Ficha El Intruso

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Críticas de El Intruso (2)




Mad Warrior

  • 3 Jun 2023

8



El profundo Sur de EE.UU.. Se huele a tensión, a mala sombra, late dentro de los corazones rencorosos de cada ciudadano una especie de raro rencor debido a la violación de sus derechos como blancos norteamericanos de pura raza.
Y un hombre llega. Y será la chispa que prenda la mecha de una bomba de relojería humana...

Un hombre de blanco, de la cabeza a los pies, impoluto e inmaculado; su nombre es Adam Cramer, total homólogo de Roger Corman, no por supuesto por sus ideales, sino por la terrible influencia que tendrá en las personas con sus actos. Una decisión espinosa. Estamos en 1.961, en unos EE.UU. a los que la integración racial les está partiendo a muchos la espina de un orgullo poderoso y teñido de odio que se remonta a los tiempos de la Guerra de Secesión; Luther King ha logrado acabar con la segregación racial en la ciudad de Montgomery, y el S.N.C.C. empieza su campaña en Estados del Sur contra la misma situación.
Kennedy apoya este levantamiento a favor de los derechos civiles y la plena integración de los ciudadanos negros en la sociedad; son esos tiempos de agitación y disturbios que todo lo cambiarán. Tres años antes el guionista y autor Charles Beaumont escribía una novela influenciada por los terribles sucesos de Little Rock, un pueblo de Arkansas donde todos sus habitantes se opusieron a que nueve jóvenes negros ingresasen en un centro escolar, interviniendo incluso el ejército y el entonces presidente Eisenhower para condenar los actos del gobernador Orval Faubus y permitir esa integración.

Por sus incendiarios temas y fuerte denuncia ninguna productora quiso arriesgarse a llevar el libro a la gran pantalla, hasta que llegó a A.I.P. y de rebote a Corman, quien disfrutaba, ajeno a todo eso, de excelentes taquillas y críticas gracias a sus adaptaciones de las novelas de Allan Poe; creyendo entonces que tenía poder para decidir y hacer lo que quisiera, intentó convencer a alguna compañía para ocuparse del proyecto...esfuerzos sin embargo inútiles. Más tarde confesaría ¨Yo era un ingenuo, y a menos que fueses Bergman o Fellini no podías hacer lo quisieras¨; así fue como él mismo se hizo con las riendas desde el principio.
Esta, y no otra, fue la prueba definitiva del enorme coraje y valentía del de Michigan; cuando todos le dieron la espalda se embarcó en un rodaje que sabía iba a escandalizar a bastante gente. Utilizando un presupuesto ridículo y un reparto casi desconocido y encontrando apoyo en algunas regiones de Missouri, pese a ser de vez en cuando amenazado de muerte o de condena por el contenido de su guión, se atreve a introducirnos en el ficticio pero muy real pueblo de Caxton, siempre desde la mirada del forastero que acaba de llegar, provocándonos una cierta sensación de incomodidad y sospecha.

¿Podría ser otra versión del amable tío Charlie de ¨La Sombra de una Duda¨? Sin embargo el autobús que le trae no expulsa un humo tan negro como el de la locomotora de Hitchcock. Pese a ayudar a una niña a bajar del transporte la sonrisa de un joven William Shatner en el papel de su vida y previo al estrellato con ¨Star Trek¨ resulta inquietante; y sin mucha demora conoceremos su pérfido cometido. Esta Caxton, perfilada con las aristas de cualquier agujero de paletos sureños de la época, respira intransigencia por sus pulmones, esa atmósfera recargada de la que hablaba.
Cramer quiere aparentar que revela mucho con su traje blanco y su cortés altanería, una luz en la negra oscuridad que acaba de cubrir las vidas de todos. Su alegato es presentado por Corman como un golpe en los intestinos de la Constitución: prohibir la convivencia entre las buenas personas del lugar con la repugnante multitud negra que se está concentrando en la ¨puerta de atrás¨, ni mucho menos dejar que sus hijos pisen la escuela y se mezclen con los suyos. ¨Pero es una ley y hay que acatarla¨, se resigna el hacendado Shipman (Robert Emhardt, tremendamente odioso); lo que empieza a fraguarse es la fricción con una norma estatal que debería ser considerada un derecho humano fundamental.

Pero la gente de Caxton no desea conceder derechos pues los negros, a sus ojos, no son humanos. Esta opinión de los sureños, expuesta de manera tan indigesta y hoy imposible de ver en el cine (máxime cuando ¨negro¨ en su jerga norteamericana más despectiva se pronuncia una docena de veces), es lo que indignó a los mismos sureños que prestaron sus escenarios para el rodaje, quienes no querían ver su racismo histórico tan fielmente reflejado en una película.
Corman, tirando de artimañas, coraje y mucha imaginación, se salió con la suya.

Pero el intruso del título no es el hombre negro, sino el hombre blanco en este caso. Los primeros sufren en Caxton la misma suerte que en todo EE.UU.: condenados a la segregación. ¿Y si quería el Estado promover la integración por que dejar acumulados en un rincón a familias enteras en lugar de invitarles a vivir en los mismos barrios de los nativos ¨puros¨ y caucásicos? Por esta razón se generaron los rencores, creció la desconfianza y se crearon los ghettos, donde sólo una raza podía habitarlos. Y entramos en ese núcleo también devorado por el odio; el hermano pequeño de Joe (magnífico Charles Barnes), que va a ingresar en el instituto, le incita a que sólo con violencia se pueden hacer respetar...
Ahí está el odio, germinando desde la infancia, y la culpa es de esa segregación con la que muchas comunidades ya se creían muy humanitarias y respetuosas con las leyes de manera legítima. Todo cinismo. En Caxton, sin embargo, la repulsión hacia la raza ¨invasora¨ se revela demasiado pronto, sólo bastan algunas palabras del intruso Cramer, y aquí Beaumont apunta sin tapujos a la tremenda ignorancia y facilidad de manipulación del pueblo. En una impresionante secuencia filmada con mucho trucaje en la plaza de la ciudad aquél hace las veces de predicador ultraconservador con ínfulas de Hitler; ya están todos a su favor y la mecha comienza a arder.

A su alrededor los demás personajes percibirán este ambiente de opresión asfixiante cuya peor culminación es dinamitar una iglesia con el sacerdote dentro; imágenes que crean un agujero en la conciencia del espectador con tal fuerza que el escalofrío se repetirá más de una vez. Como cuando ese padre de familia es acorralado por una muchedumbre furiosa en plena calle; el director es consciente de que estas secuencias tan brutalmente honestas crisparán los nervios de los futuros espectadores, pero a su favor admitirá que para tratar el tema del anti-racismo primero es necesario exponer un racismo sin trabas, de la manera más contundente posible.
El racismo de hecho se produce por partida doble. Tanto de esa patética ¨white trash¨ como de los negros; nótese cuando el sacerdote manda a los diez chicos a la escuela como si se dirigiesen al matadero, o esos comentarios tan hirientes del hermano pequeño. Pero en su caso la segregación y el miedo no les ha dejado más remedio que pensar y actuar así. Mientras tanto, y por culpa del tiempo y del presupuesto, no puede sino componerse un retrato de personajes claro y firme, pero bastante sencillo, con algunos de los más conocidos estereotipos del melodrama.

La chica inocente que se deja usar, el magnate violento con poder sobre todos, el tipo de buen corazón que desea hacer lo correcto aunque no lo pueda comprender (Frank Maxwell en una versión algo tosca de Atticus Finch) o el bruto sin un gramo de cerebro. Pero de este cuadro tan realista como arquetípico el guión plantea giros que revelan unas personalidades muy distintas.
No entrará en el seno del hogar de Joe y otros chicos negros, algo que falta en la trama para completar los puntos de vista, aun así es un acierto convertir al elegante manipulador en un cobarde escurridizo que acorrala a las mujeres y al tipo salvaje en el más inteligente y concienciado de toda la ciudad.

Qué gran caída de máscaras, y es que cuando uno escudriña bajo la superficie halla cosas sorprendentes, si bien Beaumont no hace por escudriñar más de lo necesario en las motivaciones del intruso, dejando una interpretación tan obvia como la de que los comportamientos anticonstitucionales los promueven individuos o comunidades ¨en la sombra¨ cuyas venenosas ideas infiltran en la ignorante sociedad. Nada tiene que ver con el Gobierno, que aboga por las leyes y los derechos (claro, claro...). Esto, por supuesto, es una solución muy fácil y algo hipócrita.
Es evidente que Corman necesitaba mucho más para crear un estallido visceral con un clímax memorable en la historia; plantea, a la manera humilde, en esas angustiosas secuencias en el patio del instituto tan difíciles de filmar, su discurso: sincero, directo y amargo, donde no les cuesta a los monstruos ver que lo son y no a quienes tildaban de serlo. Por desgracia nadie en la época estaba preparado para tan duro golpe y por primera vez en su carrera el rey de los éxitos ¨B¨ fracasó en taquilla. Él, como es lógico, se sentía orgulloso.

Puede estarlo pues ¨El Intruso¨ es uno de los más valientes y comprometidos alegatos anti-racistas de la Historia del cine norteamericano, adelantándose a obras clave como ¨En el Calor de la Noche¨, ¨Un Retazo de Azul¨, ¨Matar a un Ruiseñor¨ o ¨Nothing but a Man¨.



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Miguel Arkangel

  • 22 Oct 2019

8


Hay que reconocerle a Roger Corman el enorme valor que significó haber rodado una película como esta en esos años tan duros, y podemos imaginar la polémica y rechazo que debió generar entre los extremistas de derecha y racistas, siempre tan influyentes, en EEUU.

“The Intruder”, es un modesto film de serie B, pero con una enorme importancia al introducirse en el tema del racismo, desgraciadamente aún vigente en gran parte del mundo y especialmente en EEUU. Su desarrollo, que combina el drama social y el drama psicológico individual, ya desde sus créditos iniciales nos permite detectar la fina construcción de una atmósfera envolvente y un latente suspenso.

Adam Cramer (un joven William Shatner), es un vil manipulador y embaucador, representante de una organización racista, quien llega a la pequeña población de Claxton para incitar al odio racial y oponerse, incluso con la violencia, al derecho de los afroamericanos a la educación.

En realidad los acontecimientos que nos cuenta “The Intruder” sirven como una perfecta lección que podría aplicarse a cualquier sitio en el mundo. El enorme poder que genera el saber manipular los prejuicios y el odio de una población en contra de aquellos a los que se considera “inferiores”, y las inevitables consecuencias de violencia e injusticia. De ahí, que este film no ha perdido en nada su vigencia, pues tristemente los terribles problemas sociales a los que nos enfrenta siguen tan vigentes hoy como hace 60 años.



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