La infame, la mujer de mala vida Barbara “Bloody Babs“ Graham, una desgraciada desde que nació y cuyo final no podía ser bueno.
¿Se lo mereció? Tal vez, o tal vez no. Tal vez valió la pena suplicar un poco por su nombre o por el contrario dejar que su cuerpo se pudriera en la cámara de gas. Nunca lo sabremos...
Susan Hayward, una de aquellas mujeres todoterreno del Hollywood clásico y acostumbrada a los papeles más amargos, se mete tan a fondo en la piel de la condenada que incluso podría convencer a un jurado de su inocencia. Su forma de arrugar el rostro y retorcer su cuerpo al escuchar el mortal veredicto del juez también consigue retorcer tu estómago; y es que el caso del robo y salvaje asesinato de la anciana viuda Mabel Monohan invita a la reflexión. Quienquiera que fuera el culpable no se merecía otra cosa que la condena a muerte, sin discusión.
La culpabilidad de Graham fue demostrada, aun así, por testimonios de delincuentes y miserables, así que ahí queda la duda; el testimonio de un individuo no tiene por qué ser cierto, pero el pasado de la mujer ayudó a destrozar toda credibilidad, así que lo que “Quiero Vivir“ ofrece no es en realidad un relato ficticio, como tanto se afirma, sino el retrato de una vida desde una perspectiva y una intención: plantear otra hipótesis. Robert Wise se atreve, como cineasta comprometido que era, a abordar una vez más un asunto real y espinoso, pero dejando atrás todo lo referente a la dura infancia y peor adolescencia de Graham, desechando así el guión inicial propuesto por Don Mankiewicz...
No hay así repaso por su vida. El único prólogo lo proveen las palabras del periodista Edward Montgomery, asegurando que lo que vamos a presenciar es real y defendiendo claramente su postura en contra de la pena de muerte, la principal preocupación de esta película. Wise nos presenta a Graham desde los lugares en los que se movía después de dejar atrás a dos hijos y fracasar en otros varios matrimonios, lugares llenos de humo, sudor y “jazz“ que filma con un dinamismo y vitalidad más propios de un joven director europeo que de un veterano criado en el sistema de estudio tradicional.
Este modernismo lo remata Hayward con su salvaje actuación, y es que describir con palabras su recreación de la famosa criminal es algo imposible. Durante esta 1.ª parte de la trama vemos cómo esta señora, a pesar de ser una amante de la indecencia y la inmoralidad, es también alguien que se mete en problemas por culpa de su falta de juicio y su facilidad para plegarse ante los hombres, y esto determinará su destino. Es decir, es casi una víctima, porque intenta cambiar casándose de nuevo y teniendo otro hijo, pero su marido es un violento drogadicto y las cosas se vuelven a torcer...
Todo eso no se muestra, se resuelve, algo pésimamente, con una elipsis abrupta; y mucho más tarde, cuando ya ha regresado a sus habituales círculos de malas compañías, el famoso asesinato de la sra. Monohan también queda oculto al espectador. Por supuesto, Wise no lo enseña, su intención es hacernos sospechar: ¿está o no Graham implicada? Las pesquisas que hizo Hayward la llevaron a la certeza de que, en efecto, ella sí participó en el crimen, pero el guión sólo se queda en la duda, y aprovecha para arremeter contra aquellos que la condenaron sin saber realmente la verdad.
No se muerde la lengua el director a la hora de exponer a una prensa ávida de noticias, cuales buitres al acecho de carroña, a unos medios de comunicación tan exageradamente extremistas que se roza la parodia, a unos funcionarios de la ley dispuestos a todo para arrancar una confesión. Sin embargo no hay investigación del crimen como tal, la historia se observa siempre desde la mirada de la protagonista, encerrada, acusada, abandonada y asfixiada por todos, y la actriz es la fuerza impulsora de que, al acercarse más la terrible sentencia, sintamos una compasión y una lástima que tal vez a la verdadera Graham le sería imposible transmitir...
A partir de aquí disminuye el ritmo, la intriga y los retazos de cine negro se van diluyendo. La mujer da con sus huesos en la cárcel y la historia se cuenta desde ahí, entre los muros de una atmósfera opresiva y por otra parte siguiendo el proceso del drama judicial, con algunas jugadas maestras en cuanto a sorpresas en el argumento, como la trampa del policía, que le costó a Graham su ya de por sí débil credibilidad, o el cambio de parecer en ese periodista y su empeño en ayudarla, una especie de pequeña redención para la prensa y también para los dedicados a la ley.
Si Wise daba voz al criminal desesperado en “Apuestas contra el Mañana“ aquí lo hace en un sentido más amplio a través de una mujer cuya sociedad hipócrita (los telediarios y periódicos adoptan una postura conservadora pero a la vez sensacionalista sólo por la mera ambición) la condena más por su pasado y su comportamiento que por la certeza de su participación en el asesinato. No se puede exculpar a Graham de algunas cosas (es mentirosa, viciosa, inmoral, irresponsable y muy estúpida, pero no una asesina psicótica, como argumenta Palmberg). Por esto anteponerse a la pena capital es esencial en el guión, porque se aplica sin auténtica razón.
Yo seguiré defendiendo que la pena capital es muy necesaria en esta sociedad para apartar a la escoria que amenaza nuestras vidas...pero siempre y cuando exista una certeza y razón de peso.
¿La hubo para sentenciar a Graham aquel 3 de Junio de 1.955? ¿Sí? ¿No? Esa es una de las mayores habilidades del film: dejarnos en la corrosiva incertidumbre.
Mad Warrior
8
La infame, la mujer de mala vida Barbara “Bloody Babs“ Graham, una desgraciada desde que nació y cuyo final no podía ser bueno.
¿Se lo mereció? Tal vez, o tal vez no. Tal vez valió la pena suplicar un poco por su nombre o por el contrario dejar que su cuerpo se pudriera en la cámara de gas. Nunca lo sabremos...
Susan Hayward, una de aquellas mujeres todoterreno del Hollywood clásico y acostumbrada a los papeles más amargos, se mete tan a fondo en la piel de la condenada que incluso podría convencer a un jurado de su inocencia. Su forma de arrugar el rostro y retorcer su cuerpo al escuchar el mortal veredicto del juez también consigue retorcer tu estómago; y es que el caso del robo y salvaje asesinato de la anciana viuda Mabel Monohan invita a la reflexión. Quienquiera que fuera el culpable no se merecía otra cosa que la condena a muerte, sin discusión.
La culpabilidad de Graham fue demostrada, aun así, por testimonios de delincuentes y miserables, así que ahí queda la duda; el testimonio de un individuo no tiene por qué ser cierto, pero el pasado de la mujer ayudó a destrozar toda credibilidad, así que lo que “Quiero Vivir“ ofrece no es en realidad un relato ficticio, como tanto se afirma, sino el retrato de una vida desde una perspectiva y una intención: plantear otra hipótesis. Robert Wise se atreve, como cineasta comprometido que era, a abordar una vez más un asunto real y espinoso, pero dejando atrás todo lo referente a la dura infancia y peor adolescencia de Graham, desechando así el guión inicial propuesto por Don Mankiewicz...
No hay así repaso por su vida. El único prólogo lo proveen las palabras del periodista Edward Montgomery, asegurando que lo que vamos a presenciar es real y defendiendo claramente su postura en contra de la pena de muerte, la principal preocupación de esta película. Wise nos presenta a Graham desde los lugares en los que se movía después de dejar atrás a dos hijos y fracasar en otros varios matrimonios, lugares llenos de humo, sudor y “jazz“ que filma con un dinamismo y vitalidad más propios de un joven director europeo que de un veterano criado en el sistema de estudio tradicional.
Este modernismo lo remata Hayward con su salvaje actuación, y es que describir con palabras su recreación de la famosa criminal es algo imposible. Durante esta 1.ª parte de la trama vemos cómo esta señora, a pesar de ser una amante de la indecencia y la inmoralidad, es también alguien que se mete en problemas por culpa de su falta de juicio y su facilidad para plegarse ante los hombres, y esto determinará su destino. Es decir, es casi una víctima, porque intenta cambiar casándose de nuevo y teniendo otro hijo, pero su marido es un violento drogadicto y las cosas se vuelven a torcer...
Todo eso no se muestra, se resuelve, algo pésimamente, con una elipsis abrupta; y mucho más tarde, cuando ya ha regresado a sus habituales círculos de malas compañías, el famoso asesinato de la sra. Monohan también queda oculto al espectador. Por supuesto, Wise no lo enseña, su intención es hacernos sospechar: ¿está o no Graham implicada? Las pesquisas que hizo Hayward la llevaron a la certeza de que, en efecto, ella sí participó en el crimen, pero el guión sólo se queda en la duda, y aprovecha para arremeter contra aquellos que la condenaron sin saber realmente la verdad.
No se muerde la lengua el director a la hora de exponer a una prensa ávida de noticias, cuales buitres al acecho de carroña, a unos medios de comunicación tan exageradamente extremistas que se roza la parodia, a unos funcionarios de la ley dispuestos a todo para arrancar una confesión. Sin embargo no hay investigación del crimen como tal, la historia se observa siempre desde la mirada de la protagonista, encerrada, acusada, abandonada y asfixiada por todos, y la actriz es la fuerza impulsora de que, al acercarse más la terrible sentencia, sintamos una compasión y una lástima que tal vez a la verdadera Graham le sería imposible transmitir...
A partir de aquí disminuye el ritmo, la intriga y los retazos de cine negro se van diluyendo. La mujer da con sus huesos en la cárcel y la historia se cuenta desde ahí, entre los muros de una atmósfera opresiva y por otra parte siguiendo el proceso del drama judicial, con algunas jugadas maestras en cuanto a sorpresas en el argumento, como la trampa del policía, que le costó a Graham su ya de por sí débil credibilidad, o el cambio de parecer en ese periodista y su empeño en ayudarla, una especie de pequeña redención para la prensa y también para los dedicados a la ley.
Si Wise daba voz al criminal desesperado en “Apuestas contra el Mañana“ aquí lo hace en un sentido más amplio a través de una mujer cuya sociedad hipócrita (los telediarios y periódicos adoptan una postura conservadora pero a la vez sensacionalista sólo por la mera ambición) la condena más por su pasado y su comportamiento que por la certeza de su participación en el asesinato. No se puede exculpar a Graham de algunas cosas (es mentirosa, viciosa, inmoral, irresponsable y muy estúpida, pero no una asesina psicótica, como argumenta Palmberg). Por esto anteponerse a la pena capital es esencial en el guión, porque se aplica sin auténtica razón.
Yo seguiré defendiendo que la pena capital es muy necesaria en esta sociedad para apartar a la escoria que amenaza nuestras vidas...pero siempre y cuando exista una certeza y razón de peso.
¿La hubo para sentenciar a Graham aquel 3 de Junio de 1.955? ¿Sí? ¿No? Esa es una de las mayores habilidades del film: dejarnos en la corrosiva incertidumbre.
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