Ficha La Balada de Narayama


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Críticas de La Balada de Narayama (1)




Mad Warrior

  • 19 Nov 2021

9



Alienación y ridiculización, abandono forzado y a la vez aceptado, una tradición tan antigua que ya se pierde entre rumores y vagas leyendas pero que aún hoy día sigue estando vigente, e incluso en las sociedades más actuales y modernas.
Viajamos a una época remota para conocer una práctica que se mantiene desde décadas, siglos atrás, la del “obasute”, y con su escenario principal: el monte Narayama.

Si bien es producto de una ficción quizás demasiado rebuscada, al natural de Isawa, Shichiro Fukazawa, le sirvió de base para crear una de las más grandes novelas que se han escrito en el país nipón, y por ende de las más conocidas; este hombre era músico, pero también desarrolló interés por la literatura, y cuando ya pasaba de los 40 sorprendió a todo el mundo con su “Narayama Setsuko”. Pero la montaña ficticia que aparece en el título remite en efecto a una real, situada en la prefrectura de Nagano y llamada Kamuriki, relacionada con la ancestral (aunque nunca oficialmente probada) práctica del abandono de los ancianos por una comunidad pobre.
Inmisericorde acto de sacrificio, a la vez de amor y horror, con el que conectó un triste Fukazawa que veía a su madre padecer de cáncer de hígado y convertirse en una carga para la familia, quienes bromeaban a sus espaldas la maliciosa idea de que falleciera lo antes posible; crea entonces a los personajes de Orin y Tatsuhei: la primera, una mujer que ha llegado a los 70 años y que se ha de preparar para dejar el hogar y cederle el sitio a los parientes más jóvenes; el segundo, hijo de ésta, para quien dicha tradición supone un amargo pesar, si bien no se ve capaz de desafiar...

La novela adquirió tal éxito que los ejecutivos de Shochiku no tardaron en hacerse con los derechos para una película; no es de extrañar que el elegido fuese un Keisuke Kinoshita el cual había ganado unos años antes el Globo de Oro por su gran trabajo “Veinticuatro Ojos”, favorita del público y la crítica, tesoro cinematográfico nacional y culpable del prestigio académico con el que sería laureado. Él mismo se encarga del guión y propone algo arriesgado a la compañía, tal vez influenciado por la obra teatral que adaptó el libro un año después de su publicación en 1.956.
Su idea era filmar la historia exclusivamente en estudio y, por supuesto, en color (dado que él fue el primer director de Japón que rodó en dicho formato podía permitirse el lujo de exigirlo), por lo que la productora emplearía un abultado presupuesto, la utilización de grandes decorados y cámaras Fujifilm. Un narrador vestido de monje anuncia la obra que vamos a ver, a su espalda un telón se alza; Kinoshita se sirve así de la belleza y sensibilidad del kabuki para contar este relato atemporal aunque de trazos feudales. Como un director clásico norteamericano de grandes estudios, este uso de escenarios e iluminación artificial no supone un hándicap sino una ventaja en la transmisión de emociones al espectador.

El director de fotografía Hiroshi Kusuda, el director artístico Chiyo Umeda y la labor esencial de Mototsugu Komaki en la modelación de decorados se convierte en parte vital de la película, la cual se verá acompañada de una narración cantada (típico del kabuki), dolorosamente melancólica; Orin recibe la visita de un hombre que le habla de Tama, posible candidata a esposa de su hijo viudo, Tatsuhei. Ya nos introduce el argumento en la asunción de un destino trágico que determina una ley de vida también horrible, lo que sirve a Kinoshita para atacar con dureza la aceptación de tradiciones y costumbres amorales y despiadadas sujetas a las creencias de una sociedad.
En este caso, en la aldea donde reside la anciana de 70 años con el rostro envejecido (un maquillaje excelente) de una Kinuyo Tanaka que nos vuelve a demostrar por qué merece figurar entre las mejores actrices, no sólo de su país, sino de la Historia del cine; esta Orin y su hijo son el único sustento de una familia cada vez más numerosa con la providencial llegada de esa nueva mujer, mientras el despreocupado, holgazán y repulsivo Kesakichi, hijo mayor del anterior, figura la joven generación, desesperada por tomar el dominio del hogar, dejando en una mala posición a la anciana.

La preciosa paleta de colores vivos que inunda el escenario y el uso de la luz y la música es un deleite para nuestros sentidos, logrando Kinoshita una libertad de experimentación inusual (para la época y sobre todo la productora) con la que nos sumerge, a través de delicados y precisos movimientos de cámara, en un espacio de estilizadas atmósferas, cuidado hasta el más mínimo detalle, y esto contrasta de una manera extraña con esa crudeza de la que deliberadamente se sirve aquél para relatarnos la trama e introducirnos en la vida de unos personajes con los que resulta imposible empatizar.
Absurdo es buscar precedentes o similitudes en el pueblo japonés o en cualquier otro, pues el de la historia se rige por sus propias costumbres, brutales, inhumanas, incomprensibles y amorales desde cualquier perspectiva lógica. Aunque sin condenar ni juzgar, Kinoshita esboza un retrato malicioso y negro resaltando las atroces tradiciones de su sociedad, retorciéndolas, tergiversándolas; mientras robar es un delito que se castiga con la muerte (particularmente indigesta es la secuencia donde los aldeanos ajustician a toda una familia por hurto) se habla de asesinar a un recién nacido para no poner en peligro el sustento familiar o se maltrata a un padre hasta la extenuación para que decida dejar el hogar.

Orin, única persona realmente amable de esta comunidad inhumanizada (recordemos que Tama no pertenece a ella) es la viva imagen del sacrificio por la familia y los seres queridos, por lo que en última instancia se celebra la infinita bondad del anciano y se pone en contraposición con el egoísmo detestable del joven; Tanaka encarna magistralmente su papel, el cual se asocia a las numerosas féminas que ha interpretado (en especial para Mizoguchi y Ozu), dispuestas a dar su vida por otros, generalmente hombres. Su rostro maquillado para la ocasión transmite mil y una emociones, del dolor de Orin, así como de su felicidad.
Se ganará nuestro corazón cuando, en un acto de ese nombrado autosacrificio que a muchos arrugará las tripas, decide romperse los dientes para acabar con la vergüenza que la embarga por conservarlos aún demasiado sanos para su edad, despertando así la envidia y el recelo del resto del pueblo. Teiji Takahashi, sin destacar demasiado, ofrece una correcta actuación como ese Tatsuhei cohibido por una tradición que nadie contempla desafiar, y que tiene como acto grandioso el entregarse al dios del Narayama, lugar de muerte, resignación y perdón divino. El ascenso final ocupa el último tercio del film y nos da algunos de los planos y secuencias más detallistas y arrebatadores que se han filmado nunca.

A través de escenarios que parecen imaginados con la belleza de las pinturas y acuarelas del arte chino, el director sigue de cerca al hijo, quien lleva a espaldas a su madre (la carga y el pesar deben ser compartidos), en la larga travesía hacia la cumbre de la montaña; los registros formales utilizados elevan las emociones hasta desgarrarnos por dentro en una escena final donde Orin permanece sentada bajo los primeros copos de nieve mientras el silencio es roto por los graznidos de los cuervos que revolotean alrededor de ella. Seguramente ni Kinugasa, ni Kobayash, ni el mismísimo Mizoguchi lo hubieran filmado mejor.
El acto de autosacrificio es entonces seguido de un acto repulsivo de asesinato donde toma parte Tatsuhei, y donde sin tapujos se muestra que aquellos que cometen un crimen en contra de la naturaleza de la tradición son severamente castigados. En el epílogo, rodado en un entorno real, vemos un tren que corta el espacio como una cuchilla de modernidad, figurando la impura llegada del progreso; se lee “obasute” en uno de los carteles de la estación...y es que, detrás del nombre de un pueblo, como bien se nos dice aquí, puede ocultarse una interesante tradición, por absurda e incomprensible que nos resulte.

La película, por su parte, es un éxito para los críticos, pero no para el público, entra en competición en el Festival de Venecia y recibe el reconocimiento del mismísimo François Truffaut; con el tiempo ha llegado a posicionarse entre las obras imprescindibles del cine japonés y por supuesto de la carrera de Kinoshita...
lo que evidentemente no logró la tan distinta versión de Shohei Imamura, más de dos décadas después, que abordaba el mismo concepto desde un enfoque más realista, violento y áspero, además de no respetar la narrativa de la novela de Fukazawa, introduciendo personajes y subtramas inexistentes en la original. En opinión de quien escribe acabó llevándose injustamente la prestigiosa Palma de Oro...



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