¨La gente es peor que los bebés o los perros. No piensan; trabajan como esclavos y beben toda la noche. Televisión, radio, películas...no tienen tiempo para pensar, ¡y ahí es donde entramos nosotros!¨.
Es la base del cruel, cínico y ambicioso mundo de los negocios: aprovecharse del vulgo y manipularlo, tenerlo controlado. Lo importante únicamente es prosperar.
Tras la derrota en la 2.ª Guerra Mundial Japón es testigo de una gran transformación en todos sus ámbitos, desde el económico y el político hasta el cultural; el país se libera en 1.952 de la ocupación estadounidense, pero la influencia persiste. Es entonces cuando se empieza a desarrollar un modelo de conducta y unos procederes heredados directamente del país invasor: se propone una ¨occidentalización¨, se fomenta el capitalismo corporativo, el Primer Ministro Shigeru Yoshida aboga por el crecimiento económico sin restricciones. Una nueva etapa se inicia a mediados de la Era Showa: la del milagro japonés.
En este periodo de mutación, cambios y prosperidad se centra la obra que nos ocupa, cuyo tema decidió abordar un joven Yasuzo Masumura que llevaba ejerciendo de cineasta tan solo un año, pero habiendo realizado títulos tan notables como ¨Kuchizuke¨ o ¨Aozora Musume¨. Éste, junto a su habitual colaborador Yoshio Shirasaka, tomaría de base la novela ¨Kyojin to Gangu¨ del laureado Takeshi Kaiko, considerado, gracias a su estilo mordaz, crítico y no menos controvertido, uno de los más relevantes (y reveladores) autores de su generación.
Las intenciones de Masumura son fáciles de apreciar pues pone el dedo en la llaga desde el mismísimo principio: aparece la estrella de la película posando para una foto que en poco tiempo se divide en una gran cantidad de imágenes para luego pasar a una masa ingente de hombres trajeados que con paso firme se dirigen a trabajar a sus respectivas compañías. Un auténtico ejército del capitalismo dispuesto a cumplir con los preceptos básicos del mundo empresarial: vigilar los beneficios, apostar por lo moderno, atraer la atención del cliente y saciar su necesidad, y lo más importante: nunca rendirse a la competencia.
En este torrente de carne humana se encuentra el joven Nishi, quien entra a formar parte de World, una de las principales empresas del país, productora de dulces y juguetes para niños y que mantiene una batalla por el liderazgo contra Giant y Apollo; Goda, uno de los responsables de marketing más eficientes, da con la solución ideal: hallar el reclamo perfecto para que la gente compre sus productos. De este modo caerá en sus garras una humilde y despreocupada chica llamada Kyoko, a la que usarán de ¨mascota¨ en las más extravagantes campañas publicitarias y transformarán en la nueva celebridad mediática del momento con tal de machacar a sus rivales.
Masumura recurre a los mismos temas que ya se encontraban en ¨La Torre de los Ambiciosos¨ o ¨El Precio del Triunfo¨ y los satiriza y degenera mientras nos arrastra a las entrañas de un mundo despiadado, donde las relaciones entre los seres, cuyas vidas personales están estancadas en la más absoluta amargura, se dan en base a los negocios impidiendo en todo momento la presencia de los verdaderos sentimientos. Se adopta la técnica de las fábricas (la reproducción en cadena) y el modelo americano, y con él se rechazan los códigos tradicionales japoneses (confrontación representada en la lucha entre Goda y su suegro).
El honor, la dignidad y la conciencia se entierran junto con el amor, la amistad y el remordimiento, ya que el actuar como un ser humano es inconcebible si uno quiere alcanzar el éxito; se da prioridad a sacar partido de la desgracia y a la codicia, que cual virus pasa y se infiltra en todas las situaciones, se insinúa y contamina (en Goda), se proyecta sin parar y se reproduce (en Kyoko). Mientras las tensiones se acrecientan entre las tres compañías, Nishi, del mismo modo que el espectador, será testigo de la difusión tóxica de este mal y de la repugante catadura de los personajes (que se pelean entre ellos por el poder como los hermanos pequeños de Kyoko por los regalos), abocados a su deshumanización y autodestrucción, tal como la burbuja enconómica en la que habitan.
A pie de calle la situación es distinta: reina la insatisfacción, la pobreza, la miseria y se desprecia la influencia estadounidense; así, el director tiene la oportunidad no sólo de comparar, sino de provovar la colisión de estos dos mundos (el de arriba y el de abajo) haciendo honor al título del film, pues se trata de la dominación que esos ¨gigantes¨ (las compañías) practican sobre la ilusa y manipulable población (sus ¨juguetes¨), y de su apabullante habilidad para crear estrellas (otro tipo de juguetes rotos) a la misma velocidad con que las destruyen, llevando a cabo su absoluta despersonalización en el proceso (Kyoko deja de ser ella misma para convertirse en un mero títere más de la fama).
Masumura capta al vuelo la realidad de la sociedad en el país y la presenta en su más despreciable, abyecta y grotesca versión siviéndose de un humor negro preñado de ácida ironía y una atmósfera implacable, realzada ésta por la fuerza y aspereza de la fotografía de Hiroshi Murai, en la que nos sumerge sin compasión. Vuelven a colaborar con el cineasta los geniales Hiroshi Kawaguchi y (la bellísima aunque aquí horrorizada) Hitomi Nozoe, quienes ya demostraron en ¨Kuchizuke¨ la gran química que poseían en pantalla, mientras Yunosuke Ito, Kinzo Shin y un irritante y desquiciado Hideo Takamatsu ofrecen también unas memorables interpretaciones.
Masumura destapa su genio crítico con una audacia pasmosa condenando feroz y brutalmente el consumismo, el capitalismo y el mundo empresarial al igual que Lumet satirizaba el de la televisión en ¨Network¨ o Kubrick el de la política en ¨Dr. Strangelove¨.
Ambos, tanto el director como su obra, demostraron una obvia evidencia: estar adelantados a su tiempo.
Mad Warrior
8
¨La gente es peor que los bebés o los perros. No piensan; trabajan como esclavos y beben toda la noche. Televisión, radio, películas...no tienen tiempo para pensar, ¡y ahí es donde entramos nosotros!¨.
Es la base del cruel, cínico y ambicioso mundo de los negocios: aprovecharse del vulgo y manipularlo, tenerlo controlado. Lo importante únicamente es prosperar.
Tras la derrota en la 2.ª Guerra Mundial Japón es testigo de una gran transformación en todos sus ámbitos, desde el económico y el político hasta el cultural; el país se libera en 1.952 de la ocupación estadounidense, pero la influencia persiste. Es entonces cuando se empieza a desarrollar un modelo de conducta y unos procederes heredados directamente del país invasor: se propone una ¨occidentalización¨, se fomenta el capitalismo corporativo, el Primer Ministro Shigeru Yoshida aboga por el crecimiento económico sin restricciones. Una nueva etapa se inicia a mediados de la Era Showa: la del milagro japonés.
En este periodo de mutación, cambios y prosperidad se centra la obra que nos ocupa, cuyo tema decidió abordar un joven Yasuzo Masumura que llevaba ejerciendo de cineasta tan solo un año, pero habiendo realizado títulos tan notables como ¨Kuchizuke¨ o ¨Aozora Musume¨. Éste, junto a su habitual colaborador Yoshio Shirasaka, tomaría de base la novela ¨Kyojin to Gangu¨ del laureado Takeshi Kaiko, considerado, gracias a su estilo mordaz, crítico y no menos controvertido, uno de los más relevantes (y reveladores) autores de su generación.
Las intenciones de Masumura son fáciles de apreciar pues pone el dedo en la llaga desde el mismísimo principio: aparece la estrella de la película posando para una foto que en poco tiempo se divide en una gran cantidad de imágenes para luego pasar a una masa ingente de hombres trajeados que con paso firme se dirigen a trabajar a sus respectivas compañías. Un auténtico ejército del capitalismo dispuesto a cumplir con los preceptos básicos del mundo empresarial: vigilar los beneficios, apostar por lo moderno, atraer la atención del cliente y saciar su necesidad, y lo más importante: nunca rendirse a la competencia.
En este torrente de carne humana se encuentra el joven Nishi, quien entra a formar parte de World, una de las principales empresas del país, productora de dulces y juguetes para niños y que mantiene una batalla por el liderazgo contra Giant y Apollo; Goda, uno de los responsables de marketing más eficientes, da con la solución ideal: hallar el reclamo perfecto para que la gente compre sus productos. De este modo caerá en sus garras una humilde y despreocupada chica llamada Kyoko, a la que usarán de ¨mascota¨ en las más extravagantes campañas publicitarias y transformarán en la nueva celebridad mediática del momento con tal de machacar a sus rivales.
Masumura recurre a los mismos temas que ya se encontraban en ¨La Torre de los Ambiciosos¨ o ¨El Precio del Triunfo¨ y los satiriza y degenera mientras nos arrastra a las entrañas de un mundo despiadado, donde las relaciones entre los seres, cuyas vidas personales están estancadas en la más absoluta amargura, se dan en base a los negocios impidiendo en todo momento la presencia de los verdaderos sentimientos. Se adopta la técnica de las fábricas (la reproducción en cadena) y el modelo americano, y con él se rechazan los códigos tradicionales japoneses (confrontación representada en la lucha entre Goda y su suegro).
El honor, la dignidad y la conciencia se entierran junto con el amor, la amistad y el remordimiento, ya que el actuar como un ser humano es inconcebible si uno quiere alcanzar el éxito; se da prioridad a sacar partido de la desgracia y a la codicia, que cual virus pasa y se infiltra en todas las situaciones, se insinúa y contamina (en Goda), se proyecta sin parar y se reproduce (en Kyoko). Mientras las tensiones se acrecientan entre las tres compañías, Nishi, del mismo modo que el espectador, será testigo de la difusión tóxica de este mal y de la repugante catadura de los personajes (que se pelean entre ellos por el poder como los hermanos pequeños de Kyoko por los regalos), abocados a su deshumanización y autodestrucción, tal como la burbuja enconómica en la que habitan.
A pie de calle la situación es distinta: reina la insatisfacción, la pobreza, la miseria y se desprecia la influencia estadounidense; así, el director tiene la oportunidad no sólo de comparar, sino de provovar la colisión de estos dos mundos (el de arriba y el de abajo) haciendo honor al título del film, pues se trata de la dominación que esos ¨gigantes¨ (las compañías) practican sobre la ilusa y manipulable población (sus ¨juguetes¨), y de su apabullante habilidad para crear estrellas (otro tipo de juguetes rotos) a la misma velocidad con que las destruyen, llevando a cabo su absoluta despersonalización en el proceso (Kyoko deja de ser ella misma para convertirse en un mero títere más de la fama).
Masumura capta al vuelo la realidad de la sociedad en el país y la presenta en su más despreciable, abyecta y grotesca versión siviéndose de un humor negro preñado de ácida ironía y una atmósfera implacable, realzada ésta por la fuerza y aspereza de la fotografía de Hiroshi Murai, en la que nos sumerge sin compasión. Vuelven a colaborar con el cineasta los geniales Hiroshi Kawaguchi y (la bellísima aunque aquí horrorizada) Hitomi Nozoe, quienes ya demostraron en ¨Kuchizuke¨ la gran química que poseían en pantalla, mientras Yunosuke Ito, Kinzo Shin y un irritante y desquiciado Hideo Takamatsu ofrecen también unas memorables interpretaciones.
Masumura destapa su genio crítico con una audacia pasmosa condenando feroz y brutalmente el consumismo, el capitalismo y el mundo empresarial al igual que Lumet satirizaba el de la televisión en ¨Network¨ o Kubrick el de la política en ¨Dr. Strangelove¨.
Ambos, tanto el director como su obra, demostraron una obvia evidencia: estar adelantados a su tiempo.
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