Ficha Rusty Knife


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Críticas de Rusty Knife (1)




Mad Warrior

  • 31 Mar 2021

8



Hace años, lo que se creyó era un desafortunado suicidio ha resultado revelarse como un horripilante asesinato a sangre fría.
Esta es la historia de los tres hombres que lo presenciaron y a los múltiples peligros que hubieron de enfrentarse para proteger su silencio y sus vidas.

Entre la larga nómina de realizadores que rápidamente cogieron los mandos en el seno de Nikkatsu a finales de los 50, entre esas grandes promesas donde se incluían nombres como Shohei Imamura, Seijun Suzuki, Koreyoshi Kurahara o Hiroshi Noguchi, destacaría más que nadie el sr. Toshio Masuda, aventajado aprendiz de Kon Ichikawa, Mikio Naruse y Umetsugu Inoue que de asistente y guionista pasaría a la dirección con un pequeño encargo destinado a los programas de sesión doble, “A Journey of Body and Soul”, aunque debido a su éxito se trasladó a los cines comerciales.
Pero ésa sólo sería la primera piedra que cimentaría su camino al estrellato; realmente Masuda fue el más importante y lucrativo director que pisó Nikkatsu en la época de los últimos 50 y los siguientes 60, si bien ha quedado olvidado para la gran mayoría. Su fama se debe primordialmente al gran éxito que supuso su tercera producción, cuyo guión adaptó él mismo a partir de un libro de Shintaro Ishihara (polifacético individuo que no sólo se labró una respetada carrera como guionista, dramaturgo y cineasta ocasional, sino además ejerciendo de político, líder del partido conservador de Japón y futuro gobernador de Tokyo).

Al director le concedieron un presupuesto holgado y lo juntaron con la estrella de la compañía en aquel momento, Yujiro Ishihara (hermano pequeño de Shintaro), en la que sería la primera de sus muchas colaboraciones. “Rusty Knife” empieza con la detención de Katsumata, un gángster que oculta sus actividades ilegales tras su empresa de transporte de camiones; Masuda sale entonces al exterior y radiografía la sociedad como hizo Dassin en “La Ciudad Desnuda”. Toda la amargura y desencanto social tan propio del cine negro se transcribe a su relato, del mismo modo que la estética y la forma.
Su Japón es un país que ha olvidado las heridas de la guerra y ahora se encuentra devorado por el hambre del capitalismo, el mismo que ha llevado a los delincuentes a alzarse como reyes del crimen; la justicia no existe, sólo la ley de los fuertes. Masuda es uno de los primeros cineastas en convertir a los otrora honorables y rectos yakuzas del “jidai-geki” en seres repulsivos y violentos, en parásitos sociales a imagen y semejanza de los gángsters del “noir” americano. La tormenta viene a desatarse a través de dos cartas: una en concepto de chantaje y la otra de confesión.

El chantaje es relativo al clan de Katsumata, referente al asesinato disfrazado de suicidio del concejal Nishida años atrás; la confesión la firma el mismo hombre. Un conveniente “flashback” nos pone en situación: los tres guardaespaldas del concejal presenciaron el asesinato pero nunca delataron a los culpables; ahora ese pasado manchado con sangre emerge de forma brutal. La investigación de la policía y el fiscal Karita nos lleva a conocer a este trío: Shimabara, recientemente asesinado por su obstinada codicia (en una impactante secuencia a bordo de un tren que podría haber sido filmada por John Huston), Yukihiko y Makoto.
Y entonces, pese a las pesquisas policiales y las viles acciones de los yakuza, el guión se centra de repente en estos dos últimos individuos; a través de ellos Masuda demuestra su cuidadoso y tan personal trato de personajes, su oscura introspección psicológica y emocional que va más allá de las caricaturas realizadas por sus colegas de profesión. Parecería un giro abrupto de guión en manos de otro, pero de forma natural él introduce en la historia el carácter de este dúo y sus vicisitudes, abriendo con ello dos importantes subtramas que subyacen a la propia trama principal.

Es decir, que nada parece gratuito para el director ni para Ishihara, ya que todo acaba conectado en un claro círculo argumental, pese a la evidente complejidad inicial a la que se nos somete. Yukihiko y Makoto son el claro ejemplo de hombres que desean renacer puros y honestos en una sociedad grotesca e injusta, y olvidar con ello todo lo pasado, pero al menos para el primero el pasado es doloroso y vengativo (la que fue su novia acabó víctima de una violación y luego ahorcándose, y él acuchilló al culpable); en su acto de redención adopta el papel de hermano mayor con Makoto para guiarle en el buen camino.
Como suele suceder con todos los anti-héroes del “noir”, Yukihiko se ve forzado a revivir viejas heridas, y a responder con violencia en consecuencia, reflejando su antiguo “yo” en los criminaes que con ferocidad combate. Masuda es uno de esos realizadores que no cree en inocentes, y recae en los más bajos instintos del ser humano para definir las aristas de su negro imaginario; la codicia, la mentira, la coacción, el odio y sobre todo la tremenda estupidez y el puro masoquismo guían los actos de sus personajes, quienes se acogen a los más distintivos rasgos del género negro, o mejor dicho a los de sus bifurcaciones más desapacibles y abrasivas.

Lo que empezó siendo una historia policíaca se ha dividido en múltiples subtramas y deriva en un amargo relato de redención mediante la venganza (lo que aparece durante ese último tramo en el descampado); duro, áspero y directo, sin revestir la violencia de grandiosos oropeles (al estilo de Kane, Huston, H. Lewis, Decoin, su compatriota Kurosawa y de los genios de la novela negra), Masuda utiliza su cámara de proyector de la cruda realidad, revelando mediante sombras la crueldad de la condición humana, para despojar a los ambientes criminales de la elegancia propia de las películas americanas y la innecesaria experimentación de la “nouvelle vague”, pero sin renegar de sus influencias.
Kurataro Takamura (a la fotografía) y Takashi Matsuyama (a la dirección artística) ayudan a perfilar este imaginario y su atmósfera, tan envuelta en penumbra y claroscuros, tan grasienta, asfixiante y sudorosa; entre tanto, Masanori Tsuji (al montaje) imprime un ritmo veloz a las situaciones, llevadas con nervio por el director, que incluso se destapa como perfecto coordinador de acción en algunas secuencias frenéticas (la memorable persecución de los camiones por las solitarias calles, o la paliza a Makoto, donde éste demuestra ser un hábil creador de climas angustiantes).

En el epicentro de este vendaval de odios, un maestro de ceremonias que tarda en exponerse (y no obstante resulta fácil adivinar quien es), el clásico jefe que siempre opera a través de otros y desaparece sin dejar rastro (teniendo en cuenta que el nuevo imperio se había edificado mediante las acciones de criminales, la visión de Ishihara es demoledora al equiparar a este anónimo emperador de las sombras con el mismo emperador de Japón); y alrededor de él, un trío de mujeres que complementa al trío masculino: la rebelde Yuri, la tenaz Keiko y la dulce Yoko, de quien no averiguaremos mucho.
A éstas les dan vida unas buenas Mari Shiraki, Keiko Amaji y Mie Kitahara, y al otro lado unos jovencísimos Jo Shishido (antes de su famosa operación de pómulos) y Akira Kobayashi y un Ishihara magnífico como Yukihiko, implacable y sobre todo creíble en su papel. Otros grandes actores de la compañía y de la época también nos brindan unas interpretaciones más que decentes, yo sobre todo destacando a Naoki Sugiura, Toshio Takahara, Shoji Yasui y un Masao Shimizu más repelente de lo normal. Y para rematar la banda sonora de Masaru Sato (que refuerza las influencias del “noir” estadounidense), donde de paso hallamos el tema principal del film cantado por Ishihara.

Elementos cuya conjunción iba a resultar en bombazo comercial; las tan increíbles cifras en taquilla aseguraron a Masuda convertirse en el director estrella de Nikkatsu, y a partir de entonces no se separaría del lucrativo dúo Ishihara y Kitahara (matrimonio en la vida real).
Como otras de su estirpe, “Rusty Knife” sólo es hoy conocida por los fans del cine japonés clásico, y desde luego su legado debería permanecer vigente para un sector más amplio. Fue una de las obras que, recogiendo el testigo americano y europeo, inauguró un nuevo tipo de cine negro y de acción en Japón, subvirtiendo los códigos y personajes más conocidos del género; es sin duda una pequeña e influyente joya a rescatar.



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