Es difícil escoger y diferenciar la calidad de los títulos que engloban la larguísima saga de “Zatoichi“, pero el 16.º destaca sin problemas, y de hecho se mantiene entre los más interesantes.
La incorporación de Satsuo Yamamoto a petición de Shintaro Katsu, ya convertido en productor asociado, fue un soplo de aire fresco lleno de comentario sociopolítico muy acorde a los ideales izquierdistas del director, lo que no empañaba la intención principal del film, que era entretener al público.
Ikuo Kubodera vio que un aspecto mucho más serio dominaba en aquella “Ro-yaburi“: la denuncia social superpuesta a la idea de espectáculo comercial. No comprendió la fuerza del discurso de Yamamoto, y por esta razón, tres meses después, se comenzó la producción de otra entrega, con el deseo de regresar a un enfoque conocido por los espectadores. Katsu accedió, y gracias a él Kenji Misumi fue contratado una vez más, al igual que el guionista Ryozo Kasahara, quien ya había participado en la saga del espadachín ciego y en la de “Heitai Yakuza“, que paralelamente filmaba el actor.
Decía el cineasta que si en algo se fijaba cada vez que se reunía con él era su considerable aumento de peso (su consumo de alcohol y drogas hacía mucho), “tanto que resultaba difícil distinguirle de su hermano Tomisaburo“. Cualquiera lo dudaría al inicio de esta “Chikemuri Kaido“, donde, de nuevo, vemos al protagonista deshacerse con mucha facilidad de unos asesinos que le vienen siguiendo desde no se sabe dónde, una de esas señas de identidad de la saga, se podría decir. Y el guión sigue con la repetición al volver a ponerle en un aprieto cuando es testigo (vaya, qué coincidencia) de la muerte de una mujer que le pide que se encargue de su hijo Ryota...
Al regreso de Misumi, Katsu le sugirió retomar el tema de la segunda colaboración de ambos, “Kessho Tabi“. De este modo Zatoichi debe volver a convertirse en protector de un niño, ahora más crecido que en aquélla, donde se trataba de un bebé; pero, sinceramente, ¿hemos de creer que el destino le guía por casualidad hasta la habitación de la moribunda madre y que, así como así, confía la vida de su hijo a un extraño para que lo lleve hasta su padre, que vive en el quinto pino? Se supone que hemos de creerlo porque así lo quiere el guión. “Ya estoy otra vez metido en un lío“, grita Zatoichi molesto al verse en esa inesperada situación.
Para más inri, el pequeño actor que da vida a Ryota resulta estomagante ya que éste es dibujado sin ningún rastro de simpatía. La estructura narrativa escrita por Kasahara es lo menos apasionante de “Chikemuri Kaido“, dividida en dos partes, donde los personajes secundarios de la 1.ª pasan a ser los principales en la 2.ª (y los principales de la 1.ª son una troupe de artistas ambulantes que van a hacer una representación en un pueblo que jamás veremos porque la trama se los quita de en medio con total indiferencia...da la impresión de que el guión se modificaba mientras se rodaba o que un pedazo de metraje se cortó en posproducción).
Cómo no también hay un jefe yakuza malvado haciendo de las suyas, esta vez llamado Gonzo, sin embargo no volveremos a ver una guerra entre dos clanes ni un pueblo entero sufriendo bajo su mando; puede que la conexión que establece Kasahara entre él y el padre del niño, un pintor provocativo encerrado contra su voluntad, sea ingeniosa, pero no la manera en que todo este embrollo es presentado. No sólo es una trama distinta de la que empezamos a ver, sino que los implicados en ella son esbozos sin mucho carisma que remiten, casi parodian, a anteriores villanos de la franquicia.
De Ryota nos olvidamos poco a poco, no importa ni provoca un efecto emocional aunque se pretenda en algunas escenas dramáticas, y Miwa Takada y Mikiko Tsubochi prometen mucho (sobre todo la segunda como esa pobre chica forzada a servir de prostituta), por desgracia no tienen mucho peso en la historia. El veterano Jushiro Konoe, a quien Katsu pidió participar en la película, es el personaje más interesante; el guión juega con el engaño y no es otro ronin cuyo objetivo sea enfrentarse a Zatoichi porque sí (Misumi, gracias a su habilidad, nos ofrecerá uno de los duelos más conmovedores y bellos de toda la saga, bajo la nieve y en silencio, pero su misión y su identidad son siempre un misterio...).
Por su parte, aun siendo blanco de las bromas del pequeño Ryota y muestre sus habituales impedimentos como invidente y algunos tics ya conocidos, Katsu encarna a Zatoichi con más seriedad que en anteriores ocasiones, ni se autoparodia ni exagera su interpretación.
Una lástima que Kasahara recicle tantas situaciones, presente una narrativa tan confusa y no preste más atención a algunos secundarios interesantes (pobre Mikiko Tsubochi, lo que podría haber dado de sí su Osen en otra obra...). Las secuencias musicales, por cierto, son ridículas y su existencia inexplicable.
Mad Warrior
5
Es difícil escoger y diferenciar la calidad de los títulos que engloban la larguísima saga de “Zatoichi“, pero el 16.º destaca sin problemas, y de hecho se mantiene entre los más interesantes.
La incorporación de Satsuo Yamamoto a petición de Shintaro Katsu, ya convertido en productor asociado, fue un soplo de aire fresco lleno de comentario sociopolítico muy acorde a los ideales izquierdistas del director, lo que no empañaba la intención principal del film, que era entretener al público.
Ikuo Kubodera vio que un aspecto mucho más serio dominaba en aquella “Ro-yaburi“: la denuncia social superpuesta a la idea de espectáculo comercial. No comprendió la fuerza del discurso de Yamamoto, y por esta razón, tres meses después, se comenzó la producción de otra entrega, con el deseo de regresar a un enfoque conocido por los espectadores. Katsu accedió, y gracias a él Kenji Misumi fue contratado una vez más, al igual que el guionista Ryozo Kasahara, quien ya había participado en la saga del espadachín ciego y en la de “Heitai Yakuza“, que paralelamente filmaba el actor.
Decía el cineasta que si en algo se fijaba cada vez que se reunía con él era su considerable aumento de peso (su consumo de alcohol y drogas hacía mucho), “tanto que resultaba difícil distinguirle de su hermano Tomisaburo“. Cualquiera lo dudaría al inicio de esta “Chikemuri Kaido“, donde, de nuevo, vemos al protagonista deshacerse con mucha facilidad de unos asesinos que le vienen siguiendo desde no se sabe dónde, una de esas señas de identidad de la saga, se podría decir. Y el guión sigue con la repetición al volver a ponerle en un aprieto cuando es testigo (vaya, qué coincidencia) de la muerte de una mujer que le pide que se encargue de su hijo Ryota...
Al regreso de Misumi, Katsu le sugirió retomar el tema de la segunda colaboración de ambos, “Kessho Tabi“. De este modo Zatoichi debe volver a convertirse en protector de un niño, ahora más crecido que en aquélla, donde se trataba de un bebé; pero, sinceramente, ¿hemos de creer que el destino le guía por casualidad hasta la habitación de la moribunda madre y que, así como así, confía la vida de su hijo a un extraño para que lo lleve hasta su padre, que vive en el quinto pino? Se supone que hemos de creerlo porque así lo quiere el guión. “Ya estoy otra vez metido en un lío“, grita Zatoichi molesto al verse en esa inesperada situación.
Para más inri, el pequeño actor que da vida a Ryota resulta estomagante ya que éste es dibujado sin ningún rastro de simpatía. La estructura narrativa escrita por Kasahara es lo menos apasionante de “Chikemuri Kaido“, dividida en dos partes, donde los personajes secundarios de la 1.ª pasan a ser los principales en la 2.ª (y los principales de la 1.ª son una troupe de artistas ambulantes que van a hacer una representación en un pueblo que jamás veremos porque la trama se los quita de en medio con total indiferencia...da la impresión de que el guión se modificaba mientras se rodaba o que un pedazo de metraje se cortó en posproducción).
Cómo no también hay un jefe yakuza malvado haciendo de las suyas, esta vez llamado Gonzo, sin embargo no volveremos a ver una guerra entre dos clanes ni un pueblo entero sufriendo bajo su mando; puede que la conexión que establece Kasahara entre él y el padre del niño, un pintor provocativo encerrado contra su voluntad, sea ingeniosa, pero no la manera en que todo este embrollo es presentado. No sólo es una trama distinta de la que empezamos a ver, sino que los implicados en ella son esbozos sin mucho carisma que remiten, casi parodian, a anteriores villanos de la franquicia.
De Ryota nos olvidamos poco a poco, no importa ni provoca un efecto emocional aunque se pretenda en algunas escenas dramáticas, y Miwa Takada y Mikiko Tsubochi prometen mucho (sobre todo la segunda como esa pobre chica forzada a servir de prostituta), por desgracia no tienen mucho peso en la historia. El veterano Jushiro Konoe, a quien Katsu pidió participar en la película, es el personaje más interesante; el guión juega con el engaño y no es otro ronin cuyo objetivo sea enfrentarse a Zatoichi porque sí (Misumi, gracias a su habilidad, nos ofrecerá uno de los duelos más conmovedores y bellos de toda la saga, bajo la nieve y en silencio, pero su misión y su identidad son siempre un misterio...).
Por su parte, aun siendo blanco de las bromas del pequeño Ryota y muestre sus habituales impedimentos como invidente y algunos tics ya conocidos, Katsu encarna a Zatoichi con más seriedad que en anteriores ocasiones, ni se autoparodia ni exagera su interpretación.
Una lástima que Kasahara recicle tantas situaciones, presente una narrativa tan confusa y no preste más atención a algunos secundarios interesantes (pobre Mikiko Tsubochi, lo que podría haber dado de sí su Osen en otra obra...). Las secuencias musicales, por cierto, son ridículas y su existencia inexplicable.
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