Ficha Portland


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Críticas de Portland (1)




Mad Warrior

  • 9 Feb 2025

6



Bajo las calles de la bonita ciudad danesa de Ålborg también se esconde un mundo que, si bien no es precisamente igual de bonito, resulta interesante conocer. Niels Arden Oplev decide apartarse del Museo de Arte Moderno, del parque Østre Anlæg y de Nytorv Square para arrastrarnos a sus más viscosos y mugrientos recovecos.
En el resurgir del cine danés en los “90, con el aplauso internacional de Bille August y Lars Von Trier y la ruptura de los convencionalismos de su movimiento Dogme95, el joven Oplev, debutante al mismo tiempo que Nicolas W. Refn, estaba un poco fuera de órbita aun perteneciendo a esa ola de cineastas que deseaban cargarse las normas.

Compañero en la escuela de cine del más tarde productor Peter Aalbaek Jensen, su estrecha amistad fue fruto de “haber nacido en la misma zona“; la ambición de ambos les llevó de colaborar en pequeños trabajos y trabajar para la televisión danesa a dar el triple salto mortal de realizar un largometraje sin apenas fondos. Todo el rodaje en localizaciones reales de Ålborg, tal como lo recuerda el equipo y los actores, fue de una intensidad tan cruda que nunca lo olvidarán, en especial por el severo carácter de Oplev, quien no desaprovechaba un día para poner a prueba y sin miramientos a su inexperto grupo.
Lo que más llama la atención de “Portland“ es su estilo. Un chico, Jakob, espera a su hermano Janus a las puertas de una prisión, y en una serie de escenas de apenas tres líneas de diálogo, Anders Berthelsen y Michael Müller comen, fuman, intercambian miradas, sonrisas y se marchan a toda pastilla en un coche robado a la ciudad, presentada como un lugar hundido en tinieblas bajo un efecto de grano áspero y un tinte sepia viscoso logrado con el ingenioso efecto de filmación en visión nocturna y posteriormente coloreado. Podría ser clave la influencia de Von Trier para el director de fotografía Henrik Jongdahl, sin embargo este particular aspecto visual fue consecuencia de las limitaciones del presupuesto.

En su búsqueda de un lugar al que pertenecer, en un deambular continuo, seguimos los pasos de esta pareja de hermanos, inadaptados sociales; Janus, un criminal psicótico que vuelca todo su poder y aprendizaje callejero sobre un chaval dependiente, sin voluntad y que observa atónito, como el espectador, la cadena de terribles acontecimientos que suceden a su alrededor. Oplev baja a un inframundo de seres marginados, a los que no han afectado las ayudas económicas, los planes del Estado de Bienestar danés, la regulación de empleo o el auge de la industria.
Los repugnantes interiores por los que se mueven están envueltos en la oscuridad, mientras el exterior, bañado en esa saturación de luz cegadora y el tinte sepia, pareciera más bien un mundo post-apocalíptico que Janus y Jakob cruzan a través de plantas industriales, vías de tren, descampados y callejuelas llenas de seres de la misma calaña. Pero todo lo atractiva que es “Portland“ gracias a su potente estética, agresivamente fea y estridente, no lo es tanto en cuestiones narrativas; Oplev esboza un mundo y a unos personajes, los muestra directamente y nos enseña cómo la continua violencia les aplasta y moldea a su antojo.

Por desgracia no va más allá en su desarrollo, no profundiza todo lo que debiera en sus personalidades ni relaciones entre ellos, se queda en los comportamientos superficiales, así que las decisiones que toman son bastante incomprensibles y reina la incoherencia la mayoría de veces, a lo que se suma la ausencia casi total de diálogos y la poca conexión que existe entre un puñado de intensas y dramáticas escenas individuales. Como una versión de “Malas Calles“ en el ambiente grimoso de “Trainspotting“, más enfocada al mundo criminal que al de las drogas, “Portland“ cuenta la historia de dos hermanos protagonistas.
Sus peripecias callejeras, su degradación emocional y lo más importante: la transferencia de la violencia, que Jakob, el más inocente, absorberá hasta verse devorado por ella, mientras Janus, su “tutor“, que le enseña a sobrevivir en ese mundo brutal, opta por cambiar de vida y ser mejor persona. Todo lo demás queda desdibujado, muchos secundarios potenciales terminan tristemente desperdiciados (el jefe de la banda para la que Janus trabaja (Ulrich Thomsen), su hermanastra Eva (la maravillosa Iben Hjejle, que sufrió un mar de penurias en un duro papel para el que ella, señorita de clase media-alta, no estaba desde luego preparada) o la madre de Janus y Jakob).

Personajes más simbólicos que reales adaptados a un ambiente donde la esperanza ni siquiera se tiene en cuenta y el castigo, sea lo cruel que sea, se admite con una inexplicable resignación; las medidas del Estado de Bienestar no se ven aquí por ningún sitio. Pero con un mayor esmero en el guión esta historia, nutrida de las experiencias que el propio Oplev vivió en las calles de Ålborg en su juventud, podría haber alcanzado grandes dimensiones, tanto a nivel social como personal.
Pero para tratarse de un debut rodado prácticamente sin medios ni dinero y con un plantel en su mayoría inexperto es lo suficientemente efectiva y logra lo que se propone: impactar. El impacto en realidad se lo llevaron Oplev y su equipo cuando en el Festival de Berlín los asistentes empezaron a abandonar la sala durante la proyección, no sin antes expresarles su enfado y repulsión por la película; el mismo festival donde Refn ganó notoriedad con “Pusher“ para él significó un fracaso, si bien le importaron muy poco aquellas críticas...



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