En uno de los planos más desoladores, más tristes, pero también más bellos de la filmografía de Luis Berlanga, el morro de una vaca sin vida yace sobre la tierra seca de Aragón. A un extremo y a otro se escuchan tanto vítores como insultos, en uno está el bando nacional, en el otro el republicano.
El pobre animal como la España en sí del periodo de Guerra Civil: un animal que ha sido codiciado, disputado, maltratado, y, al final, asesinado. Es una derrota absoluta. Sólo queda la sangre sobre la tierra y los buitres preparados para devorar la carroña...
Dijo el valenciano, en una entrevista en TVE, que quizás la gente piensa que antes, cuando España estaba sometida a la terrible censura, los cineastas escribían sus guiones temerosos por las reacciones que pudieran provocar, pero que, al menos él, no era consciente de ello. Y eso fue lo que le pasó cuando concibió un guión, posteriormente llamado “La Vaquilla“, tres décadas antes de lanzarse por fin a filmarla, un guión que dio muchas vueltas, que cambió de título infinidad de veces, un proyecto frustrado que hubo de posponer hasta que el instante fuese el apropiado.
Terminada la Trilogía Nacional se reúne con su fiel Azcona y Alfredo Matas le ofrece el presupuesto más alto del cine español en aquel momento. Entre los campos de Zaragoza y Sos del Rey Católico, cuyo rodaje moviliza a todo el pueblo, Berlanga nos arrastra a lo que fue nuestro país medio siglo antes. A su manera. “En mis películas no creo que haya ni malos ni buenos, yo huyo de los maniqueísmos“, declaró orgulloso; tras acabar uno de esos brillantes planos-secuencia que han definido su estilo para mostrarnos el largo y ancho de un campamento republicano cuyos soldados pasan el rato, Alfredo Landa se cita con Antonio Gamero para intercambiar tabaco.
Lo curioso es que el primero es un militar rojo y el segundo uno fascista, pero ahí están, negociando con tabaco, porque todos fuman en esa maldita guerra. El guión dispara la acción usando un escenario, un evento, muy “berlangiano“: las fiestas de un pueblo próximo; el elemento que motiva el argumento es la vaquilla que da título a la película. A nuestros ojos todo va bien hasta que hay algo que se desea poseer. Lo siguiente es una película de aventuras, en la mejor tradición “hawksiana“, pero apoyada en el discurso tan mordaz que crea Azcona y que plasma Berlanga con una naturalidad directa y clara.
Se puede decir que hay dos partes en esta historia, y la primera se centra en la misión del grupo de pintorescos militares: localizar y capturar al animal en territorio enemigo. Junto con Landa, José Sacristán, Santiago Ramos, Carles Velat y un Guillermo Montesinos desternillante dan una voz y un carisma único a sus personajes, los cuales, como en muchas obras de Berlanga, se expresan vociferando, gruñendo, amenazándose, quejándose y resignándose a su suerte. La clave de esta peripecia rural es cómo, en el desarrollo del delirio aventurero, Azcona elimina todo rastro de distinción.
Un bando se confunde con otro, cae el odio fratricida, los republicanos se convierten en fascistas, todos se tratan como iguales, en el agua del río y desnudos todos los son. La 2.ª parte nos tiene recorriendo así, entre caminos, aldeas, sótanos, prostíbulos o cuadras, un escenario envuelto en el absurdo de la guerra, envilecido por unos cuantos; si los protagonistas se han dejado llevar como tontos, la derecha es blanco de una burla directa, bien reflejado en el comandante que interpreta Agustín González con su particular desparpajo, el marqués de Adolfo Marsillach o los párrocos. De la guerra sólo les importa el beneficio que quedará para ellos.
El naturalismo se quiebra con vueltas de tuerca hilarantes y la trama se estanca, o sigue hacia adelante sin que nos percatemos, o da vueltas sobre sí misma. Las enormes, elaboradas y coloridas secuencias dentro del pueblo (eso sí es de tradición “berlangiana“) pareciera que traen a la vida aquellos cuadros de Pieter Brueghel, plagados de cientos de personajes viviendo su alegre algarabía. La vaca ha quedado olvidada, es decir la España por la que ambos bandos se mataban, entre corderos asados, vino, música y buenas compañías. Lo que quieren los pobres diablos de la compañía del brigada Castro es comer.
¿Qué es lo malo de todo esto? Que la guerra sigue ahí, que la vaca sigue ahí, que los malditos cabestros de los soldados la siguen codiciando. Es una nota muy amarga para el constante cúmulo de situaciones hilarantes que se nos han ido presentando, pero del horror de la guerra no se puede huir. Tampoco del hambre, como tristemente confiesa el soldado-torero al que da vida Ramos. Y el cadáver del animal vaticina el estado en que quedaría España: devorado igual que los marqueses devoraban la paella.
El director, que logró el éxito de taquilla, se atrevió a observar el capítulo negro de la Guerra Civil desde un punto de vista totalmente inédito y con más honestidad y humanidad que todos esos cineastas que la han usado como un mero instrumento de propaganda, los de un lado y los de otro, los mismos miserables que siguen alimentando esos odios...
Mad Warrior
9
En uno de los planos más desoladores, más tristes, pero también más bellos de la filmografía de Luis Berlanga, el morro de una vaca sin vida yace sobre la tierra seca de Aragón. A un extremo y a otro se escuchan tanto vítores como insultos, en uno está el bando nacional, en el otro el republicano.
El pobre animal como la España en sí del periodo de Guerra Civil: un animal que ha sido codiciado, disputado, maltratado, y, al final, asesinado. Es una derrota absoluta. Sólo queda la sangre sobre la tierra y los buitres preparados para devorar la carroña...
Dijo el valenciano, en una entrevista en TVE, que quizás la gente piensa que antes, cuando España estaba sometida a la terrible censura, los cineastas escribían sus guiones temerosos por las reacciones que pudieran provocar, pero que, al menos él, no era consciente de ello. Y eso fue lo que le pasó cuando concibió un guión, posteriormente llamado “La Vaquilla“, tres décadas antes de lanzarse por fin a filmarla, un guión que dio muchas vueltas, que cambió de título infinidad de veces, un proyecto frustrado que hubo de posponer hasta que el instante fuese el apropiado.
Terminada la Trilogía Nacional se reúne con su fiel Azcona y Alfredo Matas le ofrece el presupuesto más alto del cine español en aquel momento. Entre los campos de Zaragoza y Sos del Rey Católico, cuyo rodaje moviliza a todo el pueblo, Berlanga nos arrastra a lo que fue nuestro país medio siglo antes. A su manera. “En mis películas no creo que haya ni malos ni buenos, yo huyo de los maniqueísmos“, declaró orgulloso; tras acabar uno de esos brillantes planos-secuencia que han definido su estilo para mostrarnos el largo y ancho de un campamento republicano cuyos soldados pasan el rato, Alfredo Landa se cita con Antonio Gamero para intercambiar tabaco.
Lo curioso es que el primero es un militar rojo y el segundo uno fascista, pero ahí están, negociando con tabaco, porque todos fuman en esa maldita guerra. El guión dispara la acción usando un escenario, un evento, muy “berlangiano“: las fiestas de un pueblo próximo; el elemento que motiva el argumento es la vaquilla que da título a la película. A nuestros ojos todo va bien hasta que hay algo que se desea poseer. Lo siguiente es una película de aventuras, en la mejor tradición “hawksiana“, pero apoyada en el discurso tan mordaz que crea Azcona y que plasma Berlanga con una naturalidad directa y clara.
Se puede decir que hay dos partes en esta historia, y la primera se centra en la misión del grupo de pintorescos militares: localizar y capturar al animal en territorio enemigo. Junto con Landa, José Sacristán, Santiago Ramos, Carles Velat y un Guillermo Montesinos desternillante dan una voz y un carisma único a sus personajes, los cuales, como en muchas obras de Berlanga, se expresan vociferando, gruñendo, amenazándose, quejándose y resignándose a su suerte. La clave de esta peripecia rural es cómo, en el desarrollo del delirio aventurero, Azcona elimina todo rastro de distinción.
Un bando se confunde con otro, cae el odio fratricida, los republicanos se convierten en fascistas, todos se tratan como iguales, en el agua del río y desnudos todos los son. La 2.ª parte nos tiene recorriendo así, entre caminos, aldeas, sótanos, prostíbulos o cuadras, un escenario envuelto en el absurdo de la guerra, envilecido por unos cuantos; si los protagonistas se han dejado llevar como tontos, la derecha es blanco de una burla directa, bien reflejado en el comandante que interpreta Agustín González con su particular desparpajo, el marqués de Adolfo Marsillach o los párrocos. De la guerra sólo les importa el beneficio que quedará para ellos.
El naturalismo se quiebra con vueltas de tuerca hilarantes y la trama se estanca, o sigue hacia adelante sin que nos percatemos, o da vueltas sobre sí misma. Las enormes, elaboradas y coloridas secuencias dentro del pueblo (eso sí es de tradición “berlangiana“) pareciera que traen a la vida aquellos cuadros de Pieter Brueghel, plagados de cientos de personajes viviendo su alegre algarabía. La vaca ha quedado olvidada, es decir la España por la que ambos bandos se mataban, entre corderos asados, vino, música y buenas compañías. Lo que quieren los pobres diablos de la compañía del brigada Castro es comer.
¿Qué es lo malo de todo esto? Que la guerra sigue ahí, que la vaca sigue ahí, que los malditos cabestros de los soldados la siguen codiciando. Es una nota muy amarga para el constante cúmulo de situaciones hilarantes que se nos han ido presentando, pero del horror de la guerra no se puede huir. Tampoco del hambre, como tristemente confiesa el soldado-torero al que da vida Ramos. Y el cadáver del animal vaticina el estado en que quedaría España: devorado igual que los marqueses devoraban la paella.
El director, que logró el éxito de taquilla, se atrevió a observar el capítulo negro de la Guerra Civil desde un punto de vista totalmente inédito y con más honestidad y humanidad que todos esos cineastas que la han usado como un mero instrumento de propaganda, los de un lado y los de otro, los mismos miserables que siguen alimentando esos odios...
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