Ficha El chacal de Nahueltoro

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Críticas de El chacal de Nahueltoro (2)




mahotsukai

  • 11 Feb 2025

9



Destacable clásico del cine chileno basado en hechos reales, dirigido por Miguel Littín.

Recreación del impactante y brutal asesinato múltiple de una mujer campesina y sus 6 hijos a manos de Jorge Valenzuela Torres, conocido como “El Chacal de Nahueltoro”, así como la polémica en torno a su reformación y pena de muerte.

Jorge del Carmen Valenzuela Torres fue un campesino chileno nacido en 1938 en Cocharcas, localidad cercana a San Carlos. Abandonó su precario hogar a los 7 años luego de la muerte de su padre y el matrimonio de su madre viuda con su hijastro, sobreviviendo y vagando de pueblo en pueblo, tomando cualquier trabajo que encontrara y robando frecuentemente comida y animales. Hacia 1960 ya había logrado cierta estabilidad al emparejarse con una mujer a quien embarazó, pero tras ser despedido, decidió abandonarla y viajar a Coihueco a buscar trabajo. En el camino pasó por el pueblo de Nahueltoro donde conoció a Rosa Rivas, una campesina viuda de 38 años cuyo marido había sido asesinado por unos desconocidos recientemente. Finalmente, Valenzuela se emparejó con Rivas, pero pronto fueron expulsados por el patrón del fundo a quien no le agradó la condición de alcohólico de Valenzuela, mudándose hacia La Isla (sector formado por el río Ñuble). El 20 de agosto de 1960, molesto porque Rosa no había podido cobrar la pensión de viudez por cuestiones burocráticas, lo que le impidió comprar más vino para seguir emborrachándose, asesinó brutalmente a la mujer y a cada uno de sus hijos. Tras despertar de la borrachera, vagó por diferentes poblados para luego ser capturado en una fonda poco después de un mes de acontecidos los hechos. Inicialmente condenado a una condena de 33 años, esta se agravó a pena de muerte siendo fusilado el 30 de abril de 1963.

Tras el auspicio debut con su ópera prima “Por la tierra ajena” (1965), filme basado en una canción de Patricio Manns sobre la pobreza y la infancia, el joven cineasta Miguel Littín se abocó en su próximo proyecto cinematográfico junto con el productor, novelista y cuentista Luis Cornejo Gamboa, acerca del asesino múltiple Jorge Valenzuela Torres, mejor conocido como “El Chacal de Nahueltoro”, filme que significaría su consagración como uno de los grandes directores de la Nueva Ola del Cine Chileno, junto a Raúl Ruiz y Aldo Francia, cuyos películas “Tres Tristes Tigres” (1968) y “Valparaíso, mi amor” (1969) respectivamente fueron estrenadas, junto con este film, en el Festival de Cine Latinoamericano de Viña del Mar, en 1969. En un estilo de cámara, montaje y fotografía de corte documental, Littín rodaría una de las películas más importantes, reflexivas y críticas de la historia del cine chileno, donde sumerge al espectador no sólo en el contexto del monstruoso crimen, sino en las miserables condiciones de existencia del asesino desde su niñez hasta llevar al espectador al dilema existencial sobre la redención criminal y la aplicación de la pena muerte, que en aquel tiempo formaba parte del código penal chileno, el cual sería definitivamente derogado en 2002.

El enfoque narrativo que Miguel Littín desarrolla en “El Chacal de Nahueltoro” (1969), quien apenas había sido ejecutado 6 años antes del estreno del filme, parte sobre la base de una cruda exposición y análisis de la precariedad económica y legal de la vida rural y la extrema pobreza de los inquilinos versus la riqueza de los terratenientes, la violencia y el abandono dentro de las familias campesinas más vulnerables, el alcoholismo y el casi nulo control de las autoridades para asegurar el imperio de la ley en el Chile más interior, en el cual profundizaré más adelante. De esta forma, en su estilo documentalista, el film se muestra como una recreación fiel de los hechos. Ciertamente, más allá del cambio y/o suma de algunos elementos narrativos que pretenden explicar mejor el contexto completo de la historia oficial de Jorge Valenzuela Torres, el guión del propio Littín se ciñe a lo descrito en las actas del juicio con las declaraciones del propio inculpado y responsable del asesinato múltiple dio a la corte durante su juicio, reconstitución de hechos y entrevistas a los medios de entonces. De hecho, es el propio “Chacal”, en la voz de Nelson Villagra, quien va relatando los acontecimientos gracias a estas declaraciones, lo que le otorga una dimensión humana aún más desgarradora a esta brutal historia de miseria y búsqueda de la redención.

De hecho, “El Chacal de Nahueltoro” (1969) está construida en secuencias claramente establecidas, con títulos capitulares, aunque sin seguir un orden cronológico estrictamente en todo el metraje como veremos. Así, estas secciones del film son “La Infancia de José”, “Andar de José”, “Persecución y Apresamiento”, “Educación y amansamiento”, y la “Muerte de José”. Sin embargo, el relato inicia con el inculpado llevado por la policía desde la cárcel hacia el lugar del múltiple asesinato para reconstruir los hechos, seguido por un grupo de periodistas y enfurecidos vecinos de la localidad, dispuestos a lincharlo. Acto seguido, Littín introduce un racconto o analepsis en la forma de una extensa retrospectiva sobre la vida de Valenzuela Torres antes de que cometiera los crímenes. Con esta estrategia narrativa si bien en mi opinión no es interés del futuro director de “Actas de Marusia” (1975) justificar sus crímenes, sí busca que el espectador se adentre en el mundo de desesperanza, carencia, violencia y miseria que marcó la vida del protagonista desde su infancia. Su intención, en realidad, es relatar la cronología de vida de un hombre por sobre la de un asesino múltiple, con las implicancias reflexivas que ello supone.

De esta forma, en esta primera parte de la película, el relato se centra en la difícil infancia de Valenzuela Torres, una realidad cruda y pura del por entonces absolutamente abandonado campo chileno, en que la vida campesina era extremadamente compleja, precaria y miserable para las clases más vulnerables. Me refiero y contextualizo la infancia de Valenzuela Torres a fines de la década de los 40 e inicios de los 50, donde todavía los terratenientes hacían y deshacían con sus tierras, pero más aún y lo importante, decidían y definían sobre la vida de sus inquilinos y/o peones. Los cambios que el país necesitaba recién llegarían en 1962 cuando Valenzuela Torres estaba preso aún y el presidente de la República de entonces, Jorge Alessandri Rodríguez, promulgaba la primera ley de la Reforma Agraria (1962-1973) a pesar de las presiones de su propio sector político, reforma que terminaría de consolidarse a manos de sus sucesores, Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende Gossens. Evidentemente, como toda reforma resistida y saboteada por los terratenientes, los resultados de dicha Reforma Agraria tardarían en consolidarse ya que buscaban principalmente cuatro objetivos: redistribuir los beneficios de la propiedad de la tierra, modernizar el campo, incorporar al campesinado en la propiedad de la tierra y debilitar el poder económico y político de los sectores terratenientes.

Es importante tener en cuenta este contexto no sólo para seguir la vida del “Chacal” sino también para comprender el entorno social chileno de la época. En el film hay varias secuencias dignas de ser mencionadas. Por ejemplo, la secuencia inicial en la que el patrón del fundo en el que vive el pequeño Jorge “reflexiona” sobre las razones por las que el chico escapa una y otra vez del fundo y es la policía, Carabineros de Chile, la única herramienta que debe hacerse cargo del flagelo del abandono infantil, casi por inercia ante un Estado prácticamente ausente. Otro ejemplo, está la razón por la que el patrón del fundo donde residía Rosa Rivas decide expulsarla inmisericordemente con sus cinco hijos, que según la historia oficial fue debido a su emparejamiento con un alcohólico perdido como Valenzuela Torres y que Littín refuerza con la fundada idea de que principalmente se debe a que el dueño está perdiendo dinero por el casi nulo o poco aprovechamiento agroeconómico de su territorio ocupado. Otras involucran al juez y todo el aparato judicial que resulta muy efectivo (tardan sólo un mes en capturarlo) y reaccionario (no hay previsión del Estado, lo cual no nos sorprende en realidad) tras consumado el múltiple crimen principalmente por la conmoción, condena y odio que despierta el acto criminal en la población del sector, agravado porque fueron asesinados 5 menores de edad inocentes e indefensos de una manera brutal.

“El Chacal de Nahueltoro” (1969) es un verdadero viaje de progresión dramática y confronta al espectador a una serie de emociones, sensaciones y sentimientos. Es imposible que el espectador no se someta a la variedad de emociones que la película expone y desarrolla. Por supuesto, la secuencia del asesinato múltiple si bien no es del todo explícita (por las convenciones cinematográficas de la época, por la evasión al morbo, por decisiones de imponer trasfondo y el drama por sobre el hecho, sin por ello justificarlo, pero sí reflexionar sobre él) no deja de ser conmovedora y desgarradora. Ver a una mujer y sus 5 hijos perseguidos, asesinados y masacrados a golpes con un palo y una guadaña, además del asesinato del bebé de 6 meses que muere aplastado por el pie del asesino completamente ebrio no puede sino generar horror y desprecio. Aquí entra mucho lo que el espectador puede comprender, juzgar y justificar o condenar, pero el hecho en sí es muy difícil de digerir en términos emocionales en nuestros días y más aún en aquellos tiempos en que en América Latina y, concretamente, en Chile existía y se entendía y aceptaba la pena de muerte como forma de “limpiar” la sociedad de personas que habían cometido crímenes realmente imperdonables.

La secuencia casi silente del cortejo policial llevando los cadáveres de las víctimas desde La Isla hasta San Carlos es una de las más conmovedoras y reflexivas de “El Chacal de Nahueltoro” (1969). Con poco más de 2 minutos y en un film donde predomina la decisión de Littín de prescindir de música incidental (recordemos que se trata de una propuesta documentalista que sólo dispone y hace uso de ella en específicos momentos), dicha escena es realmente impactante y más para los espectadores contemporáneos. El sonido del casco de los caballos que cargan los cuerpos contrasta con el enorme silencio de los habitantes que esperan a la orilla del camino y observan pasar dicho cortejo. Horrorizados, conmovidos y reflexivos parecen enfrentarse cara a cara con una cruda y brutal realidad que no conocían, pero que en realidad saben que existe (el asesinato impune en las zonas rurales era habitual en aquellas regiones al interior), pero que no había mostrado una manifestación tan monstruosa y turbadora hasta ese momento. Más allá de la aportación de la prensa roja, los actos criminales de Valenzuela Torres calaron tan hondo en la memoria colectiva de la región y de Chile que serían recordados por siempre, como uno de los eventos más impactantes de la historia del país.

Sin embargo, lo que pasará con el “Chacal” a partir de su detención, encarcelamiento, reformación y, finalmente, ejecución también calarán profundamente en la sociedad chilena de entonces, dando pie a un debate ético social muy complejo. Mientras espera que el juicio avance y se dicte su sentencia, que en un principio era de 33 años de cárcel efectiva, en la cárcel Valenzuela Torres experimentará un conmovedor proceso de regeneración emocional y conductual que lo llevará a interesarse por la lectura, el trabajo de cestería y la fabricación de guitarras, el deporte y la fe católica. Los cambios son notables y poco a poco ese hombre bestial y elemental, que había vagado de pueblo en pueblo, trabajando en lo que fuese y hurtando muchas veces deviniendo en un asesino múltiple, se convierte en un individuo (auto)consciente de su pasado y con una esperanza de recibir una segunda oportunidad de la vida. Todo este proceso es acompañado de cerca por el padre Eloy Parra, sacerdote católico que acompañó a Valenzuela Torres hasta su muerte, quien fue además su férreo defensor y pidió incluso activamente su indulto, sin resultado, al entonces presidente de Chile, Jorge Alessandri Rodríguez.

En esta parte del film hay varias secuencias dignas de destacarse y donde se observa claramente la inteligencia emocional del discurso de Littín. Por ejemplo, el plano frontal de la entrada a la cárcel de Chillán es elocuente cuando el director enfoca directamente las frases grabadas en las paredes del penal “La redención por el trabajo” y “redimir…no deprimir”. Littín además emplea la mayor parte de sus habilidades fotográficas en las escenas en que Valenzuela Torres es entrevistado por un periodista o conversa con el padre Parra. Concretamente, en la entrevista el plano se va cerrando para destacar su expresión facial y corporal al expresar sus emociones de arrepentimiento. La cámara de Héctor Ríos (“La Frontera”, 1991) se concentra en un picado en la cabizbaja, lastimera y avergonzada mirada del “Chacal”, donde asoma también cierto deja de esperanza del indulto presidencial que nunca llegó. En dicha secuencia, Littín también enfoca los grilletes que controlan los pies de Valenzuela Torres, donde se contrastan sus humildes sandalias con los lustrados zapatos de quienes lo entrevistan. Esta escena en particularmente aclaratoria del discurso del director, por cuanto defiende la idea que es su origen social el que en cierta forma ha sellado su destino.

Sin embargo, probablemente la más polémica es cuando el futuro director de “Los Náufragos” (1994) entremezcla las sensaciones y los últimos días del “Chacal” sabiendo ya la improbabilidad del indulto, con una serie de secuencias en las que se ve a los jueces y autoridades disfrutando de avivadas fiestas y veladas de diversión, mientras el imputado se prepara para enfrentar la muerte. Es una abierta y ácida crítica a la actitud del Estado que además de estar ausente, que no prevé y reacciona tarde a hechos brutales como este, le resulta, de acuerdo a Littín, más fácil eliminar al indeseable elemento social que ha violado la ley.

El destino final de Jorge del Carmen Valenzuela Torres no provocaría en su momento la gran polémica que el film de Littín sí desató. En su momento la mayoría de la población civil creía que la pena de muerte por dicho brutal crimen era justa a pesar de que el imputado hubiese mostrado una válida regeneración como individuo. Ciertamente, la decisión de Jorge Alessandri Rodríguez de no otorgarle el indulto fue respaldada por las instituciones judiciales y por la ciudadanía en general, como un caso ejemplificador. Fue sólo mientras se acercó el día de la ejecución que surgió cierto debate, en cierto sector de la prensa y en los círculos más progresistas y humanistas sobre la conveniencia o no de mantener la pena capital, sobre todo después ver los avances en la reformación del imputado. Habían pasado sólo 6 años desde que se había ejecutado al “Chacal de Nahueltoro” y, en verdad, fue la película de Littín la que había puesto en el tapete y reflexionado sobre la controversia de reeducar a un reo condenado a muerte y, de todas formas, ejecutarlo. De hecho, el caso de “El Chacal de Nahueltoro” puede considerarse como un caso excepcional a ese respecto, ya que no fue ni el primero ni el último en tratarse de un criminal que debió enfrentar el pelotón de fusilamiento, pero sí en una instancia excepcional que mostrara avances genuinos de regeneración, los cuales apoyarían la posibilidad de un cambio en la administración de los procesos penales a principios de los 70.

Debido a este debate, pero principalmente por la película de Littín, se generó un culto en torno a la figura de Valenzuela Torres, quien fuera ajusticiado por cierto a los 24 años, que tiene como eje central su sepultura ubicada en el cementerio de San Carlos. En dicho campo santo se realizan romerías cada 1° de noviembre (Día de Todos los Santos) y gente proveniente de diversos lugares de Chile visita su tumba para realizar rogativas y petitorios como si de un santo se tratara. Esta suerte de canonización informal y popular de un asesino múltiple representa un peculiar y no menos interesante fenómeno social en Chile y se debió esencialmente a la idea que representa la redención más allá de la naturaleza de los pecados cometidos. De hecho, el director chileno Guillermo González estrenó el cortometraje “Bajo el sur: tras la huella de un asesino milagroso” (2005), donde el propio Nelson Villagra recuerda su interpretación de Valenzuela Torres y realiza una revisión del fenómeno religioso en torno al mítico “Chacal de Nahueltoro”.

Littín utilizó las locaciones reales en las que Jorge Valenzuela Torres cometió el múltiple asesinato, la cárcel y la celda en que estuvo recluido casi tres años y el lugar de ejecución. También se preocupó de investigar y tener acceso a todos los textos oficiales del hecho como el expediente de la causa judicial y las entrevistas de la prensa, como ya mencioné, por lo que “El Chacal de Nahueltoro” (1969) puede considerarse una película documental dramática en toda su factura.

Nelson Villagra (“Tres Tristes Tigres”, 1968) resulta totalmente airoso en su interpretación de Jorge Valenzuela Torres, regalando una interpretación convincente, de acuerdo al estilo cinematográfico del film. Villagra utilizó métodos de actuación de carácter para interpretar al “Chacal” de manera de poder profundizar en la psique del asesino múltiple y poder comprender el viaje a la redención que este inició y cómo enfrentó la muerte en el patíbulo. Le acompañan en el reparto Héctor Noguera (“Deja que los perros ladren”, 1961), quien además de encarnar al padre Eloy Parra participó como productor; Shenda Román, esposa real de Villagra interpretó a Rosa Rivas, la viuda asesinada con sus hijos; el prolífico Luis Alarcón (“Palomita Blanca”, 1973) personificó al juez, además de ser también productor, y Marcelo Romo (“Ya no basta con rezar”, 1972) como el reportero que cubre la nota policial y entrevista al “Chacal” en más de una ocasión.

La película fue estrenada en junio de 1969 en el Festival de Cine de Viña del Mar y el 4 de mayo de 1970 en Santiago, provocando gran impacto mediático. Le seguirían México y Alemania Occidental en junio de 1970 y la Unión Soviética en octubre de 1972.

En resumen, un clásico del Nuevo Cine Chileno que invita a reflexionar sobre la controversia sobre la pena de muerte versus la posible redención de un criminal, con todo lo que conlleva la ausencia y abandono del Estado y el funcionamiento de su sistema de justicia.

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ragman

  • 28 May 2018

5


pelicula de hechos reales sobre un asesino de chile,en realidad me parecio un caso mas del monton, solamente que en chile marco mucho, pero si analizamos el caso hoy por hoy hay miles de situaciones similares, como filme esta bien llevado siempre enfocandose mas en el drama y siendo bastante sutiles respecto a los asesinatos.
se deja ver pero nada mas.



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