Allá donde los recuerdos se pierden y la arena apesta a carne podrida, donde no quedan hombres en pie y un silencio de duelo perpetuo llena de desolación el entorno, tres individuos soportan el calor, cada uno frente al otro separados por varios metros.
Cualquiera que por allí pasase no tendría ni idea de la razón de este enfrentamiento...
Nosotros sí. Tuvimos tiempo de conocerles; a este punto del trayecto, en que los tres aguardan el momento idóneo para desenfundar sus revólveres y acabar con el otro, imaginen que ya han cruzado ríos, páramos, pueblos y montañas, se han quemado bajo el sol y tragado polvo, les han traicionado, apuñalado, disparado, torturado y casi colgado, les ha caído metralla y pólvora, incluso se han visto obligados a cruzar una guerra para llegar aquí, entre cuerpos de hombres en descomposición, el restallar de los cañones, las balas de los fusiles...
Pero ahí están, movidos no por el honor, ni la gloria, ni la esperanza, únicamente por una sola cosa: el oro. A este punto dos balas les separa de su destino, marcado en cada una de las 200.000 monedas que bajo una tumba sin nombre esperan a su próximo dueño...y nosotros en medio de las miradas dubitativas, las facciones contraídas, los últimos alientos exhalados antes de tensar los tendones de las sucias manos, un aire viciado que a modo de soga les aprieta la garganta manteniendo sus deseos de supervivencia entre la vida y la muerte, inmortalizados en la poesía de la más desesperante incertidumbre y auspiciada por los graznidos de los buitres, que también esperan su carroña desde lo alto...
Y nosotros ahí, sufriendo, ahogándonos, los pelos de la nuca erizados; Sergio Leone, al otro lado del plano, lo sabía años y décadas antes de transmitirnos todas estas emociones. Entonces sólo era una tentativa de proyecto, tras el éxito que generó ¨La Muerte tenía un Precio¨, la cual superó en mucho a su predecesora; un éxito internacional que, animado por las ofertas de United Artists, dio a Luciano Vincenzoni una razón para continuar imaginando hazañas en ese Far West inventado (o mejor dicho, ¨reinventado¨) por el director, llevando así a la creación de una trilogía que ya ha pasado a la Historia.
Rodada a medio camino entre los estudios Cinecittà y nuestras tierras de Burgos y Almería como enclave vital del allí inaugurado ¨spaghetti¨, esta historia abre en un terreno árido donde un puñado de tipejos espera a reunirse; la técnica de alargar el silencio y hacer del tiempo algo relativo para mimetizar al espectador en el escenario y el ambiente está llevando a un perfeccionismo que Eastwood describirá como ¨verdaderamente agotador¨, y sin embargo sirvió para crear un estilo propio. Unos primeros minutos de muda y alargada tensión no sólo presagian el final del presente film, sino el inicio del posterior ¨Once Upon a Time in the West¨...
Primeros minutos que no conducen a nada salvo conocer a los diferentes protagonistas que se cruzarán y separarán a lo largo y ancho de la historia; el guión recoge así, poco a poco, con suma paciencia, tres experiencias independientes, dos de ellas unidas por conveniencia o casualidad, para más tarde formar parte de un todo, un conjunto donde una no podría sobrevivir sin la presencia de la otra. Es ¨Sentenza¨ quien se inmiscuye en primer lugar, abandonando Van Cleef al trágico y romántico coronel Mortimer para encarnar a una de las bestias más pérfidas y frías del Oeste; la mención del escondite de una caja de dólares por una más que probable víctima de su revólver inicia la aventura.
A Tuco, que ya conocimos, viene a unirse ¨Blondie¨, siguiendo el de San Francisco la línea de sus dos previos anti-héroes sin nombre y el oficio de cazarrecompensas. Y mientras ¨el Malo¨ continúa sus propios pasos en el desconocimiento del espectador, el guión elabora una relación de amor-odio con ¨el Feo¨ y ¨el Bueno¨ que será, hasta bien entrado el 2.º acto, el tema central de un argumento a punto de volver la vista hacia el tesoro apenas antes mencionado a ¨Sentenza¨; pero para ello hemos de soportar una larguísima escena de tortura en el desierto, donde Leone y Vincenzoni desafían nuestros nervios y, por medio de un gesto de ácida ironía, nuestra moral y piedad. Y esto es esencial.
En su concepción de la brutalidad humana y la caracterización, ni uno ni otro desean apelar a tales emociones cuando nos hacen testigos de las decisiones y actos de sus personajes, sino a nuestro irremediable desprecio; ¨Blondie¨, Tuco y ¨Sentenza¨ son guiados por la ambición, la codicia, y sus maneras de proceder emergen desde lo profundo de un alma podrida y corrupta. De este modo algo de lástima sentiríamos por el primero, con la cara tostada por el sol, si él, en escenas previas, no hubiese ejercido el mismo castigo sobre el segundo; una violencia, por tanto, desquiciadamente absurda, y practicada por la mera creencia de ostentar un poder superior al del otro, que rebatirá en una venganza aún más cruel...
El trío se enzarza así en un infinito círculo vicioso de traición, cinismo y odio mientras buscan el gran tesoro de la Confederación, la única cosa que une sus caminos. Porque sí, todo este potaje de mezquindades, idas y venidas y persecuciones suceden durante una Guerra de Secesión que se observa en la distancia, que no pertenece a la historia pero la llena y da un significado más allá de las trifulcas por el beneficio material, y la razón es que el director quiere subrayar la idea de la crueldad y de la guerra sin motivo alguno. Sus pensamientos en boca de Eastwood: ¨Jamás había visto morir tan estúpidamente¨.
Y en su intento por despojar definitivamente el ¨western¨ de toda su gloria y falsos oropeles, deja tanto a los sudistas como a la caballería unionista al mismo nivel de miseria, patetismo y vulgaridad; impensable con Ford, que hubiera dignificado a éstos últimos, o en manos de Hawks, que con su clásico humor apelaría a la amistad masculina para vencer unos males los cuales atentan contra la justicia tan arraigada a la conciencia norteamericana.
Aquí ni hay amistad, ni justicia, ni conciencia; todo eso lo devoraron los buitres hace tiempo, y los protagonistas no pueden acabar con los males porque ellos mismos los engendran.
Protagonistas que, en su odisea, atraviesan el muro de la guerra cuales fantasmas, observando de lejos, cavilando en silencio y eligiendo una ruta alternativa por donde seguir avanzando su propio camino, y eso que la guerra les da un verdadero nombre de importancia para los tres: Tuco será Bill Carson y ¨Sentenza¨ será Sad Hill, si bien el personaje de Eastwood (para no romper la dinámica) no tendrá nombre alguno, correspondiéndose a la tumba que guarda los dólares. No obstante, al margen de los dos últimos, definidos por sus acciones y ocultos en el misterio, el guión se esmerará en construir una identidad, la que menos esperaríamos: la de Tuco.
Eli Wallach, actor de carácter y una presencia peculiar ya curtido en la industria, es elegido para el papel más enigmático, uno aparcado en un extraño registro cómico y grotesco, pero que, contra lo que podríamos pensar, evoluciona hasta el instante, demoledor, del reencuentro con su hermano perdido Pablo, un fraile dedicado a ayudar a los heridos de guerra; pese a su perfidia Leone quiere poner el corazón del público de su parte al darle un pasado y un motivo para ser como es, tomando el lugar ocupado por Mortimer en la película anterior. Tuco es de este modo el romántico, el que debe salvarse.
Pero hasta los últimos segundos estarán empeñados en hacernos sufrir con su destino. El destino determinado por el simple beneficio, describiéndose la enorme parábola del personaje, quien acaba en el mismo lugar donde empezó (con la soga al cuello), después del legendario duelo compartido entre su fastidioso compañero de viaje y el perseguidor de ambos. Llegar hasta aquí pasada la gran secuencia del derribo del puente (una situación obligatoria del ¨western¨), es un tour-de-force para el italiano, quien orquesta esta última parte en tres enormes momentos, tres cúspides del argumento y el cine.
En ellos se conjuga de un modo milagroso la técnica precisa del montaje, la interpretación de los actores, el poder visual de las imágenes, la iluminación y fotografía, y la atmósfera, cuya tensión emocional realza el desolador paisaje almeriense y magnifica la música de Morricone, hasta alcanzar un nivel de abstracción más allá de toda realidad vinculada al género, desgarrado y cambiado. En los duelos clásicos se disputaban el valor o el honor, aquí es la codicia y la supervivencia: si se presta atención al estudiado montaje, Leone, tras situarse los tres frente a frente, nos coloca detrás de ellos, en su habitual plano ¨americano¨, y entre la mano y el revólver de cada uno se distingue a lo lejos la silueta del contrario...
Sólo la muerte garantiza el éxito, la muerte de otro; los planos de la tumba sin nombre se intercalan de vez en cuando subrayando qué mueve definitivamente al hombre, qué hace avanzar la civilización, el progreso y las guerras: el oro sin dueño, ni más ni menos. Si Ford fue el hombre que mató a Liberty Valance llevando el ¨western¨ a una era de negrura y desmitificación, Leone es el hombre que mata el ¨western¨ de Ford llevándolo a los infiernos de su propia mitología, por ello es tan aplaudido como criticado cuando presenta al Mundo el inmenso ¨canto del cisne¨ de su Trilogía del Dólar...
Y mientras el ¨spaghetti¨ ya puede figurar en los libros de Historia como género por derecho propio, Eastwood, con los dólares en la mano y el éxito ganado duramente, cabalgará hasta llegar a las Américas, y se lanza a un nuevo comienzo, en las mismas tierras áridas, sí, pero ya desde otro punto de vista y otros ideales. La leyenda sin nombre se queda en Almería.
Mad Warrior
10
Allá donde los recuerdos se pierden y la arena apesta a carne podrida, donde no quedan hombres en pie y un silencio de duelo perpetuo llena de desolación el entorno, tres individuos soportan el calor, cada uno frente al otro separados por varios metros.
Cualquiera que por allí pasase no tendría ni idea de la razón de este enfrentamiento...
Nosotros sí. Tuvimos tiempo de conocerles; a este punto del trayecto, en que los tres aguardan el momento idóneo para desenfundar sus revólveres y acabar con el otro, imaginen que ya han cruzado ríos, páramos, pueblos y montañas, se han quemado bajo el sol y tragado polvo, les han traicionado, apuñalado, disparado, torturado y casi colgado, les ha caído metralla y pólvora, incluso se han visto obligados a cruzar una guerra para llegar aquí, entre cuerpos de hombres en descomposición, el restallar de los cañones, las balas de los fusiles...
Pero ahí están, movidos no por el honor, ni la gloria, ni la esperanza, únicamente por una sola cosa: el oro. A este punto dos balas les separa de su destino, marcado en cada una de las 200.000 monedas que bajo una tumba sin nombre esperan a su próximo dueño...y nosotros en medio de las miradas dubitativas, las facciones contraídas, los últimos alientos exhalados antes de tensar los tendones de las sucias manos, un aire viciado que a modo de soga les aprieta la garganta manteniendo sus deseos de supervivencia entre la vida y la muerte, inmortalizados en la poesía de la más desesperante incertidumbre y auspiciada por los graznidos de los buitres, que también esperan su carroña desde lo alto...
Y nosotros ahí, sufriendo, ahogándonos, los pelos de la nuca erizados; Sergio Leone, al otro lado del plano, lo sabía años y décadas antes de transmitirnos todas estas emociones. Entonces sólo era una tentativa de proyecto, tras el éxito que generó ¨La Muerte tenía un Precio¨, la cual superó en mucho a su predecesora; un éxito internacional que, animado por las ofertas de United Artists, dio a Luciano Vincenzoni una razón para continuar imaginando hazañas en ese Far West inventado (o mejor dicho, ¨reinventado¨) por el director, llevando así a la creación de una trilogía que ya ha pasado a la Historia.
Rodada a medio camino entre los estudios Cinecittà y nuestras tierras de Burgos y Almería como enclave vital del allí inaugurado ¨spaghetti¨, esta historia abre en un terreno árido donde un puñado de tipejos espera a reunirse; la técnica de alargar el silencio y hacer del tiempo algo relativo para mimetizar al espectador en el escenario y el ambiente está llevando a un perfeccionismo que Eastwood describirá como ¨verdaderamente agotador¨, y sin embargo sirvió para crear un estilo propio. Unos primeros minutos de muda y alargada tensión no sólo presagian el final del presente film, sino el inicio del posterior ¨Once Upon a Time in the West¨...
Primeros minutos que no conducen a nada salvo conocer a los diferentes protagonistas que se cruzarán y separarán a lo largo y ancho de la historia; el guión recoge así, poco a poco, con suma paciencia, tres experiencias independientes, dos de ellas unidas por conveniencia o casualidad, para más tarde formar parte de un todo, un conjunto donde una no podría sobrevivir sin la presencia de la otra. Es ¨Sentenza¨ quien se inmiscuye en primer lugar, abandonando Van Cleef al trágico y romántico coronel Mortimer para encarnar a una de las bestias más pérfidas y frías del Oeste; la mención del escondite de una caja de dólares por una más que probable víctima de su revólver inicia la aventura.
A Tuco, que ya conocimos, viene a unirse ¨Blondie¨, siguiendo el de San Francisco la línea de sus dos previos anti-héroes sin nombre y el oficio de cazarrecompensas. Y mientras ¨el Malo¨ continúa sus propios pasos en el desconocimiento del espectador, el guión elabora una relación de amor-odio con ¨el Feo¨ y ¨el Bueno¨ que será, hasta bien entrado el 2.º acto, el tema central de un argumento a punto de volver la vista hacia el tesoro apenas antes mencionado a ¨Sentenza¨; pero para ello hemos de soportar una larguísima escena de tortura en el desierto, donde Leone y Vincenzoni desafían nuestros nervios y, por medio de un gesto de ácida ironía, nuestra moral y piedad. Y esto es esencial.
En su concepción de la brutalidad humana y la caracterización, ni uno ni otro desean apelar a tales emociones cuando nos hacen testigos de las decisiones y actos de sus personajes, sino a nuestro irremediable desprecio; ¨Blondie¨, Tuco y ¨Sentenza¨ son guiados por la ambición, la codicia, y sus maneras de proceder emergen desde lo profundo de un alma podrida y corrupta. De este modo algo de lástima sentiríamos por el primero, con la cara tostada por el sol, si él, en escenas previas, no hubiese ejercido el mismo castigo sobre el segundo; una violencia, por tanto, desquiciadamente absurda, y practicada por la mera creencia de ostentar un poder superior al del otro, que rebatirá en una venganza aún más cruel...
El trío se enzarza así en un infinito círculo vicioso de traición, cinismo y odio mientras buscan el gran tesoro de la Confederación, la única cosa que une sus caminos. Porque sí, todo este potaje de mezquindades, idas y venidas y persecuciones suceden durante una Guerra de Secesión que se observa en la distancia, que no pertenece a la historia pero la llena y da un significado más allá de las trifulcas por el beneficio material, y la razón es que el director quiere subrayar la idea de la crueldad y de la guerra sin motivo alguno. Sus pensamientos en boca de Eastwood: ¨Jamás había visto morir tan estúpidamente¨.
Y en su intento por despojar definitivamente el ¨western¨ de toda su gloria y falsos oropeles, deja tanto a los sudistas como a la caballería unionista al mismo nivel de miseria, patetismo y vulgaridad; impensable con Ford, que hubiera dignificado a éstos últimos, o en manos de Hawks, que con su clásico humor apelaría a la amistad masculina para vencer unos males los cuales atentan contra la justicia tan arraigada a la conciencia norteamericana.
Aquí ni hay amistad, ni justicia, ni conciencia; todo eso lo devoraron los buitres hace tiempo, y los protagonistas no pueden acabar con los males porque ellos mismos los engendran.
Protagonistas que, en su odisea, atraviesan el muro de la guerra cuales fantasmas, observando de lejos, cavilando en silencio y eligiendo una ruta alternativa por donde seguir avanzando su propio camino, y eso que la guerra les da un verdadero nombre de importancia para los tres: Tuco será Bill Carson y ¨Sentenza¨ será Sad Hill, si bien el personaje de Eastwood (para no romper la dinámica) no tendrá nombre alguno, correspondiéndose a la tumba que guarda los dólares. No obstante, al margen de los dos últimos, definidos por sus acciones y ocultos en el misterio, el guión se esmerará en construir una identidad, la que menos esperaríamos: la de Tuco.
Eli Wallach, actor de carácter y una presencia peculiar ya curtido en la industria, es elegido para el papel más enigmático, uno aparcado en un extraño registro cómico y grotesco, pero que, contra lo que podríamos pensar, evoluciona hasta el instante, demoledor, del reencuentro con su hermano perdido Pablo, un fraile dedicado a ayudar a los heridos de guerra; pese a su perfidia Leone quiere poner el corazón del público de su parte al darle un pasado y un motivo para ser como es, tomando el lugar ocupado por Mortimer en la película anterior. Tuco es de este modo el romántico, el que debe salvarse.
Pero hasta los últimos segundos estarán empeñados en hacernos sufrir con su destino. El destino determinado por el simple beneficio, describiéndose la enorme parábola del personaje, quien acaba en el mismo lugar donde empezó (con la soga al cuello), después del legendario duelo compartido entre su fastidioso compañero de viaje y el perseguidor de ambos. Llegar hasta aquí pasada la gran secuencia del derribo del puente (una situación obligatoria del ¨western¨), es un tour-de-force para el italiano, quien orquesta esta última parte en tres enormes momentos, tres cúspides del argumento y el cine.
En ellos se conjuga de un modo milagroso la técnica precisa del montaje, la interpretación de los actores, el poder visual de las imágenes, la iluminación y fotografía, y la atmósfera, cuya tensión emocional realza el desolador paisaje almeriense y magnifica la música de Morricone, hasta alcanzar un nivel de abstracción más allá de toda realidad vinculada al género, desgarrado y cambiado. En los duelos clásicos se disputaban el valor o el honor, aquí es la codicia y la supervivencia: si se presta atención al estudiado montaje, Leone, tras situarse los tres frente a frente, nos coloca detrás de ellos, en su habitual plano ¨americano¨, y entre la mano y el revólver de cada uno se distingue a lo lejos la silueta del contrario...
Sólo la muerte garantiza el éxito, la muerte de otro; los planos de la tumba sin nombre se intercalan de vez en cuando subrayando qué mueve definitivamente al hombre, qué hace avanzar la civilización, el progreso y las guerras: el oro sin dueño, ni más ni menos. Si Ford fue el hombre que mató a Liberty Valance llevando el ¨western¨ a una era de negrura y desmitificación, Leone es el hombre que mata el ¨western¨ de Ford llevándolo a los infiernos de su propia mitología, por ello es tan aplaudido como criticado cuando presenta al Mundo el inmenso ¨canto del cisne¨ de su Trilogía del Dólar...
Y mientras el ¨spaghetti¨ ya puede figurar en los libros de Historia como género por derecho propio, Eastwood, con los dólares en la mano y el éxito ganado duramente, cabalgará hasta llegar a las Américas, y se lanza a un nuevo comienzo, en las mismas tierras áridas, sí, pero ya desde otro punto de vista y otros ideales. La leyenda sin nombre se queda en Almería.
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