Críticas de Zatoichi 21: Zatoichi Goes to the Fire Festival (1)
Mad Warrior
24 Nov 2024
6
Cuando los “60 llegaron a su fin no significó que la saga de “Zatoichi“ también fuese a acabar, por mucho que Daiei estuviera a punto de caer en la bancarrota. Todavía le quedaba fuelle gracias a que Shintaro Katsu iba a ocuparse de la producción.
Y “Zatoichi to Yojimbo“ fue la declaración de intenciones perfecta.
Coprotagonizada por Toshiro Mifune, en calidad de amistosa colaboración, y dirigida por el maestro Kihachi Okamoto, nada menos, aquella 20.ª entrega, por desgracia, no consiguió situarse a un nivel superior con respecto al resto de la saga; visual y estéticamente, tal vez, pero carece de la emoción y la épica que necesitaba un encuentro entre los titanes que la protagonizaban. La buena recepción, sin embargo, sirvió a Katsu para volver a ponerse en la piel de su álter-ego una vez más, ejerciendo de productor, de guionista y reclutando a su fiel colaborador Kenji Misumi, quien veía su futuro muy negro ante la disolución de su compañía...
“Abare Himatsuri“ posee dos cosas que entran en conflicto desde el principio. Lo primero es la contratación del legendario director de fotografía Kazuo Miyagawa y el director artístico Yoshinobu Nishioka, quienes ofrecen una puesta en escena y un trato de los colores más elaborados que de costumbre, lejos del estilo plano de las anteriores entregas. Un deleite visual. Lo segundo es una irregularidad narrativa que regresa a los torpes guiones de, asimismo, las susodichas anteriores entregas, porque los primeros veinte minutos (donde vemos a Zatoichi desde enfrentarse a divertidos obstáculos en su peregrinaje hasta ser el objetivo de un ronin que erróneamente cree que se ha acostado con su esposa) son absolutamente inútiles.
El ronin en cuestión es Tatsuya Nakadai, invitado por Katsu tras su colaboración en la epopeya épica “Hito-kiri“, pero su presencia, aunque estemos hablando de un enorme actor, es menos que insignificante; igual que Makoto Sato en “Kenka Daiko“ u otros antes a él, no tiene ninguna conexión con la trama que se desarrollará ni con los personajes que interferirán en ella, sólo es otro de los habituales adversarios finales del protagonista. Un desperdicio casi ofensivo. Pues terminada esa introducción se abre una nueva historia, como si nada hubiese pasado.
De los muchos invitados de prestigio en esta entrega sobresale Masayuki Mori, quien interpreta a uno de los mejores villanos de la saga. La conspiración organizada por su personaje, un cruel jefe yakuza también ciego, a espaldas de Zatoichi para asesinarle, es el pilar que sostiene el argumento; podría ser esta una versión torcida de la primera película, en la que un daimyo ofrecía su techo al protagonista y éste se aprovechaba de la lucha de clanes que tenía lugar en el pueblo, pero aquí la lucha es contra él, únicamente, mientras el jefe hace sus propios planes a espaldas de todos. Es también una sorpresa volver a ver a una villana, encargada de matarle.
En este caso la joven Reiko Ohara, prestada por Toei, como Okiyo. Su actitud sibilina e hipócrita crea un buen personaje femenino fatal...desgraciadamente, para no romper la tradición, le sucede lo mismo que a Yumiko Nogawa en “Hatashi-jo“: de mala pasa a buena en poco tiempo, y entonces se convierte en otra de las muchas enamoradas de Zatoichi y, por inercia, en víctima usada por el villano principal. Esto es una patochada, es destrozar un personaje original para ofrecer al público un posible romance arquetípico (que de todas formas se sabe que no se consumará, no es un secreto a estas alturas...).
Y no sólo sucede con Okiyo. Hay muchos secundarios en los que el guión debería profundizar, pero quedan en meros esbozos, que van y vienen, o aparecen y luego se esfuman; como mejores ejemplos están los de Ko Nishimura y el popular artista de variedades Shinnosuke Ikehata (presentando aquí al primer personaje abiertamente homosexual del género “ken-geki“, una completa novedad). Para compensar esto, Mori logra una caracterización brillante en la piel del jefe Yamikubo, y no pocas veces se adueña de la película con su genuina maldad.
Tampoco se queda atrás Misumi, que realiza aquí algunas de las mejores secuencias de acción de la saga, circulando entre la tensión, la violencia extrema y el humor ligero; pocas veces este contraste se combinó tan bien, pero la estrambótica pelea en los baños públicos (que hay que ver para creer...) y en especial todo el memorable clímax (donde el director hace un gran uso de los elementos del fuego y la oscuridad y Zatoichi se convierte en una especie de monstruo inmortal) son suficientes para demostrarlo.
Teniendo el futuro de la franquicia en sus manos, Katsu empleaba más recursos y más dinero para sorprender a los fans, con el añadido de ir cruzando fronteras en temas de violencia y libertad sexual. Y visual y estéticamente pocas entregas igualan a “Abare Himatsuri“, pero lo que el actor necesitaba más que cualquier otra cosa era un guionista inteligente...
Mad Warrior
6
Cuando los “60 llegaron a su fin no significó que la saga de “Zatoichi“ también fuese a acabar, por mucho que Daiei estuviera a punto de caer en la bancarrota. Todavía le quedaba fuelle gracias a que Shintaro Katsu iba a ocuparse de la producción.
Y “Zatoichi to Yojimbo“ fue la declaración de intenciones perfecta.
Coprotagonizada por Toshiro Mifune, en calidad de amistosa colaboración, y dirigida por el maestro Kihachi Okamoto, nada menos, aquella 20.ª entrega, por desgracia, no consiguió situarse a un nivel superior con respecto al resto de la saga; visual y estéticamente, tal vez, pero carece de la emoción y la épica que necesitaba un encuentro entre los titanes que la protagonizaban. La buena recepción, sin embargo, sirvió a Katsu para volver a ponerse en la piel de su álter-ego una vez más, ejerciendo de productor, de guionista y reclutando a su fiel colaborador Kenji Misumi, quien veía su futuro muy negro ante la disolución de su compañía...
“Abare Himatsuri“ posee dos cosas que entran en conflicto desde el principio. Lo primero es la contratación del legendario director de fotografía Kazuo Miyagawa y el director artístico Yoshinobu Nishioka, quienes ofrecen una puesta en escena y un trato de los colores más elaborados que de costumbre, lejos del estilo plano de las anteriores entregas. Un deleite visual. Lo segundo es una irregularidad narrativa que regresa a los torpes guiones de, asimismo, las susodichas anteriores entregas, porque los primeros veinte minutos (donde vemos a Zatoichi desde enfrentarse a divertidos obstáculos en su peregrinaje hasta ser el objetivo de un ronin que erróneamente cree que se ha acostado con su esposa) son absolutamente inútiles.
El ronin en cuestión es Tatsuya Nakadai, invitado por Katsu tras su colaboración en la epopeya épica “Hito-kiri“, pero su presencia, aunque estemos hablando de un enorme actor, es menos que insignificante; igual que Makoto Sato en “Kenka Daiko“ u otros antes a él, no tiene ninguna conexión con la trama que se desarrollará ni con los personajes que interferirán en ella, sólo es otro de los habituales adversarios finales del protagonista. Un desperdicio casi ofensivo. Pues terminada esa introducción se abre una nueva historia, como si nada hubiese pasado.
De los muchos invitados de prestigio en esta entrega sobresale Masayuki Mori, quien interpreta a uno de los mejores villanos de la saga. La conspiración organizada por su personaje, un cruel jefe yakuza también ciego, a espaldas de Zatoichi para asesinarle, es el pilar que sostiene el argumento; podría ser esta una versión torcida de la primera película, en la que un daimyo ofrecía su techo al protagonista y éste se aprovechaba de la lucha de clanes que tenía lugar en el pueblo, pero aquí la lucha es contra él, únicamente, mientras el jefe hace sus propios planes a espaldas de todos. Es también una sorpresa volver a ver a una villana, encargada de matarle.
En este caso la joven Reiko Ohara, prestada por Toei, como Okiyo. Su actitud sibilina e hipócrita crea un buen personaje femenino fatal...desgraciadamente, para no romper la tradición, le sucede lo mismo que a Yumiko Nogawa en “Hatashi-jo“: de mala pasa a buena en poco tiempo, y entonces se convierte en otra de las muchas enamoradas de Zatoichi y, por inercia, en víctima usada por el villano principal. Esto es una patochada, es destrozar un personaje original para ofrecer al público un posible romance arquetípico (que de todas formas se sabe que no se consumará, no es un secreto a estas alturas...).
Y no sólo sucede con Okiyo. Hay muchos secundarios en los que el guión debería profundizar, pero quedan en meros esbozos, que van y vienen, o aparecen y luego se esfuman; como mejores ejemplos están los de Ko Nishimura y el popular artista de variedades Shinnosuke Ikehata (presentando aquí al primer personaje abiertamente homosexual del género “ken-geki“, una completa novedad). Para compensar esto, Mori logra una caracterización brillante en la piel del jefe Yamikubo, y no pocas veces se adueña de la película con su genuina maldad.
Tampoco se queda atrás Misumi, que realiza aquí algunas de las mejores secuencias de acción de la saga, circulando entre la tensión, la violencia extrema y el humor ligero; pocas veces este contraste se combinó tan bien, pero la estrambótica pelea en los baños públicos (que hay que ver para creer...) y en especial todo el memorable clímax (donde el director hace un gran uso de los elementos del fuego y la oscuridad y Zatoichi se convierte en una especie de monstruo inmortal) son suficientes para demostrarlo.
Teniendo el futuro de la franquicia en sus manos, Katsu empleaba más recursos y más dinero para sorprender a los fans, con el añadido de ir cruzando fronteras en temas de violencia y libertad sexual. Y visual y estéticamente pocas entregas igualan a “Abare Himatsuri“, pero lo que el actor necesitaba más que cualquier otra cosa era un guionista inteligente...
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