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Críticas de Los Krays (1)


Mad Warrior

  • 24 Nov 2024

6



Tras la 2.ª Guerra Mundial el East End londinense, siempre regado de violencia, pobreza y ruina, tuvo la mala suerte de engendrar a los dos peores seres que jamás cruzaron sus calles.
Como han atestiguado muchos de sus conocidos, Ronald y Reginald Kray no eran precisamente muy inteligentes, ni tenían nada interesante que decir, pero sí tenían a su favor dos cosas esenciales: carisma para ganarse a la gente y poder para asimismo hacerles sentir miedo.

De niñatos malcriados por una madre que les daba todos los caprichos a probar en el negocio del boxeo para luego dedicarse a la delincuencia callejera tras ser expulsados del ejército por su peligrosa conducta; lo peor de todo es cómo de la nada levantaron un imperio gracias a su violencia y su “encanto“ de otro mundo, porque ello les elevó al estatus de celebridades. Seguían el modelo del gángster rebelde contra la parca sociedad que habían copiado del cine norteamericano, poseían clubs, salas de juego, y nadie se atrevía a testificar contra ellos cuando desataban gratuitamente su brutal violencia, en especial el hermano mayor.
Su condena coincidió con el cambio de década: 1.969. Pero sólo a 30 años, y no a pena de muerte, como merecían. Peter Medak tuvo la desgracia de cruzarse con ellos en su propio local cuando era un joven asistente de dirección que trabajaba en la película más representativa de la escena “swinging“ londinense: “Sparrows can“t Sing“. ¿Quién iba a pensar que acabaría, veintisiete años después, envuelto en una obra sobre su vida? Y así fue cuando el proyecto del músico Roger Daltrey para un “biopic“ acabó en manos de los productores Ray Burdis y Dominic Anciano, quien pensó en los integrantes de Spandau Ballet, Gary y Martin Kemp, con los que había trabajado, para encarnar a los Kray.

Sin embargo la visión que el polifacético artista y prestigioso autor Philip Ridley imprimió al guión fue lo que provocó la duda de tantos financiadores para colaborar en el ambicioso proyecto, y era de esperar pues el enfoque fue tal vez el menos convencional. Esto parece querer igualar la grandeza de “Érase una Vez en América“, empezando con la infancia de los Kray en un Haggerston pobre y aterrado por la 2.ª Guerra Mundial; y mientras Medak adopta un estilo poético y de sabor clásico el punto de vista es el femenino, desde los ojos de esa madre (encarnada por la brillante Billie Whitelaw), que defiende con uñas y dientes su casa y su familia.
El padre, como fue en la vida real, es un cobarde desertor, vago y alcohólico. A juzgar por este prólogo arropado en un bello diseño de producción uno esperaría una gran epopeya sobre una época, un lugar y unos personajes más grandes que la vida al igual que hiciera Leone en su obra maestra. Pero no. Las elipsis no ayudan a la historia, que va saltando a momentos “clave“ de los Kray y mostrando su agresivo comportamiento y el apego a su progenitora; las piezas del puzzle están ahí, desde su arresto en la prisión militar a su ascenso como auténticos gángsters, o el desafortunado matrimonio entre Reginald y Frances Shea, pero no encajan de un modo creíble.

Puede que los hermanos Kemp, en su debut como actores, y pese a sus claras diferencias físicas con los Kray, consigan unas poderosas actuaciones, pero Ridley no se acerca realmente a éstos, sino que los desplaza. Permanecen distantes, como observados por la atenta mirada de su madre; vemos sus comportamientos, caracteres y situaciones provocadas debido a ello, pero no nos metemos bajo su piel ni llegamos a sus sentimientos. Scorsese, por ejemplo, sí lo hacía. Medak no corrige el error del guión y su retrato es fuerte, perturbador, impactante, pero no emocionante ni real, todo hiede a superficial.
Tampoco se percibe el verdadero poder de los Kray. Los periódicos se recreaban en sus escándalos, sus operaciones de estafa y extorsión eran grandes (“La Firma“, como llamaron a su “empresa“, aquí ni se menciona), porque querían que su imperio fuera ostentoso, además de los grandes operativos policiales que se organizaban para capturarles; pero aquí se observa todo desde un punto de vista más personal e íntimo, o más insignificante, hay personajes que hablan de ese poder, hay mucho lujo y prestigio alrededor de los hermanos, pero no alcanza la magnitud de la realidad.

De hecho es curioso que los secundarios, en especial Whitelaw, Tom Bell, Kate Hardie o Steven Berkoff acaparen más la atención que los mismos protagonistas. Y lo peor es que el cineasta no nos recompensa con un verdadero clímax, el sueño de la madre es el vínculo de un hermoso principio y un terrible final; todo lo referente a la misión de Leonard Read para capturar a los Kray es obviado y algunos hechos se presentan desordenados (dos crímenes en la misma noche, que estuvieron muy separados en la realidad).
La dirección artística de Michael Buchanan, la fotografía de Alex Thomson, la música de Michael Kamen y la atmósfera sombría que despliega Medak ofrece una visión lírica, muy teatralizada, muy artística, del submundo gangsteril. Asimismo nada realista, y el guión no ayuda en su enfoque ni en su desarrollo. Lo más increíble es que los Kray obtuvieran beneficios por la película mientras estaban encarcelados.



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