Ficha Hiroshima


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Críticas de Hiroshima (1)




Mad Warrior

  • 23 May 2021

10



¿Por qué a las 8:15?, ¿porque un lunes?, ¿por qué a comienzos de Agosto? ¿Y por qué no hubo ninguna alerta?
¿Por qué, de todas las grandes ciudades, distritos, regiones y pueblos que se extendían a lo largo de Japón, tuvo que caer “Little Boy” sobre Hiroshima?

Básicamente porque acumulaba una gran cantidad de reservas militares y suministros, un punto para las tropas por sus puertos, un lugar de importancia industrial; y la guerra no podía durar más, no podían seguir muriendo soldados americanos, y Truman, harto, llevó allí la muerte en forma de bomba atómica. “¿Señor, qué hemos hecho?”, dijo Robert Lewis. Así, lo que había sido una próspera ciudad se alfombró con los cadáveres de casi 80.000 personas en menos de un minuto mientras los incendios lo invadían todo a lo largo de 12 km.2.
No sólo Japón, el Mundo se oscureció, se pudrió un poco más, mientras el presidente de EE.UU. declaraba el gran poder que poseía su nación. Esta fecha negra, 6 de Agosto de 1.945, vería sus hechos y consecuencias muy detalladamente recogidos en el libro “Genbaku no Ko” del respetado autor, profesor y activista Arata Osada, que publicaría en 1.951. Poco después, el Sindicato de Maestros de Japón (o Nikkyoso), de visión claramente izquierdista y crítica con los valores tradicionales del país en la era Showa, decidió afrontar una producción cinematográfica para llevar a la gran pantalla el éxito de ventas de Osada, para lo cual contaron con el maestro Kaneto Shindo.

El resultado fue “Los Niños de Hiroshima”, joya inmortal del cine nipón que logró un gran éxito y hasta llegó al Festival de Cannes; sin embargo, pese a tanto elogio, a los miembros del Sindicato no gustó lo más mínimo por cómo su aproximación sentimental relegaba la carga social y sobre todo política. Un año después estos señores vuelven con toda la intención de repetir el experimento, pero encargándoselo al más adecuado Hideo Sekigawa, cineasta de ideales comunistas con una extensa carrera a sus espaldas y ya conocido por su antibelicista “Listen to the Voices of the Sea”.
Se lleva a cabo entonces una superproducción en la propia Hiroshima usando miles de extras, la mayoría heridos en la catástrofe a recrear, y contando con todo el apoyo por parte de los oficiales y políticos de la ciudad. Pero si bien rompe los créditos un duro testimonio del momento del bombardeo, la película se centrará durante un tiempo en un aula, y en una alumna, Michiko, quien desfallece durante la clase de historia del profesor Kitagawa; la razón: ella vivió aquel día fatídico. Este tramo sirve ante todo para defender a los “hibakusha” y el gran rechazo y desprecio que sufren por parte de sus mismos compatriotas mientras se hace hincapié en la aceptación de la fatalidad tan propia del estoicismo japonés.

Y entonces, mientras acontece la charla del profesor con los alumnos “marcados”, el presente se funde con el pasado con una fluidez apabullante y volvemos a un tiempo anterior a la explosión interpenetrando en los recuerdos de Michiko y de muchos como ella. Esta introducción podría recordar al cine de Shimizu al estar protagonizado sólo por jóvenes, pero ahora el film toma una voz colectiva y una visión general; Sekigawa radiografía la cotidianidad con total naturalidad y condena el espíritu fanático y militarista al que estaba sometido el país (las secuencias de los niños entrenándose como soldados pone los pelos de punta).
En este momento Japón es una tierra refulgente y henchida de orgullo que sacrifica todo a su padre espiritual, el emperador Hirohito Michinomiya. Vemos a cada uno de los ciudadanos de Hiroshima funcionandos como piezas fundamentales de un engranaje perfectamente ensamblado; hay madres que dan a luz, los niños quieren mandar cartas a sus padres, los militares allí situados se burlan de los aviones enemigos. “No es tan fácil bombardear esta ciudad”, ríe uno de ellos...la mayor ironía que se podía proferir de haberse sabido lo que aconteció días después. Ese instante en que todos miran al cielo porque escuchan un avión, sabemos que es el ruido de la sentencia.

Esa mirada, la que sostienen los habitantes segundos antes de salir despedidos por la onda, es fundamental, porque es la que se nos fuerza a adoptar. Se ha de aplicar la fuerza del contexto en que se sitúa la fecha de realización del film para entender mejor la potencia de las imágenes que va a arrojarnos el director a las retinas y la conciencia: ya se ha realizado “Los Niños de la Colmena”, cuya acción se ubicaba inmediatamente después la guerra, y aunque en 1.953 ya no se sufría la ocupación de las tropas norteamericanas, el gesto de Shindo y aquí de Sekigawa es de gran audacia.
Sin apelar al sentimentalismo y registrando una sensación de autenticidad que para sí quisiera el mejor de los maestros neorrealistas, éste nos sumerge en una fiel representación de lo que deben ser las tripas del Infierno (así lo gritará un superviviente). El impacto desgarra, hasta la extenuación, pues el cineasta se centra en el caos y se recrea en lo terrible aumentando el grado de realismo en cada secuencia, cuyo encadenado se expone con gran fluidez; su cámara, que a veces corta hacia imágenes de archivo, se desliza por cada centímetro del escenario y al final consigue asfixiarnos con los hedores del polvo, el agua, el humo, la sangre y la tierra mezclada con los cadáveres abrasados y en descomposición.

El blanco y negro ferruginoso y grasiento que proveen Susumu Urashima y Shunichiro Nakao contribuye magníficamente a modelar la atmósfera, a lo que ayuda un uso brillante de la música por parte del genio Akira Ifukube; el resultado es una experiencia del espanto. La visión colectiva persiste aunque de forma intermitente seguimos los pasos de Michiko; y como en el libro, el desarrollo argumental se construye a través de episodios ocupados por diversos personajes (hay que destacar en concreto el del pobre soldado que va en busca de uno de sus hijos tras tener que abandonar a su mujer en las llamas).
Lo importante es que el sufrimiento es general y se percibe desde los ojos del padre, la esposa, el hijo, la hermana, el amigo, el maestro, el médico o el vecino. Entre las ruinas y la espesa lluvia negra que oscurece el cielo y el suelo, emergen algunos militares tambaleantes; la bomba no sólo rompe una pequeña sociedad en pedazos, sino que, a modo de punzón, se clava en la tan hinchada pústula del orgullo nacional, y una vez atravesada la sangre brota sin orden ni concierto. Imaginen a Truman cortando con unas tijeras el fuerte cordón del espíritu patriótico japonés; esta herida provoca una locura inevitable (recordemos al joven soldado que, bandera en mano, vocifera entre los escombros obligando a que le saluden).

Y mientras unos jóvenes estudiantes se reúnen en el lago para cantar el himno de su colegio, un bebé quemado llora sin cesar sobre las ruinas de su casa, un niño enterrado en escombros llama a su madre consumiendo el poco aire de sus pulmones y las piras funerarias iluminan la oscuridad perpetua, un doctor da esperanzas a los supervivientes sobre la fertilidad del suelo por medio de unas patatas plantadas en un pequeño huerto del lugar. Lo patético y lo espantoso se han abierto paso a lo largo de una quebrada realidad, incapaz de aplacar la terquedad de los militares, aún latente en sus manipuladas mentes la remota posibilidad de una victoria y la fidelidad al emperador.
Un último tramo estará protagonizado por niños (en concreto por Endo, compañero de Michiko), las mayores víctimas del desastre, pues el futuro les ha sido arrancado de sus existencias. El sentimiento anti-americano aflora más que nunca cuando se revisan los comportamientos, tanto de los extranjeros como de los nativos (los huesos de las víctimas, vendidos como souvenirs), demostrando Sekigawa no sólo una virtud formal de primer orden, sino un gran sentido crítico como cineasta pacifista; este fue el principal problema del Sindicato para dar una circulación masiva a la película, sufriendo el rechazo de las principales productoras, que no deseaban verse involucradas en farragosos conflictos políticos.

Sobre todo porque en ese momento el cine japonés estaba siendo reconocido y aplaudido a nivel internacional. Esta es la razón de que “Hiroshima”, como la ciudad que le da nombre, quedase sepultada por el tiempo, si bien su influencia llegó a obras famosas que no habrían existido sin ella (desde “Godzilla”, con la misma banda sonora, o “Hiroshima, mon Amour”, que hasta comparte al actor Eiji Okada, hasta la magistral “Lluvia Negra” de Imamura).
Aun así Sekigawa, absoluto genio de la técnica, crea una pieza esencial del cine universal para entender de primera mano lo que es la catástrofe histórica en estado puro, ayudado de un reparto sensacional (enormes Isuzu Yamada y Yumeji Tsukioka) y que remata un demoledor mensaje a favor de la paz en boca del también soberbio Yoshi Kato. Al final, las campanas retumban con fuerza hasta llegar al infinito donde descansan las almas de Hiroshima que, siempre con la esperanza de ser recordadas, podrán permanecer vivas en esa tierra consumida un día por las llamas de la locura y la muerte, y descansar en la eternidad de una paz silenciosa...



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