Los concurridos barrios de Tokyo, cuando la noche ya ha caído. Los carteles iluminan unas calles sin embargo ocupadas por monstruos que se esconden en los rincones más oscuros...
Esto es la peligrosa Ginza, y allí nos vamos.
El responsable de meternos en sus tripas es Teruo Ishii, que con 34 años trabaja a destajo y muy feliz en los estudios de Shintoho. Pero, aunque le designaran director de “Supergiant“ (la primera película japonesa sobre las aventuras de un superhéroe) y sus numerosas secuelas, se podría considerar a “Jotai (o “Nyotai“) Sanbashi“ su primera obra de pleno derecho, al estrenarse también como guionista; además en ella destacan dos de las señas de identidad que abarcará todo su cine posterior. La primera es la audacia. Un narrador nos lleva en coche al centro nocturno tokyota poniéndonos sobre aviso de los peligros que vamos a encontrar.
A modo de documental observamos los clubs, salas de fiestas, pubs y, por supuesto, los prostíbulos. Esto, la compra-venta de mujeres, fue el tema estrella de todos los “thrillers“ que Ishii dirigió para la productora, aprovechando lo que cada día leía en los periódicos sobre las actividades de dichos negocios desde la prohibición de la prostitución en Japón poco antes. Entonces seguimos a un tipo (Ken Utsui) a una cita en un motel con una chica que, misteriosamente, ha sido asesinada en la bañera; este prólogo, donde él se convierte en un inocente perseguido en la tradición “hitchcockiana“, es despachado con mucha rapidez y no tardamos en enterarnos de que se trata de un policía de incógnito...
El escenario se transforma. Esto ya no es la investigación de un asesinato y un hombre huyendo, sino una operación a gran escala para echar el guante a los responsables de una organización que secuestra chicas y usa un club como tapadera. Yoshioka (Utsui) se suponía el protagonista de esta intriga con evidentes influencias de cine negro norteamericano (y un poco a la manera de Nikkatsu, también), pero no es así; en esta historia se cruzan y tropiezan otros tantos personajes, empezando por dos agentes más (Ono y Hayami) que por su cuenta investigan las actividades de dicha organización.
Y esta es precisamente la otra “marca de la casa“ de la que el director hace gala (y seguiría haciendo): su torpeza como guionista; a sabiendas del reducido metraje que marcaba Shintoho para las producciones de este género, es incomprensible la cantidad enorme de secundarios que circulan por una trama cuyas bifurcaciones son tantas que llegan a marear. Tenemos a Yoshioka, el héroe, y a una chica, Rumi (la explosiva Yoko Mihara, musa de la compañía), quienes comparten un melancólico pasado y acaban unidos para luchar contra los proxenetas del club Arizona; ellos deberían ser los únicos en quienes se centrara el argumento...
Por desgracia la atención se desvía hacia Ono y Hayami, a éste se le da una subtrama que involucra a otra chica (también con su propia historia trágica y tópica que contar), y por si fuera poco se introduce a una periodista (Haruko) que llega de no se sabe dónde a meter las narices en los tejemanejes del club y a un chico (Teruo) enamorado de Rumi que toca allí el piano...y, cómo no, también gozan de su momento dramático en este embrollo de estilizadas atmósferas. Pero la película es tan corta que Ishii no tiene tiempo de desarrollar a tal maraña de personajes como es debido, así que algunos llegan, se van, aparecen otros, vuelven a irse, regresan los de antes y nos quedamos preguntándonos si van a esfumarse de nuevo o no...
Y la pareja principal, Yoshioka y Rumi, termina tristemente desaprovechada. Lo más destacado sigue siendo el riesgo que toma Ishii, exponiendo a actrices semidesnudas o realizando bailes de un erotismo que desafiaba los límites de la censura de la época, y tratando un tema candente en ese momento como eran las leyes anti-prostitución y los casos reales de organizaciones clandestinas dedicadas al secuestro, la extorsión y la esclavitud. Que aquí un gángster norteamericano sea el jefe de toda la operación no sorprende en absoluto.
Las muestras de violencia verbal y física también son una pista para saber hacia qué caminos se movería el cineasta en años venideros; el clímax elegido, sin embargo, en el astillero y con el clásico enfrentamiento a tiros, no sale del estereotipo del policíaco, y su planteamiento es tan absurdo que pareciera una parodia (¿quién apostaría a que un policía ganara contra una veintena de enemigos?, yo no, desde luego...).
Curiosamente el momento más poderoso de la película se lo lleva Ono (el veterano Shigeru Ogura) y se basa en un simple pero profundo discurso para dar fuerzas al joven Hayami para continuar con su ingrato trabajo, siendo asimismo uno de los mejores momentos que filmó Ishii en toda su carrera.
Mad Warrior
6
Los concurridos barrios de Tokyo, cuando la noche ya ha caído. Los carteles iluminan unas calles sin embargo ocupadas por monstruos que se esconden en los rincones más oscuros...
Esto es la peligrosa Ginza, y allí nos vamos.
El responsable de meternos en sus tripas es Teruo Ishii, que con 34 años trabaja a destajo y muy feliz en los estudios de Shintoho. Pero, aunque le designaran director de “Supergiant“ (la primera película japonesa sobre las aventuras de un superhéroe) y sus numerosas secuelas, se podría considerar a “Jotai (o “Nyotai“) Sanbashi“ su primera obra de pleno derecho, al estrenarse también como guionista; además en ella destacan dos de las señas de identidad que abarcará todo su cine posterior. La primera es la audacia. Un narrador nos lleva en coche al centro nocturno tokyota poniéndonos sobre aviso de los peligros que vamos a encontrar.
A modo de documental observamos los clubs, salas de fiestas, pubs y, por supuesto, los prostíbulos. Esto, la compra-venta de mujeres, fue el tema estrella de todos los “thrillers“ que Ishii dirigió para la productora, aprovechando lo que cada día leía en los periódicos sobre las actividades de dichos negocios desde la prohibición de la prostitución en Japón poco antes. Entonces seguimos a un tipo (Ken Utsui) a una cita en un motel con una chica que, misteriosamente, ha sido asesinada en la bañera; este prólogo, donde él se convierte en un inocente perseguido en la tradición “hitchcockiana“, es despachado con mucha rapidez y no tardamos en enterarnos de que se trata de un policía de incógnito...
El escenario se transforma. Esto ya no es la investigación de un asesinato y un hombre huyendo, sino una operación a gran escala para echar el guante a los responsables de una organización que secuestra chicas y usa un club como tapadera. Yoshioka (Utsui) se suponía el protagonista de esta intriga con evidentes influencias de cine negro norteamericano (y un poco a la manera de Nikkatsu, también), pero no es así; en esta historia se cruzan y tropiezan otros tantos personajes, empezando por dos agentes más (Ono y Hayami) que por su cuenta investigan las actividades de dicha organización.
Y esta es precisamente la otra “marca de la casa“ de la que el director hace gala (y seguiría haciendo): su torpeza como guionista; a sabiendas del reducido metraje que marcaba Shintoho para las producciones de este género, es incomprensible la cantidad enorme de secundarios que circulan por una trama cuyas bifurcaciones son tantas que llegan a marear. Tenemos a Yoshioka, el héroe, y a una chica, Rumi (la explosiva Yoko Mihara, musa de la compañía), quienes comparten un melancólico pasado y acaban unidos para luchar contra los proxenetas del club Arizona; ellos deberían ser los únicos en quienes se centrara el argumento...
Por desgracia la atención se desvía hacia Ono y Hayami, a éste se le da una subtrama que involucra a otra chica (también con su propia historia trágica y tópica que contar), y por si fuera poco se introduce a una periodista (Haruko) que llega de no se sabe dónde a meter las narices en los tejemanejes del club y a un chico (Teruo) enamorado de Rumi que toca allí el piano...y, cómo no, también gozan de su momento dramático en este embrollo de estilizadas atmósferas. Pero la película es tan corta que Ishii no tiene tiempo de desarrollar a tal maraña de personajes como es debido, así que algunos llegan, se van, aparecen otros, vuelven a irse, regresan los de antes y nos quedamos preguntándonos si van a esfumarse de nuevo o no...
Y la pareja principal, Yoshioka y Rumi, termina tristemente desaprovechada. Lo más destacado sigue siendo el riesgo que toma Ishii, exponiendo a actrices semidesnudas o realizando bailes de un erotismo que desafiaba los límites de la censura de la época, y tratando un tema candente en ese momento como eran las leyes anti-prostitución y los casos reales de organizaciones clandestinas dedicadas al secuestro, la extorsión y la esclavitud. Que aquí un gángster norteamericano sea el jefe de toda la operación no sorprende en absoluto.
Las muestras de violencia verbal y física también son una pista para saber hacia qué caminos se movería el cineasta en años venideros; el clímax elegido, sin embargo, en el astillero y con el clásico enfrentamiento a tiros, no sale del estereotipo del policíaco, y su planteamiento es tan absurdo que pareciera una parodia (¿quién apostaría a que un policía ganara contra una veintena de enemigos?, yo no, desde luego...).
Curiosamente el momento más poderoso de la película se lo lleva Ono (el veterano Shigeru Ogura) y se basa en un simple pero profundo discurso para dar fuerzas al joven Hayami para continuar con su ingrato trabajo, siendo asimismo uno de los mejores momentos que filmó Ishii en toda su carrera.
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