél, aceptando de inmediato su propuesta.

“Hatsukoi“ no es por tanto un nuevo comienzo, ni un desvío en su carrera, ni mucho menos una aproximación a un cine más comercial. Es un regreso a las raíces en toda regla. Es la prueba de que el espíritu transgresor y descarado del director no se había quedado estancado tras tantas adaptaciones de mangas y sus infames coqueteos recientes con las series para público infantil protagonizadas por “idols“. Al aparecer el viejo logo de Toei en pantalla se aprecia un sabor añejo, y también cuando conocemos el triste pasado del boxeador Leo, quien para más inri es reprendido por su entrenador para adoptar una postura de victoria como las de los boxeadores clásicos.
Pronto un buen número de personajes van introduciéndose. Un viejo yakuza recién salido de prisión (Jojima) aquí, una bella asesina de las Tríadas (Chia-chi) allá, un policía corrupto (Otomo) al otro lado, y todos ellos evocan, melancólicos, unos valores y unos estilos de vida ya caducos en la moderna sociedad nipona, al igual que los yakuza. Personajes que confluirán durante una agitada noche a través y por los alrededores de las calles del Kabuki-cho de Shinjuku, donde se filmó la película. Esta presentación masiva y este escenario recuerdan a aquella adaptación del videojuego “Ryu ga Gotoku“ que el director hiciera doce años antes...con la diferencia de que la estructura de “Hatsukoi“ está mejor organizada.

También su trama central, que simplemente sigue a dos grupos, un clan yakuza y uno de las Tríadas, con el objetivo de liquidarse y conseguir un alijo de droga. Trama gangsteril de la vieja escuela tan estereotipada y desfasada que termina convirtiéndose en un mero telón de fondo gracias a dos elementos que se introducen en ella, trastocándola y retorciéndola de la forma más inesperada. Dos elementos que son dos parejas de individuos: por un lado el policía corrupto y un traidor del clan (Kase) que quieren quedarse con la droga, por otro dos chicos que se ven metidos en mitad de todo el follón.
Los auténticos protagonistas. Leo, el boxeador moribundo con la noticia de un tumor sobre su alma; ella, Yuri, una pobre vendida como prostituta para pagar las deudas de su miserable padre. La superestrella e ídolo de jovencitas Masataka Kubota y Sakurako Konishi, elegida entre tres mil candidatas para el papel, con el que por fin dio el salto a la industria del cine, se compenetran de maravilla dando vida a la tan conocida pareja de inocentes unidos por casualidad en un mundo demasiado brutal y condenado a la destrucción. Miike y su habitual guionista Masa Nakamura evocan el encanto entrañable y romántico de estos arquetipos.

Sólo ellos son bendecidos con un pasado, una evolución y una oportunidad para redimir sus errores, mientras todos los que pivotan a su alrededor, y no son pocos, quedan desdibujados en las sombras, sin ninguna posibilidad de sobrevivir. Porque para ellos no hay futuro. La aventura se desata a fuego lento, y mezclándose con ingenio el drama, la intriga y ese humor negro “marca de la casa“ para poco a poco coger un ritmo endiablado. Los jóvenes, cada uno perseguido por la muerte, tanto en la realidad como en su intimidad (uno a causa del tumor, otra a causa de las visiones de su padre), buscan una luz esperanzadora entre tanta violencia.
Como una versión moderna de los clásicos de culto de los “80 “Shinjuku Love Story“ y “Yaban-jin no Yoni“ (pero Kubota y Konishi forman una pareja más creíble que las de Toru Nakamura y Mina Ichijoji, y Kyohei Shibata y Hiroko Yakushimaru), o quizás un “Amor a Quemarropa“ en los barrios del Kabuki-cho, porque Miike hace circular un fuerte aroma “tarantiniano“ en su historia de traición y matanza, cuyo impulsor no es otro que Kase. Un desquiciado Shota Sometani se convierte así en el centro de atención de la trama, merendándose a sus compañeros de reparto, incluso a la pareja protagonista; es difícil no quedar boquiabierto con las descabelladas maniobras de su personaje, una fuerza ciclónica que se lleva por delante todo lo que respire con tal de cumplir sus planes, aunque por culpa de su extrema torpeza.

Hablando de fuerzas ciclónicas, no podemos olvidar a Rebecca Rayborn, popular cantante y personalidad de internet, como Julie, en esa mezcla letal de Meiko Kaji y Terminator que pone los pelos de punta sólo con aparecer en pantalla. Lo peor de “Hatsukoi“, además de acumular tantísimos personajes, y tan difuminados, es eso que siempre ha distinguido a las obras del director: su incapacidad para ofrecer un 3.er acto en condiciones, y una vez más se pierde en el exceso y en la manía de alargar el clímax hasta el infinito, añadiendo un epílogo que se antoja innecesario.
Aun así factura un poderoso delirio en cuyos enredados laberintos callejeros de romance, brutalidad, horror y comedia merece la pena perderse, cerca del toque manga y rindiendo tributo a las refrescantes locuras a las que se prestaba en su filmografía temprana (los maravillosos tiempos de “Fudoh“, “The Hazard City“ o “Dead or Alive“). Y la alucinógena secuencia del coche saltando por los aires en versión animada lo corrobora.



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