Una mujer cruza el desierto de Manchuria en plena noche mientras los bombardeos y los disparos se suceden y los cadáveres se apilan en la tierra.
No está huyendo, corre para reencontrarse con su amante, un soldado japonés herido, antes de que muera. En las trincheras yacen los dos, solos en el Mundo, y quizás por úlima vez...
A finales de los años 50 parece que la democracia y el derecho de libre expresión en Japón está tomándose al pie de la letra, tanto como para que los valores más sagrados y tradicionales caigan presa de la burla y el ridículo. Uno de ellos es el ejército, el orgullo de un país que perdió mucho en la guerra, y objeto de corrosiva crítica por parte de Kon Ichikawa y Masaki Kobayashi, quienes realizaron dos inmensas obras contra él, y la propia guerra: “Fuego en la Llanura” y “La Condición Humana”, muy polémicas en su momento. En 1.965 el controvertido Yasuzo Masumura inaugura una extensa saga con “Hoodlum Soldier”.
En ese mismo año Seijun Suzuki va a acometer por primera vez su propia visión del conflicto bélico a través de un encargo de Nikkatsu, a cuyos ejecutivos les empieza a molestar mucho el rumbo que está tomando el director: volver a realizar una versión más moderna de una novela de Taijiro Tamura (de quien Suzuki ha adaptado “Nikutai no Mon”), ya trasladada al cine en 1.950 por Senkichi Taniguchi con guión de éste y Akira Kurosawa. Es sin duda la oportunidad del nipón para tratar la guerra tal y como el la vivió en primera persona: dolorosa, brutal y muy absurda, aunque esta historia no se centra en ella propiamente dicha; la guerra es el telón de fondo en la tragedia de dos amantes, un soldado y una prostituta.
Ella, Harumi, inicia la película, no ocultando ni por un momento quién es ni a qué se dedica, a lo largo de un prólogo que escudriña en una tragedia personal con un estilo visual sorprendente y que marcará el tono a seguir, distanciándose consideradablemente del texto original, como ya sucedió en “La Puerta de la Carne”. De aquí pasamos al escenario bélico de la ocupada Manchuria en La 2.ª Guerra Sino-Japonesa, poco antes de la Guerra Mundial, en lo que parece ser un “flashback”, pero en realidad es un paso adelante en el tiempo; una caravana de prostitutas llega a una base militar en Buken mientras el conflicto está ahí fuera, amenazante y ruidoso.
Desde el principio Suzuki subraya la brutalidad de los soldados para con las mujeres, que no serán sino sus meros objetos de deseo, lujuria y pasión momentáneos; de entre todos ellos Harumi fija sus ojos en el lacónico Shinkichi, un muchacho que sirve al salvaje comandante adjunto Narita, el maestro de ceremonias del lugar, el poderoso monstruo (cosa de la que se jacta orgulloso), con estoica obediencia a fin de convertirse en un auténtico soldado japonés. El director, por supuesto, retrata a los oficiales con la máxima dureza procurando que generen rápidamente el rechazo y la repulsión; sin embargo logra que simpaticemos con las víctimas de la crueldad militar, elevada al paroxismo.
Esto es, los soldados más jóvenes y descontentos, ese oficial relegado de su puesto a cabo raso por su afición a la filosofía y sus ideales antimilitaristas, la prostituta china del lugar a la que no dejan de invadirle melancólicos recuerdos, y por encima de todos ellos las chicas de compañía, que pasarán como lápices, de un soldado a otro; la visión del director es abrasiva y no da tregua con respecto a la condición de juguetes rotos de las pobres prostitutas, que despojadas de su dignidad y su espíritu intentan observar la situación desde la perspectiva más lúdica posible.
Y es que esta no es la auténtica realidad en una tierra donde los militares japoneses arrasan con todo, asesinando a aquellos que no hablen su idioma, incluso a su propia gente si se rebelan contra el poder; a Suzuki no le tiembla el pulso a la hora de retratarlos como un atajo de ignorantes, miserables, cobardes, cínicos y violentos, sin duda las prostitutas del Japón imperial. Harumi es la voz que se alza contra este microcosmos masculino, agresivo y asfixiante y su mismísimo creador, el emperador de Japón (a quien insulta en un arranque de ira); a la prostituta, por supuesto, se la mira desde la compasión y el sufrimiento causado por los hombres. De este modo el realizador cruza con mucha destreza los elementos y principios de “Hoodlum Soldier”, “La Bestia Blanca” y “La Calle de la Vergüenza” de manera magistral (de las que hereda mucho).
Todo ello adornado con trazos oníricos tomados del cine europeo moderno y la “nouvelle vague”, que dan una puesta en escena visualmente impactante (de nuevo en hipnótico blanco y negro), rompiéndose la realidad hacia un espacio estilizado más sugerente y delirante. Mientras, la tragedia, de tonos “mizoguchianos”, se instala entre Shinkichi y Harumi, quien ha pasado a ser la chica del comandante; extraño triángulo amoroso que amenaza a estos amantes furtivos, a quienes el conflicto bélico (filmado con nervio y rabia como lo harían Don Siegel o Samuel Fuller) siempre les está intentando separar, al igual que la enorme testarudez del chico, “educado” a fuerza de golpes y gritos para ser un honorable y recto soldado japonés.
El absurdo del espíritu belicista nipón llega a su cenit cuando aquél prefiere entregarse antes que huir con Harumi y los soldados chinos (quienes, para más inri, le curan sus mortales heridas) exponiéndose a un consejo de guerra. Yumiko Nogawa logra una actuación soberbia, visceral, seguramente la mejor de toda su carrera, y Tamio Kawaji, aquí más enervante que nunca, se complementa con ella a la perfección; ambos seguidos de Kazuko Imai, Tomiko Ishii y unos odiosos Isao Tamagawa y Shoichi Ozawa.
Suzuki logra adentrarse en terrenos desgarradores y oscuros como nunca antes había hecho en su cine, y la fuerza y violencia cruda que exudan sus imágenes le atraviesan a uno las mismísimas entrañas (destacando esa inolvidable secuencia de la carrera de Harumi por el páramo a través del fuego enemigo).
Apasionante y cruel historia de amor rematada con un demoledor discurso sobre Japón y sus ideales que trata con dureza la prostitución sobre escenario bélico como Valerio Zurlini hiciera en “Le Soldatesse” aquel mismo año. Su atrevimiento y violencia la hicieron fracasar y fue una nueva desilusión para Nikkatsu...no obstante está entre las más brillantes obras de la carrera del director y del cine nipón de la Nueva Ola.
Mad Warrior
9
Una mujer cruza el desierto de Manchuria en plena noche mientras los bombardeos y los disparos se suceden y los cadáveres se apilan en la tierra.
No está huyendo, corre para reencontrarse con su amante, un soldado japonés herido, antes de que muera. En las trincheras yacen los dos, solos en el Mundo, y quizás por úlima vez...
A finales de los años 50 parece que la democracia y el derecho de libre expresión en Japón está tomándose al pie de la letra, tanto como para que los valores más sagrados y tradicionales caigan presa de la burla y el ridículo. Uno de ellos es el ejército, el orgullo de un país que perdió mucho en la guerra, y objeto de corrosiva crítica por parte de Kon Ichikawa y Masaki Kobayashi, quienes realizaron dos inmensas obras contra él, y la propia guerra: “Fuego en la Llanura” y “La Condición Humana”, muy polémicas en su momento. En 1.965 el controvertido Yasuzo Masumura inaugura una extensa saga con “Hoodlum Soldier”.
En ese mismo año Seijun Suzuki va a acometer por primera vez su propia visión del conflicto bélico a través de un encargo de Nikkatsu, a cuyos ejecutivos les empieza a molestar mucho el rumbo que está tomando el director: volver a realizar una versión más moderna de una novela de Taijiro Tamura (de quien Suzuki ha adaptado “Nikutai no Mon”), ya trasladada al cine en 1.950 por Senkichi Taniguchi con guión de éste y Akira Kurosawa. Es sin duda la oportunidad del nipón para tratar la guerra tal y como el la vivió en primera persona: dolorosa, brutal y muy absurda, aunque esta historia no se centra en ella propiamente dicha; la guerra es el telón de fondo en la tragedia de dos amantes, un soldado y una prostituta.
Ella, Harumi, inicia la película, no ocultando ni por un momento quién es ni a qué se dedica, a lo largo de un prólogo que escudriña en una tragedia personal con un estilo visual sorprendente y que marcará el tono a seguir, distanciándose consideradablemente del texto original, como ya sucedió en “La Puerta de la Carne”. De aquí pasamos al escenario bélico de la ocupada Manchuria en La 2.ª Guerra Sino-Japonesa, poco antes de la Guerra Mundial, en lo que parece ser un “flashback”, pero en realidad es un paso adelante en el tiempo; una caravana de prostitutas llega a una base militar en Buken mientras el conflicto está ahí fuera, amenazante y ruidoso.
Desde el principio Suzuki subraya la brutalidad de los soldados para con las mujeres, que no serán sino sus meros objetos de deseo, lujuria y pasión momentáneos; de entre todos ellos Harumi fija sus ojos en el lacónico Shinkichi, un muchacho que sirve al salvaje comandante adjunto Narita, el maestro de ceremonias del lugar, el poderoso monstruo (cosa de la que se jacta orgulloso), con estoica obediencia a fin de convertirse en un auténtico soldado japonés. El director, por supuesto, retrata a los oficiales con la máxima dureza procurando que generen rápidamente el rechazo y la repulsión; sin embargo logra que simpaticemos con las víctimas de la crueldad militar, elevada al paroxismo.
Esto es, los soldados más jóvenes y descontentos, ese oficial relegado de su puesto a cabo raso por su afición a la filosofía y sus ideales antimilitaristas, la prostituta china del lugar a la que no dejan de invadirle melancólicos recuerdos, y por encima de todos ellos las chicas de compañía, que pasarán como lápices, de un soldado a otro; la visión del director es abrasiva y no da tregua con respecto a la condición de juguetes rotos de las pobres prostitutas, que despojadas de su dignidad y su espíritu intentan observar la situación desde la perspectiva más lúdica posible.
Y es que esta no es la auténtica realidad en una tierra donde los militares japoneses arrasan con todo, asesinando a aquellos que no hablen su idioma, incluso a su propia gente si se rebelan contra el poder; a Suzuki no le tiembla el pulso a la hora de retratarlos como un atajo de ignorantes, miserables, cobardes, cínicos y violentos, sin duda las prostitutas del Japón imperial. Harumi es la voz que se alza contra este microcosmos masculino, agresivo y asfixiante y su mismísimo creador, el emperador de Japón (a quien insulta en un arranque de ira); a la prostituta, por supuesto, se la mira desde la compasión y el sufrimiento causado por los hombres. De este modo el realizador cruza con mucha destreza los elementos y principios de “Hoodlum Soldier”, “La Bestia Blanca” y “La Calle de la Vergüenza” de manera magistral (de las que hereda mucho).
Todo ello adornado con trazos oníricos tomados del cine europeo moderno y la “nouvelle vague”, que dan una puesta en escena visualmente impactante (de nuevo en hipnótico blanco y negro), rompiéndose la realidad hacia un espacio estilizado más sugerente y delirante. Mientras, la tragedia, de tonos “mizoguchianos”, se instala entre Shinkichi y Harumi, quien ha pasado a ser la chica del comandante; extraño triángulo amoroso que amenaza a estos amantes furtivos, a quienes el conflicto bélico (filmado con nervio y rabia como lo harían Don Siegel o Samuel Fuller) siempre les está intentando separar, al igual que la enorme testarudez del chico, “educado” a fuerza de golpes y gritos para ser un honorable y recto soldado japonés.
El absurdo del espíritu belicista nipón llega a su cenit cuando aquél prefiere entregarse antes que huir con Harumi y los soldados chinos (quienes, para más inri, le curan sus mortales heridas) exponiéndose a un consejo de guerra. Yumiko Nogawa logra una actuación soberbia, visceral, seguramente la mejor de toda su carrera, y Tamio Kawaji, aquí más enervante que nunca, se complementa con ella a la perfección; ambos seguidos de Kazuko Imai, Tomiko Ishii y unos odiosos Isao Tamagawa y Shoichi Ozawa.
Suzuki logra adentrarse en terrenos desgarradores y oscuros como nunca antes había hecho en su cine, y la fuerza y violencia cruda que exudan sus imágenes le atraviesan a uno las mismísimas entrañas (destacando esa inolvidable secuencia de la carrera de Harumi por el páramo a través del fuego enemigo).
Apasionante y cruel historia de amor rematada con un demoledor discurso sobre Japón y sus ideales que trata con dureza la prostitución sobre escenario bélico como Valerio Zurlini hiciera en “Le Soldatesse” aquel mismo año. Su atrevimiento y violencia la hicieron fracasar y fue una nueva desilusión para Nikkatsu...no obstante está entre las más brillantes obras de la carrera del director y del cine nipón de la Nueva Ola.
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