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Críticas de Distrito Quinto (1)




Mad Warrior

  • 9 Feb 2025

8



“90 minutos metidos en un ambiente de asfixia moral donde se retrata a tipos humanos repulsivos en un medio cinematográfico desagradable“. Ese fue el informe presentado por el funcionario censor Esteban Romero cuando Julio Coll y su equipo presentaron el guión del ambicioso proyecto “Es Peligroso hacer Esperar“.
Basado en la obra teatral homónima del periodista y dramaturgo Josep Maria Espinàs, por supuesto hubo que someter a revisión, cambiar a ciertos personajes, el final y también el título, escandaloso (¿?) para los censores, y así pasó a tener el nombre, administrativo, del marginal barrio Raval donde se ubica la historia.

El sr. Romero creía que estaba destruyendo la credibilidad de aquel primer borrador, pero con su sentencia provoca, paradójicamente, aún más ganas de acercarse a este clásico de nuestro cine, primera producción de Coll por cuenta propia y tercera de una filmografía siempre arraigada al género negro. Obviando la puñetera frasecita de apertura, impuesta por los censores, “Distrito Quinto“ comienza de un modo peculiar: con personajes que se refugian en un lugar después de un acto delictivo, recordando así a la anterior película del director, “Nunca es Demasiado Tarde“.
Pero aquí no es el entorno rural, sino el urbano, el de un Raval que no se ve pero se siente, en las húmedas paredes del rellano del edificio y en cada uno de los personajes que va a ocupar uno de sus pisos. Se siente esta España desencantada. Llegan de cometer un atraco Gerardo, Andrés, Miguel y David, y dentro esperan dos mujeres, bien distintas, Marta y Tina; Coll concentra a todos los actores en el salón, mueve la cámara con sutileza, utiliza ángulos y una profundidad de campo para crear una sensación de angustia creciente, reforzada por la buena fotografía de Salvador Torres y los planos continuos de las agujas de los relojes, que avanzan y avanzan. Uno de la banda aún está en la calle, y se llama Mario...

Y el director nos deja ahí, en la espera, con una ingeniosa maniobra, y de novela negra de manual: viajar al pasado para conocer la creación de la banda. La trama se articulará de este modo, rompiendo el presente para viajar al pasado en repetidas ocasiones, y con cada viaje avanzaremos hacia la situación actual además de profundizar en la psicología y emociones de los personajes. Con el primer “flashback“ les conocemos, a ese joven David, que vive de la caridad y sueña con escribir un libro de poesías; a ese Miguel, profesor de flamenco, que sueña con protagonizar alguna vez su propio espectáculo; a ese Gerardo, que sueña con dejar su trabajillo de fotógrafo.
Aquí todos sueñan, en esa España que ha entrado en la ONU y está cerca de entrar en su época de desarrollismo. Pero en el Raval la industrialización y demás avances sociales no se notan demasiado, ni tampoco lo notan estas personas. Tras los hombres dos mujeres, una que sigue el modelo de trabajadora esforzada y devota esposa y una descarada “femme fatale“ que no aprende ni a base de ostias (Linda Chacón y Montserrat Salvador en interpretaciones magistrales). Alberto Closas, en la piel de Mario, es el quinto hombre en llegar a esa especie de pensión y objeto de análisis del “flashback“, dotado de una innovadora narración multiperspectiva para conocer todos los puntos de vista.

Romero acertó de pleno en su descripción. En el piso confluyen unos especímenes arrastrados por la inmoralidad, sobre todo por culpa de la de otros, y el ambiente que se genera es de sospecha continua, desconfianza, conspiración, hipocresía; todos están aprisionados y así lo plasma Coll con su ingeniosa puesta en escena (la ventana tapiada de la habitación de Mario; la paloma de David, encerrada en la jaula; el suelo que limpia Tina, de rodillas; las maderas del tablao que pisa Miguel, filmado en picado). Pero es Alberto Closas quien acapara toda la atención y desplaza a sus compañeros, incluso a Arturo Fernández (que aunque se empeñaba nunca dio el perfil de mísero delincuente...).
Podría decirse que encarna a un maestro de ceremonias, intimida a todos con su astucia y violencia, y siempre logra ponerse por delante de ellos (y del mismo espectador); el misterio le envuelve y gracias a cada personaje, en cada salto temporal, se revela una nueva faceta de él. El más importante, conocido desde el principio, es su intención de abandonar su anterior vida delictiva; este deseo de redención fue debido a la acción de la censura, ya que originalmente el papel estaba más precipitado a la traición y la ruindad (si el guión imaginó a Mario introduciendo a Andrés en el atraco, tras las revisiones Mario hacía lo posible por apartarle).

De esta forma se pretende retorcer una fantasía criminal que en principio era mucho más dura. Mario no elige participar en el robo por capricho, sino por necesidad, porque la necesidad es la que cohíbe a todos los personajes aquí, y la inmoralidad puede quedar condenada a través de aquel que más la practicaba, un acto de redención absoluto: un sacrificio.
Coll se vio muy afectado por estos cambios debido a los censores, sin embargo consiguen generar una perfecta sensación de ambigüedad en el protagonista y despertar la empatía del espectador hacia él. Así que debe ser verdad eso de que no hay mal que por bien no venga. Nos quedamos en esa irrespirable atmósfera, esperando lo peor, ¿qué otra cosa podía aguardar a esta clase de sujetos? La composición del último plano de “Distrito Quinto“ tensa los nervios hasta lo inimaginable...



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