Ficha Caza de Brujas

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Críticas de Caza de Brujas (1)


Mad Warrior

  • 5 Jul 2024

8



“Americanos, no apoyéis a los rojos! Debemos acabar con ellos. Los rojos de Hollywood y Broadway son la principal financiación tras la propaganda comunista. Esos ideales que son usados para glorificar el marxismo se están filtrando a través de la televisión hasta llegar al salón de su hogar; ¡si usted permite esto está ayudando a destruir Norteamérica!“.

Este es el tipo de llamada de atención a la sociedad que podía encontrarse en cualquier periódico o pegada en la esquina de cualquier edificio de EE.UU. en 1.950. Época de paranoia y confusión, denuncia y miedo, por parte de una fuerza conservadora que temía la propagación de ideales peligrosos, que se apoyaba en la sospecha de amenaza de subversión o propaganda que pudiese atacar la forma de gobierno basada en la Constitución; la supuesta influencia comunista que lavaba las mentes también podía llegar a través de la pantalla, así el cine fue el blanco del Comité de Actividades Anti-americanas y el futuro de muchos artistas empezaba a vislumbrarse muy negro.
Uno de los cientos de perjudicados fue el interesante director John Berry, que hubo de exiliarse a Francia al descubrirse su filiación con el Partido Comunista y tras ser denunciado por su colega de profesión Edward Dmytryk. A David Merrill, el personaje de Robert DeNiro inspirado en Berry (aunque podría haber sido cualquier otro), le conocemos nada más llegar a EE.UU., y sus ojos se convierten en los del espectador para que nos sea más accesible comprender qué demonios está sucediendo en ese Hollywood dorado donde la histeria parece haberse vuelto contagiosa.

Irwin Winkler, uno de los tipos más exitosos de la industria gracias a producciones como “Rocky“, “Elegidos para la Gloria“ o “Toro Salvaje“, no supo llegar a buen término con el libreto de Abraham Polonsky ni el director encargado del proyecto, así que él mismo apareció acreditado como guionista y director por primera vez. Su mirada es la de alguien que ya lleva mucho tiempo paseando por Hollywood, es la de un conocedor experto (si bien se usan numerosas licencias históricas) que nos sitúa en el centro de esa tormenta que sacudió el mundillo, alimentada por la incertidumbre, la traición, el miedo y la maldad.
La película profundiza en este ambiente turbio utilizando figuras reales como la del poderoso Darryl Zanuck, presidente de la Fox, quien pone al corriente al protagonista (y de paso a nosotros) de la quema de artistas que se está organizando; la desavenencia entre Winkler y Polonsky se produjo cuando el primero decidió que Merrill debería pasar de comunista declarado (porque así era el Berry real) a un hombre corriente, padre de familia, un tipo liberal pero apolítico cuyo único deseo es seguir trabajando en el cine. Este cambio, vital, quizás resta fuerza al personaje de DeNiro, pero en cambio le proporciona humildad, decencia y sobre todo humanidad.

La lucha de Merrill no se convierte en una denuncia contestataria que derive en un enfrentamiento épico en nombre de la justicia contra aquellos que la pisotean cegados por el miedo y la ambición, sino que se basa en intentar sobrevivir como uno más de la larga lista de personas que están sufriendo su misma suerte. Y esto está directamente relacionado con la forma en que el productor reciclado en director aborda la historia: dejando a un lado todo el efectismo y las estridencias que se pudieran esperar para concentrarse en realizar un drama de estilo sobrio y elegante, de sabor clásico.
Puede que conducido hacia un sólo y predecible sentido en cuestión narrativa, pero, aun así, resultando emocionante por esa gran humanidad con la que se aborda a los personajes, sus angustias, sueños frustrados, tragedias familiares e integridad puesta en juego. Destrozar la vida propia para evitar destrozar la de otros es el dilema que mueve el drama, quizás mejor expresado a partir de los personajes de George Wendt y Larry y Dorothy Nolan (éstos inspirados en Richard Collins y Mary Louise Comingore) o Joe Lesser (en un pequeño cameo, Martin Scorsese se mete en la piel de una versión poco disimulada del director Joseph Losey, quien tuvo que marcharse a Inglaterra huyendo de las acusaciones del Comité).

Seguro que de presentarse el protagonista de la manera en que Polonsky lo concibió el clímax durante el juicio sería más poderoso, mostrando lo que el público esperaba: una escena explosiva, con DeNiro abalanzándose sobre los miembros del Comité como haría su villano de “El Cabo del Miedo“ y sacudiéndoles mientras recitara los derechos constitucionales. Esto no ocurre porque se supone que no estamos viendo una película, sino la reconstrucción de un hecho real...
Por eso Winkler huye del efectismo barato, no convierte a Merrill en un héroe y se esmera en hacernos sentir lo mismo que siente él, lo que sintió el verdadero Berry: las cadenas alrededor del cuello que le pusieron esos repelentes ultraconservadores. La incapacidad de expresarse, un silencio forzado y asfixiante, en este sentido la impotencia que refleja el personaje es lo más poderoso, y se captura de maravilla, aunque la gran mayoría no supo apreciar la brillante sutileza del director.

Como brillante también es la interpretación de DeNiro...de las mejores de toda su carrera.



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