“Consideraste la violencia, consideraste la reconciliación, pero lo que te queda es una premonición de cómo tu vida se desvanecerá tras de ti, como un libro que has leído demasiado rápido dejando un rastro menguante de imágenes y emociones, hasta que todo lo que recuerdas es un nombre“.
Cada palabra, frase y reflexión en “Bright Lights, Big City“ es un dardo que atraviesa la piel y produce un escozor en el alma. Hay un “tú“, pero es incorpóreo. Es un espejo. John Barrett McInerney habla consigo mismo y con el lector que está leyendo el libro, publicado en 1.984, a medias de todo en la vida norteamericana, y resulta perfecto en su contexto.
Eso dijo en una entrevista: “Estaba en una discoteca, me miré en el espejo y dije en voz alta “No eres de esa clase de tipo que está en un sitio como este a esta hora de la madrugada“. Cuando llegué a casa escribí esas líneas y pensé que era una voz muy interesante“. No es extraño que su novela debut causase un gran impacto ni que se convirtiera en un fenómeno literario generacional al que poco después se uniría Bret Ellis, si bien el qué se cuenta no es tan importante ni apasionante que el cómo; esa voz, la del “tú“, que te enrosca en la piel de ese protagonista sin nombre.
Un joven verificador de datos de una revista de prestigio atrapado en un ciclo infinito de autodestrucción donde el hedonismo y la superficialidad bebidas y esnifadas durante la noche neoyorkina se encuentran con una lucha imposible para estar a la altura de un mundo donde la competencia y la ambición dictan el avance de la existencia durante el día. “Bright Lights“ se siente aún más porque está basada en la propia vida de su autor. El concepto y la voz, en su paso a la pantalla, sufren la desgracia de una ruptura inevitable, porque quien se refleja en el espejo de esa discoteca “que bien podría ser la Heartbreak o la Lizard Lounge“ no es el lector, sino Michael J. Fox, y el anonimato se pierde por un nombre ridículo: Jamie.
Adaptar esta historia era un poco difícil por no decir imposible. Lo que encaraba el lector era un “tú“, lo que ve el espectador es un “otro“: J. Fox, que llegó cuando la producción ya había pasado por una fase caótica de reescrituras, despidos, rechazos y reemplazos; el mismo McInerney se encargó del guión y la dirección cayó en el veterano James Bridges. Sólo nos resta imaginar cómo habría resultado todo si Joel Schumacher hubiera sido el director y Tom Cruise el protagonista; el resultado no sería mejor que con el actor canadiense. Utilizando su punto de vista podría decirse que esta es la otra cara de “El Secreto de mi Éxito“, realizada un año antes.
Así, el Brantley de aquélla es reducido a un despojo empapado en “polvo marchoso boliviano“ que nunca alcanzó el éxito, fue abandonado por su esposa y se arrastra por el día y la noche sin rumbo fijo. Es el reverso negro, viscoso y deprimente de la efervescencia económica “yuppie“ en la era “reaganiana“, Jamie lo ve en juergas sin sentido acompañado de especímenes que por A o por B gozan de una existencia acomodada y simplemente viven el momento. Y aunque es admirable que J. Fox decidiera arriesgarse y mandar a paseo el encasillamiento en el que el público le había metido por culpa de sus películas cómicas, uno piensa exactamente lo mismo que pensó McInerney: no da la talla.
Jamás creí que un papel le podría haber ido mejor a Nicolas Cage. O a Sean Penn, o incluso a Kiefer Sutherland, quien aquí interpretó a esa mala influencia para el protagonista llamada Tad (y se pasó la mitad del rodaje con la nariz llena del mismo polvo que aspira su personaje). Pero no es sólo J. Fox, con su cara de niño angelical, es todo, es la poca garra y personalidad de Bridges, porque esta historia requería ser enfocada de una manera más cruda, trágica y lúgubre, y en lugar de eso planea un tono de elegancia y levedad inherente al propio J. Fox, a pesar de ser la crónica del hundimiento de un chico joven que tiene que caer simpático a la fuerza.
Lo que se acepta y te afecta en las páginas tampoco funciona igual en pantalla, como los personajes que aparecen en la 1.ª parte de la trama y se van olvidando conforme avanza, el escenario de esa revista que no es sino una fea caricatura del New Yorker, donde trabajaba el autor, o las diversas mujeres cruciales en la vida del protagonista (esa amiga de la infancia que ha medrado en el depredador ambiente urbano (Vicky, aquí prima de Tag e interpretada por la preciosa Tracy Pollan, esposa de J. Fox); Amanda, la pérfida que le ha dejado para seguir ascendiendo en su carrera de modelo; su fallecida madre, vital en la última parte de la historia), que podrían haber tenido mayor presencia en el guión.
Es inconcebible pero McInerney falla con su propio material, y aunque él mismo propuso en las páginas una conclusión optimista algo más debería haber ocurrido, en el libro y en su adaptación. “Bright Lights, Big City“ pide a gritos una gran tragedia, un suceso impactante con el que el héroe anónimo se libere, del sinsentido al que se lanza Tad, de la máscara de despersonalización y superficialidad de Amanda, cuyo rostro pasa a ser el de un maniquí cualquiera de una tienda de moda cualquiera. Pero no.
Jamie se conforma con “el aroma del pan casero“ que le trae recuerdos nostálgicos de una vida más humana, cálida y conservadora cuyo “primer bocado se queda atascado en la garganta“ mientras observa las primeras luces de la mañana alumbrando Manhattan, magnificada por la excelente fotografía de Gordon Willis. Empezar de nuevo, improbable. Dos cosas sí son seguras: que J. Fox brinda la actuación más grande de su vida (y el largo monólogo sobre su matrimonio frente a Swoosie Kurtz lo ejemplifica) y que la escena “cómica“ con el hurón es una de las más innecesarias de la Historia del cine...
Mad Warrior
6
“Consideraste la violencia, consideraste la reconciliación, pero lo que te queda es una premonición de cómo tu vida se desvanecerá tras de ti, como un libro que has leído demasiado rápido dejando un rastro menguante de imágenes y emociones, hasta que todo lo que recuerdas es un nombre“.
Cada palabra, frase y reflexión en “Bright Lights, Big City“ es un dardo que atraviesa la piel y produce un escozor en el alma. Hay un “tú“, pero es incorpóreo. Es un espejo. John Barrett McInerney habla consigo mismo y con el lector que está leyendo el libro, publicado en 1.984, a medias de todo en la vida norteamericana, y resulta perfecto en su contexto.
Eso dijo en una entrevista: “Estaba en una discoteca, me miré en el espejo y dije en voz alta “No eres de esa clase de tipo que está en un sitio como este a esta hora de la madrugada“. Cuando llegué a casa escribí esas líneas y pensé que era una voz muy interesante“. No es extraño que su novela debut causase un gran impacto ni que se convirtiera en un fenómeno literario generacional al que poco después se uniría Bret Ellis, si bien el qué se cuenta no es tan importante ni apasionante que el cómo; esa voz, la del “tú“, que te enrosca en la piel de ese protagonista sin nombre.
Un joven verificador de datos de una revista de prestigio atrapado en un ciclo infinito de autodestrucción donde el hedonismo y la superficialidad bebidas y esnifadas durante la noche neoyorkina se encuentran con una lucha imposible para estar a la altura de un mundo donde la competencia y la ambición dictan el avance de la existencia durante el día. “Bright Lights“ se siente aún más porque está basada en la propia vida de su autor. El concepto y la voz, en su paso a la pantalla, sufren la desgracia de una ruptura inevitable, porque quien se refleja en el espejo de esa discoteca “que bien podría ser la Heartbreak o la Lizard Lounge“ no es el lector, sino Michael J. Fox, y el anonimato se pierde por un nombre ridículo: Jamie.
Adaptar esta historia era un poco difícil por no decir imposible. Lo que encaraba el lector era un “tú“, lo que ve el espectador es un “otro“: J. Fox, que llegó cuando la producción ya había pasado por una fase caótica de reescrituras, despidos, rechazos y reemplazos; el mismo McInerney se encargó del guión y la dirección cayó en el veterano James Bridges. Sólo nos resta imaginar cómo habría resultado todo si Joel Schumacher hubiera sido el director y Tom Cruise el protagonista; el resultado no sería mejor que con el actor canadiense. Utilizando su punto de vista podría decirse que esta es la otra cara de “El Secreto de mi Éxito“, realizada un año antes.
Así, el Brantley de aquélla es reducido a un despojo empapado en “polvo marchoso boliviano“ que nunca alcanzó el éxito, fue abandonado por su esposa y se arrastra por el día y la noche sin rumbo fijo. Es el reverso negro, viscoso y deprimente de la efervescencia económica “yuppie“ en la era “reaganiana“, Jamie lo ve en juergas sin sentido acompañado de especímenes que por A o por B gozan de una existencia acomodada y simplemente viven el momento. Y aunque es admirable que J. Fox decidiera arriesgarse y mandar a paseo el encasillamiento en el que el público le había metido por culpa de sus películas cómicas, uno piensa exactamente lo mismo que pensó McInerney: no da la talla.
Jamás creí que un papel le podría haber ido mejor a Nicolas Cage. O a Sean Penn, o incluso a Kiefer Sutherland, quien aquí interpretó a esa mala influencia para el protagonista llamada Tad (y se pasó la mitad del rodaje con la nariz llena del mismo polvo que aspira su personaje). Pero no es sólo J. Fox, con su cara de niño angelical, es todo, es la poca garra y personalidad de Bridges, porque esta historia requería ser enfocada de una manera más cruda, trágica y lúgubre, y en lugar de eso planea un tono de elegancia y levedad inherente al propio J. Fox, a pesar de ser la crónica del hundimiento de un chico joven que tiene que caer simpático a la fuerza.
Lo que se acepta y te afecta en las páginas tampoco funciona igual en pantalla, como los personajes que aparecen en la 1.ª parte de la trama y se van olvidando conforme avanza, el escenario de esa revista que no es sino una fea caricatura del New Yorker, donde trabajaba el autor, o las diversas mujeres cruciales en la vida del protagonista (esa amiga de la infancia que ha medrado en el depredador ambiente urbano (Vicky, aquí prima de Tag e interpretada por la preciosa Tracy Pollan, esposa de J. Fox); Amanda, la pérfida que le ha dejado para seguir ascendiendo en su carrera de modelo; su fallecida madre, vital en la última parte de la historia), que podrían haber tenido mayor presencia en el guión.
Es inconcebible pero McInerney falla con su propio material, y aunque él mismo propuso en las páginas una conclusión optimista algo más debería haber ocurrido, en el libro y en su adaptación. “Bright Lights, Big City“ pide a gritos una gran tragedia, un suceso impactante con el que el héroe anónimo se libere, del sinsentido al que se lanza Tad, de la máscara de despersonalización y superficialidad de Amanda, cuyo rostro pasa a ser el de un maniquí cualquiera de una tienda de moda cualquiera. Pero no.
Jamie se conforma con “el aroma del pan casero“ que le trae recuerdos nostálgicos de una vida más humana, cálida y conservadora cuyo “primer bocado se queda atascado en la garganta“ mientras observa las primeras luces de la mañana alumbrando Manhattan, magnificada por la excelente fotografía de Gordon Willis. Empezar de nuevo, improbable. Dos cosas sí son seguras: que J. Fox brinda la actuación más grande de su vida (y el largo monólogo sobre su matrimonio frente a Swoosie Kurtz lo ejemplifica) y que la escena “cómica“ con el hurón es una de las más innecesarias de la Historia del cine...
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